Ponga un folíolo de Zamia a contraluz y busque el nervio central. No lo hay. Lo que se ve es un abanico de venas paralelas que recorren el folíolo de la base a la punta sin que ninguna domine. En una cica de verdad, una Cycas, ocurre justo lo contrario: un nervio medio grueso y ni rastro de venación lateral. Ese detalle de tres segundos vale más que cualquier etiqueta de vivero para saber qué planta tiene delante.

Las Zamia son cicadáceas, sí, pero pertenecen a la familia Zamiaceae y son americanas de origen: unas ochenta especies repartidas desde el sur de Florida y las Antillas hasta Bolivia, pasando por México, Centroamérica y la Amazonia. En España se cultivan sobre todo dos o tres, y se cuidan de forma distinta a la clásica Cycas revoluta, aunque los centros de jardinería las coloquen juntas y las vendan con la misma ficha de riego.

Qué la hace diferente del resto de cicadáceas

Más allá de la venación, hay tres rasgos que definen al género y que condicionan su cultivo.

El tallo suele ser subterráneo y tuberoso. En lugar del tronco columnar y leñoso de una Cycas, lo que predomina en este género es un caudex carnoso enterrado, con aspecto de patata gigante, que almacena agua y almidón. Solo con los años y en algunas especies asoma en superficie formando un tronco corto. Eso significa que la planta tolera la sequía mucho mejor de lo que su aspecto verde sugiere, y el encharcamiento mucho peor: un caudex podrido no se recupera.

Forma conos femeninos verdaderos. Las hembras producen un cono cilíndrico, pardo y aterciopelado, que al madurar se desarma y deja caer semillas de un rojo o naranja intenso. Cycas no hace eso: sus hembras producen una roseta laxa de hojas fértiles. Es la diferencia estructural más clara entre ambos grupos.

Las poliniza un escarabajo, no el viento. En su hábitat, pequeños gorgojos del género Rhopalotria y afines viven dentro de los conos masculinos y transportan el polen a los femeninos. Es un dato que parece anecdótico y no lo es: sin ese insecto, en cultivo europeo la polinización natural sencillamente no ocurre, y quien quiera semilla tiene que hacerla a mano.

Todas las Zamia son dioicas, con pies macho y pies hembra separados, y de crecimiento lento: normalmente un solo brote de hojas al año.

Ejemplar de Zamia furfuracea con sus folíolos anchos y rígidos

Zamia furfuracea, la palma de cartón

Es la especie que se encuentra en cualquier centro de jardinería y la que resuelve la papeleta a quien busca una Zamia sin meterse en catálogos de coleccionista. Procede de un área muy reducida de la costa de Veracruz, en México, donde crece sobre dunas y suelos arenosos junto al mar.

Sus hojas miden entre 60 y 120 cm y llevan de seis a doce pares de folíolos anchos, ovalados, muy rígidos y con el borde a menudo dentado en la mitad superior. Al tacto son ásperos, casi de cartulina: de ahí el nombre popular. El epíteto furfuracea significa «cubierta de salvado» y alude a las escamitas parduzcas que recubren la hoja joven y que se van desprendiendo. Una planta adulta forma una roseta de 1 a 1,5 m de diámetro y va emitiendo hijuelos hasta convertirse en una mata.

Sobre el frío conviene ser realista. Aguanta bien hasta 0 ºC y sufre daños foliares serios a partir de −2 o −3 ºC, aunque el caudex enterrado puede rebrotar si la helada fue corta y el suelo estaba seco. En la práctica: al aire libre sin problemas en Canarias, Baleares, el litoral mediterráneo y el suroeste andaluz; en el interior, maceta y refugio en invierno.

Zamia integrifolia, la más resistente al frío

Conocida en Florida y Cuba como coontie, Zamia integrifolia es la carta que hay que jugar en jardines con heladas. Tiene folíolos estrechos, alargados y algo más flexibles, un porte menor —rara vez pasa del metro— y un caudex completamente subterráneo. Ejemplares establecidos toleran en torno a −6 o −7 ºC, sobre todo si el frío llega con el suelo seco, y rebrotan desde el tubérculo aunque pierdan toda la hoja.

