Antes de que existiera una sola flor sobre la Tierra, ya había cicas. El grupo al que pertenece la planta que hoy vende cualquier vivero en maceta de veinte centímetros lleva unos 280 millones de años sobre el planeta, repartiéndose el mundo con los helechos arborescentes y las coníferas primitivas mucho antes de que apareciera la primera hierba. Esa antigüedad no es un dato de curiosidad: explica cómo funciona, por qué crece tan despacio y por qué reacciona mal a casi todo lo que uno hace por impaciencia.
Qué planta es exactamente la cica
Cuando en España se dice "cica" a secas, se está hablando casi siempre de Cycas revoluta Thunb., de la familia Cycadaceae, originaria del sur de Japón: las islas Ryukyu y el extremo meridional de Kyushu, donde crece en laderas rocosas costeras.
Es una planta leñosa de tronco columnar, cubierto por las bases persistentes de las hojas viejas, que le dan ese aspecto de piña gigante o de tronco escamoso. De la corona brotan hojas pinnadas de 60 a 150 cm, rígidas, de un verde oscuro brillante, con folíolos estrechos, punzantes en el ápice y con los márgenes revueltos hacia abajo, detalle que da nombre a la especie.
Crece con una lentitud que desconcierta. Un ejemplar adulto engorda el tronco unos 2 o 3 cm al año, y un tronco de un metro puede tener perfectamente treinta o cuarenta años. Los ejemplares grandes de vivero, con dos metros de tronco, son plantas viejas, y su precio refleja el tiempo invertido, no un capricho comercial.
Junto a Cycas revoluta circulan otras cícadas en jardinería española, aunque bastante menos: Cycas circinalis, de folíolos más anchos y planos y notablemente más friolera; y géneros americanos como Dioon edule o Zamia furfuracea, esta última muy vista en el litoral levantino y andaluz.
¿La cica es una palmera?
No, y la distancia no es pequeña: es de las mayores que existen dentro de las plantas con semilla.
Las palmeras son angiospermas monocotiledóneas, plantas con flor, del mismo gran linaje que las gramíneas o las orquídeas. La cica es una gimnosperma, sin flores ni frutos verdaderos, con las semillas desnudas sobre estructuras reproductivas especializadas. Está más emparentada con un pino o con un ginkgo que con una palmera datilera.
El parecido es un caso de convergencia: un tronco no ramificado con una corona de hojas pinnadas es una solución práctica que la evolución ha encontrado varias veces por separado. Pero hay diferencias visibles a simple vista. Las hojas jóvenes de la cica emergen enrolladas en espiral, como báculos de helecho, y se van desenrollando; ninguna palmera hace eso. Y una cica adulta produce conos, no inflorescencias.
También conviene deshacer un equívoco de nombre. A la Cycas revoluta se la llama a veces "palmera del sagú", pero el sagú comercial procede de Metroxylon sagu, esa sí una palmera de verdad. La médula de la cica contiene almidón y se ha consumido en Japón y Micronesia en épocas de escasez, pero solo tras un procesado largo de lavados y fermentación que elimina sus tóxicos. No es comida.
Atención con la toxicidad
Toda la planta contiene cicasina y otros compuestos tóxicos, y las semillas son con diferencia la parte más peligrosa. La ingestión provoca daño hepático grave y puede ser mortal, con especial gravedad en perros, que se sienten atraídos por las semillas anaranjadas caídas en el suelo. Hay casos documentados de intoxicación letal en perros con muy poca cantidad ingerida.
Si hay animales o niños pequeños, la medida sensata es recoger las semillas en cuanto caen y no plantar cicas hembra donde no puedan vigilarse. Al podar hojas viejas conviene usar guantes, más por las puntas punzantes que por la toxicidad de contacto, que es baja.
Machos, hembras y esos "frutos" naranjas
La cica es dioica: hay pies macho y pies hembra, y no se distinguen hasta que la planta madura, cosa que tarda entre diez y quince años.
El macho produce en el centro de la corona un cono alargado, erguido, cónico, amarillento, de 30 a 60 cm, que desprende polen y un olor característico. Tras la floración se seca y la planta emite una nueva corona de hojas.
La hembra no forma un cono compacto sino una masa hemisférica de megasporofilos lanudos, de aspecto afelpado y color pardo dorado, entre los cuales se desarrollan los óvulos. Fecundados, dan semillas grandes, ovoides, de un naranja rojizo intenso. No son frutos, aunque lo parezcan.
