Un cactus puede llevar tres semanas pudriéndose por dentro sin que nada delate lo que pasa desde fuera. Cuando la base se ablanda y el cuerpo se inclina en la maceta, el daño ya está hecho y lo único que queda es recortar y salvar la parte sana. Esa lentitud en dar señales es lo que convierte a las cactáceas en plantas engañosas: aguantan mucho, callan mucho, y avisan tarde.
La buena noticia es que el repertorio de problemas serios es corto. Con reconocer media docena de cuadros —podredumbres, cuatro o cinco plagas, un par de daños fisiológicos— se cubre prácticamente todo lo que le puede pasar a una colección doméstica en España. Lo que sigue es ese repertorio, con las señales que permiten distinguir unos de otros antes de que sea irreversible.
Antes de las plagas: el sustrato y el riego
Buena parte de lo que después se diagnostica como hongo o como plaga empieza en la maceta. Un cactus plantado en turba pura, en una maceta sin drenaje o en un tiesto demasiado grande para su cepellón vive con las raíces en un ambiente permanentemente húmedo, y en esas condiciones cualquier patógeno del suelo tiene la puerta abierta.
Un sustrato correcto para cactáceas globosas lleva entre un 50 y un 70 % de componente mineral: pómice, arlita machacada, arena silícea de grano grueso (2-5 mm, nunca arena de playa ni arena fina de albañilería, que compacta), zeolita o picón. El resto puede ser fibra de coco o turba rubia, solo como reserva de humedad. Cuanto más grasa sea la especie —Ariocarpus, Astrophytum, Copiapoa, Lophophora— más mineral conviene.
El riego se rige por una regla sencilla: se riega a fondo y luego se deja secar el cepellón por completo. Nada de vasitos de agua cada pocos días. En el interior peninsular, en julio y agosto, eso suele significar un riego cada 7-12 días en macetas de barro pequeñas y cada dos o tres semanas en plástico o en macetas grandes. De noviembre a marzo, para los géneros rústicos que invernan fríos, lo correcto es no regar en absoluto: el cactus se deshidrata ligeramente, se arruga y así resiste el frío sin pudrirse. Un cactus arrugado en enero no está sediento, está bien preparado.
El abonado también pasa factura cuando se exagera. Un abono rico en nitrógeno produce tejido blando y acuoso, más vulnerable a hongos y muy atractivo para cochinillas y pulgones. Conviene un fertilizante bajo en nitrógeno y con potasio suficiente, del tipo 5-10-10 o los específicos de cactáceas, diluido y aplicado cada tres o cuatro semanas solo entre abril y septiembre.
Podredumbres: lo que más cactus mata
Bajo el nombre genérico de podredumbre se agrupan cuadros distintos. Los hongos del suelo —Fusarium oxysporum, Phytophthora, Pythium— entran por las raíces o por el cuello y avanzan hacia arriba: la planta pierde firmeza en la base, la epidermis se vuelve marrón oscura o negruzca y ceden los tejidos internos. La podredumbre blanda de origen bacteriano (Pectobacterium, antes Erwinia) produce zonas acuosas, hundidas, de olor desagradable, y puede empezar en cualquier punto del cuerpo, no solo abajo.
Las vías de entrada habituales son tres: exceso de agua con temperaturas bajas, heridas sin cicatrizar (un corte de hijuelo, un golpe, una picadura de plaga) y agua estancada en el ápice. Regar por encima en verano, dejando que el agua se quede en la corona de un Mammillaria o un Astrophytum, es una forma bastante fiable de perderlo.
Cómo distinguir podredumbre de corchificación. Es la confusión más frecuente y la que provoca más cirugías innecesarias. La corchificación es un pardeamiento seco y duro, de tacto leñoso, que empieza en la base y sube de forma uniforme y lenta; es un proceso natural de envejecimiento en Cereus, Opuntia, Ferocactus o Trichocereus adultos y no hay nada que tratar. La podredumbre es blanda y cede al presionar, tiene bordes irregulares y a menudo húmedos, y avanza en días, no en años.
Rescate. Cuando ya hay tejido podrido no sirve ningún fungicida: hay que cortar. Con cuchillo limpio y desinfectado se va seccionando el cuerpo en rodajas desde arriba hasta que la superficie de corte aparezca completamente blanca o verde clara, sin anillos ni puntos marrones —esos puntos son los haces vasculares colonizados y, si se dejan, el proceso sigue—. Se desinfecta la hoja entre corte y corte, se espolvorea la herida con azufre en polvo, y el trozo sano se deja cicatrizar en seco, en sombra y con buena ventilación, entre dos y cuatro semanas según el grosor. Después se apoya sobre sustrato mineral seco y se empieza a regar con moderación cuando emitan las primeras raíces.
