Hay cactus que se compran y cactus que se encuentran. Pelecyphora pertenece de lleno a la segunda categoría: es un género mexicano diminuto, de crecimiento tan lento que resulta desesperante, protegido por la legislación internacional y prácticamente ausente de los centros de jardinería. Quien lo tiene, lo tiene porque lo ha buscado.

Y merece la pena buscarlo, porque su morfología no se parece a la de ningún otro cactus. Los tubérculos aplanados y alargados de Pelecyphora aselliformis, con sus espinas dispuestas como los dientes de un peine, dan a la planta el aspecto de estar cubierta de cochinillas de la humedad. De ahí el epíteto: aselliformis significa «con forma de Asellus», el crustáceo terrestre que en España llamamos bicho bola o cochinilla de humedad.

Qué es Pelecyphora y de dónde viene

El género fue descrito en 1843 y durante casi dos siglos incluyó solo dos especies: Pelecyphora aselliformis y Pelecyphora strobiliformis. Ambas son endémicas del Desierto Chihuahuense mexicano: la primera de los alrededores de San Luis Potosí, la segunda de Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila.

Conviene saber que la taxonomía del grupo se ha movido mucho. Los estudios filogenéticos publicados en los últimos años han llevado a absorber dentro de Pelecyphora los géneros Turbinicarpus y Obregonia, de modo que muchas plantas que se venden con esos nombres son hoy, formalmente, Pelecyphora. En este artículo me centro en las dos especies clásicas, que son las que la mayoría de aficionados tiene en mente al oír el nombre.

En su hábitat crecen en suelos calcáreos y yesíferos, en mesetas áridas por encima de los 1.500 metros, muchas veces semienterrados entre gravas y bajo la protección de arbustos. Esta última costumbre —crecer a la sombra parcial de otra planta— es un dato relevante para el cultivo que suele pasarse por alto.

Nota legal. Pelecyphora aselliformis y P. strobiliformis figuran en el Apéndice I del CITES, la categoría de máxima protección. Eso significa que el comercio internacional de ejemplares recolectados en la naturaleza está prohibido y que las plantas cultivadas requieren documentación. En la práctica, para un aficionado español esto se traduce en una regla sencilla: compra únicamente a viveros especializados que puedan acreditar propagación artificial, y desconfía de ejemplares grandes y baratos de origen poco claro. La presión de la recolección ilegal es uno de los motivos por los que estas plantas escasean en el campo.

Cómo son las dos especies

Pelecyphora aselliformis. Cuerpo globoso a cortamente cilíndrico, verde grisáceo, de 3 a 6 cm de diámetro y hasta 10 cm de altura en ejemplares muy viejos. Está cubierto de tubérculos lateralmente comprimidos, aplanados como pequeñas hachuelas —de ahí Pelecyphora, del griego pelekys, hacha, y phoros, portador—. Sobre cada tubérculo, entre 40 y 60 espinas diminutas, blancas y fusionadas en la base, se disponen en dos filas peinadas. Es una espinación pectinada que no pincha: al tacto la planta es áspera, no agresiva.

Con la edad forma grupos de varias cabezas desde la base. Las flores, de 2 a 3 cm, salen del ápice en primavera y son de un magenta violáceo intenso con la garganta más clara, un color que contrasta de forma brutal con el gris de la planta.

Pelecyphora strobiliformis. Aquí los tubérculos son triangulares, aplanados, imbricados y superpuestos como las escamas de una piña de conífera: strobiliformis significa exactamente eso. Las espinas son caducas y desaparecen en los tubérculos adultos, de modo que la planta madura está prácticamente desnuda. El cuerpo, gris verdoso o pardo violáceo, suele crecer a ras de suelo o semienterrado, con la mayor parte del volumen ocupado por una raíz napiforme gruesa. Flores rosa magenta o casi blancas, de 2-3 cm, también apicales y primaverales.

Pelecyphora aselliformis con sus tubérculos aplanados y espinas peinadas

Las dos especies comparten una característica que condiciona todo lo demás: son extraordinariamente lentas. Una plántula de P. aselliformis puede tardar cuatro años en alcanzar un centímetro de diámetro, y de ocho a doce años en florecer por primera vez. Un ejemplar de 5 cm es una planta con dos décadas encima. Conviene interiorizarlo antes de comprar, porque quien espere ver crecimiento visible de un mes a otro se llevará una decepción y, casi con seguridad, intentará «ayudarla» con agua y abono, que es la forma más rápida de matarla.

Sustrato: el punto crítico

Si un Pelecyphora muere, en ocho de cada diez casos la causa está en el sustrato. Estas plantas tienen raíz napiforme, que es un órgano de reserva carnoso, y esa raíz se pudre con una facilidad pasmosa si permanece húmeda más de unos días.

La mezcla debe ser casi enteramente mineral: del 75 al 85 % de árido. Una fórmula que da buenos resultados es pómice, akadama o zeolita en granulometría de 2 a 5 mm como base, con una fracción menor de arena silícea gruesa y solo un 15-20 % de materia orgánica —turba rubia o compost muy maduro y tamizado— para retener algo de humedad y nutrientes.

Dado que en el campo viven sobre calizas y yesos, toleran e incluso agradecen un sustrato alcalino. Añadir un 10 % de caliza triturada fina o un puñado de yeso agrícola a la mezcla es una práctica habitual entre coleccionistas y ayuda a mantener la epidermis firme. Es de los pocos géneros donde el agua dura española no es un problema.

La maceta debe ser profunda para alojar la raíz —una maceta cuadrada de 7x7x10 cm es adecuada para un ejemplar mediano— y llevar siempre una capa superficial de grava gruesa de 1-2 cm que mantenga el cuello aislado de la humedad.

