Todas las cactáceas tienen areolas; no todas tienen espinas. Esa diferencia, que parece un detalle de manual, es justo la que explica por qué existen cactus que se pueden manipular sin guantes. La areola —esa almohadilla de la que brotan espinas, pelos, flores y brotes— es el rasgo que define a la familia, y las espinas son solo uno de los órganos que puede producir. Cuando una especie prescinde de ellas, sigue siendo un cactus de pleno derecho.

Los géneros y especies que reúno aquí van desde los que carecen por completo de espinas hasta los que las tienen tan blandas o tan pegadas al cuerpo que resultan inofensivas al tacto. Y termino con un aviso que merece la pena leer antes de comprar, porque hay plantas vendidas como «cactus sin pinchos» que son bastante más molestas que un Ferocactus.

Por qué un cactus renuncia a las espinas

Las espinas son hojas modificadas, y cumplen varias funciones a la vez: disuaden a los herbívoros, tamizan la radiación solar sobre la epidermis, crean una capa de aire quieto que reduce la evaporación y, en especies de niebla costera, condensan humedad que gotea hacia la base. Un cactus las pierde cuando esas funciones dejan de ser críticas.

Ocurre en dos escenarios. En el de los cactus epífitos de selva —los que viven sobre ramas de árbol en zonas tropicales húmedas—, donde no hay insolación brutal ni escasez de agua ni grandes herbívoros a los que temer: ahí las espinas son un gasto inútil y el género acaba con tallos desnudos, aplanados o cilíndricos. Y en el de ciertos cactus mimetizados del semidesierto mexicano, que optaron por la estrategia opuesta a la defensa: confundirse con la piedra caliza, crecer casi enrasados con el suelo y hacerse invisibles.

Hay una tercera vía intermedia, la de las espinas transformadas en algo blando: papiráceas, plumosas o pectinadas. La planta conserva el sombreado y la protección física frente al sol, pero no pincha.

Astrophytum: los más cultivados sin espinas

Aquí conviene precisar, porque el género no es uniforme. Astrophytum asterias es el ejemplo de manual: un cuerpo aplanado, dividido en ocho costillas anchas y bajas, sin una sola espina, con las areolas convertidas en pequeños pompones de tricomas blancos y toda la epidermis salpicada de motas plateadas. El aspecto de galleta o de erizo de mar le ha dado su nombre popular. Astrophytum myriostigma, el bonete de obispo, tampoco tiene espinas: cuerpo de cuatro a seis costillas marcadas y superficie cubierta de escamillas blancas que le dan un tacto aterciopelado.

En cambio Astrophytum capricorne lleva espinas largas, retorcidas y córneas, y Astrophytum ornatum las tiene rígidas y punzantes. Comprar «un astrophytum» sin fijarse en la especie no garantiza nada.

En cultivo, los dos sin espinas piden sustrato muy mineral, con al menos un 70 % de pómice, arena silícea gruesa o picón, y algo de caliza machacada, que agradecen. A. myriostigma es sorprendentemente resistente y tolera bajar a 0 ºC si está completamente seco; A. asterias es más delicado y conviene no dejarlo por debajo de 8-10 ºC. Ambos son de crecimiento lento y florecen en amarillo entre mayo y septiembre, con flores que duran dos o tres días.

Astrophytum myriostigma, cactus sin espinas conocido como bonete de obispo

Lophophora: sin espinas y con normativa

Lophophora williamsii es un cactus globoso, azulado o grisáceo, de cuerpo blando al tacto, con el ápice hundido y las areolas reducidas a mechones de pelos lanosos. Nunca desarrolla espinas, ni siquiera en fase juvenil. Bajo el suelo tiene una raíz napiforme gruesa, tipo zanahoria, que almacena agua y que condiciona el cultivo: necesita maceta profunda, no ancha, y sustrato drenante hasta el extremo. Su crecimiento es lentísimo —hablamos de años para alcanzar cinco centímetros de diámetro desde semilla— y florece en rosa pálido desde el ápice.

Es imprescindible añadir un dato que a menudo se omite: esta planta contiene mescalina, un alcaloide fiscalizado a nivel internacional, y su tenencia y cultivo están sujetos a normativa que varía según el país. Antes de adquirir un ejemplar, conviene informarse de la regulación vigente en el lugar donde se va a cultivar. Como planta ornamental de colección es un cactus magnífico, pero no es un cactus más.

