La idea que tiene casi todo el mundo del verano de un cactus es esta: pleno sol, nada de agua y a esperar. Es una descripción bastante mala de lo que ocurre en realidad. El verano es la estación de crecimiento de la mayoría de los cactus —es cuando engordan, cuando emiten espinas nuevas y cuando muchos florecen—, así que también es la época en la que más agua necesitan. Pero, al mismo tiempo, un julio de 40 °C en Sevilla, Córdoba o Zaragoza no se parece en nada al verano de su hábitat, y en esas condiciones la planta se para. Manejar bien esas dos ideas a la vez es todo el asunto.

Qué le pasa a un cactus cuando aprieta el calor

Los cactus son plantas CAM (metabolismo ácido de las crasuláceas): abren los estomas de noche, fijan CO₂ en forma de ácido málico y lo procesan de día con los estomas cerrados. Es un sistema magnífico para ahorrar agua, pero tiene un techo térmico. Cuando las temperaturas sostenidas superan los 35-38 °C, la planta entra en una parada estival: deja de crecer, reduce al mínimo su actividad y las raíces finas absorbentes se secan.

La consecuencia práctica es importante. En la costa mediterránea o en el norte, con veranos de 28-32 °C, el cactus crece de mayo a septiembre y hay que regarlo y abonarlo. En el interior peninsular, con la ola de calor de julio y agosto, lo lógico es crecer en mayo-junio, aflojar en el corazón del verano y retomar en septiembre, que suele ser el mejor mes del año para los cactus en España. Regar a fondo una planta parada, con el sustrato caliente, es la receta más rápida para una podredumbre de cuello.

Cactus globosos cultivados en maceta al sol

El riego: mucho y espaciado, nunca poco y a menudo

La regla de oro es empapar y secar. Cuando riegues, hazlo hasta que salga agua por el agujero de drenaje, y luego no vuelvas a tocar la maceta hasta que el sustrato esté seco por completo, no solo en superficie. Los riegos cortos y frecuentes mantienen húmeda la parte alta del cepellón, que es donde está el cuello de la planta, y dejan seca la zona profunda, donde están las raíces. Es lo peor de ambos mundos.

Como orden de magnitud, en un verano peninsular con macetas de 10-15 cm eso se traduce en un riego cada 7 a 12 días, con estas variables:

El barro cocido seca mucho más rápido que el plástico. Una maceta pequeña seca en tres días y una grande puede tardar tres semanas. Un sustrato mineral seca antes que uno con turba. Y una planta con muchas raíces bebe más que un ejemplar recién trasplantado.

En vez de fiarte del calendario, clava un palillo largo de madera hasta el fondo del cepellón y sácalo: si sale con partículas pegadas o con la punta oscura, todavía hay humedad. Es la prueba más fiable y cuesta cinco segundos.

Riega a primera hora de la mañana o al anochecer, nunca a mediodía con la maceta ardiendo. Y hazlo sobre el sustrato, no sobre el cuerpo de la planta: el agua acumulada entre las costillas o en el ápice lanoso, con sol encima, provoca manchas de cal, quemaduras y focos de Botrytis. Si tu agua es muy dura —buena parte de España lo es— alterna con agua de lluvia para que la costra blanca no acabe tapando la epidermis.

Dos señales que conviene aprender a distinguir: un cuerpo arrugado, más delgado y firme es sed, y se corrige regando; una base blanda, amarillenta o traslúcida es podredumbre, y regar la remata. En la duda, no riegues. Un cactus aguanta un mes sin agua sin despeinarse; no aguanta una semana encharcado.

Sol sí, pero no de golpe

Las quemaduras solares son el daño estético más frecuente del verano y son irreversibles: aparece una mancha decolorada, blanquecina o amarillenta, en la cara orientada al sol, que con las semanas se vuelve marrón y corchosa. Esa cicatriz se queda ahí de por vida.

Se producen casi siempre por un cambio brusco: la planta que compraste en un invernadero sombreado y colocas en la terraza sur, o la que ha pasado el invierno dentro de casa y sacas fuera en mayo. La epidermis necesita aclimatarse, y eso lleva de dos a tres semanas: primero sombra luminosa, luego sol de mañana, y al final exposición completa.

Tampoco todos los géneros quieren lo mismo. Aguantan sol pleno sin problema los Opuntia, Cereus, Ferocactus, Echinopsis arbustivos y la mayoría de las Mammillaria muy espinosas. Agradecen un 50 % de sombra en julio y agosto los Gymnocalycium, Rebutia, Sulcorebutia, muchos Astrophytum y las especies de epidermis desnuda o poco espinosas. Una malla de sombreo del 40-50 % tendida sobre el conjunto es la solución más barata y eficaz.

