Un cactus de siete centímetros de diámetro puede abrir cinco flores más anchas que él mismo y repetirlo cada primavera durante veinte años, siempre en la misma maceta. Esa desproporción entre el tamaño de la planta y el de la flor es lo que engancha a quien empieza a coleccionar cactus globulares, y es también la razón práctica de que estos géneros se hayan convertido en los favoritos de balcones, alféizares y patios pequeños: no piden espacio, piden luz y un manejo del agua distinto al de cualquier otra planta de la casa.

Conviene aclarar de entrada qué se entiende aquí por cactus pequeño. No hablamos de ejemplares jóvenes de especies que acabarán midiendo un metro, sino de géneros que en estado adulto se mantienen por debajo de los 15 o 20 centímetros, ya sea como cabezas solitarias o formando grupos densos de hijuelos. La diferencia importa a la hora de comprar: un Echinocactus grusonii del tamaño de una pelota de golf es un bebé de una planta que quiere ocupar medio metro; una Rebutia del mismo tamaño ya está en edad de florecer y seguirá cabiendo en un tiesto de ocho centímetros toda su vida.

Astrophytum

Cuerpos costillados, casi geométricos, cubiertos de motas blancas de fieltro que dan al conjunto un aspecto de piedra moteada. Las tres especies que más se ven en cultivo son Astrophytum asterias, aplanado y sin espinas, dividido en ocho gajos como una calabaza en miniatura; Astrophytum myriostigma, el conocido como bonete de obispo, con cuatro o cinco costillas marcadas; y Astrophytum capricorne, de espinas largas, retorcidas y aplanadas como cintas de papel.

Todos florecen en amarillo, con la garganta roja en los clones de asterias más difundidos, y lo hacen desde primavera hasta bien entrado el verano, abriendo la flor por la mañana y cerrándola al atardecer durante dos o tres días seguidos.

Son de crecimiento lento y de las plantas más sensibles a la humedad en el cuello, la zona donde el cuerpo se une a la raíz. Un Astrophytum que se pudre lo hace casi siempre desde abajo y sin aviso. La solución no es regar menos, sino cubrir la superficie del sustrato con una capa de dos centímetros de grava o gravilla caliza para que el cuello nunca esté en contacto con material húmedo. Agradecen además algo de caliza en la mezcla, cosa rara entre los cactus: en su hábitat de Texas y el norte de México crecen sobre suelos calcáreos.

Ejemplar de Astrophytum asterias visto desde arriba

Coryphantha

Género mexicano de cuerpos globosos cubiertos de tubérculos gruesos, sin costillas. Coryphantha palmeri, Coryphantha elephantidens o Coryphantha macromeris son las más habituales en colecciones españolas. Las flores, grandes en relación con la planta, salen amarillas, rosas o magenta.

Aquí conviene un apunte que resuelve una confusión permanente en las tiendas: Coryphantha y Mammillaria se distinguen por dos detalles fáciles de ver. En Coryphantha, la cara superior de cada tubérculo tiene un surco longitudinal que va de la punta hacia el centro de la planta, y las flores brotan de ese surco, en el ápice. En Mammillaria no hay surco, y las flores aparecen en las axilas, entre tubérculo y tubérculo, formando la corona característica. Si dudas ante una planta sin etiqueta, mira el surco.

Necesitan más sol directo que la media del grupo y una maceta algo más profunda de lo que su tamaño sugiere, porque varias especies desarrollan una raíz principal engrosada.

Echinocereus

Cuerpos cilíndricos cortos, casi siempre agrupados en macollas de varios tallos, con espinación muy variable: desde Echinocereus pectinatus, peinado y compacto, hasta Echinocereus stramineus, que forma cojines de espinas pajizas translúcidas.

Dos cosas los hacen especialmente recomendables. La primera, que sus flores duran varios días, algo insólito entre los cactus globulares: magentas, rosas o naranjas, de hasta ocho centímetros, con el estigma verde brillante en el centro. La segunda, que buena parte del género es notablemente rústico al frío. Echinocereus triglochidiatus y Echinocereus viridiflorus aguantan sin daño heladas fuertes siempre que el sustrato esté completamente seco, lo que los convierte en candidatos para rocallas al aire libre en el interior peninsular, no solo para maceta protegida.