Ariocarpus y los cactus que imitan piedras

Este es el grupo que lleva la ausencia de espinas más lejos. Ariocarpus retusus, A. fissuratus, A. kotschoubeyanus y sus parientes no producen espinas en estado adulto: sustituyen las costillas por tubérculos triangulares duros, agrietados y de color pardo grisáceo, dispuestos en roseta y prácticamente enrasados con el suelo. Camuflados entre la roca caliza de Coahuila o Nuevo León son casi imposibles de ver hasta que florecen, en otoño, con flores rosadas o blancas desproporcionadamente grandes.

Son plantas de coleccionista, extremadamente lentas y muy sensibles al exceso de agua por su raíz napiforme. Piden sustrato casi enteramente mineral, riegos muy espaciados incluso en verano y sequedad absoluta de octubre a marzo. Un apunte legal relevante: el género Ariocarpus figura en el Apéndice I de CITES, de modo que solo debe adquirirse en viveros que puedan acreditar el origen de la planta como reproducción artificial documentada.

En la misma línea de cactus sin espinas y de aspecto pétreo están Aztekium ritteri, con el cuerpo surcado de arrugas transversales, y Obregonia denegrii, cuya roseta de tubérculos superpuestos recuerda a una alcachofa. Ambos comparten crecimiento lentísimo y necesidad de sustrato mineral.

Echinopsis subdenudata: la opción fácil

Si lo que se busca es un cactus sin pinchos que además resulte agradecido, esta es la mejor entrada. El nombre subdenudata significa «medio desnuda» y describe exactamente lo que se ve: un cuerpo verde oscuro de ocho a doce costillas con las areolas convertidas en botones de lana blanca y espinas mínimas o directamente ausentes.

Es una planta boliviana muy tolerante, que crece con rapidez razonable, produce hijuelos con facilidad y florece cada verano con flores blancas, nocturnas, muy perfumadas y de hasta veinte centímetros de largo sobre un tubo peludo. Aguanta el frío mejor que la mayor parte de este listado —resiste heladas ligeras si está seco— y no exige el sustrato ultramineral de los anteriores: una mezcla al 50 % de mineral y fibra de coco le vale. Conviene aclarar que el resto del género Echinopsis sí es espinoso, en algunos casos con espinas centrales largas y duras.

Echinocereus: espinas que no pinchan

Sería inexacto meter este género entero en la lista, porque Echinocereus es, en general, bien espinoso. Lo que ofrece son dos cosas distintas.

Por un lado, especies casi inermes: Echinocereus knippelianus, de cuerpo blando, verde oscuro y con apenas alguna cerda blanquecina caediza, y Echinocereus subinermis, cuyo epíteto ya avisa de que las espinas son cortas y escasas.

Por otro, y más interesante desde el punto de vista práctico, las especies de espinación pectinada. En Echinocereus rigidissimus y su subespecie rubispinus —el llamado cactus arcoíris— las espinas son numerosas pero cortas, planas y peinadas contra el cuerpo, formando bandas horizontales de color rosa, blanco y púrpura que van cambiando de tono con las estaciones de crecimiento. Se puede pasar la mano por encima sin clavarse nada. Es un buen recordatorio de que «no pinchar» y «no tener espinas» son cosas distintas: en la misma categoría entran Turbinicarpus pseudopectinatus, Turbinicarpus valdezianus con sus espinas plumosas, y sobre todo Leuchtenbergia principis, que las tiene larguísimas pero de consistencia papirácea, flexibles como tiras de papel.

Los epífitos: Epiphyllum, Rhipsalis y compañía

Este es el bloque más numeroso de cactáceas sin espinas, y el que más se aleja de la idea popular de cactus. Son plantas de selva tropical que viven encaramadas a los árboles, con tallos colgantes y raíces poco desarrolladas.

Epiphyllum tiene tallos aplanados, cintiformes, de bordes ondulados o dentados y sin espinas en estado adulto (los brotes juveniles de algunas especies muestran cerdas finas que se pierden). Su atractivo son las flores: enormes, a menudo nocturnas y muy fragantes, como las de Epiphyllum oxypetalum, que abren una sola noche. Los híbridos comerciales, en cambio, florecen de día y en toda la gama del blanco al rojo.

