No es una palmera. Ni un helecho arborescente, ni un pariente lejano de los Phoenix con los que comparte porte y sitio en tantos jardines de la costa. La Cycas revoluta pertenece a un linaje vegetal que se separó del resto de las plantas mucho antes de que existieran las flores, y entenderlo no es un detalle de erudición: explica por qué crece como crece, por qué se riega como se riega y por qué tantos cultivos fracasan aplicándole cuidados de palmera.

Ejemplar de Cycas revoluta con su corona de hojas rígidas y arqueadas

Qué es exactamente una cica

La Cycas revoluta es una gimnosperma de la familia Cycadaceae. Eso la coloca, en el árbol de la vida, del mismo lado que los pinos, los cipreses, las araucarias y el Ginkgo biloba: plantas que no producen flores ni frutos, sino semillas desnudas sobre estructuras reproductoras especializadas. Las palmeras, en cambio, son angiospermas monocotiledóneas, emparentadas con las gramíneas y los espárragos. La semejanza entre una cica y una palmera es un caso de libro de convergencia evolutiva: dos linajes muy alejados que, resolviendo el mismo problema (sostener una corona de hojas grandes sobre un tallo sin ramas), acabaron con la misma silueta.

El nombre popular «palmera de sagú» añade confusión. El sagú comestible auténtico se extrae de Metroxylon sagu, una palmera del sudeste asiático. La médula del tronco de Cycas también se ha usado como fuente de almidón en Japón y en las islas del Pacífico, pero siempre tras procesos largos de lavado y fermentación destinados a eliminar sus toxinas. No es comida, es un alimento de hambruna que requiere un procesado que nadie improvisa en casa.

El fósil viviente, con matices

Las cícadas como grupo son antiquísimas. Aparecen en el registro fósil en el Pérmico, hace unos 280 millones de años, y durante el Jurásico y el Cretácico inferior formaron una parte importante de la vegetación mundial, hasta el punto de que a ese periodo se le ha llamado la «edad de las cícadas». La arquitectura básica de la planta —tronco leñoso sin ramificar, corona de hojas pinnadas, conos en lugar de flores, espermatozoides móviles y ciliados en la fecundación, algo casi inaudito entre las plantas con semilla— es en efecto un diseño arcaico.

Ahora bien, conviene deshacer un malentendido muy repetido: la Cycas revoluta que hay en un jardín no es la misma planta que pastaban los dinosaurios. Los estudios de reloj molecular indican que los géneros actuales de cícadas experimentaron una radiación relativamente reciente, en el Mioceno, hace del orden de una decena de millones de años. Lo que es antiquísimo es el linaje y el plan corporal; las especies concretas que cultivamos son modernas. La expresión «fósil viviente» describe bien un aire de familia conservador, no una cápsula del tiempo.

De ese pasado sobreviven rarezas que merecen atención práctica. La más llamativa son las raíces coraloides: unas raíces cortas, ramificadas y con aspecto de coral que la planta emite cerca de la superficie del suelo y que alojan cianobacterias del género Nostoc capaces de fijar nitrógeno atmosférico. Una cica se abastece en parte de su propio nitrógeno. Por eso resiste tan bien suelos pobres y por eso los excesos de abono nitrogenado le sientan peor que la escasez.

Cómo crece: la clave de todo lo demás

La Cycas revoluta no crece de forma continua. Emite las hojas por coronas completas, en un único empujón que en el clima peninsular suele darse entre finales de primavera y principios de verano, y luego se detiene. Un ejemplar joven o bien alimentado puede sacar dos coronas en un año bueno; uno adulto en jardín, con frecuencia solo una, y a veces salta un año entero sin producir ninguna. El tronco engorda unos pocos centímetros por año. Un ejemplar con un metro de tronco lleva encima varias décadas, y ese es el motivo de que un buen ejemplar de tamaño respetable cueste lo que cuesta.

Durante las dos o tres semanas que dura el brote, las hojas nuevas salen enrolladas como báculos, blandas, de un verde claro tierno, y son extremadamente vulnerables: un golpe, un roce, una manguera a presión o un ataque de caracoles en esos días deja una deformación permanente, porque esa hoja no se repara ni se sustituye hasta que salga la corona siguiente. Es el momento del año en que hay que dejar la planta en paz, protegerla del viento fuerte y no moverla de sitio.

El otro punto crítico: el ápice del tronco es único. Toda la corona sale de una sola yema apical. Si esa yema se pudre por exceso de agua o se daña, la planta no rebrota por arriba; como mucho emitirá hijuelos laterales en la base, si tiene fuerza. Un pino perdona una poda de guía; una cica no.

Macho o hembra: la planta es dioica

Los ejemplares son de sexo separado y no hay manera fiable de distinguirlos hasta que producen su estructura reproductora, cosa que rara vez ocurre antes de los quince o veinte años. El pie masculino forma un cono alargado, cónico y erguido en el centro de la corona, de color crema, que se alza durante unas semanas y luego se seca. El pie femenino produce algo bastante distinto: una masa esférica y lanosa de megasporofilos dorados y peludos, entre los cuales, si ha habido polinización, maduran unas semillas grandes de color naranja intenso.

Esas semillas naranjas son la parte más tóxica de la planta y la que más accidentes provoca. Contienen cicasina, un glucósido hepatotóxico. Toda la planta es tóxica, pero la semilla lo es especialmente, y su tamaño y color la hacen atractiva para los perros. La intoxicación por Cycas en perros es grave, con daño hepático agudo y una mortalidad alta incluso con tratamiento veterinario. Si hay perro en casa, la decisión razonable es plantarla fuera de su alcance y retirar del suelo las semillas caídas.