El matiz está en la palabra seco. El frío no mata a un Echinocereus; el frío con el sustrato húmedo, sí. Si van a quedarse fuera, tienen que estar bajo un alero o una cubierta que los libre de la lluvia de invierno.

Echinopsis

El género de las flores desmesuradas. Echinopsis oxygona o Echinopsis eyriesii son cactus modestos, verdes, de espina corta, que pasan el año sin llamar la atención y una noche de junio abren un embudo de quince o veinte centímetros con un tubo larguísimo y perfume dulce. La flor se abre al anochecer, aguanta la mañana siguiente y se marchita al mediodía. Es una decepción para quien la espera abierta todo el fin de semana, y una de las razones por las que hay que mirar la planta a diario en época de botones.

Producen hijuelos con facilidad alrededor de la base, lo que los convierte en el cactus más regalado de España: se separa un hijo con la mano cuando ya tiene tres o cuatro centímetros, se deja secar el corte tres o cuatro días a la sombra y se apoya sobre sustrato seco hasta que emite raíces. Nada de enterrarlo ni de regarlo antes de que arraigue.

Flor abierta de Echinopsis oxygona

Lobivia, que hoy es Echinopsis

El nombre Lobivia es un anagrama de Bolivia, y designaba a un grupo de cactus andinos de flor diurna y colores encendidos: rojo, naranja, amarillo puro, a veces con el centro contrastado. Lobivia arachnacantha, Lobivia famatimensis o la conocida Lobivia calorubra siguen vendiéndose con esa etiqueta.

La revisión taxonómica moderna incluyó Lobivia dentro de Echinopsis, de modo que, formalmente, esas plantas son hoy Echinopsis. Merece la pena saberlo porque explica por qué la misma planta aparece con dos nombres según el vivero, y porque los cuidados son en efecto los mismos. Para el aficionado, la distinción práctica sigue siendo útil: las antiguas Lobivia abren de día y en colores saturados, las Echinopsis clásicas abren de noche y en blanco o rosa pálido.

Al proceder de altiplanos por encima de los 2.000 metros, toleran bien el frío seco y necesitan una invernada fría de verdad para florecer. Son de las que más castigan un invierno pasado en el salón.

Mammillaria

El género con más especies pequeñas de toda la familia, con alrededor de doscientas, y probablemente el mejor punto de partida para una colección. Mammillaria elongata forma dedos dorados; Mammillaria gracilis se desmonta en hijuelos que enraízan solos donde caen; Mammillaria plumosa parece una bola de nieve por su espinación plumosa; Mammillaria hahniana se cubre de pelos blancos largos; Mammillaria bombycina y Mammillaria zeilmanniana florecen jóvenes y con generosidad.

La floración típica es una corona de flores pequeñas alrededor del ápice, a menudo seguida en verano de frutos rojos alargados que quedan meses en la planta y contienen semilla viable.

Con las especies lanudas y plumosas hay una regla que no admite excepción: no se mojan por encima. El agua queda retenida en el fieltro, no se evapora, y aparecen manchas pardas permanentes y focos de podredumbre. Se riegan poniendo la maceta unos minutos en un plato con agua y retirándola en cuanto la superficie del sustrato oscurece.

Rebutia

Si alguien quiere flores el primer año, este es el género. Rebutia minuscula, Rebutia muscula, Rebutia heliosa o Rebutia fiebrigii son cuerpecillos de tres a seis centímetros que florecen a los dos o tres años de semilla y que se cubren literalmente: las flores salen de la base del cuerpo, no del ápice, en anillo, y pueden ser más numerosas que los tallos.

Son plantas de montaña del noroeste argentino y Bolivia, lo que se traduce en tres exigencias concretas: sol pero no horno (una exposición de mañana o sol filtrado en pleno agosto en el sur peninsular les va mejor que el pleno sur), invernada fría obligatoria y sustrato muy drenante. En Galicia y la cornisa cantábrica, donde el problema no es el frío sino la lluvia constante, hay que cultivarlas bajo cubierta transparente.

