A unos 2.000 metros de altitud, en las laderas secas del sur de Bolivia, crecen columnas blancas que de lejos parecen cubiertas de escarcha. Son Cleistocactus strausii, y ese vello plateado no es un adorno: es un filtro solar y una manta térmica al mismo tiempo. Entender de dónde viene esta planta explica casi todo lo que hay que hacer con ella en una terraza española.

Ejemplares columnares de Cleistocactus strausii cubiertos de espinas blancas

Qué es exactamente la antorcha de plata

Cleistocactus strausii es un cactus columnar de la familia de las cactáceas originario del departamento de Tarija, en Bolivia, en zonas de montaña con inviernos fríos y secos y veranos de sol muy intenso. En España se vende como antorcha de plata, cactus de algodón o cirio plateado.

Forma tallos erectos de entre 5 y 8 cm de grosor que se mantienen bastante constantes a lo largo de toda la columna, sin engordar por la base. En su tierra alcanza los 3 metros; en maceta, con paciencia, es realista esperar entre 1 y 1,5 metros. Cada tallo tiene alrededor de 25 costillas muy poco marcadas, tan juntas que apenas se distinguen bajo la espinación.

Esa espinación es lo que le da el nombre. De cada areola salen unas dos o tres decenas de espinas radiales blancas, finas y flexibles, casi pelos, más cuatro espinas centrales más largas y rígidas de tono amarillento o pajizo. El conjunto envuelve el tallo por completo. La función de ese revestimiento es reflejar la radiación y frenar la pérdida de calor por la noche, algo que en la puna boliviana marca la diferencia entre sobrevivir o no. En una terraza de Sevilla en agosto cumple exactamente el mismo papel.

Con los años ramifica desde la base y acaba formando un grupo de varias columnas, que es cuando la planta resulta realmente vistosa. Existe además una forma cristada, Cleistocactus strausii f. cristata, en la que el punto de crecimiento se deforma y produce abanicos ondulados blancos; se propaga por esquejes o injerto y es una curiosidad de coleccionista, no una planta distinta.

La floración: por qué se llama Cleistocactus

El nombre del género viene del griego kleistos, cerrado, y describe bien lo que pasa: las flores casi no se abren. Son tubos estrechos de unos 8 cm de largo, de color rojo burdeos o granate, que brotan perpendiculares al tallo, hacia los lados, y que en su punto máximo apenas separan un poco los pétalos del extremo. Quien espere la flor abierta y espectacular de un Echinopsis se va a llevar un chasco.

La forma tiene explicación: en Bolivia las poliniza un colibrí, que introduce el pico en el tubo sin necesidad de que la flor se despliegue. En cultivo aparecen entre finales de primavera y verano, normalmente en la parte alta de la columna y solo en ejemplares maduros. No esperes flores hasta que el tallo pase de los 40 o 50 cm, lo que suele significar cinco o seis años desde semilla en buenas condiciones.

Flores tubulares rojas de Cleistocactus strausii saliendo del lateral del tallo

Luz y ubicación

Sol directo, cuanto más mejor. Es una planta de exterior, y ese es el primer error que se comete con ella: se compra por lo bonita que queda y se coloca en una estantería del salón. En interior, incluso junto a una ventana orientada al sur, el tallo se ahíla, produce un crecimiento más estrecho y verdoso con espinas ralas, y esa parte deformada ya no se recupera nunca.

Hay un matiz importante al sacarla al sol. Una planta que viene de invernadero o de vivero cubierto no está aclimatada y puede quemarse en una semana de junio, con manchas amarillentas o parduzcas que tampoco desaparecen. La transición se hace en primavera y progresivamente: dos semanas a media sombra, luego sol de mañana, y a partir de ahí sol pleno.

Al ser una columna estrecha y alta, conviene girarla un cuarto de vuelta cada mes si crece contra una pared, para que no se incline buscando la luz. Ese giro se hace durante el crecimiento, no cuando ya tiene botones florales.

Riego a lo largo del año

De marzo a octubre riega cuando el sustrato esté completamente seco en toda la profundidad de la maceta, no solo en la superficie. En el clima peninsular eso significa aproximadamente cada 7 o 10 días en pleno julio y cada 15 o 20 en abril y octubre. El método correcto es empapar hasta que salga agua por el drenaje y luego dejar secar del todo; los riegos pequeños y frecuentes mantienen húmeda la parte alta del cepellón y seca la baja, que es justo lo contrario de lo que interesa.

De noviembre a febrero, riego cero. Esto no es una recomendación blanda: en un cactus de montaña, el agua en invierno con temperaturas bajas es la causa número uno de podredumbre basal. La planta se arruga un poco y pierde algo de turgencia durante esos meses, y eso es normal y hasta deseable. El único caso en que se da un riego mínimo en invierno es el de plantas pequeñas de menos de 10 cm mantenidas en interior cálido, y aun así basta con un chorrito una vez a finales de enero.

Nunca dejes plato con agua debajo. Y si la planta está en el exterior en una zona de lluvias otoñales fuertes, como la cornisa cantábrica o Galicia, hay que protegerla de la lluvia a partir de octubre, no del frío.

Frío: más resistente de lo que se cree

Aquí es donde conviene desmontar una idea muy extendida. Se asume que todo cactus es una planta tropical delicada, y con esta especie no es así: Cleistocactus strausii aguanta heladas de varios grados bajo cero siempre que el sustrato esté seco. Con la maceta seca y buena ventilación, soporta sin daño mínimas en torno a -5 °C, y ejemplares establecidos han pasado episodios más duros en zonas de interior.

