Alrededor de 1.800 especies componen la familia Cactaceae, y todas ellas son originarias del continente americano. Solo una, Rhipsalis baccifera, aparece también de forma natural en África tropical, Madagascar y Sri Lanka, probablemente llevada allí por aves migratorias. Ese dato dice bastante sobre qué es un cactus: un grupo de plantas relativamente joven, surgido en un continente concreto y adaptado a una manera muy específica de resolver la falta de agua.
La areola: el rasgo que define a un cactus
Si hay que quedarse con un solo carácter, es la areola. Se trata de una estructura almohadillada, normalmente cubierta de lana o fieltro, de la que brotan las espinas, los pelos, las ramificaciones y las flores. Botánicamente es una yema axilar modificada, y ninguna otra familia de plantas la tiene.
Esto es lo que zanja las discusiones de "¿esto es un cactus o no?". Si tiene areolas, es un cactus. Si tiene espinas pero salen directamente del tallo, sin ese cojinete, no lo es, por mucho que se le parezca.
La areola explica además algo que sorprende: las espinas de los cactus son hojas modificadas, no púas epidérmicas. Al perder la lámina foliar, el cactus trasladó la fotosíntesis al tallo y convirtió las hojas en un sistema de defensa, sombreado y condensación. En los Opuntia y géneros afines, las areolas producen además gloquidios: espinitas diminutas, barbadas y desprendibles que se clavan a cientos y se retiran fatal.
Un cuerpo entero organizado alrededor del agua
El resto de características de los cactus son consecuencias de un mismo problema: cómo capturar agua deprisa, guardarla mucho tiempo y perder la mínima posible.
Tallo suculento y fotosintético. El cuerpo del cactus es un depósito. El parénquima acuífero puede suponer más del 90 % de su peso fresco, y un Carnegiea gigantea adulto llega a almacenar varias toneladas de agua. La clorofila está en las capas externas del tallo, no en hojas.
Costillas y tubérculos. El plegado de las costillas funciona como un fuelle: cuando la planta absorbe agua, las costillas se separan y el cuerpo engorda; cuando se seca, se contraen sin que la piel se agriete. Además crean sombra sobre sí mismas durante buena parte del día y aumentan la superficie de intercambio de calor.
Cutícula gruesa y cerosa, a veces recubierta de pruina blanquecina o de lana densa, que reduce la transpiración y refleja radiación. Los Espostoa o los Oreocereus peludos de los Andes altos usan ese vello también como aislante térmico frente al frío nocturno.
Metabolismo CAM. Es probablemente la adaptación más decisiva. Los cactus mantienen los estomas cerrados de día y abiertos de noche, cuando la temperatura baja y la humedad relativa sube. Fijan entonces el CO₂ en forma de ácido málico, lo almacenan en las vacuolas y lo liberan al día siguiente para fotosintetizar con los estomas ya cerrados. El resultado es una eficiencia en el uso del agua varias veces superior a la de una planta convencional, a costa de crecer despacio.
Raíces superficiales y extensas. En contra de lo que se supone, el cactus típico no ahonda: extiende una red de raíces finas en los primeros 10-20 cm del suelo, capaz de captar el agua de una lluvia breve antes de que se evapore. Muchos emiten raíces de lluvia, raicillas efímeras que aparecen en días tras una precipitación y se secan después. Otros géneros, como Ariocarpus o Lophophora, sí desarrollan una raíz napiforme gruesa que actúa como reserva adicional.
Frutos carnosos. Casi siempre bayas, muchas comestibles: el higo chumbo de Opuntia ficus-indica, la pitahaya de Selenicereus undatus, los frutos dulces de Myrtillocactus. La dispersión por animales explica en buena medida la distribución de la familia.
De dónde vienen y desde cuándo
Los cactus son, en términos geológicos, plantas recientes. Los análisis moleculares sitúan el origen de la familia hace unos 30-35 millones de años en Sudamérica, con la gran diversificación mucho después, hace entre 5 y 10 millones de años, coincidiendo con la expansión de los ambientes áridos americanos y la elevación de los Andes.