Cuidados: la regla de oro
Antes de entrar en detalles, hay un principio que resuelve la mitad de los problemas de esta planta: la cica agradece que la dejen tranquila. Riegos escasos, ninguna poda innecesaria, ningún trasplante frecuente, ninguna intervención mientras brota. Las plantas que se malogran suelen ser las más atendidas, no las más olvidadas.
Cultivo en maceta
Es la forma más habitual de tenerla, y la que más margen de error da con el frío.
Sustrato. Debe drenar mucho. Una mezcla que funciona bien es dos partes de sustrato universal de calidad, una de arena gruesa de río o gravilla fina y una de perlita o picón. Los sustratos de turba pura, que retienen agua durante días, son la causa número uno de la pudrición del tronco.
Maceta. Barro cocido antes que plástico, por la transpiración lateral, y siempre con agujeros amplios. La cica vive bien algo estrecha: pasar de golpe a una maceta enorme deja un volumen de sustrato húmedo sin raíces que lo exploren, y ese es un escenario de podredumbre. Se trasplanta cada tres o cuatro años, en primavera, subiendo un solo número de maceta.
Nada de plato con agua. Si se usa platillo, vaciarlo diez minutos después de regar.
Cultivo en el suelo
Al aire libre alcanza otro porte y necesita menos atención, pero exige elegir bien el sitio de una vez, porque mover una cica adulta es una obra.
Drenaje. En terrenos arcillosos hay que plantarla sobre un montículo elevado 20-30 cm o preparar un hoyo grande con un buen fondo de grava y sustrato aligerado con arena. Un charco de invierno de tres días bajo el tronco puede matar una planta de veinte años.
Espacio. Contar con un diámetro final de corona de 2 a 3 m. Y no plantarla junto a un paso estrecho: los folíolos pinchan de verdad.
Luz
Pleno sol o sombra ligera. A pleno sol la corona sale compacta, con hojas cortas y rígidas y color intenso. En sombra las hojas se alargan, se arquean y la planta pierde el porte cerrado que la hace atractiva.
La precaución importante es que el cambio brusco quema. Una cica que ha vivido en interior o en sombra no puede pasar a pleno sol de julio de un día para otro: los folíolos se blanquean y se secan por manchas. La aclimatación se hace en dos o tres semanas, aumentando la exposición poco a poco, y preferiblemente en primavera u otoño.
Como planta de interior sobrevive, pero solo junto a una ventana muy luminosa. En un rincón oscuro va languideciendo durante años sin llegar a morir del todo, que es la peor de las opciones.
Riego
El exceso de agua mata muchas más cicas que la sequía.
En maceta, se riega cuando los 3 o 4 cm superiores del sustrato están secos, empapando bien y dejando drenar. En verano eso puede significar una vez por semana; en invierno, una vez cada tres o cuatro semanas, o incluso menos si está en el exterior y llueve. La planta almacena reservas en el tronco y aguanta la falta de agua con una tranquilidad que sorprende.
En el suelo, con la planta establecida, un riego cada diez o quince días en verano en el interior peninsular es suficiente, y en el litoral mediterráneo suele bastar con menos. En invierno, nada.
El agua se aplica al sustrato, no al centro de la corona: encharcar el ápice del tronco, donde está el único punto de crecimiento, favorece las pudriciones.
Abonado
De marzo a septiembre, cada tres o cuatro semanas con un abono líquido equilibrado, o una vez en primavera con granulado de liberación lenta. Lo decisivo aquí no es el nitrógeno sino los micronutrientes: las cícadas son notoriamente sensibles a las carencias de manganeso y magnesio, así que hay que elegir un abono que los incluya. En invierno no se abona.
Poda
Casi ninguna. Se retiran únicamente las hojas completamente secas, cortándolas a un par de centímetros del tronco, y se pueden eliminar las que estén muy dañadas o dobladas.
Cortar la corona entera de hojas verdes para "dejarla limpia" antes de que salga el brote nuevo es un error extendido y caro. Esas hojas son las que alimentan la nueva corona; sin ellas, el brote sale débil, corto y descolorido, y la planta pierde un año. Hay que esperar a que las hojas nuevas estén formadas y endurecidas antes de retirar las viejas.
