La idea de que un césped es por definición un capricho caro, sediento y exigente viene de una confusión muy extendida: se llama «césped» a un tipo concreto de mezcla, la de raigrás y festuca, que efectivamente está pensada para climas frescos y húmedos y que en el interior peninsular se pasa el verano al borde del colapso. Pero la familia de las gramíneas tapizantes es mucho más amplia, y buena parte de ella está adaptada precisamente al calor. Ahí es donde entra la grama.

Bajo el nombre de grama se agrupan en España varias especies del género Cynodon, sobre todo la grama común o grama bermuda, Cynodon dactylon, y sus híbridos con Cynodon transvaalensis. Es la misma planta que muchos jardineros arrancan a mano de los parterres maldiciéndola, y esa mala fama es justamente la que oculta lo que mejor sabe hacer: cubrir el suelo con una alfombra densa, pisable y verde en pleno agosto gastando la mitad de agua que un césped convencional.

Mata de grama, Cynodon dactylon, con sus estolones rastreros

Qué es realmente la grama

Cynodon dactylon es una gramínea perenne de origen africano, naturalizada en toda la cuenca mediterránea desde hace siglos. Pertenece al grupo de las llamadas plantas C4, un detalle que parece de manual de botánica pero que lo explica casi todo: las C4 concentran el CO2 antes de fijarlo, de modo que pueden mantener los estomas más cerrados y seguir fotosintetizando con calor y luz intensa. Traducido al jardín, la grama produce más biomasa por litro de agua consumido que cualquier gramínea de clima frío.

Se extiende mediante estolones rastreros que corren por la superficie y rizomas subterráneos que colonizan en profundidad. Ese doble sistema es la clave de su resistencia al pisoteo: si se daña la parte aérea, rebrota desde yemas protegidas bajo tierra. Sus raíces bajan con facilidad más de un metro cuando el suelo lo permite, lo que le da acceso a reservas de humedad que un raigrás, con raíces de apenas veinte centímetros, jamás alcanza.

Su ritmo anual es el de una planta de verano. Empieza a moverse cuando el suelo supera los 15 °C, alcanza su óptimo entre 25 y 35 °C y se para en seco con el frío. Este calendario invertido respecto al césped tradicional es su gran ventaja y también su principal inconveniente, y conviene entenderlo antes de sembrar.

Las razones de peso para elegirla

Consume mucha menos agua. Es el argumento decisivo en el clima español. Un césped de festuca arundinácea o de mezcla ray-grass en Madrid o Zaragoza necesita del orden de 6 a 8 litros por metro cuadrado y día en julio para no amarillear. Una grama bien implantada se mantiene con 3 a 5 litros, y sobrevive con bastante menos aceptando perder color. En una pradera de 200 m², esa diferencia son decenas de miles de litros en un solo verano.

No sufre con el calor. Mientras las gramíneas de clima frío entran en estrés por encima de 30 °C y se vuelven vulnerables a hongos como Rhizoctonia, la grama vive su mejor momento. Las olas de calor de julio y agosto, que son las que arruinan los céspedes convencionales del interior, a ella la benefician.

Aguanta el pisoteo y se repara sola. Ninguna otra gramínea de uso ornamental recupera tan rápido de un desgaste. Por eso los campos de fútbol y de golf del sur peninsular usan grama híbrida en sus zonas de mayor tráfico. En un jardín con niños, perros o una portería de fútbol improvisada, es una diferencia enorme frente a un césped que deja calvas permanentes.

Tolera la sal y el agua de mala calidad. Soporta suelos salinos y riego con aguas de conductividad alta, incluso regeneradas, algo habitual en el litoral mediterráneo y en zonas con pozos de agua dura. También va bien en suelos calizos y con pH alcalino, que es lo normal en media España.

Se autorrepara y compite bien con las malas hierbas. Una grama densa y bien nutrida deja poco hueco para que germine nada más. Se traduce en menos herbicida y menos escarda manual que en un césped ralo.

Lo que hay que aceptar a cambio

Aquí es donde muchos artículos se quedan a medias. La grama tiene tres pegas serias, y quien no las conozca de antemano acabará arrepintiéndose.

Se pone marrón en invierno. Es lo primero que hay que asumir. Con las primeras heladas, o simplemente cuando el suelo baja de unos 10 °C, la grama entra en dormancia y toma un color pajizo uniforme. En el interior peninsular eso significa entre cuatro y cinco meses de pradera color trigo, típicamente de noviembre a marzo o abril. En la costa mediterránea y en Andalucía occidental el periodo se acorta a dos o tres meses y en inviernos suaves la planta conserva un verde apagado. No está muerta: rebrota sola en primavera. Pero si lo que se busca es un verde intenso en Navidad, la grama no es la planta.

