Un sobre de semillas de cactus cuesta lo que un café y trae entre veinte y cien granos. De ahí pueden salir, con un poco de método, más plantas de las que caben en una ventana. Sembrar cactus es la vía más barata de conseguir especies que en vivero valen un dineral, y también la única forma de tener ejemplares que crezcan desde cero adaptados a tu casa, tu agua y tu luz. Lo que hay que asumir es el ritmo: una Astrophytum tarda tres o cuatro años en parecer un cactus de verdad, y un Ferocactus puede necesitar diez para hacer las espinas gruesas que le dan carácter.

La buena noticia es que la parte difícil dura seis semanas. Si el semillero arranca bien, después el trabajo es mínimo. Este artículo va de esas seis semanas.

Cuándo sembrar en España

La ventana buena en la Península va de marzo a junio. La razón no es el calendario sino la temperatura: el grueso de los cactus germina entre 20 y 28 °C, con un óptimo bastante estrecho alrededor de los 24 °C, y necesita además cierta oscilación entre el día y la noche. En primavera esas condiciones se dan solas en un interior luminoso, sin gastar electricidad.

Sembrar en verano tiene un problema que se subestima: por encima de 32-34 °C muchas especies entran en termoinhibición y la semilla, sencillamente, no germina aunque esté viva y húmeda. En un semillero cerrado al sol de julio en Sevilla o Zaragoza se superan los 45 °C en minutos. Y sembrar en otoño obliga a pasar el invierno con plántulas de dos milímetros que no tienen reservas para aguantar tres meses sin crecer.

Hay excepciones que conviene conocer. Los géneros de montaña alta como Rebutia, Sulcorebutia, Lobivia o Echinocereus germinan bien más frescos, entre 15 y 20 °C, y admiten siembra temprana en marzo. Y las semillas de Opuntia y de algunas Echinocactus agradecen un periodo previo de frío húmedo: dos o tres semanas en la nevera, dentro de una bolsita con arena apenas humedecida, rompen la latencia y suben mucho el porcentaje de nascencia.

Qué semilla comprar y cómo saber si sirve

Las semillas de cactus pierden viabilidad con el tiempo, pero mucho más despacio de lo que se cree. Guardadas secas, en sobre de papel y a temperatura ambiente estable, buena parte de los géneros germina razonablemente hasta los tres o cuatro años. Algunas especies incluso mejoran tras unos meses de reposo posterior a la cosecha, porque la semilla recién extraída del fruto puede tener una latencia fisiológica que se disipa sola.

Lo que sí conviene es huir de dos cosas. La primera, los sobres de gran superficie etiquetados como «mezcla de cactus» sin nombre de especie: suelen ser saldos de varias campañas, con porcentajes de germinación bajos, y encima no sabes qué te ha salido hasta pasados dos años. La segunda, las semillas teñidas de colores llamativos que se venden en algunos bazares como «cactus arcoíris»; no existe ningún cactus que nazca azul o rosa fluorescente, y lo que germina, si germina, es una planta corriente.

Para empezar, los géneros más agradecidos son Mammillaria, Gymnocalycium, Echinopsis, Rebutia y Parodia: germinan rápido, en cuatro a diez días, con porcentajes altos, y las plántulas son robustas. Deja Ariocarpus, Aztekium o Blossfeldia para cuando lleves un par de temporadas; sus semillas son polvo fino y las plántulas crecen tan despacio que el margen de error es nulo.

El sustrato: mineral, fino y esterilizado

El sustrato de siembra no se parece al de un cactus adulto. Aquí no interesa el drenaje brutal de la mezcla de mantenimiento, porque el semillero va a estar húmedo de forma continua durante semanas; lo que interesa es que no se compacte, no críe algas ni hongos y deje pasar el aire.

Una mezcla que funciona bien: 50 % de material mineral fino (arena de sílice lavada de 1-2 mm, arena de cuarzo, o pumita y akadama tamizadas), 30 % de turba rubia o fibra de coco cribada, y 20 % de perlita fina. Todo pasado por un colador para eliminar el polvo, porque el polvo es lo que sella la superficie y asfixia las raicillas.

