En 1974, Friedrich y Rowley absorbieron el género Trichocereus dentro de Echinopsis, y desde entonces cualquier catálogo botánico serio remite el primer nombre al segundo. Medio siglo después los viveros siguen vendiendo «Trichocereus», y resulta que no van tan desencaminados: los estudios moleculares de las últimas dos décadas han mostrado que Echinopsis en sentido amplio no forma un grupo natural, y varios autores han vuelto a segregar Trichocereus como género propio. Para quien cultiva, la consecuencia práctica es sencilla: se trata del mismo grupo de cactus sudamericanos, y hay que buscar la información bajo los dos nombres.

El nombre y lo que dice de la planta

Trichocereus viene del griego thrix, trichos (pelo) y del latín cereus (cirio): un cirio peludo, en referencia al tubo floral cubierto de pelos que caracteriza al grupo. Echinopsis, por su parte, significa «con aspecto de erizo», y describe a las especies globosas y espinosas que Zuccarini tuvo delante cuando lo describió en 1837.

Los dos nombres describen bien los dos extremos del grupo: por un lado, cactus globosos y pequeños, del tamaño de un puño; por otro, columnares arborescentes que superan los diez metros. Que ambas cosas hayan convivido bajo un mismo género explica por qué la taxonomía lleva décadas sin asentarse.

Origen y características

Son cactus andinos y periandinos: Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Ecuador, Paraguay, Uruguay y el sur de Brasil. Ocupan desde tierras bajas hasta por encima de los 3.000 metros en el altiplano, y esa amplitud altitudinal es lo que explica su comportamiento en cultivo. Una planta procedente de la puna jujeña ha evolucionado con noches heladas, aire muy seco y radiación brutal; una de las llanuras del Chaco, con calor húmedo. No responden igual, y conviene saber de dónde viene lo que se tiene.

Morfológicamente comparten tallo costillado con areolas bien definidas, epidermis de verde claro a verde azulado glauco, y espinas que van desde casi ausentes hasta agujas doradas de quince centímetros. Los columnares ramifican desde la base o forman un tronco leñoso con copa. Los globosos tienden a formar grupos densos por emisión de hijuelos alrededor de la planta madre.

Ejemplar columnar de Trichocereus pasacana en su hábitat

Un rasgo poco conocido y muy valorado: crecen rápido para ser cactus. Un Echinopsis pachanoi bien plantado y regado en la costa mediterránea puede alargar de veinte a treinta centímetros en una temporada, cifras impensables en un Astrophytum o un Ariocarpus.

Las especies que más se cultivan aquí

Echinopsis pachanoi (el antiguo Trichocereus pachanoi, el «San Pedro» peruano y ecuatoriano). Columnar de color verde glauco, costillas anchas y redondeadas, espinas cortas o casi nulas. Es el más plantado en jardines del Levante y de Andalucía por su rapidez y su porte. Contiene mescalina y tiene un uso ritual ancestral en los Andes; su cultivo ornamental es habitual y legal en España, cosa distinta de cualquier tipo de extracción o preparación.

Echinopsis terscheckii y Echinopsis atacamensis subsp. pasacana (los antiguos Trichocereus terscheckii y T. pasacana). Cardones argentinos de gran porte, con espinas largas y ámbar. Son los más resistentes al frío del grupo y los que mejor funcionan en jardines de interior peninsular con inviernos duros pero secos.

Echinopsis spachiana, la antorcha dorada, de tallos esbeltos que macollan formando matas densas y espinas amarillas cortas. Muy usada como seto y como patrón de injerto.

Echinopsis oxygona y Echinopsis eyriesii, globosas, de las que producen esas enormes flores blancas o rosadas de tubo largo. Son las clásicas de maceta de balcón, heredadas de la abuela, que sobreviven a cualquier abandono.

Echinopsis subdenudata, globosa, casi inerme, de epidermis verde oscuro con areolas blancas algodonosas. Compacta y muy florífera.

Echinopsis chamaecereus, el antiguo Chamaecereus silvestrii o cactus cacahuete, de tallitos rastreros y flores rojas diurnas.

Echinopsis huascha y Echinopsis candicans, de flores diurnas rojas, anaranjadas o blancas, muy resistentes y de floración generosa.

La floración, que es lo que justifica tenerlos

Las flores del grupo son de las mayores de la familia: embudos de quince a veinticinco centímetros de largo, con un tubo cubierto de pelos y escamas y una corona de tépalos que se abre en un plato. En buena parte de las especies —subdenudata, eyriesii, oxygona, pachanoi— son blancas, nocturnas y muy perfumadas, adaptadas a polinización por esfíngidos. En otras, como huascha, candicans o chamaecereus, son diurnas y de colores cálidos.

