Mire el envés de las hojas de su cica. Si aparecen unas escamas blancas del tamaño de una cabeza de alfiler, aisladas al principio y luego formando una costra continua que blanquea el peciolo y baja hasta la base del tronco, tiene delante la peor plaga que puede sufrir esta planta, y el tiempo que tarde en reaccionar decide si el ejemplar sobrevive. Dicho lo cual, la mayoría de las consultas sobre cicas enfermas no acaban en un insecto: acaban en un riego mal planteado o en una carencia mineral disfrazada de enfermedad. Saber distinguir unas cosas de otras ahorra tratamientos inútiles.

Corona de hojas de Cycas revoluta con síntomas foliares

Cochinilla blanca de la cica (Aulacaspis yasumatsui)

Es la amenaza seria. Se trata de un diaspídido originario de Tailandia que se ha extendido por medio mundo con el comercio de plantas ornamentales y que está presente desde hace años en el litoral mediterráneo español, con focos en la Comunidad Valenciana, Murcia, Andalucía y Baleares. No es una cochinilla más: en poblaciones densas puede matar un ejemplar adulto en uno o dos años.

Lo que la hace tan peligrosa es su biología. Las hembras se protegen bajo un escudo céreo blanco, impermeable, que deja fuera del alcance a la mayoría de los insecticidas de contacto; solo las ninfas móviles, que emergen durante unos días, son vulnerables. Y, a diferencia de las cochinillas corrientes, coloniza también la parte subterránea: se encuentran escamas vivas en raíces a bastante profundidad, en la base del tronco y entre las bases de los peciolos viejos. Un tratamiento que se limite a las hojas deja intacto el reservorio y la reinfestación es inmediata.

Los primeros síntomas son un moteado amarillo en el haz, sobre los puntos donde la cochinilla pica desde el envés. Después la hoja entera adquiere un tono clorótico, se seca de la punta hacia dentro y toda la corona pasa a un color pajizo. En estados avanzados la planta parece cubierta de nieve sucia.

Cómo actuar. El manejo eficaz combina varias cosas y ninguna funciona sola:

Primero, eliminar el inóculo. En una infestación establecida, la medida más rentable es cortar toda la corona de hojas al ras y sacarla del jardín en bolsa cerrada, sin trocearla ni compostarla. Suena drástico, pero la planta rebrota desde su yema apical y así se retira de golpe el grueso de la población. Es de las pocas situaciones que justifican podar una cica a fondo.

Segundo, aceite de parafina o jabón potásico aplicados con mucho volumen de caldo, mojando hasta el chorreo el tronco, la base de los peciolos, las axilas y los primeros centímetros de suelo alrededor. El aceite mata por asfixia y es de lo poco que atraviesa el escudo. Hay que repetir cada 10 o 15 días durante al menos tres o cuatro aplicaciones, porque hace falta cubrir varias generaciones solapadas. No se aplica aceite con la planta a pleno sol ni con temperaturas por encima de 30 °C: quema.

Tercero, si el ataque es grave, un insecticida sistémico autorizado aplicado al suelo, para llegar a las escamas de las raíces. Conviene consultar el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio antes de comprar, porque las autorizaciones cambian: varios neonicotinoides que se recomendaban hace unos años están hoy retirados para uso en exteriores en la Unión Europea.

Y cuarto, cuarentena. Buena parte de las infestaciones domésticas entran con una planta nueva de vivero. Cualquier cica que llegue al jardín debería pasar un mes apartada y revisada antes de acercarla a las demás. En zonas donde la plaga está establecida existe además control biológico con el coccinélido Rhyzobius lophanthae y el parasitoide Coccobius fulvus, cuya presencia natural conviene no destruir con tratamientos indiscriminados de amplio espectro.

Otras cochinillas y la araña roja

La cochinilla algodonosa (Planococcus citri y afines) aparece como borrones blancos algodonosos en las axilas de los peciolos y en el cogollo. Es mucho menos grave que la anterior y se controla bien con jabón potásico o aceite de verano, insistiendo en el centro de la corona, que es donde se refugia. Su rastro típico es la melaza pegajosa y la negrilla, ese hongo negro superficial que ennegrece las hojas. La negrilla no parasita la planta: desaparece sola cuando se elimina el insecto que produce la melaza, aunque conviene lavar las hojas con agua jabonosa porque mientras está reduce la fotosíntesis.