El eslabón que permite entender esa transformación sigue vivo: el género Pereskia (y los actuales Leuenbergeria) conserva hojas verdaderas, planas y persistentes, tallos apenas suculentos y porte arbustivo o trepador. Tiene areolas y espinas, y es indiscutiblemente un cactus, pero se parece más a un rosal que a un Echinocactus. Es la prueba de que la familia partió de plantas leñosas con hojas normales y fue reduciéndolas hasta suprimirlas.
Las cuatro subfamilias de Cactaceae
Pereskioideae. Los más primitivos, con hojas funcionales y tallos leñosos. Un puñado de especies tropicales americanas.
Maihuenioideae. La subfamilia más pequeña: solo el género Maihuenia, dos especies de la Patagonia argentina y chilena, con hojitas cilíndricas persistentes y una resistencia al frío notable.
Opuntioideae. Los nopales y chollas. Se reconocen por los gloquidios y por el crecimiento en segmentos, planos (Opuntia) o cilíndricos (Cylindropuntia, Austrocylindropuntia). Sus semillas tienen un arilo duro característico. Es el grupo con mayor presencia naturalizada en España: Opuntia ficus-indica lleva aquí desde el siglo XVI y en el sureste y Canarias se comporta como invasora, hasta el punto de que su plaga, la cochinilla Dactylopius opuntiae, ha arrasado chumberales enteros en Andalucía, Murcia y Alicante en los últimos años.
Cactoideae. Con diferencia la más numerosa, en torno al 80 % de las especies. Aquí entran los globosos (Mammillaria, Gymnocalycium, Rebutia, Parodia, Astrophytum, Ferocactus, Echinocactus), los columnares (Cereus, Cleistocactus, Carnegiea, Espostoa) y los epífitos de selva (Schlumbergera, Rhipsalis, Epiphyllum, Selenicereus), que rompen el tópico del cactus de desierto: viven colgados de los árboles en bosques húmedos y no toleran ni el sol directo ni la sequía prolongada.
Cactus o suculenta: cómo no confundirse
Todos los cactus son suculentos, pero no todas las suculentas son cactus. La confusión más habitual es con las Euphorbia africanas, que por convergencia evolutiva han acabado pareciéndose muchísimo a los cactus americanos. Las diferencias son claras cuando se sabe qué mirar:
Las euforbias no tienen areolas; sus espinas salen en pares desde un escudo, o son estípulas modificadas. Al cortarlas o dañarlas exudan un látex blanco, irritante y peligroso para los ojos, mientras que un cactus dañado suelta savia acuosa o mucilaginosa. Y sus flores son minúsculas, agrupadas en ciatios, nada que ver con la flor grande y vistosa de un cactus. Otras suculentas frecuentes que no son cactus: Aloe, Agave, Echeveria, Haworthia, Crassula, Lithops.
Cómo es la flor de un cactus
La flor de cactus tiene una estructura reconocible y bastante uniforme dentro de la familia:
Es solitaria y sésil: nace directamente de la areola, sin pedúnculo, algo excepcional entre las plantas con flor. Suele ser hermafrodita y de simetría radial. El perianto no distingue cáliz de corola: los tépalos forman una gradación continua, desde brácteas casi escamosas en el exterior hasta pétalos amplios y de color intenso en el interior. Lleva un número enorme de estambres, a menudo varios cientos, dispuestos en espiral, y un único estilo rematado por un estigma con varios lóbulos. El ovario es ínfero y queda embutido en el tejido del tallo, muchas veces con escamas, pelos o espinas por fuera: es el que se convertirá en el fruto.
Casi siempre es efímera. Muchas duran un solo día, algunas apenas unas horas nocturnas, y las más resistentes tres o cuatro días. Los pigmentos betalaínas, propios de las Caryophyllales, explican esos magentas, fucsias y amarillos tan saturados que ningún otro grupo de plantas alcanza; en cambio, entre los cactus no existe el azul verdadero.
Grandes
La proporción entre flor y planta llega a ser desconcertante. Una Rebutia de cuatro centímetros produce flores de tres o cuatro, y llega a cubrirse por completo. Los Echinopsis abren flores embudadas de 15 a 20 cm de largo desde cuerpos pequeños, generalmente de noche y con perfume intenso. Los Epiphyllum y Selenicereus alcanzan los 25-30 cm de diámetro y duran una sola noche, polinizados en origen por polillas esfíngidas y murciélagos. De ahí el sobrenombre de "reina de la noche".