La esterilización no es opcional. El enemigo número uno del semillero es el damping-off, el colapso del cuello por hongos del suelo (Pythium, Rhizoctonia, Fusarium), y una vez aparece se lleva la bandeja entera en tres días. Se previene, no se cura. Dos métodos caseros:

Microondas: el sustrato humedecido, en un recipiente apto, cinco minutos a máxima potencia. Debe salir echando vapor. Horno: bandeja con el sustrato húmedo tapada con papel de aluminio, 30 minutos a 90-100 °C medidos en el interior de la masa. No subas más: por encima de 120 °C la materia orgánica se degrada y libera compuestos fitotóxicos. Deja enfriar del todo antes de sembrar.

Los tiestos y bandejas también: lejía al 10 %, diez minutos, y enjuagado abundante. Reutilizar una maceta sin desinfectar es el atajo más habitual hacia una bandeja perdida.

La siembra, paso a paso

1. Llena y asienta. Rellena macetas pequeñas (5-7 cm) o alvéolos hasta un centímetro del borde y golpea el fondo contra la mesa para asentar sin apelmazar. Alisa la superficie con el dorso de una cuchara. Una superficie irregular hace que las semillas rueden a los valles y germinen amontonadas.

2. Humedece desde abajo. Pon las macetas en una bandeja con dos centímetros de agua y espera a que la humedad suba por capilaridad hasta oscurecer la superficie. Regar por arriba en este momento desplaza el sustrato fino y luego entierra las semillas. Usa agua de baja mineralización: de lluvia, osmotizada, o del grifo si tu zona no pasa de unos 20 °f de dureza. En buena parte del interior peninsular y del Levante el agua es dura y deja costras de cal que las plántulas no atraviesan.

3. Reparte las semillas por encima. Y no las entierres. Este es el error que más semilleros arruina. Las semillas de cactus son en su mayoría fotoblásticas positivas: necesitan luz para germinar. Enterrarlas medio centímetro, como se hace con las hortalizas, condena a la mayoría. Se colocan sobre el sustrato y se dejan ahí. Como mucho, un espolvoreo casi invisible de arena finísima en las semillas más grandes, del tipo Opuntia o Cereus. Para repartir las semillas diminutas, dóblalas dentro de una hoja de papel y golpéala con el dedo, o usa un palillo humedecido en la punta.

4. Deja espacio. Resiste la tentación de sembrar denso. Una separación de medio centímetro entre semillas parece un derroche cuando miden un milímetro, pero a los seis meses esas plántulas son bolitas de cinco milímetros y si están pegadas se sombrean, se estiran y se contagian los hongos unas a otras.

5. Tapa. Bolsa transparente cerrada con goma, tapa de propagador o film. La humedad ambiental tiene que rondar el 100 %. No es un invernadero decorativo: es lo que impide que la semilla, apoyada en superficie, se seque en las horas críticas de la imbibición.

6. Coloca en luz clara e indirecta. Nunca a sol directo con la tapa puesta. Junto a una ventana orientada al este, o a un metro de una ventana al sur, es suficiente. Y etiqueta: nombre y fecha. A los ocho meses no vas a recordar qué había en cada maceta, y las plántulas de Mammillaria y Gymnocalycium son indistinguibles a esa edad.

Semillas de cactus germinando en superficie

Las primeras semanas: qué pasa y qué hacer

Los primeros brotes aparecen entre los 4 y los 20 días según el género. Lo que sale no se parece a un cactus: son dos cotiledones carnosos, verdes o rojizos, sin espinas, más cercanos a una lenteja partida que a otra cosa. Las espinas del ápice llegan semanas después, cuando el tallo empieza a engordar por debajo de los cotiledones.

La germinación es escalonada, y esto desespera a quien siembra por primera vez. En un mismo sobre puede germinar el 60 % en la primera semana y seguir apareciendo rezagados durante dos meses. No tires un semillero por falta de resultados hasta que hayan pasado ocho semanas largas.

No destapes por curiosidad. Cada apertura baja la humedad de golpe y las plántulas recién emergidas, que aún no tienen cutícula formada, se deshidratan en horas. Si se condensa demasiada agua en la tapa y no ves nada, sacúdela y vuelve a cerrar.

El destape se hace de forma gradual y no antes de los dos o tres meses. Se empieza abriendo una esquina unas horas al día, se va alargando durante dos o tres semanas y solo entonces se retira del todo. Un destape brusco a los treinta días es la segunda causa de mortandad masiva, después del damping-off.