También pueden verse cochinillas de escudo del tipo Chrysomphalus o Diaspis, marrones o grisáceas y adheridas al nervio central. Mismo tratamiento a base de aceite.

La araña roja (Tetranychus urticae) es un problema de interiores con calefacción y de veranos secos. Da un punteado plateado o bronceado en el haz, muy fino, y a veces telarañas en el envés. Aquí lo que la elimina es cambiar las condiciones: aumentar la humedad ambiental y pulverizar agua sobre el envés de forma regular. En casos persistentes, azufre mojable o un acaricida específico; los insecticidas convencionales no la matan y, al eliminar a sus depredadores, empeoran la situación.

Caracoles, babosas y otros daños mecánicos

Durante las dos o tres semanas en que la cica saca su corona nueva, blanda y enrollada, los caracoles y babosas pueden arruinar el trabajo de todo el año en una noche. Las hojas dañadas en ese estado quedan deformadas o agujereadas de forma permanente, porque no se reparan ni se sustituyen hasta el brote siguiente. La única defensa razonable es vigilar el jardín en ese periodo concreto, retirarlos a mano al anochecer o, si hay mucha presión, aplicar cebos a base de fosfato férrico alrededor de la planta.

Conviene también aclarar un miedo muy extendido: el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) es una plaga de palmeras, no de cícadas. Cycas revoluta no es su huésped y las citas sobre ella son excepcionales. Si una cica se está pudriendo por el ápice, la causa casi siempre es un hongo asociado a exceso de agua, no un picudo.

Podredumbres: el problema del riego mal entendido

La causa de muerte más frecuente de la Cycas revoluta en España no es ningún insecto, sino el exceso de agua. Hongos del suelo como Phytophthora, Pythium y Fusarium son oportunistas: no atacan un tronco sano y aireado, pero colonizan sin dificultad uno que permanece húmedo, enterrado de más o encharcado.

Los síntomas son inespecíficos al principio —amarilleo general, hojas que caen sin secarse antes, brote nuevo que sale débil o no sale— y el diagnóstico se hace en el tronco: se presiona la base con el pulgar y, si cede, si suena hueco o si al rascar aparece tejido pardo y blando en lugar de la médula blanquecina y firme, hay podredumbre. Un olor agrio confirma el cuadro.

Qué hacer. El tratamiento es quirúrgico y hay que hacerlo pronto. Se saca la planta, se retira todo el sustrato, se elimina con un cuchillo desinfectado absolutamente todo el tejido blando hasta llegar a tejido firme, se deja secar la herida al aire y a la sombra durante una semana o dos y se replanta en sustrato nuevo, muy arenoso, sin regar durante otras dos o tres semanas. Un fungicida cúprico o a base de fosetil-Al ayuda, pero por sí solo no salva nada: si no se elimina el tejido podrido, el hongo sigue avanzando.

La prevención vale mucho más. Plantar ligeramente elevada sobre un pequeño caballón, no enterrar nunca la base del tronco por debajo del nivel al que estaba, no dejar plato con agua bajo la maceta y, sobre todo, no incluir la cica en el mismo sector de riego automático que el césped o los setos. Ese último punto es responsable de más cicas muertas que todas las plagas juntas.

Manchas foliares y antracnosis

Sobre las hojas pueden aparecer manchas pardas o negruzcas con halo amarillento, a veces con puntitos oscuros en el centro, causadas por hongos foliares como Colletotrichum —el responsable de la antracnosis— o Pestalotiopsis. Son de importancia menor y siempre aparecen asociados a condiciones favorables: follaje mojado de forma prolongada, plantas apiñadas, riego por aspersión que moja las hojas al atardecer, mala ventilación.

Se corrigen quitando las hojas más afectadas, regando al suelo y no sobre la corona, y aclarando el entorno para que circule el aire. Un fungicida cúprico en otoño y otro a la salida del invierno bastan en los casos rebeldes. Lo que no hay que hacer es tratar cada mancha oscura como si fuera una infección grave: las hojas viejas de una cica se manchan y se deterioran con la edad, y eso es normal.

Carencias minerales: lo que más se confunde con una enfermedad

Aquí es donde se cometen más errores de diagnóstico, sobre todo en los suelos calizos y de pH alto que dominan buena parte de España.