Pequeñas
Las Mammillaria son el ejemplo canónico: flores de uno a dos centímetros que brotan de las axilas entre tubérculos y forman una corona completa alrededor del ápice. El efecto no lo da el tamaño individual, sino la disposición geométrica y la floración simultánea. Muchas repiten varias veces entre marzo y julio, y después dejan frutos rojos alargados que persisten meses.
Tubulares
Flores estrechas y alargadas que apenas se abren, con el perianto casi cerrado y el estilo asomando. Son las de Cleistocactus, Disocactus o Matucana, y su forma no es casual: corresponden a polinización por colibríes en sus zonas de origen americanas. Suelen ser rojas, anaranjadas o rosa fuerte, sin apenas aroma, porque las aves se guían por el color y no por el olfato. En cultivo aquí, sin colibríes, siguen abriendo igual, pero rara vez cuajan fruto sin polinización manual.
Cómo conseguir que florezca
Un cactus que no florece nunca en casa suele fallar en lo mismo, y no es el abono.
La invernada seca y fresca es el factor decisivo. Los cactus de desierto necesitan un periodo de reposo de unos tres meses, aproximadamente de noviembre a febrero, sin riego alguno y a temperaturas entre 5 y 12 °C. Ese estrés es el que induce la formación de botones florales en primavera. Un cactus que pasa el invierno a 21 °C en un salón con calefacción y riego mensual no recibe ninguna señal estacional, y por eso no florece aunque esté sano. Una galería sin calefacción, un porche cerrado o un alféizar de habitación fría resuelven el problema. En buena parte de la Península, mantenerlos fuera bajo cubierto y en seco funciona perfectamente, siempre que se protejan de la lluvia.
Luz, mucha más de la que se cree. Sin varias horas de sol directo diarias en primavera y verano no hay flores. Una ventana orientada al norte no basta.
Edad y tamaño. Ningún truco adelanta la madurez. Hasta que la planta no alcanza cierto volumen, no florece.
Fertilización adecuada. Nitrógeno bajo, fósforo y potasio relativamente más altos, muy diluido, cada tres o cuatro riegos entre abril y agosto. El exceso de nitrógeno produce crecimiento blando y verde, sin flores y con más riesgo de podredumbre.
No mover la planta con botones. Una vez aparecen, cualquier cambio brusco de orientación, de temperatura o de riego provoca que los aborte. Y no hay que trasplantar en ese momento.
Cuánto tarda en florecer un cactus
Depende del género, y las diferencias son enormes:
Rebutia, Mammillaria y Sulcorebutia florecen muy pronto, en dos o tres años desde semilla, y son la mejor elección para quien no quiera esperar. Echinopsis, Gymnocalycium y Parodia, entre tres y cinco. Astrophytum, cuatro a seis. Ferocactus y Echinocactus se van a diez o quince años como mínimo; el conocido "asiento de suegra" (Echinocactus grusonii) rara vez florece antes de los veinte y necesita un diámetro considerable. El caso extremo es el saguaro, Carnegiea gigantea, que tarda del orden de 30 a 40 años en dar su primera flor y otros tantos en emitir el primer brazo.
Los ejemplares comprados en tienda ya tienen varios años, así que el plazo real de espera es bastante menor que estas cifras. Un consejo práctico: si compras un cactus con flores de papel pegadas con silicona, quítalas con cuidado en cuanto llegues a casa. El pegamento daña la areola justo donde debería salir la flor de verdad.
Cuidados: qué necesitan realmente
Conviene desmontar la idea de que son plantas "que no requieren cuidados". Requieren pocos, pero muy específicos, y equivocarse en ellos los mata con la misma facilidad que a cualquier otra planta. De hecho, mueren muchísimos más cactus por exceso de agua y falta de luz que por abandono.
Riego. El método correcto es empapar hasta que salga agua por el drenaje y luego no volver a regar hasta que el sustrato esté completamente seco, incluso en profundidad. En la práctica, cada 10-15 días en verano y nada entre noviembre y marzo. Riegos pequeños y frecuentes son lo peor posible: mantienen húmeda la superficie sin llegar a la raíz profunda y favorecen la podredumbre del cuello. Nunca dejar agua en el plato.