El brote anual: el momento delicado
La cica no crece de forma continua. Emite una única corona de hojas al año, y algunos ejemplares se saltan años enteros. El brote sale de golpe, normalmente entre mayo y julio, con todos los folíolos enrollados y de un verde claro casi amarillento.
Durante las tres o cuatro semanas que tardan en desplegarse y endurecerse, esas hojas son extremadamente sensibles. Conviene:
- No tocarlas ni rozarlas: quedan deformadas de por vida.
- No girar ni mover la maceta, o las hojas crecerán torcidas buscando la luz.
- No trasplantar ni podar en ese periodo.
- Mantener el riego regular, sin excesos, porque una sequía en ese momento aborta la corona.
Si un ejemplar lleva dos o tres años sin brotar, casi siempre hay poca luz, falta de abono o un problema de raíz, y ahí sí toca revisar.
Resistencia al frío
Cycas revoluta es la cícada más rústica de las que se cultivan aquí. Un ejemplar adulto y bien enraizado en suelo seco tolera heladas puntuales de hasta unos -8 o -10 °C sin morir, aunque el follaje empieza a sufrir hacia los -6 o -7 °C, con quemaduras pardas en las puntas y a veces pérdida completa de la corona.
Esto la hace cultivable al aire libre en todo el litoral mediterráneo, Baleares, Canarias, Andalucía, Levante y buena parte del interior con heladas moderadas, incluida la mitad sur de la meseta. En zonas de heladas prolongadas conviene plantarla resguardada por un muro orientado al sur y protegerla los primeros inviernos.
Dos matices que marcan diferencia: el frío seco se tolera muchísimo mejor que el frío húmedo, y los ejemplares en maceta son más vulnerables que los del suelo porque el cepellón se congela por completo. Una cica en maceta en Madrid o Burgos debe pasar el invierno en un porche, un invernadero frío o un garaje luminoso, con el riego prácticamente suspendido.
Perder la corona por una helada no equivale a perder la planta. Si el tronco sigue firme al tacto, en primavera emitirá hojas nuevas. Hay que tener paciencia y no arrancarla en febrero.
Reproducción
Por hijuelos
Es la vía práctica. Los ejemplares adultos producen en la base del tronco hijuelos o retoños en forma de bulbo leñoso, a veces con algunas hojas.
Se separan a finales de primavera, cuando la planta madre está activa. Se descalza la base, se corta el hijuelo lo más limpiamente posible con una gubia o un cuchillo bien afilado y desinfectado, procurando no dejar tejido machacado, y se deja secar la herida a la sombra durante una semana o diez días hasta que forme callo. Saltarse ese secado es la razón habitual de que el hijuelo se pudra.
Después se planta en una mezcla muy drenante, arena gruesa con perlita o una parte pequeña de sustrato, enterrando solo la mitad inferior del bulbo. Si tiene hojas, conviene recortarlas para reducir la transpiración. Riego muy escaso, apenas humedecer, y calor: entre 25 y 30 °C enraíza en dos o tres meses; con temperaturas menores puede tardar más de un año. La herida de la planta madre se espolvorea con azufre o canela y se deja secar sin regar unos días.
Por semillas
Es un camino largo y solo tiene sentido para quien disfrute del proceso o disponga de pies macho y hembra.
Hace falta polinización, que en jardín rara vez ocurre sola: se recoge polen del cono masculino y se aplica con un pincel sobre los megasporofilos de la hembra receptiva. Las semillas tardan seis u ocho meses en madurar.
Recogidas, se les retira la cubierta carnosa externa y se dejan reposar tres o cuatro meses, porque el embrión aún no ha terminado de desarrollarse cuando la semilla cae. Después se siembran tumbadas de lado y semienterradas, con la mitad superior asomando, en arena o perlita, a 25-30 °C y con humedad constante pero moderada.
La germinación es irregular y puede llevar de tres meses a más de un año. Es normal que buena parte de las semillas sean estériles, y se detectan porque flotan al ponerlas en agua. Después, la plántula tarda varios años en formar algo parecido a un tronco.
Plagas
Cochinillas. El problema número uno de la cica, con diferencia. Las hay de varios tipos, pero la más grave es la cochinilla blanca de las cícadas (Aulacaspis yasumatsui), un diaspídido que cubre el envés de los folíolos, y también el tronco y las raíces, con una costra blanca harinosa. Es específica de las cícadas, se reproduce muy deprisa y, si se le da tiempo, mata ejemplares adultos. También aparecen cochinilla algodonosa (Planococcus citri) en las axilas y la lanosidad de la corona, y caparretas de escudo pardo.