La condición es innegociable: seco. Ese mismo cactus a -2 °C con el sustrato húmedo se pudre. Lo que mata no es el frío, es la combinación de frío y agua, porque el agua congelada dentro de los tejidos los revienta y porque los hongos del suelo prosperan cuando la raíz está fría, encharcada e inactiva.

En la práctica: en el litoral mediterráneo, en Andalucía, Levante y Baleares vive en el exterior todo el año sin más precaución que resguardarlo de la lluvia invernal. En Madrid y las mesetas, también, aunque los ejemplares jóvenes agradecen un lugar al pie de una pared que dé al sur. En el norte húmedo, invernadero frío o porche cubierto.

Sustrato, maceta y trasplante

Necesita una mezcla predominantemente mineral y que drene rápido. Una proporción que funciona bien es un tercio de sustrato para cactus, un tercio de arena gruesa de sílice o gravilla de 2-5 mm y un tercio de picón, puzolana o pómice. Las turbas puras retienen demasiada agua y, cuando se secan del todo, se vuelven hidrófobas y luego cuesta rehidratarlas.

La maceta plantea un problema propio de las especies columnares: la planta crece hacia arriba y el conjunto se vuelve inestable. Usa barro cocido en vez de plástico, que pesa más y evapora por las paredes, y elige un diámetro que no sea excesivo, porque un tiesto demasiado grande tarda una eternidad en secarse. Para ejemplares grandes puede hacer falta lastrar el fondo con unas piedras o pasar a un contenedor más ancho aunque no lo pida la raíz.

Trasplanta cada dos o tres años, siempre en primavera y con el cepellón seco. Después del trasplante, espera de siete a diez días antes del primer riego para que cicatricen las raicillas rotas. Para manipularlo sin clavarte las espinas centrales, envuélvelo con varias vueltas de papel de periódico o usa una tira de espuma; las radiales blancas son blandas, pero las cuatro centrales pinchan de verdad.

Abonado

De abril a septiembre, un abono específico para cactus, bajo en nitrógeno y con más potasio y fósforo (del estilo 5-10-10 o similar), diluido a la mitad de la dosis del envase, cada tres o cuatro semanas junto con el riego. Nunca sobre sustrato seco: primero un riego de agua sola o el abono en el agua de un riego completo, para no quemar las raíces.

El exceso de nitrógeno produce un crecimiento rápido pero blando, de color verde claro, con la epidermis fina y las espinas más cortas y separadas. Es un tejido más vulnerable a la cochinilla y a la insolación, y encima estropea la línea de la columna, que en esta especie es todo su atractivo.

Plagas y problemas frecuentes

La cochinilla algodonosa es el enemigo específico de esta planta, y por una razón muy concreta: sus masas blancas algodonosas se camuflan a la perfección entre las espinas blancas. Cuando se detecta, la infestación suele llevar meses. Revisa cada pocas semanas separando la espinación en algunos puntos, sobre todo en el ápice y en las axilas donde ramifica. Si la ves, alcohol de 96° con un pincel sobre cada foco y, si está extendida, un insecticida sistémico con imidacloprid o similar en riego, siempre en época de crecimiento activo.

También existe la cochinilla de las raíces, invisible desde fuera: si una planta deja de crecer sin motivo aparente, sácala de la maceta y busca polvillo blanco pegado a las raíces y a las paredes del tiesto. Se trata lavando la raíz, cambiando todo el sustrato y desechando la maceta o desinfectándola.

La araña roja aparece en ambientes secos y sin ventilación, típicamente en plantas de interior, y deja el ápice con un tono oxidado y áspero que ya no se recupera. La podredumbre basal se manifiesta como un ablandamiento marrón en la base del tallo; si se coge a tiempo, se corta por encima de la zona afectada con un cuchillo limpio, se deja secar el corte dos o tres semanas al aire y se reenraíza el trozo sano.

Un fenómeno que asusta sin motivo: la base de las columnas viejas se lignifica y adquiere un aspecto pardo y corchoso. Eso no es podredumbre. La diferencia es al tacto: el corcho está duro y seco, la podredumbre está blanda y cede al apretar.

Multiplicación

Lo más sencillo es aprovechar los brotes basales que emite una planta adulta. Se separan en primavera con un corte limpio, se dejan secar dos o tres semanas en un sitio ventilado y a la sombra hasta que el corte forme callo, y luego se apoyan sobre sustrato mineral apenas humedecido. Enraízan en un par de meses.

Por semilla también funciona bien, y es la vía habitual del comercio. Siembra en primavera, en superficie sobre sustrato fino, con calor de unos 20-25 °C y humedad constante bajo tapa hasta la germinación, que tarda entre una y tres semanas. El inconveniente es el tiempo: las plántulas son bolitas verdes con pelusa blanca y tardan tres o cuatro años en parecerse a la planta adulta. Como compensación, esta especie crece rápido para ser un cactus, entre 10 y 15 cm al año una vez establecida.

En resumen

La antorcha de plata es un cactus de montaña boliviana, no una planta de salón. Quiere sol directo, una mezcla mineral que se seque rápido, riegos abundantes y espaciados de marzo a octubre y sequía absoluta de noviembre a febrero. Con la maceta seca aguanta heladas ligeras sin inmutarse, así que en casi toda España puede vivir en el exterior todo el año protegido de la lluvia invernal. Las flores rojas tubulares llegan cuando la columna supera el medio metro y nunca se abren del todo, porque están hechas para el pico de un colibrí. Vigila la cochinilla algodonosa entre las espinas blancas, no la sobrealimentes con nitrógeno y aclimátala poco a poco al sol pleno: con eso, es de los cactus columnares menos problemáticos que se pueden cultivar aquí.


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