Lo que convierte a una planta en cactus no son las espinas, sino la areola: esa almohadilla de fieltro, casi siempre lanosa, de la que brotan a la vez espinas, flores y brotes nuevos. Ninguna otra familia vegetal tiene ese órgano. Por eso una Euphorbia de aspecto candelabro, con costillas y pinchos, no es un cactus por mucho que lo parezca: sus espinas salen directamente del tallo, no de una areola, y al cortarla suelta látex blanco irritante que una cactácea nunca produce. Saber distinguirlo importa más de lo que parece, porque las euforbias suculentas y las cactáceas no se riegan igual ni resisten el mismo frío.
Dentro de la familia Cactaceae hay entre 1.500 y 1.900 especies según el criterio taxonómico, todas americanas salvo una excepción que veremos más adelante. Agruparlas por su etiqueta botánica sirve de poco a la hora de cultivarlas; lo práctico es ordenarlas por forma de crecimiento y por hábitat de origen, porque de ahí salen las necesidades de luz, riego e invernada.
Los cuatro grandes grupos de cactus por porte
Globosos. Cuerpo esférico o achatado, con costillas o tubérculos, y un tamaño adulto que en muchos géneros no pasa de 10-20 cm. Son los reyes de la colección en maceta: Mammillaria, Gymnocalycium, Rebutia, Parodia, Echinopsis, Astrophytum, Ferocactus, Turbinicarpus, Copiapoa. Florecen jóvenes, ocupan poco y toleran macetas pequeñas.
Columnares. Tallos erectos que se ramifican con los años: Cereus, Cleistocactus, Espostoa, Oreocereus, Pachycereus, Carnegiea gigantea (el saguaro). Necesitan profundidad de maceta y paciencia: pocos florecen antes de alcanzar cierta altura, y en el caso del saguaro esa altura son varios metros y varias décadas.
Opuntioideas. Chumberas y chollas, con tallos articulados en palas planas (Opuntia) o segmentos cilíndricos (Cylindropuntia). Su rasgo distintivo son los gloquidios: penachos de pelillos diminutos y barbados que se clavan en la piel y son mucho peores de retirar que una espina grande. Se manipulan con guantes de cuero, nunca de tela.
Epífitos y colgantes. Cactus de selva húmeda que viven encaramados a los árboles: Schlumbergera, Hatiora, Epiphyllum, Rhipsalis, Disocactus. Tallos aplanados o filiformes, sin espinas apreciables, sombra y humedad. Son cactus de pleno derecho, pero cultivarlos como si fueran de desierto los mata.
Cactus globosos: los que mejor funcionan en maceta
Mammillaria es el género con más especies de la familia y probablemente el mejor para empezar. Sus flores salen en corona alrededor del ápice y los frutos son bayas rojas alargadas que persisten meses. Mammillaria plumosa, cubierta por espinas blancas plumosas que parecen algodón, tiene una particularidad de manejo: el agua que queda retenida en ese vello tarda en secarse y provoca manchas y podredumbres, así que se riega por inmersión o al pie, nunca por encima.
Gymnocalycium —"cáliz desnudo", por los tubos florales sin lana ni espinas— agradece algo de sombra en las horas centrales del verano peninsular, cosa rara en un cactus. Gymnocalycium baldianum da flores de un rojo granate poco común en el género y florece siendo muy pequeño.
Rebutia y Echinopsis son las apuestas seguras si lo que se busca es floración. Rebutia pulvinosa forma cojines de cabezas pequeñas que se cubren de flores anaranjadas en abril y mayo. Echinopsis oxygona abre flores enormes, de hasta 15-20 cm de largo, rosadas y perfumadas, que se abren al atardecer y duran poco más de un día; compensa con la facilidad: es de los cactus más agradecidos que existen y produce hijuelos sin parar.
Astrophytum asterias es lo contrario: un disco achatado sin espinas, dividido en ocho gajos con areolas afieltradas, que parece un erizo de mar. Crece despacio, no tolera el exceso de agua y quiere un sustrato francamente mineral. Los ejemplares de vivero suelen estar injertados para acelerar el crecimiento.
Copiapoa humilis viene del desierto de Atacama, donde la lluvia es casi inexistente y el agua llega en forma de niebla costera. Eso se traduce en el cultivo: riegos muy espaciados incluso en verano, sustrato con más del 70 % de árido, y una tendencia a activarse en otoño e invierno que desconcierta a quien espera el calendario habitual.
Coryphantha compacta y Escobaria laredoi son mexicanos de tubérculos surcados, compactos y de crecimiento lento, con raíces que agradecen macetas algo más profundas de lo que su tamaño sugiere. Echinocereus rigidissimus subsp. rubispinus —el cactus arcoíris— tiene las espinas pegadas al cuerpo formando bandas rosadas y magentas que cambian de tono según la temporada de crecimiento; es el mejor argumento para demostrar que un cactus puede ser espectacular sin flor.