Flor blanca de Echinopsis subdenudata completamente abierta

Duran poco: una noche y la mañana siguiente, o un par de días en las diurnas si el tiempo es fresco. A cambio, una planta bien llevada abre varias tandas entre mayo y julio.

El requisito que casi nadie cumple no es de abonado ni de sol, sino de invernada. Los botones florales se inducen tras un invierno frío y seco: de noviembre a febrero, sin una gota de agua y con temperaturas nocturnas entre 5 y 10 ºC. Un ejemplar mantenido dentro de casa a 21 ºC y regado todo el año crece verde y sano, y no florece nunca. Ese es el motivo real de la mayor parte de las consultas sobre Echinopsis que no dan flor.

En cuanto a la edad, los globosos suelen empezar a florecer a partir de los ocho o diez centímetros de diámetro, con tres o cuatro años. Los columnares grandes tardan mucho más y necesitan alcanzar cierto porte, a menudo más de un metro.

Luz, sustrato y maceta

Sol directo, cuanto más mejor, con una salvedad importante: la transición. Un ejemplar que ha pasado el invierno en interior o que viene de un vivero con malla de sombreo se quema si se saca de golpe al sol de mayo. La quemadura solar en cactus es una mancha blanquecina o amarillenta que después se vuelve corchosa y no desaparece jamás. Se aclimata a lo largo de dos o tres semanas, dando primero sol de mañana.

El sustrato tiene que ser marcadamente mineral: sustrato de cactus mezclado al 50 % con puzolana, pómez, arena de sílice gruesa o gravilla volcánica. La turba pura retiene agua durante semanas y es la causa de la mayoría de las podredumbres de cuello. En suelo de jardín arcilloso, lo sensato es plantar sobre montículo o caballón, o abrir un hoyo generoso y rellenar con mezcla drenante y una capa de grava en el fondo.

Las macetas de barro sin esmaltar transpiran y ayudan mucho, sobre todo en el norte peninsular. Para los columnares, el problema no es la nutrición sino el vuelco: un ejemplar de metro y medio necesita una maceta ancha y pesada, o acabará en el suelo con el primer temporal de poniente.

Riego a lo largo del año

Aquí conviene desmontar la idea de que un cactus se riega poco y punto. En plena actividad, de abril a septiembre, beben bastante: riego abundante que empape todo el cepellón y salga por el agujero, y después esperar a que el sustrato se seque por completo. En una terraza soleada del interior, en julio, eso puede ser cada cinco o siete días; en maceta grande o en zona costera húmeda, cada diez o quince.

A partir de finales de septiembre se van espaciando los riegos, y de noviembre a febrero se corta el agua del todo en las plantas que invernan al fresco. Un cactus frío y mojado es un cactus podrido; un cactus frío y seco aguanta lo que le echen. En marzo se reanuda poco a poco, con un primer riego ligero cuando las temperaturas nocturnas se estabilizan por encima de los 10 ºC.

Si el ejemplar pasa el invierno en interior con calefacción, no se le puede secar por completo porque no está realmente dormido: un riego corto cada cuatro o seis semanas, lo justo para que no se deshidrate, aunque a cambio hay que asumir que probablemente no florecerá.

Frío: lo que aguantan de verdad

Es el punto donde más se subestima al grupo. Estos cactus figuran entre los más rústicos de toda la familia. Los cardones argentinos —terscheckii, atacamensis subsp. pasacana— soportan heladas fuertes, de en torno a diez grados bajo cero, siempre que el sustrato esté completamente seco y la helada sea nocturna y breve. E. pachanoi tolera bien varios grados bajo cero en las mismas condiciones, y las globosas tipo oxygona o eyriesii también aguantan heladas ligeras.

La variable determinante no es la temperatura, sino la humedad. Lo que mata a un Echinopsis en un invierno peninsular no es el frío de Soria, sino la combinación de suelo empapado y frío en cualquier sitio. Por eso el mismo ejemplar prospera al aire libre en un jardín de Zaragoza con invierno seco y se pudre en una terraza de Santander con inviernos suaves pero lluviosos. Si se cultiva al exterior en zonas de lluvia invernal, hay que proteger de la lluvia, no del termómetro: un alero, una repisa cubierta o un plástico en los meses malos.