Hay dos salidas para ese periodo. La primera es la resiembra de invierno: sembrar en octubre Lolium perenne sobre la grama dormida, de modo que el raigrás cubra el invierno y muera con el calor de mayo, cuando la grama vuelve a tomar el mando. Funciona, pero encarece y complica el mantenimiento, exige riego invernal y debilita algo la grama en la transición de primavera. La segunda, más honesta, es asumir el color pajizo como lo que es, el aspecto natural del paisaje mediterráneo en su estación seca.

Exige sol pleno. Es su punto más débil y no tiene arreglo. La grama necesita al menos seis horas de sol directo al día; por debajo de eso se afina, se abre y desaparece. Bajo la copa de un árbol, en el lado norte de una casa o en un patio con muros altos, no hay variedad ni abono que la salve. Si esa es la situación, hay que mirar hacia Stenotaphrum secundatum (el gramón o césped de San Agustín), que tolera media sombra, o hacia una zona de gravas y plantas de sombra.

Es invasiva. Los mismos estolones y rizomas que la hacen resistente la llevan a colonizar arriates, alcorques y grietas del pavimento. Es imprescindible instalar una barrera de contención vertical de 25 a 30 cm de profundidad entre el césped y los parterres, o resignarse a repasar los bordes con recortadora cada pocas semanas. Sacar la grama de un macizo de rosales una vez ha entrado es tarea de paciencia, porque un fragmento de rizoma de dos centímetros vuelve a brotar.

Se le suma una cuarta cuestión menor: acumula fieltro (thatch), esa capa de material vegetal semidescompuesto entre el suelo y las hojas verdes. Si se deja crecer, la pradera se vuelve esponjosa, retiene agua en superficie y favorece hongos. Se corrige con un escarificado o verticorte anual a la salida del invierno.

Grama de semilla o grama híbrida en tepe

Esta decisión condiciona el coste y el resultado, y se toma antes que ninguna otra.

La grama de semilla corresponde a variedades de Cynodon dactylon seleccionadas, con nombres comerciales como Sahara, Riviera, Yukon o Princess 77. Se siembran de mayo a julio con una dosis orientativa de 10 a 15 gramos por metro cuadrado y son, con diferencia, la opción más barata: el coste por metro cuadrado es una fracción del tepe. A cambio, la hoja es algo más basta y el establecimiento tarda entre seis y diez semanas de cuidados constantes.

Las gramas híbridas (Tifway 419, Santa Ana, Tifdwarf y similares) son cruces de Cynodon dactylon con Cynodon transvaalensis. Dan una hoja mucho más fina, un color más oscuro y una densidad muy superior, pero son estériles: no existe semilla, se plantan por tepe, estolones o tacos. El resultado es un césped de aspecto casi de golf, con un coste de implantación bastante mayor.

Un aviso práctico: la semilla de grama con cáscara sin descascarillar germina mal y lento. Merece la pena pagar algo más por semilla descascarillada y, mejor aún, recubierta, porque la nascencia pasa de tres semanas irregulares a diez o doce días razonablemente uniformes.

Cómo implantarla paso a paso

Época. El error más repetido es sembrar grama en marzo, con la mentalidad del césped tradicional. La semilla necesita el suelo por encima de 18-20 °C de forma sostenida para germinar; sembrada en frío se queda parada, se la comen los pájaros o la desplaza la hierba mala. En el interior peninsular la ventana buena va de mediados de mayo a principios de julio; en la costa sur puede adelantarse a finales de abril. Sembrar después de mediados de agosto es arriesgado, porque la planta no llega a tener reservas suficientes antes del primer frío.

Preparación del terreno. Eliminar la vegetación previa, descompactar a 25-30 cm, retirar piedras y raíces, y nivelar con cuidado: un césped de corte bajo delata cualquier ondulación. Aportar materia orgánica bien madura si el suelo es pobre, unos 3-5 litros por metro cuadrado, e incorporar un abono de fondo rico en fósforo para favorecer el enraizamiento. Después, un pase de rulo ligero y un riego previo para asentar y descubrir los desniveles.

Siembra. Repartir la semilla en dos pasadas cruzadas, mezclada con arena si se hace a voleo para que caiga uniforme. Rastrillar muy superficialmente: la semilla de grama es diminuta y no debe quedar enterrada más de 5 milímetros. Pasar el rulo para asegurar el contacto con el suelo.

Riego de nascencia. Es la fase crítica. Durante las dos o tres primeras semanas el objetivo es que la capa superficial no se seque nunca, lo que en junio implica tres o cuatro riegos cortos al día. Una sola tarde de olvido a 35 °C mata la nascencia entera. A partir de la cuarta semana se van espaciando y alargando los riegos para forzar a las raíces a profundizar.