Si aparecen musgos o algas verdes en la superficie, no es fatal por sí mismo, pero indica exceso de humedad y poca luz, y compite con las plántulas. Sube algo la luz y ventila. Si lo que ves son plántulas que se doblan por la base y caen como fichas de dominó, eso sí es damping-off: retira las afectadas con pinzas de inmediato, ventila y trata el resto con un fungicida a base de cobre o con propamocarb. Aun así, la partida suele estar perdida; por eso se insiste tanto en esterilizar antes.

El primer año y el repicado

Contra lo que dicta la intuición, las plántulas de cactus no descansan en invierno como los adultos. Durante el primer año o dos conviene mantenerlas creciendo: temperaturas por encima de 15 °C, riegos regulares aunque espaciados, y luz. Someterlas a la parada seca invernal que se recomienda para un cactus adulto las mata o las detiene durante meses. La sequía invernal se introduce a partir del segundo o tercer invierno, cuando ya tienen cuerpo suficiente.

El riego, una vez destapadas, sigue el criterio de dejar secar la capa superficial pero nunca el fondo. Siempre por inmersión de la bandeja, nunca con regadera sobre las plántulas, hasta que midan un centímetro.

El primer repicado se hace entre los seis meses y el año, cuando las plántulas se tocan entre sí o alcanzan el tamaño de un guisante. Se hace con pinzas o con una cucharilla, cogiendo el cepellón entero, a un sustrato ya más mineral y algo más grueso. Sorprende, pero repicar acelera el crecimiento de forma notable: las raíces recién movidas ramifican y la planta arranca. Muchos cultivadores repican dos veces en los dos primeros años solo por eso.

La aclimatación al sol es lo último y hay que hacerla despacio. Una plántula criada bajo tapa se quema en una tarde de sol directo de mayo. Se pasa primero a sombra luminosa exterior, luego a sol de primera hora, y se va aumentando a lo largo de dos meses. Las cicatrices de quemadura no desaparecen nunca: quedan como manchas corchosas que afean la planta el resto de su vida.

Semillero de Lithops con plántulas jóvenes

Cosechar tus propias semillas

Si ya tienes cactus adultos que florecen, puedes producir tu propia semilla, con una advertencia importante: la mayor parte de los cactus son autoestériles. Necesitan polen de otro ejemplar genéticamente distinto de la misma especie, no de otro brote de la misma planta ni de un esqueje suyo. Dos Gymnocalycium comprados en el mismo lote pueden ser clones y no cuajar nunca.

La polinización se hace con un pincel fino, pasándolo por las anteras de una flor y depositando el polen en el estigma de la otra, a media mañana y con las flores bien abiertas. El fruto tarda de unas semanas a varios meses en madurar según el género; en Mammillaria, por ejemplo, las bayas rojas asoman entre las areolas hasta un año después de la floración.

Para extraer la semilla, se abre el fruto maduro, se separa la pulpa aplastándola en un colador bajo el grifo, y se seca todo sobre papel absorbente durante varios días en un sitio ventilado y a la sombra. Guarda en sobre de papel, nunca en plástico hermético: una semilla con humedad residual encerrada en plástico se enmohece.

Ten en cuenta también que los híbridos no salen iguales a la planta madre. Si polinizas un Echinopsis híbrido de flor espectacular, la descendencia será variada y en su mayoría más discreta que el padre. Para conservar un clon exacto hay que recurrir al esqueje o al injerto, no a la semilla.

En resumen

Sembrar cactus se reduce a controlar cinco variables: temperatura entre 20 y 28 °C, sustrato mineral fino y esterilizado, semilla en superficie sin enterrar, humedad ambiental alta bajo tapa y luz clara sin sol directo. La siembra se hace de marzo a junio en clima peninsular, con agua blanda y riego siempre por inmersión.

Los tres fallos que arruinan más semilleros son enterrar la semilla, saltarse la esterilización del sustrato y destapar de golpe antes de tiempo. Ninguno tiene arreglo una vez cometido, así que la prevención lo es todo.

Después, paciencia. El primer año se ven bolitas verdes que apenas cambian; el segundo empiezan a hacer costillas y espinas propias; y hacia el tercero o cuarto tienes una planta reconocible. Los géneros rápidos como Mammillaria o Echinopsis pueden llegar a florecer en tres o cuatro años desde semilla, que para un cactus es una vida entera comprimida en muy poco tiempo.


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