Como referencia climática, en Canarias, Baleares, todo el litoral mediterráneo y buena parte del valle del Guadalquivir viven al exterior sin ninguna protección. En el interior con inviernos secos, plantados en suelo drenante y protegidos de la lluvia, también. En la cornisa cantábrica y en Galicia, mejor en maceta y bajo cubierto durante el invierno.

Abonado, trasplante y limpieza

Abono específico de cactus, bajo en nitrógeno y alto en potasio y fósforo, cada tres o cuatro semanas de abril a agosto, a la dosis que indique el envase o algo por debajo. El exceso de nitrógeno da tejidos blandos, aguados y estirados, mucho más vulnerables a la cochinilla y a la podredumbre, y retrasa la floración. Fuera de temporada no se abona.

El trasplante toca cada dos o tres años, a comienzos de primavera, con el sustrato seco. Se saca la planta, se revisa el cepellón —es el momento de detectar cochinilla de raíz, esos algodones blancos entre las raíces—, se recortan raíces muertas y se replanta en mezcla nueva. Después, una semana sin regar para que cicatricen las raicillas rotas. Para manipular columnares espinosos, unas tiras de papel de periódico doblado alrededor del tallo, a modo de asa, resuelven el problema mejor que cualquier guante.

Una aclaración que ahorra sustos: el corcho pardo que aparece en la base de los ejemplares maduros no es una enfermedad ni una quemadura. Es lignificación normal por la edad, la manera que tienen estos cactus de reforzar la base para sostener el peso. No se trata ni hay que hacer nada.

Plagas y problemas frecuentes

Cochinilla algodonosa. Se instala en las areolas y en los huecos entre costillas. En focos pequeños, bastoncillo con alcohol; si está extendida, jabón potásico o un insecticida específico, repitiendo a los diez días.

Cochinilla de raíz. Solo se ve al trasplantar. La planta se estanca sin razón aparente y no acaba de arrancar en primavera. Se limpian las raíces a chorro de agua y se replanta en sustrato nuevo y maceta desinfectada.

Araña roja. Ataca con calor y aire seco, y deja un moteado herrumbroso en el ápice que después se vuelve cicatriz permanente. Es un problema estético irreversible, así que lo que cuenta es la prevención.

Podredumbre basal. El tallo se ablanda y se oscurece desde abajo. Si se coge a tiempo, se corta por encima de la zona afectada hasta encontrar tejido totalmente blanco y limpio, se deja secar el corte una o dos semanas y se reenraíza como esqueje. Casi siempre se salva la planta.

Etiolación. El ápice se estrecha y se alarga, con espinas más cortas y color más pálido. Falta luz. La parte deformada no se corrige nunca, pero la planta retoma su grosor normal en cuanto se le da sol; también se puede decapitar y reenraizar la punta.

Caracoles y babosas en cultivo exterior, que roen la epidermis dejando cicatrices marrones. Aparecen tras las lluvias de otoño y actúan de noche.

Multiplicación y uso como patrón

Los columnares se multiplican por esqueje de tallo: se corta una sección de veinte a cuarenta centímetros con hoja desinfectada, se deja cicatrizar en vertical y a la sombra entre dos y cuatro semanas, según el grosor, y se planta apenas enterrada en sustrato seco. Enraíza en cuestión de semanas durante la primavera. Los globosos dan hijuelos abundantes que se separan en el trasplante, con o sin raíz propia. Por semilla germinan bien y rápido a 20–25 ºC en primavera, y crecen mucho más deprisa que la mayoría de cactus.

Merece la pena señalar un uso que muchos aficionados desconocen: E. pachanoi y E. spachiana están entre los mejores patrones de injerto que existen. Su vigor, su rapidez y su compatibilidad amplia los convierten en la base habitual para injertar cactus lentos, delicados o sin clorofila, como los Gymnocalycium de variedades rojas y amarillas. Buena parte de los cactus injertados que se venden en cualquier centro de jardinería español van montados sobre uno de estos tallos.

En resumen

Trichocereus y Echinopsis designan el mismo grupo de cactus andinos, con formas que van del globoso de maceta al cardón arbóreo, y son de los más agradecidos que se pueden cultivar: crecen rápido, dan flores enormes y perfumadas y aguantan frío de verdad. Sus cuatro exigencias son sol directo tras una aclimatación gradual, sustrato mineral que drene de inmediato, riego abundante pero espaciado de abril a septiembre y sequía total en invierno. Esa invernada fría y seca no es solo lo que los mantiene sanos: es la condición sin la cual no hay floración. Y en el litoral y en el interior seco español pueden estar plantados directamente en el jardín, protegidos de la lluvia invernal más que del termómetro.


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