Primer corte. Cuando la hierba alcance unos 5 cm, se corta a 3, con la cuchilla bien afilada para no arrancar las plántulas. Los cortes frecuentes en esa fase estimulan el estoloneado y cierran la pradera antes.

El mantenimiento anual, mes a mes

Siega. La grama quiere corte bajo, entre 2 y 4 cm según variedad; las híbridas admiten incluso menos. Es lo contrario del césped de festuca, al que conviene dejar alto. En plena temporada eso significa segar cada cinco o siete días. Se aplica la regla del tercio: nunca retirar más de un tercio de la altura de la hoja en un solo pase.

Abonado. Toda la fertilización se concentra en la estación cálida, de abril a septiembre. Un total orientativo de 20 a 30 gramos de nitrógeno por metro cuadrado y año, repartido en tres o cuatro aplicaciones y preferiblemente de liberación lenta. Abonar con nitrógeno en octubre o noviembre es tirar el dinero y, además, deja a la planta más sensible al frío.

Escarificado. Un pase de escarificador o verticorte en abril, cuando la planta ya está despertando, retira el fieltro acumulado y acelera el reverdecido. Parece brutal, deja la pradera desnuda unos días, y la grama lo agradece porque rebrota desde los rizomas.

Riego de temporada. Menos frecuente y más abundante que en un césped convencional: mejor dos riegos profundos por semana que siete superficiales. El riego profundo obliga a la raíz a bajar y es la base de su resistencia a la sequía. De noviembre a marzo, con la planta dormida, el riego se suspende salvo inviernos extremadamente secos.

Cuándo no elegir grama

Un buen consejo incluye saber decir que no. Descarta la grama si el jardín tiene sombra durante buena parte del día, si necesitas verde permanente los doce meses, si vives en zonas de montaña o de la cornisa cantábrica donde el verano es fresco y la dormancia se alarga en exceso, o si el césped linda directamente con parterres delicados y no piensas instalar barrera.

En esos casos hay alternativas de clima cálido con otros equilibrios. Zoysia japonica ofrece una densidad excelente y es bastante menos invasiva, aunque se implanta muy despacio y cuesta más. Paspalum vaginatum es imbatible en suelos salinos y riego con agua salobre. Stenotaphrum secundatum tolera la sombra parcial pero da una hoja ancha y basta. Y si el objetivo real es reducir mantenimiento y no tanto tener superficie pisable, muchas veces la mejor respuesta no es otro césped, sino sustituir parte de la pradera por tapizantes como Dichondra repens, Lippia nodiflora o directamente por gravas y plantación mediterránea.

Merece una mención el kikuyu (Cenchrus clandestinus, antes Pennisetum clandestinum), que se vende a veces como sustituto barato de la grama. Es aún más agresivo y notablemente más difícil de contener; en jardín pequeño acaba siendo un problema.

Pradera de césped natural bien mantenida

Dos creencias que conviene desmontar

«La grama es una mala hierba». Lo es cuando crece donde no la queremos, exactamente igual que cualquier otra planta fuera de sitio. Las variedades seleccionadas de uso ornamental son la misma especie mejorada durante décadas para densidad, finura de hoja y color. Que sea rústica y competitiva es la razón por la que funciona, no un defecto.

«La grama no necesita riego». Falso tal cual está dicho. Sobrevive a sequías largas porque entra en dormancia estival y rebrota después, pero una pradera sin riego pasa buena parte del verano marrón. Lo correcto es decir que necesita bastante menos agua que un césped convencional para mantenerse verde, y que perdona los descuidos sin morirse. Durante la implantación, en cambio, es tan exigente con el agua como cualquier otra siembra.

Añadiría una tercera precisión, esta de salud: el polen de las gramíneas, Cynodon dactylon incluida, es uno de los principales alérgenos respiratorios en España. La siega regular impide que la grama espigue y libere polen, así que un césped bien segado no es un problema; uno abandonado que llega a florecer, sí.

En resumen

Elegir grama es elegir un césped adaptado al clima que realmente tenemos, en lugar de forzar en Castilla o en Levante una pradera pensada para Inglaterra. A cambio de un consumo de agua notablemente menor, de indiferencia ante el calor y de una resistencia al pisoteo que ninguna otra gramínea iguala, hay que aceptar un invierno de color pajizo, la necesidad de sol pleno y una tendencia clara a escaparse hacia los parterres.

Si el jardín está soleado, se usa de verdad y el verano es el momento en que se disfruta, la grama es probablemente la mejor decisión posible. Siémbrala con el suelo caliente, entre mayo y julio; riega sin fallo durante la nascencia y luego riega profundo y espaciado; siégala baja y a menudo; abónala solo en la estación cálida; escarifícala en abril; y pon una barrera de contención el mismo día que la instales, no dos años después.


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