Otros géneros que caben en la misma bandeja

La lista clásica se queda corta. Gymnocalycium aporta especies de flor grande y tolerancia notable a la sombra parcial, buenas para orientaciones este. Parodia (que absorbió al antiguo género Notocactus) da bolas amarillas o rojas espectaculares y agradece algo más de agua que la media. Frailea son enanos de dos centímetros con la particularidad de que muchas flores son cleistógamas: producen semilla sin llegar a abrirse. Sulcorebutia y Turbinicarpus son la puerta de entrada al coleccionismo serio, con exigencias más finas de sustrato mineral.

Sustrato y maceta: donde se decide casi todo

El fallo más repetido en cactus pequeños no es el riego, es el sustrato. Buena parte de las mezclas etiquetadas como «sustrato para cactus y crasas» en grandes superficies son turba con un puñado de arena: retienen agua durante días y, cuando por fin se secan, se compactan y se despegan de las paredes de la maceta.

Una mezcla que funciona en clima peninsular lleva como mínimo un 60 % de material mineral: por ejemplo, cuatro partes de arena de sílice gruesa, puzolana, pómice o akadama, y dos partes de sustrato universal de calidad. Si el material mineral es de grano entre 3 y 6 milímetros, mejor: los granos finos hacen barro. Para Astrophytum y Coryphantha se puede subir el mineral al 70 % y añadir un puñado de gravilla caliza.

Sobre la maceta: pequeña. Un cactus de seis centímetros va en un tiesto de siete u ocho, no de quince. Un volumen de sustrato excesivo alrededor de una raíz pequeña permanece húmedo semanas y es la causa directa de las podredumbres de raíz. El barro cocido perdona más errores de riego que el plástico, aunque obliga a regar más a menudo en verano. Y agujeros de drenaje amplios, siempre.

El riego a lo largo del año

El esquema es sencillo si se piensa en ciclos y no en calendarios fijos:

De marzo a junio, temporada de crecimiento y floración. Se riega a fondo, empapando hasta que sale agua por el drenaje, y luego no se vuelve a tocar hasta que el sustrato está seco por completo, lo que en maceta pequeña de barro puede significar cinco o siete días, y en plástico diez o doce. Regar poco y a menudo es peor que regar mucho y de tarde en tarde: humedece solo los dos centímetros superiores, la raíz profunda no bebe y los hongos del cuello prosperan.

Julio y agosto. En el interior y el sur peninsular, con máximas por encima de 35 °C, muchos cactus entran en parada estival: dejan de crecer y absorben poco. Se espacia el riego y, sobre todo, no se riega a pleno sol ni a mediodía. A primera hora de la mañana o al anochecer.

Septiembre y octubre. Segundo pico de crecimiento, se vuelve al ritmo de primavera y se va reduciendo a partir de mediados de octubre.

De noviembre a febrero, agua cero. Ni un poco «para que no se sequen». Un cactus globular pequeño sano pasa perfectamente cuatro meses sin agua a temperatura fresca; puede arrugarse ligeramente y recupera turgencia con el primer riego de primavera.

El abonado acompaña al crecimiento: un fertilizante bajo en nitrógeno y alto en potasio, tipo 5-10-10, cada tres o cuatro semanas de marzo a septiembre, a media dosis de la indicada en el envase. El exceso de nitrógeno produce tejidos blandos, cuerpos deformados y plantas mucho más atractivas para la cochinilla.

Por qué tu cactus no florece

Es la consulta más frecuente sobre este grupo, y la respuesta suele estar en el invierno, no en el verano. La inducción floral de Rebutia, Lobivia, Echinopsis, Mammillaria y compañía depende de un periodo de reposo frío y seco: entre 5 y 12 °C, sin riego y con luz, durante unas diez o doce semanas.

Un cactus que pasa el invierno a 21 °C en el salón, con el sustrato húmedo cada quince días, no cumple ese requisito. Sigue vegetando de forma lenta, se estira buscando luz, y en primavera no tiene botones. No es cuestión de edad ni de abono: es que nunca ha invernado.