Sustrato. Drenante y mayoritariamente mineral: entre un 50 y un 70 % de pómez, picón, arlita o grava silícea, y el resto materia orgánica. Renovarlo cada dos o tres años.
Luz. Sol directo, con una salvedad: un ejemplar que ha pasado el invierno en interior se quema si se saca de golpe al sol de abril. La aclimatación debe ser progresiva, en dos o tres semanas.
Frío. Muchos géneros de altiplano toleran heladas moderadas siempre que estén completamente secos: Echinocereus, Escobaria, Opuntia de las especies rústicas o Maihuenia resisten varios grados bajo cero. Otros no admiten menos de 10-12 °C bajo ningún concepto: Melocactus, Discocactus, Hylocereus y los epífitos tropicales. La combinación letal no es el frío por sí solo, sino frío más humedad.
Cactus dentro de casa
Aquí hay que ser honesto: la mayor parte de los cactus de desierto son malas plantas de interior. Detrás de un cristal reciben una fracción de la luz exterior, y el síntoma aparece en pocos meses: etiolación, un crecimiento nuevo estrecho, pálido y alargado, con espinas cortas, que da a la planta forma de peonza o de espárrago. Ese estiramiento es irreversible; la parte deformada no vuelve a engordar.
Si van a vivir dentro, deben estar pegados a una ventana orientada al sur, y aun así crecerán menos y florecerán poco. Salen mucho mejor en balcón, terraza o alféizar exterior, con protección de lluvia en invierno.
Los que sí funcionan de verdad en interior son los cactus epífitos, precisamente porque en su hábitat viven bajo el dosel de un bosque: Schlumbergera (el cactus de Navidad), Rhipsalis, Hatiora y Epiphyllum aceptan luz filtrada, agradecen algo más de humedad ambiental y no toleran el sol directo del mediodía. Su calendario también es distinto: la Schlumbergera florece en invierno y se induce con días cortos y noches frescas en octubre y noviembre.
Y un apunte, porque circula mucho: los cactus no absorben la radiación de las pantallas ni del wifi. No hay ningún mecanismo por el que puedan hacerlo, y colocarlos junto al ordenador solo les sirve para recibir menos luz de la que necesitan.
Especies recomendables para maceta
Para empezar una colección con buenos resultados y floración temprana:
Mammillaria (M. hahniana, M. zeilmanniana, M. elongata): rústicas, agradecidas, con corona de flores cada primavera. Rebutia y Sulcorebutia: minúsculas, floríferas y muy tolerantes al frío seco. Gymnocalycium: aguantan menos sol directo que la media, lo que las hace fáciles en balcones a media sombra. Parodia y Notocactus: flores amarillas grandes sobre plantas de tamaño manejable. Astrophytum myriostigma: sin espinas, con el moteado blanco característico, ideal donde hay niños. Echinopsis: la más espectacular en flor y la más indestructible del grupo. Echinocereus: floración enorme y resistencia al frío. Para un ejemplar de porte, Cereus peruvianus o Espostoa lanata.
Merece la pena comprobar el origen de las plantas: buena parte de las Cactaceae figuran en los apéndices de CITES y varias especies mexicanas están seriamente amenazadas por la recolección ilegal. Un ejemplar de vivero, reproducido por semilla, es preferible en todos los sentidos.
En resumen
Lo que define a un cactus es la areola, no las espinas ni la ausencia de hojas. A partir de ahí, todo su cuerpo —tallo suculento y fotosintético, costillas plegables, cutícula cerosa, metabolismo CAM nocturno, raíces someras y extensas— responde a la misma estrategia de captar agua deprisa y gastarla lentísimo. Son plantas exclusivamente americanas, de origen geológico reciente, agrupadas en cuatro subfamilias que van desde los Pereskia con hojas verdaderas hasta los epífitos de selva. Sus flores, sésiles, de ovario ínfero, con centenares de estambres y una duración de horas o días, adoptan la forma que impuso su polinizador: grandes y blancas para polillas nocturnas, pequeñas y en corona para abejas, tubulares y rojas para colibríes. Y para verlas en casa hace falta menos abono y más de lo que suelen recibir: sol directo abundante y un invierno frío y absolutamente seco.