Cochinilla algodonosa
Los pseudocóccidos (Planococcus citri, Pseudococcus longispinus) son la plaga número uno de las colecciones de cactus. Aparecen como motas blancas de aspecto algodonoso en las axilas de las costillas, entre los tubérculos, bajo el borde de la maceta y en el cuello de la planta: siempre en los rincones protegidos, donde no se ven a primera vista. Chupan savia, deprimen el crecimiento, deforman el ápice y segregan melaza sobre la que después crece la negrilla, ese hollín negro que impide fotosintetizar.
Existe además una variante especialmente traicionera, la cochinilla algodonosa de raíz (Rhizoecus spp.), que vive bajo tierra. La planta deja de crecer, se ve apagada y sin turgencia, y no hay nada visible en la superficie; solo al desenmacetar se aprecia un polvillo blanco entre las raíces y adherido a la pared de la maceta. Cualquier cactus que se estanque sin motivo aparente merece que se le mire el cepellón.
Para focos pequeños funciona bien el alcohol isopropílico de 70º aplicado con un bastoncillo directamente sobre cada colonia: disuelve la cera protectora y mata al insecto en el acto. Para infestaciones extendidas, jabón potásico al 1-2 % o aceite de neem, siempre a última hora de la tarde y nunca con la planta al sol, porque estos productos con insolación fuerte queman la epidermis. Hacen falta como mínimo tres aplicaciones separadas siete o diez días, porque los huevos protegidos por el algodón no se ven afectados. Si hay cochinilla de raíz, lo eficaz es desenmacetar, retirar todo el sustrato, lavar las raíces, dejar secar unos días y replantar en tiesto limpio y sustrato nuevo; la maceta vieja se descarta o se desinfecta.
Cochinillas con escudo: la del cactus y la del carmín
Aquí conviene un matiz que se repite mal en muchos sitios. El piojo de San José (Diaspidiotus perniciosus) es una plaga de frutales de hueso y pepita; sobre cactáceas es rara. La cochinilla con escudo que sí aparece en cactus, y con frecuencia, es Diaspis echinocacti, que forma costras blanquecinas o grisáceas, planas y redondeadas, adheridas al cuerpo de la planta. Son fáciles de confundir con manchas minerales de la cal del agua, pero se despegan raspando con la uña y dejan debajo una marca amarillenta.
La otra cochinilla relevante en España es la del carmín (Dactylopius opuntiae), presente en el sureste peninsular y en las islas desde hace años, que ataca a chumberas (Opuntia) y las cubre de una masa blanca pulverulenta que al aplastarse tiñe de rojo intenso. En plantaciones de Opuntia ficus-indica ha causado daños graves; en jardines particulares con una o dos palas conviene cortar y destruir las pencas afectadas en cuanto se detecta, sin dejarlas tiradas en el suelo.
Los escudos protegen al insecto de los tratamientos de contacto, así que raspar previamente con un cepillo de dientes viejo o con un palillo mejora mucho el resultado. Después, aceite de parafina o jabón potásico repetido. Con estas cochinillas la revisión periódica gana a cualquier tratamiento: la parte trasera de la planta, la que da a la pared, es donde siempre empiezan.
Pulgones
Los pulgones (sobre todo Aphis gossypii) no atacan al cuerpo leñoso o coriáceo de un cactus adulto: van a lo tierno. Aparecen en primavera sobre botones florales, flores abiertas, frutos y plántulas, y su daño más molesto es que abortan la floración de la temporada. En un Echinopsis o un Gymnocalycium con capullos, una colonia puede arruinar la floración de todo el ejemplar en una semana.
Se combaten con facilidad: un chorro de agua a presión los desprende, y el jabón potásico al 1 % los liquida. Como son el vector de varios virus de cactáceas y su melaza atrae hormigas —que a su vez protegen tanto a pulgones como a cochinillas—, merece la pena intervenir pronto. Si hay un reguero de hormigas subiendo por las macetas, casi siempre hay algo chupando savia arriba.
Araña roja
Tetranychus urticae prolifera en ambiente cálido y seco, justo el que se da tras un cristal o en un invernadero mal ventilado en verano. Los ácaros son diminutos, y lo que se ve primero es un punteado grisáceo o bronceado en la zona de crecimiento, cerca del ápice, a veces con una telaraña finísima entre las espinas.
El daño tiene una particularidad que hay que asumir: la cicatriz no se cura. La epidermis dañada queda marcada de forma permanente en tonos herrumbrosos, y la planta solo recupera el aspecto limpio en el tejido nuevo que produzca después. Por eso el tratamiento tardío salva la planta pero no su estética. Especialmente sensibles son Echinopsis, Chamaecereus, Mammillaria y muchas plántulas de semillero.
Como control, ayuda subir la humedad ambiental y ventilar; el azufre mojable funciona, pero no debe aplicarse con temperaturas por encima de 28-30 ºC porque es fitotóxico en esas condiciones. En invernaderos, la suelta del ácaro depredador Phytoseiulus persimilis da buenos resultados.