Condiciones de cultivo en España

Luz. A pleno sol es donde mejor porte hace: hojas cortas, rígidas, de un verde oscuro y muy arqueadas. En sombra o en interior lejos de una ventana, la corona sale alargada, laxa y de un verde pálido, y esa deformación es irreversible para esas hojas. Si la planta viene de vivero de sombreo, hay que aclimatarla al sol de forma progresiva a lo largo de varias semanas, preferiblemente en primavera y no en julio, o las hojas se queman.

Temperatura. Es la cícada más rústica de las que se cultivan habitualmente. Un ejemplar adulto y bien asentado en suelo aguanta heladas cortas de hasta unos -8 a -10 °C con daño foliar reversible. Los ejemplares jóvenes y los cultivados en maceta soportan bastante menos, del orden de -4 a -5 °C, porque el cepellón se congela. Eso la hace viable al aire libre en toda la costa mediterránea, en Andalucía, en el litoral atlántico y en buena parte del interior con inviernos suaves; en la meseta norte, en zonas frías de Aragón o en el interior de Castilla y León, es más sensato cultivarla en maceta y resguardarla. Tras una helada fuerte las hojas pueden quedar quemadas y la planta rebrota en primavera desde el ápice: no hay que dar por muerta una cica hasta comprobar que la yema apical está podrida.

Suelo. Drenaje por encima de cualquier otra consideración. En jardín, un suelo arcilloso y compactado es la causa más frecuente de muerte a medio plazo. Conviene plantarla ligeramente elevada, sobre un pequeño caballón, y enmendar generosamente con arena gruesa o grava. En maceta, un sustrato de calidad al 50 % con arena silícea gruesa, picón o perlita gruesa. Tolera pH ligeramente alcalino, aunque en suelos muy calizos aparecen carencias que conviene vigilar.

Riego. Aquí es donde se pierden más plantas. La Cycas revoluta almacena reservas en el tronco y tolera la sequía mucho mejor que el encharcamiento. La regla es regar abundantemente y espaciado, esperando a que el sustrato se seque en profundidad. En maceta y en verano puede ser una vez por semana; en invierno, una vez al mes o menos. Un riego diario de goteo pensado para el césped colindante mata una cica en dos temporadas. Lo que casi nunca se dice: durante el brote de la corona nueva sí conviene un aporte de agua algo más regular, porque es el único momento del año con demanda hídrica real.

Abonado. Poco y en la estación de crecimiento. Un abono de liberación lenta equilibrado, aplicado a comienzos de primavera, cubre el año. Interesa que incluya magnesio y microelementos, en particular manganeso, porque las carencias de estos dos son con diferencia el problema nutricional más habitual en nuestros suelos calizos y se manifiestan de forma llamativa en las hojas.

Trasplante, poda y multiplicación

El trasplante se hace en primavera, y con poca frecuencia: cada tres o cuatro años en maceta. La planta agradece ir algo estrecha. Al pasarla de tiesto, no hay que enterrar el tronco más de lo que estaba; sepultar la base es una vía directa a la podredumbre.

La poda debe limitarse a las hojas secas o completamente amarillas. Una práctica extendida y perjudicial es cortar cada año toda la corona vieja en cuanto sale la nueva, para dejar la planta «limpia». Esas hojas viejas siguen fotosintetizando y son la reserva de la que sale la corona siguiente; eliminarlas de forma sistemática debilita la planta y acaba dando coronas cada vez más pequeñas. Se cortan cuando están amarillas del todo, dejando unos centímetros de peciolo, y basta.

La multiplicación práctica se hace por hijuelos: los bulbillos que la planta emite en la base del tronco. Se separan en primavera con un cuchillo limpio, se les deja cicatrizar la herida al aire durante una o dos semanas en sombra, se retiran las hojas si las tienen y se plantan en arena o sustrato muy drenante, apenas humedecido, sin regar hasta que emitan raíces. Tardan meses. Por semilla es posible pero exige polinización manual y paciencia: la germinación puede llevar de seis meses a más de un año, y desde ahí faltan otros diez para tener algo con aspecto de planta.

Dónde colocarla en el jardín

Funciona bien como ejemplar aislado sobre grava o césped, donde su simetría casi geométrica se aprecia desde todos los lados, y en composiciones de jardín seco junto a agaves, dasylirion, olivos o cipreses. En maceta grande a ambos lados de una entrada es un uso clásico y le va bien, siempre que el recipiente drene de verdad y no se deje un plato con agua debajo.

Como planta de interior es más comprometida de lo que sugieren los viveros. Necesita muchísima luz, agradece salir al exterior en verano y sufre con el aire seco de la calefacción, que le trae araña roja. Si se cultiva dentro, el sitio tiene que ser junto a una ventana muy luminosa, y hay que resignarse a un crecimiento aún más lento que fuera.

En resumen

La Cycas revoluta es una gimnosperma de un linaje pérmico, no una palmera, y esa distinción se traduce en un manejo concreto: sol, suelo muy drenante, riegos espaciados, abonado escaso con magnesio y manganeso, y una poda mínima limitada a las hojas ya secas. Crece por coronas anuales desde una yema apical única, así que el brote de primavera es un momento delicado que conviene proteger y el encharcamiento en la base es el error que no perdona. Es dioica, muy longeva y tóxica —especialmente sus semillas naranjas, peligrosas para los perros—, y aguanta el frío mejor que ninguna otra cícada cultivada, hasta unos -8 o -10 °C en ejemplares adultos plantados en suelo. Bien situada exige poquísimo, pero castiga de forma casi irreversible los tres errores clásicos: regar de más, plantar en arcilla y cortarle las hojas verdes.


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