Frailea castanea esconde una rareza botánica: sus flores muchas veces no llegan a abrirse y se autofecundan dentro del capullo (cleistogamia), de modo que aparecen frutos sin que se haya visto una sola flor. Y Turbinicarpus viereckii pertenece a un género de miniaturas mexicanas incluido en el Apéndice I de CITES: solo debe adquirirse propagado en vivero y con documentación, jamás recolectado.
Chumberas y chollas: hermosas y problemáticas
Opuntia microdasys, la chumbera de orejas de conejo, es una planta de interior muy vendida por sus penachos dorados de gloquidios. Conviene saber lo que se compra: esos penachos se desprenden con el roce y se clavan. Fuera de un jardín con niños o mascotas, es una planta excelente y muy resistente.
En exterior el asunto cambia. Varias especies de Opuntia asilvestradas figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, y en zonas del litoral mediterráneo y de Canarias colonizan laderas enteras desplazando a la flora autóctona. A eso se suma la cochinilla del carmín (Dactylopius opuntiae), detectada en Andalucía en 2007 y hoy extendida por buena parte del sur y el levante, que ha arrasado chumberales históricos. Antes de plantar una chumbera en el jardín conviene comprobar la normativa autonómica y asumir que la plaga probablemente llegará. Las Cylindropuntia, como C. fulgida, son aún más agresivas: sus segmentos se desprenden al mínimo contacto, se enraízan solos y pueden herir a animales de manera seria.
Cactus de selva: Navidad, Pascua y flores nocturnas
Aquí se concentran los errores de nombre más extendidos del sector. Schlumbergera truncata es el llamado cactus de Acción de Gracias, con los bordes de los segmentos rematados en dientes puntiagudos; Schlumbergera × buckleyi, el auténtico cactus de Navidad, tiene segmentos de bordes redondeados y florece algo más tarde. En el comercio español, buena parte de lo que se vende como cactus de Navidad es en realidad truncata o un híbrido suyo. El cactus de Pascua es otra planta distinta, Hatiora gaertneri (antes Rhipsalidopsis), de flores estrelladas y simétricas que abre en marzo y abril.
La floración de las Schlumbergera depende del fotoperiodo y de la temperatura, no del abono. Desde finales de septiembre necesitan noches largas y sin luz artificial y unos 12-15 °C durante seis u ocho semanas para formar botones. Un ejemplar en un salón con la lámpara encendida hasta las doce de la noche y calefacción a 22 °C no florecerá, por bien cuidado que esté. Y cuando ya tiene botones, no se mueve de sitio: el cambio brusco de orientación o de temperatura provoca la caída masiva de capullos.
Epiphyllum oxypetalum, la dama o reina de la noche, produce flores blancas de más de 20 cm que abren al anochecer, perfuman intensamente y están marchitas al amanecer. Es planta de sombra luminosa, sustrato rico y aireado, y necesita tutor porque sus tallos acaban siendo largos y flexibles.
Rhipsalis baccifera merece una mención aparte por un motivo científico: es la única cactácea nativa fuera del continente americano, con poblaciones naturales en África tropical, Madagascar y Sri Lanka. Forma cortinas de tallos filiformes con bayas blancas translúcidas y es probablemente el mejor cactus para un cuarto de baño con luz, porque agradece la humedad ambiental que el resto de la familia detesta.
Los cactus que no son lo que aparentan
Dos productos muy comunes en floristería merecen advertencia. El primero es el cactus luna: una bola roja, amarilla o naranja encaramada sobre un tallo verde. Se trata de Gymnocalycium mihanovichii en una mutación sin clorofila, incapaz de fotosintetizar, injertada sobre un patrón —normalmente Hylocereus— que la alimenta. No es una planta de larga vida: el patrón y el injerto crecen a ritmos distintos y el conjunto suele deteriorarse en unos pocos años. Comprarlo sabiéndolo está bien; esperar que se convierta en un ejemplar veterano, no.
El segundo son los cactus pequeños con una flor de colores chillones pegada con cola caliente al ápice. Esa flor es de siempreviva seca. Al retirarla queda un punto de tejido dañado en la zona de crecimiento, que es la parte más delicada de la planta. Conviene quitarla con cuidado cuanto antes y desinfectar la herida, porque ahí es donde empiezan muchas podredumbres.
Cómo elegir según dónde vaya a vivir
Interior sin balcón. Los cactus de desierto no son buenas plantas de interior permanente: en un salón sin sol directo se ahílan, pierden espinación y adoptan una forma cónica pálida que ya no se corrige. Para dentro de casa lo lógico son los epífitos: Schlumbergera, Rhipsalis, Hatiora, Epiphyllum. Si aun así se quiere un globoso, que sea junto a una ventana orientada al sur o al este y con la aclimatación hecha poco a poco.