Caso aparte: los cactus epífitosSchlumbergera, Rhipsalis, Epiphyllum, Hatiora— no son plantas de desierto, sino de selva. En verano quieren sombra clara, humedad ambiental y riegos regulares. Ponerlos al sol con el criterio de "es un cactus" los cocina en dos días.

La maceta que cocina las raíces

Este es el fallo silencioso que casi nadie relaciona con lo que ve. Una maceta de plástico negro a pleno sol de agosto puede superar los 50 °C en la cara expuesta. A esa temperatura las raíces finas mueren; la planta deja de absorber, se arruga, tú interpretas que tiene sed, riegas más, y sobre unas raíces dañadas el agua acaba en podredumbre.

Soluciones, por orden de comodidad: agrupa las macetas para que se den sombra entre ellas, usa barro o plástico de color claro, mete la maceta oscura dentro de otra mayor haciendo cámara de aire, o coloca una tabla que sombree solo los tiestos dejando las plantas al sol. Los cultivos en el suelo del jardín no tienen este problema, porque la tierra amortigua.

Sobre el sustrato: en verano se nota especialmente si está mal compuesto. Una mezcla con mucha turba se vuelve hidrófoba al secarse del todo —el agua resbala por los bordes y sale por abajo sin mojar el cepellón— y da la falsa impresión de que has regado. Una mezcla con al menos un 50-60 % de material mineral (arena gruesa de sílice, pómice, akadama, picón, greda) se rehidrata siempre.

Detalle de las espinas y la epidermis de un cactus

Abonado y trasplantes

Se abona solo cuando la planta está creciendo. De abril a septiembre, con un fertilizante específico de cactus o cualquiera bajo en nitrógeno y alto en potasio (del tipo 5-10-10), diluido a la mitad de la dosis de la etiqueta, cada tres o cuatro semanas y siempre sobre sustrato ya húmedo, nunca en seco. El exceso de nitrógeno produce tejidos blandos, hinchados y verdes claros, con espinas ralas, mucho más vulnerables a hongos y a cochinillas.

Suspende el abonado durante la quincena de más calor, cuando la planta está parada, y déjalo definitivamente a partir de octubre.

El trasplante no se hace en julio ni en agosto. Las mejores ventanas son la primavera y el mes de septiembre, cuando la planta tiene actividad para emitir raíces nuevas. Después de trasplantar, espera de siete a diez días antes del primer riego para que las heridas de las raíces cicatricen.

Plagas de verano

Cochinilla algodonosa (Planococcus citri). La más habitual. Borrones blancos algodonosos en las axilas, entre las costillas y en el ápice. Con pocas plantas, un bastoncillo mojado en alcohol de 70° las elimina una a una. Para tratamientos generales, jabón potásico o aceite de neem, siempre al anochecer y con la planta a la sombra: aplicado a pleno sol y con calor, el jabón es fitotóxico y quema la epidermis.

Cochinilla de las raíces (Rhizoecus). La más traicionera, porque no se ve. La planta se estanca, no crece pese a riego y abono, y pierde color. Se detecta al desenmacetar: polvillo blanco en las raíces y en las paredes internas de la maceta. Hay que lavar las raíces, eliminar el sustrato entero y replantar en tiesto limpio.

Araña roja (Tetranychus urticae). Prospera exactamente con el calor seco del verano español. Deja un moteado bronceado que empieza en el ápice y se extiende hacia abajo, y al corcharse tampoco desaparece. Cuesta verla porque mide menos de medio milímetro. Aumentar la humedad ambiental del entorno la frena; contra una infestación establecida hacen falta acaricidas.

Caracoles y babosas. Actúan de noche y roen la epidermis dejando cicatrices irregulares en la base, sobre todo en macetas apoyadas en el suelo.

Y sobre las podredumbres: cuando la base se pone blanda y oscura, ya no se cura. La única opción es cortar por encima con un cuchillo limpio hasta encontrar tejido totalmente sano y blanco, dejar secar el corte una o dos semanas al aire y enraizar la parte superior como esqueje. Sale mejor de lo que parece.

Y si te vas de vacaciones

No dejes instrucciones de riego a nadie. Riega a fondo el día antes de irte, agrupa las macetas en un sitio con sombra parcial y resguardado del viento, y vete tranquilo. Tres o cuatro semanas de sequía en verano no matan a un cactus sano; el vecino bienintencionado regando cada dos días, sí.

En resumen

En verano el cactus quiere agua —riegos abundantes y muy espaciados, siempre con el sustrato seco entre uno y otro, a primera o última hora del día—, quiere sol al que se haya acostumbrado poco a poco, y quiere que sus raíces no se cocinen dentro de una maceta negra recalentada. Cuando el termómetro pasa de 38 °C la planta se para: ahí toca reducir riegos, suspender abonados y esperar a septiembre. Vigila las cochinillas y la araña roja, no trasplantes en pleno agosto y, ante cualquier duda entre regar o no regar, no riegues.


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