El tratamiento exige constancia porque el escudo protege al insecto. La pauta que funciona es aceite de parafina o jabón potásico aplicado a fondo, mojando muy bien el envés y el tronco, y repetido cada 10-14 días durante al menos tres o cuatro aplicaciones, para alcanzar a las ninfas móviles que van naciendo. En infestaciones fuertes conviene cortar y quemar las hojas más colonizadas antes de tratar. Los aceites no se aplican a pleno sol ni con más de 30 °C, o queman la hoja.
Araña roja. En ambientes secos y calurosos, sobre todo en interior. Produce un punteado fino y decolorado en el haz. Se combate subiendo la humedad ambiental y con acaricidas o aceites.
Caracoles y babosas. Atacan exclusivamente los brotes tiernos recién salidos y pueden destrozar una corona entera en dos noches. Vigilancia en la época de brotación.
Enfermedades y otros problemas
Pudrición de raíz y tronco. Provocada por hongos del suelo (Phytophthora, Pythium, Fusarium) casi siempre a partir de un exceso de agua o un sustrato compacto. El síntoma es un amarilleo general con hojas que se doblan, y el diagnóstico se confirma apretando el tronco: si cede, si está blando o si huele a fermentado, hay podredumbre. La actuación consiste en desenterrar, eliminar con gubia todo el tejido blando hasta llegar a tejido firme, desinfectar, dejar secar varios días a la sombra y replantar en sustrato nuevo y seco. La supervivencia depende de cuánto quede sano.
Hojas nuevas cortas, retorcidas y clorosis en el brote. Es el cuadro clásico de carencia de manganeso: la corona nueva emerge encogida, con los folíolos deformes, amarillentos y con necrosis, y a menudo muere entera. Se corrige con sulfato de manganeso, tanto al suelo alrededor de la planta como en aplicación foliar diluida. En suelos calizos y con pH alto es frecuente, porque el manganeso queda bloqueado aunque esté presente.
Amarilleo de las hojas viejas manteniendo verde la base del folíolo. Apunta a carencia de magnesio, corregible con sulfato de magnesio. Es habitual en macetas regadas mucho tiempo con agua muy dura y sin abonado completo.
Clorosis férrica. Hojas pálidas con los nervios verdes, típica de suelos calizos y agua con mucha cal. Quelato de hierro y, en el fondo, replantear el riego.
Amarilleo uniforme de toda la planta. Suele ser exceso de riego, si el sustrato está permanentemente húmedo, o falta de nutrientes si lleva años sin abonarse en la misma maceta.
Puntas de los folíolos secas. Frío, aire seco de calefacción, salinidad del agua o abonado excesivo. Cuando afecta a la mitad inferior de las hojas más viejas y la corona nueva está sana, no hay que preocuparse: la cica renueva su follaje y las hojas de abajo van muriendo con el tiempo.
La planta no brota en años. Falta de luz, falta de abono, maceta agotada o frío insuficiente. Con luz, abono equilibrado con micronutrientes y un trasplante a sustrato nuevo, suele reaccionar en la primavera siguiente.
En resumen
La cica (Cycas revoluta) es una gimnosperma, no una palmera: pariente lejano de los pinos, dioica, de crecimiento lentísimo y con una única corona de hojas al año. Toda ella es tóxica y sus semillas anaranjadas resultan especialmente peligrosas para los perros.
Sus exigencias son pocas y bastante rígidas: mucha luz, sustrato o suelo que drene con rapidez, riegos espaciados dejando secar la superficie, abonado de primavera a otoño con micronutrientes, y protección del frío por debajo de unos -6 °C, sobre todo si está en maceta. Se poda solo lo seco, y nunca la corona verde antes de que salga la nueva.
Los dos problemas que hay que saber reconocer son la cochinilla blanca de las cícadas, que exige tratamientos repetidos con aceite o jabón potásico, y la pudrición por exceso de agua, que es lo que acaba con más ejemplares en los jardines españoles. Si el brote anual sale corto y retorcido, sospeche del manganeso antes que de una plaga.
Con esas cuatro cosas claras, es una planta longeva, resistente y de las pocas que dan estructura a un jardín durante décadas sin pedir prácticamente nada a cambio.