Riego: menos de lo que crees

El calendario de riego es el de un cactus del altiplano mexicano, y el margen de error es estrecho.

De marzo a junio, que es su periodo de crecimiento principal, riega a fondo cada 12-20 días, siempre que el sustrato esté completamente seco en profundidad. Empapa hasta que salga agua por el drenaje y no vuelvas a tocarlo.

En julio y agosto, con calor extremo, la planta entra en parada estival y absorbe muy poco. Reduce a un riego ligero cada tres o cuatro semanas, siempre al atardecer. Regar abundantemente un Pelecyphora en una ola de calor de 40 ºC es una receta segura para perderlo.

En septiembre y octubre retoma un ritmo similar al de primavera; hay un segundo pico de crecimiento en otoño.

De noviembre a febrero, sequía absoluta. Ni un pulverizado. La planta se arrugará y encogerá visiblemente, e incluso se hundirá un poco en el sustrato: eso es normal y deseable, es su mecanismo de resistencia al frío y de inducción floral. Recuperará el volumen con los primeros riegos de primavera.

El riego por inmersión parcial, apoyando la maceta en un plato con dos centímetros de agua durante veinte minutos, funciona muy bien en este género porque evita mojar el cuello y el ápice.

Luz y temperatura

Aunque son plantas de desierto, recuerda que en su hábitat crecen frecuentemente al abrigo de arbustos. Necesitan mucha luz pero no sol abrasador todo el día: lo ideal es pleno sol de mañana y sombra o luz filtrada en las horas centrales del verano. Bajo una malla de sombreo del 30-40 %, que es lo que usan la mayoría de coleccionistas peninsulares, se comportan perfectamente.

Con sol directo de julio a mediodía y sin aclimatación previa, la epidermis se broncea, se vuelve rojiza o amarillenta y en casos graves aparecen manchas de quemadura irreversibles. Con poca luz, en cambio, la planta se estira, pierde la compacidad característica y el patrón de tubérculos se desordena.

En cuanto al frío, en seco toleran bien bajadas hasta -3 o -5 ºC puntuales. Aun así, para un cultivo tranquilo lo razonable es mantenerlas por encima de 5 ºC y siempre resguardadas de la lluvia invernal, que es un riesgo mucho mayor que la temperatura. La invernada fresca, entre 5 y 12 ºC, en un invernadero frío o una galería luminosa, es además la que induce la floración de primavera.

Abonado, trasplante y multiplicación

Abonado. Muy poco. Un fertilizante para cactáceas bajo en nitrógeno, diluido a un cuarto o un tercio de la dosis del envase, dos o tres veces en toda la temporada de crecimiento. El nitrógeno en exceso produce un crecimiento hinchado y deforma el dibujo de los tubérculos, que es precisamente lo que hace bonita a esta planta.

Trasplante. Cada tres o cuatro años, a principios de primavera. Como crecen tan despacio, no necesitan cambio frecuente de maceta, pero sí de sustrato: el mineral se degrada y se compacta. Al trasplantar, limpia la raíz por completo, revisa que no haya cochinilla —Rhizoecus, la cochinilla de raíz, es la plaga más destructiva y más silenciosa en este género—, recorta lo dañado y espera de siete a diez días antes del primer riego.

Multiplicación. Por semilla, que germina bien pero da plántulas de crecimiento glacial. Siembra en primavera a 22-25 ºC en sustrato mineral fino esterilizado, en recipiente tapado, y mantén las plántulas en semisombra el primer año.

Muchos viveros recurren al injerto sobre patrones vigorosos como Echinopsis, Myrtillocactus geometrizans o Pereskiopsis para acelerar el crecimiento. Un Pelecyphora injertado alcanza tamaño y flor en tres años en vez de doce. La contrapartida es que crece deformado, con tubérculos más grandes y separados, y pierde la compacidad de un ejemplar de raíz propia. Es una decisión legítima, pero conviene saber qué se está comprando: si el vendedor no lo menciona, mira la base.

Errores más frecuentes

Tratarlo como un cactus corriente. El sustrato de cactus de saco, sin cortar con árido, retiene demasiada agua y mata un Pelecyphora en una o dos temporadas.

Regar en invierno «un poquito». Es la causa más común de podredumbre. El reposo seco no admite excepciones.

Alarmarse por el arrugamiento invernal. Es fisiológico. Si en enero la planta parece deshidratada y hundida, está haciendo exactamente lo que debe.

Confundir el crecimiento lento con un problema. Un año sin cambio aparente es normal en esta especie, no es señal de nada.

Ignorar la cochinilla de raíz. Un cuerpo que deja de crecer, pierde brillo y se arruga en pleno verano pese al riego correcto suele tener las raíces infestadas. Solo se detecta desenmacetando.

En resumen

Pelecyphora es un cactus mexicano diminuto, de crecimiento extremadamente lento, con dos especies clásicas de morfología única: P. aselliformis, cubierta de tubérculos en forma de hacha con espinas peinadas, y P. strobiliformis, con escamas superpuestas como una piña. Ambas producen flores magenta apicales en primavera y ambas están en el Apéndice I del CITES, así que solo deben adquirirse de propagación artificial documentada.

Su cultivo se resume en cuatro decisiones: sustrato mineral al 80 %, ligeramente calcáreo; luz abundante con sombreo en las horas centrales del verano; riego espaciado de marzo a octubre con parada en pleno calor; y sequía total y temperatura fresca de noviembre a febrero. Hecho eso, la planta prácticamente se cuida sola. Lo único que pide, y lo pide en serio, es paciencia.


Contenidos relacionados