Rhipsalis agrupa cactus de tallos finos, cilíndricos o segmentados, colgantes en cascada y completamente inermes. Rhipsalis baccifera tiene además una singularidad botánica: es la única cactácea que crece de forma natural fuera del continente americano, con poblaciones en África tropical, Madagascar y Sri Lanka. Muy próximo está Hatiora salicornioides, conocido como planta danza de los huesos por sus segmentos en forma de botellita, otro clásico de cesta colgante.

Al mismo grupo pertenecen los cactus de Navidad y de Pascua, Schlumbergera y Hatiora gaertneri, sin espinas y presentes en cualquier casa española en diciembre.

El cultivo de todos ellos no se parece en nada al de un cactus de desierto, y ese es el error más repetido con estas plantas. Piden media sombra o luz filtrada —el sol directo del mediodía les quema los tallos—, sustrato de epífitas a base de corteza de pino, fibra de coco y perlita, riegos regulares durante todo el período de crecimiento sin dejar que el cepellón se seque del todo, humedad ambiental alta y mínimas por encima de 10-12 ºC. Tratarlos «como cactus», con sol pleno y sequía, es la forma habitual de arruinarlos.

Rhipsalis salicornioides, cactus epífito de tallos colgantes sin espinas

Cuidado con lo que se vende como «cactus sin pinchos»

Dos advertencias concretas.

La primera, los gloquidios. Las chumberas y nopales (Opuntia) llamados inermes o sin espinas carecen de las espinas grandes, pero conservan en cada areola un penacho de pelillos diminutos, con microscópicas púas retrógradas, que se desprenden al mínimo roce y se clavan en la piel. Son mucho peores que una espina: no se ven, no se sacan con pinzas con facilidad y provocan irritación durante días. Un nopal «sin espinas» es bastante más incómodo de manejar que un Echinocactus. A esto se suma que varias especies de Opuntia y Cylindropuntia están incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que prohíbe su plantación y comercio en España, así que tampoco es una opción de jardín.

La segunda, la confusión con las euforbias. Muchas plantas suculentas sin espinas que se venden en la sección de cactus son Euphorbia, no cactáceas: no tienen areolas y, sobre todo, segregan un látex blanco irritante para la piel y muy peligroso en contacto con los ojos. Si el objetivo es tener plantas seguras cerca de niños, esta distinción importa más que la de las espinas.

Qué cambia en el cuidado cuando no hay espinas

Quitar las espinas de la ecuación tiene consecuencias prácticas que conviene anticipar.

Queman con más facilidad. La malla de espinas actúa como parasol sobre la epidermis. Sin ella, especies como Astrophytum asterias, Lophophora o Ariocarpus se queman con sorprendente rapidez si se sacan al sol de golpe en primavera. La aclimatación debe ser gradual, con dos o tres semanas de sombreo, y en el sur peninsular agradecen malla del 30-50 % en julio y agosto.

Atraen más a caracoles y babosas. Una epidermis desnuda y tierna es un objetivo cómodo. En primavera húmeda, las mordeduras nocturnas dejan cicatrices permanentes en el cuerpo de la planta.

Se manipulan bien, pero no se manosean. Poder cogerlos sin guantes es la ventaja evidente. Ahora bien, la epidermis de un Astrophytum o de una Lophophora marca con las huellas y el sebo de los dedos, y esas manchas no siempre desaparecen. Se trasplantan con la mano, sí, pero sin toquetearlos por costumbre.

En resumen

Cactus genuinamente sin espinas hay bastantes: Astrophytum asterias y A. myriostigma, Lophophora williamsii, todo el género Ariocarpus junto con Aztekium y Obregonia, Echinopsis subdenudata, especies concretas de Echinocereus como knippelianus y subinermis, y el conjunto de los epífitos: Epiphyllum, Rhipsalis, Hatiora y Schlumbergera. A ellos se suman los que sí tienen espinas pero no pinchan, como Echinocereus rigidissimus o Leuchtenbergia principis.

Para empezar sin complicaciones, Echinopsis subdenudata y un Rhipsalis colgante. Para coleccionar con paciencia, Astrophytum y Ariocarpus, siempre con origen legal acreditado. Y a la hora de comprar, dos comprobaciones: que no sea una Opuntia con gloquidios disfrazada de cactus manso, y que no sea una euforbia con látex.


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