Es también la especie con historia etnobotánica: de su tubérculo se extraía almidón comestible mediante un proceso largo de rallado, lavado y fermentación que eliminaba las toxinas. Sin ese proceso, es veneno. No hay nada que probar en casa.

Otras Zamia que se ven en colecciones

Zamia loddigesii, mexicana, con folíolos claramente más estrechos que los de furfuracea, dentados hacia el ápice y de tacto menos rígido; su variedad latifolia, de folíolos anchos, es la que más se confunde con la palma de cartón. Requiere condiciones parecidas, quizá algo más de humedad ambiental.

Zamia amblyphyllidia, antillana —Puerto Rico, La Española, Jamaica—, de folíolos anchos y verdes brillantes, con aspecto casi de helecho. Es planta de sombra parcial y ambiente húmedo; el sol directo intenso le quema el follaje.

Zamia pumila, del Caribe, pequeña y compacta, y Zamia fischeri, diminuta y muy fina, son habituales entre coleccionistas. En el extremo opuesto están las especies amazónicas de sotobosque, como Zamia amazonum, que necesitan invernadero cálido y humedad constante y que poco tienen que ver con la resistente furfuracea.

Hojas de Zamia loddigesii variedad latifolia

Luz: el factor que decide el aspecto

Se vende como planta de interior tolerante, y ahí empieza el problema. La Zamia furfuracea vive en dunas soleadas, y en una habitación mal iluminada no muere: se deforma. El brote sale largo, con los folíolos separados, blandos y de un verde pálido, y la roseta se abre hasta quedar desparramada. Esa hoja no se corrige después; se queda así los años que dure.

En interior, junto a una ventana orientada al sur o al oeste, sin cortina. En exterior, sol directo con una salvedad: si la planta viene de invernadero sombreado, hay que aclimatarla en dos o tres semanas, porque el sol de julio le hace manchas blancas irreversibles de la noche a la mañana. Las especies de sotobosque, como amblyphyllidia, son la excepción y prefieren media sombra.

Sustrato y riego

La regla es drenaje por encima de todo. Una mezcla que funciona: un tercio de turba o fibra de coco, un tercio de arena gruesa de río o gravilla volcánica de 3-6 mm y un tercio de corteza de pino o akadama. Nada de sustratos universales de bolsa, que retienen agua durante días.

Al plantar, el caudex debe quedar con su parte superior a ras de superficie, nunca enterrado bajo varios centímetros de tierra húmeda. Es el error que mata más ejemplares en maceta.

El riego se hace por ciclos de empapado y secado: regar a fondo hasta que drene, y esperar a que el sustrato esté seco en los dos tercios superiores antes de volver. En verano, en exterior y con calor, puede ser cada cinco o siete días; en invierno, con la planta a 10-15 ºC y sin crecer, una vez cada tres o cuatro semanas, o menos. Un ejemplar seco en enero se recupera; uno mojado y frío, no.

El trasplante no urge: cada tres o cuatro años, en primavera, a una maceta profunda —la raíz principal es pivotante y crece hacia abajo— y solo un par de dedos más ancha.

Abonado y la clorosis que se confunde con falta de hierro

Las cicadáceas tienen raíces coraloides, unas estructuras ramificadas que crecen hacia la superficie y albergan cianobacterias fijadoras de nitrógeno. Gracias a ellas necesitan bastante menos abono nitrogenado que una planta ornamental corriente, y un exceso de nitrógeno se traduce en hojas blandas y propensas a plagas.

Lo que sí piden son micronutrientes. Un abono granulado de liberación lenta para palmeras, con magnesio, manganeso y hierro, aplicado una vez en abril y otra en junio, cubre el año entero.

Y aquí un fallo de diagnóstico muy repetido: cuando el brote nuevo sale amarillento, encogido, con los folíolos rizados y las puntas quemadas —lo que en cicadáceas se llama frizzle top—, la causa habitual no es falta de hierro sino carencia de manganeso, típica de suelos calizos y aguas duras como las de buena parte de España. Se corrige regando con sulfato de manganeso disuelto, no con quelato de hierro. El hierro no arregla nada en ese caso y el brote se pierde. Ojo: la hoja ya deformada no se recupera; lo que se salva es el brote siguiente.