Los sitios que funcionan en una casa española son la galería sin calefactar, el porche cubierto, el alféizar exterior de una ventana protegida de la lluvia, o el balcón bajo un plástico abierto por los lados. En la costa mediterránea y en Andalucía, estos géneros pueden quedarse fuera todo el invierno si están a cubierto del agua. En la meseta, Aragón o Castilla y León, con heladas por debajo de -5 °C, conviene entrarlos a un espacio fresco sin calefacción.

Trasplante y multiplicación

El momento del trasplante es el final del invierno o el principio de la primavera, justo antes de que arranque el crecimiento. Se saca la planta con papel de periódico doblado o guantes gruesos, se retira el sustrato viejo con cuidado, se revisan las raíces buscando podredumbre o cochinilla algodonosa (motas blancas harinosas entre las raicillas) y se replanta en sustrato seco.

Y aquí el detalle que evita disgustos: después de trasplantar no se riega durante siete a diez días. Las raíces rotas en la operación son puerta de entrada para hongos, y necesitan cicatrizar en seco antes del primer contacto con el agua.

La multiplicación por hijuelos, ya descrita para Echinopsis, sirve igual para Mammillaria, Rebutia y Echinocereus. La siembra de semilla es sorprendentemente agradecida en este grupo: se siembra en primavera en superficie, sin cubrir, sobre sustrato mineral fino esterilizado, se tapa el recipiente con film transparente y se mantiene a 20-25 °C. Muchas Rebutia germinan en menos de una semana.

Problemas frecuentes y cómo reconocerlos

Cochinilla algodonosa (Planococcus citri y afines). Motas blancas de aspecto algodonoso entre los tubérculos, en la lana del ápice y, la peor variante, en las raíces. Se trata con alcohol isopropílico aplicado con un bastoncillo en las colonias visibles y, si está en raíz, desmontando la planta, lavando el cepellón y replantando en sustrato nuevo.

Araña roja (Tetranychus urticae). Ambientes secos y calurosos. Produce un moteado herrumbroso que se vuelve una cicatriz corchosa permanente: aunque se elimine la plaga, la marca no desaparece porque el tejido del cactus no se regenera. De ahí que convenga revisar el ápice con lupa en verano.

Quemaduras por sol. Manchas blanquecinas o amarillentas en la cara sur de la planta tras sacarla al exterior en primavera después de meses a la sombra. Se previene aclimatando en dos o tres semanas, con sombreo parcial al principio. También son cicatrices definitivas.

Estiolamiento. Cuerpo que se estrecha hacia arriba y adquiere un verde claro, blando: falta de luz. Un cactus globular necesita como mínimo cuatro o cinco horas de sol directo. Detrás de un cristal orientado al norte no viven, sobreviven deformándose.

Podredumbre basal. Zona blanda, oscura y húmeda en la base. Si se detecta pronto, se puede salvar cortando por encima con un cuchillo limpio hasta encontrar tejido sano y blanco, dejando secar el corte dos semanas y reenraizando el esqueje. Si el pardeamiento llega al ápice, la planta está perdida.

En resumen

Astrophytum, Coryphantha, Echinocereus, Echinopsis (con las antiguas Lobivia dentro), Mammillaria y Rebutia cubren entre todos casi todo lo que un aficionado puede querer de un cactus pequeño: flor grande, flor abundante, flor nocturna, cuerpo escultórico o resistencia al frío. Para empezar, Rebutia y Mammillaria son las más agradecidas, porque florecen jóvenes y perdonan errores.

Los tres puntos que deciden el resultado son siempre los mismos: sustrato con más de la mitad de material mineral y maceta ajustada al tamaño de la planta, riego copioso y espaciado de marzo a octubre con secado completo entre riegos, y un invierno frío y absolutamente seco, que además de proteger de la podredumbre es la condición que dispara la floración de primavera. Un cactus que no florece rara vez tiene un problema de verano: tiene un problema de invierno.


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