Carencia de manganeso. Es el problema nutricional clásico de la cica y tiene un síntoma inconfundible: la hoja nueva sale mal. Aparece encogida, con los folíolos rizados, encrespados, quebradizos, de aspecto quemado, y en casos severos la corona entera queda como chamuscada nada más brotar. En inglés se la conoce como frizzle top. Las hojas viejas siguen normales, porque el manganeso es poco móvil dentro de la planta.

Se confunde constantemente con clorosis férrica, y el tratamiento es distinto. La falta de hierro produce amarilleo internervial en hoja nueva pero con la hoja bien formada, de tamaño y forma normales. Si la hoja está deformada, es manganeso. La corrección se hace con sulfato de manganeso aplicado al suelo, repartido bajo la proyección de la corona y regado a continuación; la dosis depende del tamaño, del orden de 20 o 30 gramos en un ejemplar pequeño en maceta grande y de 100 a 200 gramos en uno adulto en jardín. La aplicación foliar apenas sirve en esta planta. Importante: las hojas ya deformadas no se recuperan. La corrección se comprueba en el brote siguiente, y por eso el tratamiento hay que hacerlo con antelación, en invierno o a comienzos de primavera, no cuando ya ha salido la corona estropeada.

Carencia de magnesio. Da un amarilleo característico en los bordes de los folíolos de las hojas más viejas, dejando una banda verde a lo largo del nervio central. Como el magnesio sí es móvil, la planta lo retira de las hojas antiguas para alimentar las nuevas. Se corrige con sulfato de magnesio (sales de Epsom) al suelo, y la respuesta es lenta, de varios meses.

Puntas secas y quemadas. Suelen indicar acumulación de sales: exceso de abono, agua muy dura o riegos escasos y frecuentes que van dejando sales sin lavarlas. Se soluciona regando de forma abundante y espaciada, que es como debe regarse una cica, y reduciendo el abonado. En la costa, el viento salino produce un daño parecido en la cara expuesta.

Daños por frío, sol y trasplante

Por debajo de unos -8 o -10 °C en ejemplares adultos plantados en suelo —bastante menos en macetas y en plantas jóvenes, del orden de -4 °C— las hojas se queman y adquieren un color pardo uniforme. No hay que darlas por muertas: se comprueba que la yema apical del centro esté firme y sana y se espera al brote de primavera, que suele llegar. Las hojas quemadas se cortan cuando ya estén completamente secas, no antes.

Las quemaduras solares aparecen como manchas blanquecinas o marrones en el haz de las hojas expuestas, y son típicas de plantas que salen de un invernadero sombreado directamente al sol de junio, o de macetas que se sacan de casa al patio de golpe. La aclimatación tiene que ser gradual, a lo largo de tres o cuatro semanas.

Un amarilleo que no es un problema: cuando una cica emite su corona nueva, es normal que las hojas más antiguas amarilleen y se sequen a lo largo de los meses siguientes. Es un recambio fisiológico, no una enfermedad. Se retiran cuando estén secas del todo.

Un recordatorio de seguridad

Todas las partes de la Cycas revoluta contienen cicasina y son tóxicas, con especial gravedad en las semillas naranjas que producen los ejemplares femeninos. La intoxicación en perros causa fallo hepático agudo y tiene una mortalidad elevada. Conviene retirar las semillas caídas y usar guantes en podas y trasplantes, sobre todo porque los folíolos terminan además en punta rígida y realmente afilada.

En resumen

Ante una cica con mal aspecto, el orden de sospecha es este. Si hay escamas blancas en el envés, los peciolos y la base del tronco, es Aulacaspis yasumatsui y hay que actuar de inmediato: eliminar la corona, aceite de parafina repetido cada 10 o 15 días y tratamiento también al suelo. Si el problema es un amarilleo general con hojas que caen y una base blanda, es podredumbre por exceso de agua y toca cirugía y sustrato drenante. Si la hoja nueva sale rizada y quemada, es falta de manganeso, no de hierro, y se corrige con sulfato de manganeso al suelo antes del brote. Si el amarilleo está en los bordes de las hojas viejas, es magnesio. Y si las hojas viejas simplemente se secan mientras brota una corona nueva, no hay nada que tratar. Lo que de verdad mata a esta planta se previene con tres decisiones tomadas el día que se planta: drenaje real, riego espaciado y cuarentena de los ejemplares nuevos.


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