El brote anual y la poda

La Zamia saca todas sus hojas de una vez, normalmente entre mayo y julio, y a veces repite en septiembre si el verano ha sido cálido y regular. Durante las semanas que el brote tarda en endurecerse es cuando la planta define su forma: no la cambie de sitio, no la deje pasar sed y protéjala del viento fuerte, porque los folíolos tiernos se rasgan.

No corte las hojas viejas para «hacer sitio» al brote nuevo. Son la fuente de energía que lo alimenta, y eliminarlas antes de tiempo produce una corona corta y raquítica. Se retiran cuando amarillean solas, y una a una.

Plagas y problemas

La amenaza seria es Aulacaspis yasumatsui, la cochinilla blanca de la cica, que ataca también a Zamia y que ya está instalada en el litoral mediterráneo y en Canarias. Se manifiesta como un polvo blanco denso en el envés de los folíolos y, lo que muchos pasan por alto, también en el caudex y las raíces. Tratar solo la parte aérea condena al fracaso: hay que mojar la base y el cuello, usar aceite de parafina o jabón potásico y repetir cada diez o quince días durante varias semanas seguidas.

Menos grave pero frecuente es el cotonet o cochinilla algodonosa, que se esconde en las axilas de las hojas y en las escamas del caudex, y la araña roja en interiores con calefacción y aire seco. Un lavado del envés con agua a presión cada pocas semanas previene esta última.

Las hojas amarillas generalizadas, con el sustrato oscuro y compacto, casi siempre significan exceso de riego. Si al sacar la planta el caudex está blando o huele, la única opción es cortar hasta tejido sano, dejar cicatrizar unos días al aire con un fungicida en polvo y replantar en sustrato seco, con muy poca agua durante un mes.

Multiplicación

Por hijuelos: los brotes laterales que aparecen en la base se separan en primavera con un corte limpio, se dejan secar la herida dos o tres días, se espolvorea azufre o fungicida y se plantan en arena y perlita casi secas, con calor de fondo. Enraízan en varios meses.

Por semilla, que es lo interesante si se dispone de macho y hembra. El polen se recoge del cono masculino cuando se alarga y se aplica con pincel sobre el femenino receptivo; se conserva unos días en nevera. Una vez recogidas, las semillas necesitan tres a seis meses de maduración antes de germinar: no siembre en cuanto caigan del cono, porque el embrión aún no está desarrollado. Después se retira la capa carnosa roja —con guantes, es irritante y tóxica—, se siembran tumbadas y medio enterradas en perlita húmeda a 27-30 ºC, y se arma uno de paciencia: la germinación tarda de dos a seis meses.

Toxicidad

Toda la planta contiene cicasina y compuestos relacionados, hepatotóxicos y neurotóxicos. Las semillas, de color rojo llamativo, son la parte más peligrosa y la que atrae a perros y niños. No hay dosis segura ni antídoto doméstico; ante una ingestión, veterinario o urgencias sin esperar a que aparezcan síntomas. En jardines con animales, recoger los conos femeninos antes de que se desarmen resuelve el riesgo principal.

En resumen

Zamia no es una cica pequeña: es un género americano con tallo tuberoso, folíolos sin nervio central, conos femeninos verdaderos y polinización por escarabajos. En cultivo eso se traduce en tres reglas que resuelven el 90 % de los fracasos: mucha luz, sustrato muy drenante con el caudex a ras de superficie y riego por ciclos de secado, casi nulo en invierno. Elija Zamia furfuracea si vive en la costa o puede guardarla del frío, y Zamia integrifolia si su jardín hiela. Vigile el envés de las hojas y la base del tallo por si aparece la cochinilla blanca, corrija el amarilleo del brote con manganeso y no con hierro, y no toque las hojas viejas hasta que se sequen solas. Hecho esto, tendrá una planta que sobrevivirá décadas con menos atención que casi cualquier otra cosa del jardín.


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