Daños de luz: etiolación y quemaduras
Un cactus con luz insuficiente se estira: el cuerpo, que debía ser esférico, produce un crecimiento estrecho, pálido y cónico en la parte alta, con espinas más débiles y separadas. Es la etiolación, y es irreversible: ese tramo deformado no vuelve a engordar por mucho sol que se le dé después. Lo único que cabe es corregir la ubicación para que el crecimiento futuro sea normal, o decapitar y reenraizar si la deformidad es muy marcada.
El error opuesto se comete cada primavera. Una planta que ha pasado el invierno en interior o bajo cubierta y sale al pleno sol de abril o mayo de golpe sufre quemaduras solares: manchas blanquecinas, luego amarillentas y finalmente pardas y hundidas en la cara orientada al mediodía. Tampoco se curan. La aclimatación se hace de forma gradual durante dos o tres semanas, con malla de sombreo del 50 % o situando la planta primero donde solo le dé el sol de la mañana. Las especies de epidermis desnuda o poco espinosa —Astrophytum asterias, Lophophora, Ariocarpus— y las plantas injertadas son las que más rápido se queman.
Frío, humedad invernal y otros daños fisiológicos
El frío por sí solo mata menos cactus de lo que se cree; lo que mata es la combinación de frío y sustrato húmedo. Muchos géneros de altiplano —Echinopsis, Trichocereus, Echinocereus, Escobaria, Opuntia rústicas— pasan sin problemas heladas de varios grados bajo cero si están completamente secos, y en buena parte de la meseta pueden invernar en el exterior bajo un porche que los proteja de la lluvia. En cambio, con el cepellón mojado, un cactus se daña ya a 4 o 5 ºC.
Hay géneros que no admiten frío en ningún caso y necesitan mínimas por encima de 10-12 ºC: Melocactus, Discocactus, Pilosocereus y los cactus epífitos tropicales. El daño por frío aparece como manchas translúcidas y acuosas que después se ennegrecen, y suele evidenciarse unos días después del episodio, no durante.
Otros cuadros menores que conviene saber leer: los anillos o estrangulamientos horizontales en el cuerpo no son enfermedad, sino el registro de un parón de crecimiento (un invierno seco, un trasplante, una sequía prolongada); las manchas de cal blanquecinas y superficiales vienen de regar por aspersión con agua dura y se evitan regando por la base; y las mordeduras irregulares en la epidermis, con rastro brillante, son obra de caracoles y babosas nocturnas, que en zonas húmedas del norte hacen bastante daño en primavera.
Falta de floración
Un cactus que no florece rara vez está enfermo. Las causas suelen ser tres. La primera, edad: un Echinocactus grusonii necesita décadas y un tamaño considerable para florecer, mientras que un Mammillaria o un Rebutia lo hacen a los dos o tres años. La segunda, luz: sin varias horas de sol directo no se inducen botones. La tercera, y la más ignorada, la invernada seca y fría: la mayor parte de los cactus de zonas templadas necesita un reposo invernal a 5-12 ºC y sin riego para inducir la floración de la primavera siguiente. Un cactus que pasa el invierno a 22 ºC en el salón y regado crece, pero no florece.
Prevención: tres hábitos que ahorran disgustos
Tres hábitos ahorran la mayor parte de los disgustos. Cuarentena de un mes para toda planta nueva, separada del resto y revisada con lupa; las cochinillas entran en casa dentro de macetas compradas, no volando. Revisión en el trasplante: cada dos o tres años, en primavera, sacar la planta de la maceta y mirar raíces y cuello permite detectar cochinilla de raíz y podredumbres incipientes cuando aún se pueden atajar. Y ventilación: el aire en movimiento seca la epidermis después de un riego, dificulta la instalación de ácaros y reduce la presión de hongos más que cualquier tratamiento preventivo.
Añadiría un cuarto: no regar por costumbre ni por calendario. Comprobar el peso de la maceta o hundir un palillo hasta el fondo cuesta cinco segundos y evita el error que está detrás de la mitad de las consultas sobre cactus enfermos.
En resumen
Los problemas graves de los cactus caben en una lista corta: podredumbres de raíz y cuello por exceso de agua, cochinilla algodonosa —incluida la de raíz, que es invisible—, cochinillas con escudo como Diaspis echinocacti y la del carmín en chumberas, pulgones en botones florales y araña roja en ambiente seco. A eso se suman dos daños fisiológicos irreversibles, la etiolación por falta de luz y las quemaduras por exponer al sol de golpe, y un tercero muy dependiente del manejo: el frío con el sustrato húmedo.
Distinguir lo blando de lo seco, revisar el cepellón cada dos o tres años, aclimatar en primavera, mantener la invernada seca y poner en cuarentena lo que llega de fuera cubre casi todo el terreno. El resto es paciencia: estas plantas perdonan la sequía y el descuido, pero no el agua de más.