Balcón o terraza. Aquí funcionan bien los globosos y los columnares, con una salvedad: en la mitad sur peninsular y en pleno agosto, un cactus en maceta negra contra una pared que refleja puede llegar a quemarse. Las quemaduras solares en cactáceas dejan cicatrices corchosas permanentes. Malla de sombreo del 30-40 % en julio y agosto para los ejemplares recién comprados o recién trasplantados, y sombreo también para los Gymnocalycium y los epífitos.
Jardín en suelo. El factor limitante en España no es el frío absoluto sino la combinación de frío y humedad. Muchas especies aguantan varios grados bajo cero perfectamente secas y se pudren a 2 °C con el suelo encharcado. En clima continental interior funcionan bien Echinopsis, Echinocereus, algunas Opuntia rústicas y ciertos Ferocactus si se plantan en montículo o rocalla con drenaje libre, y siempre a resguardo de la lluvia invernal si es posible. El saguaro (Carnegiea gigantea) queda descartado en la práctica: crece unos pocos centímetros al año, tarda décadas en superar el metro y no soporta los inviernos húmedos peninsulares.
Sustrato, riego e invernada: lo que vale para todos
Sustrato. Los cactus de desierto quieren una mezcla con un 50-70 % de componente mineral: pómez, arlita machacada, arena silícea gruesa de 2-4 mm o akadama, más un 30-50 % de turba, fibra de coco o mantillo. La arena de playa y la arena fina de obra no sirven: compactan y ahogan. Los epífitos necesitan lo contrario, una mezcla ligera y orgánica con corteza de pino, fibra de coco y perlita.
Riego. El calendario correcto en la Península es riego de abril a septiembre, cuando el sustrato esté completamente seco, y prácticamente nada de octubre a marzo. Se riega abundantemente hasta que drene, no a gotitas: los riegos escasos y frecuentes mojan solo la capa superficial, mantienen las raíces finas en un ambiente húmedo permanente y acumulan sales. Un cactus deshidratado se arruga y se recupera; uno encharcado se pudre desde el cuello y no hay vuelta atrás.
Invernada seca. Es el punto que separa a un cactus que florece de uno que solo sobrevive. La mayoría de los globosos necesita pasar el invierno entre 5 y 10 °C, con luz y totalmente en seco, para inducir la floración de la primavera siguiente. Un ejemplar invernado en un salón calefactado a 20 °C y regado de vez en cuando difícilmente florecerá, y además se estirará. Una galería fría, un porche cubierto o un invernadero sin calefacción son el sitio ideal.
Abono. De mayo a agosto, cada tres o cuatro riegos, con un fertilizante bajo en nitrógeno y alto en potasio (un abono para tomate diluido a la mitad funciona bien). Nada de abono de octubre a marzo.
Errores frecuentes y plagas
El error dominante es el exceso de agua, seguido de cerca por regar en invierno "porque parece seco". Después está el trasplante recién comprado: al llegar a casa conviene esperar dos o tres semanas antes de cambiar la maceta, y tras trasplantar no regar durante una semana, para que las raicillas rotas cicatricen.
De plagas, tres importan de verdad. La cochinilla algodonosa (Planococcus), que se esconde entre las espinas y en las axilas; se trata con alcohol isopropílico aplicado con pincel o con aceite de parafina. La cochinilla de raíz (Rhizoecus), muy común y casi invisible: cualquier planta que se estanca sin motivo aparente debe desenmacetarse para inspeccionar el cepellón en busca de un polvillo blanco entre las raíces. Y la araña roja, cuyo daño es el más traicionero, porque deja una cicatriz corchosa marrón en la epidermis que ya no desaparece nunca: se combate subiendo la humedad ambiental y con acaricida específico, y se previene revisando el ápice de las plantas con lupa en primavera.
En resumen
La areola es el rasgo que define a la familia, y por tanto el criterio para saber si lo que se tiene delante es realmente un cactus. A partir de ahí, la clasificación útil es la que agrupa por porte y hábitat: globosos de desierto para maceta soleada, columnares para quien tenga espacio y paciencia, opuntioideas con precaución por los gloquidios y por su carácter invasor en exterior, y epífitos para el interior de casa. Un Astrophytum y una Schlumbergera comparten familia y no comparten casi ningún cuidado. Sustrato mineral y drenante, riegos abundantes pero espaciados de abril a septiembre, invernada fría y seca para los de desierto, y desconfianza ante las flores pegadas y las bolas de colores injertadas: con eso, una colección de cactus dura décadas.