Buena parte de las plantas que se venden y se regalan en España como "aloe vera" no lo son. Unas son otras especies del mismo género, medicinales algunas y tóxicas otras; y otras ni siquiera pertenecen a la misma familia, como el agave, con el que se confunde constantemente. La diferencia importa: si vas a cortar una hoja para aplicártela en la piel, conviene saber exactamente qué estás cortando.

La buena noticia es que el verdadero aloe vera se identifica con seguridad mirando cuatro cosas: el porte, el borde y la superficie de la hoja, lo que sale al cortarla y el color de la flor. Vamos con ello.

El nombre correcto, y por qué hay dos

El nombre científico aceptado es Aloe vera (L.) Burm.f., de la familia Asphodelaceae (durante décadas se clasificó en Liliaceae y más tarde en Xanthorrhoeaceae, de ahí que veas las tres en libros distintos).

Encontrarás también Aloe barbadensis Miller en etiquetas y en envases de cosmética. Conviene aclararlo porque circula mucho la idea de que se trata de "otra variedad, la buena": Aloe barbadensis es un sinónimo posterior del mismo nombre, no una planta distinta ni una selección superior. Quien te venda un barbadensis como algo diferente del vera, te está vendiendo la misma planta con otro nombre.

¿Cuáles son sus características?

El aloe vera es una crasa acaule o casi acaule: forma una roseta que sale prácticamente del suelo, sin tronco visible, o con un tallito muy corto que solo se aprecia en ejemplares viejos. Ese detalle ya descarta a varios impostores.

La roseta reúne entre 12 y 20 hojas de porte erecto o ascendente, lanceoladas, estrechándose de forma progresiva hasta una punta aguda pero no punzante. En una planta adulta bien cultivada miden de 40 a 60 cm de largo y de 6 a 10 cm de ancho en la base, donde alcanzan un grosor considerable, de 2 a 3 cm. Son carnosas al tacto de forma inconfundible: si aprietas una hoja, cede.

Hojas carnosas de Aloe vera con dientes blanquecinos en el margen

El color va del verde glauco al verde grisáceo, con un ligero tono azulado. A pleno sol intenso y con sequía se broncea y adopta tonos pardo-rojizos: no es una enfermedad, es una respuesta al estrés lumínico, y desaparece si se aclimata a media sombra.

El margen lleva dientes pequeños, triangulares, de color blanquecino o amarillo pálido, separados entre sí más o menos un centímetro. Son perceptibles al tacto pero no hieren. La clave está en lo que no tiene: las caras de la hoja del aloe vera son lisas, sin espinas ni verrugas por el haz ni por el envés. Si la hoja tiene pinchos en la superficie, no es aloe vera.

Sobre las manchas hay que matizar algo que se repite mal por todas partes. Se suele decir que "el aloe vera no tiene manchas", y no es exacto: las plantas jóvenes sí presentan manchas blanquecinas alargadas, que se van perdiendo con la edad hasta desaparecer en el ejemplar adulto. Lo que no verás nunca en un aloe vera adulto es un moteado blanco marcado y persistente, en bandas transversales, como el de Aloe maculata.

Corta transversalmente una hoja y observa lo que sale, que es la prueba más definitiva de todas. Aparecen dos cosas: bajo la piel, una fina capa de látex amarillo intensamente amargo, el acíbar, rico en aloína, que es laxante e irritante y por eso se descarta en el uso cosmético; y en el interior, el parénquima central, un gel incoloro y translúcido, de consistencia mucilaginosa, prácticamente inodoro. Esa combinación de savia amarilla amarga en la periferia y gel transparente en el centro es firma del género Aloe.

La floración termina de confirmarlo. Emite un escapo floral de hasta 80-90 cm, simple o con alguna ramificación, rematado en un racimo alargado y denso de flores tubulares colgantes de unos 2-3 cm, de color amarillo (a veces anaranjado pálido en algunas procedencias). Florece a finales de invierno y en primavera, aproximadamente de febrero a mayo en el litoral mediterráneo. Además, la planta produce con facilidad hijuelos en la base, que es como se multiplica en cultivo.

Con qué lo confundes: el agave, el error más grave

La confusión más habitual y más peligrosa es con Agave americana y otros agaves, plantas de la familia Asparagaceae que ni siquiera están emparentadas de cerca con los aloes, más allá de la convergencia de forma.

Distinguirlos es fácil en cuanto sabes qué mirar. El agave es mucho mayor, con hojas que superan holgadamente el metro. Su hoja es rígida, fibrosa y coriácea, no carnosa: al doblarla no cede, y al cortarla aparecen fibras largas (de ahí el sisal). Termina en una espina apical dura, negra o parda, capaz de pinchar de verdad, y sus dientes marginales son grandes y ganchudos. La marca del diente de una hoja queda impresa en la hoja contigua, un detalle muy característico.

Y lo importante: del agave no sale gel, sale una savia acuosa que es irritante. Contiene saponinas y oxalato de calcio, y provoca dermatitis de contacto con escozor, enrojecimiento y ampollas, sobre todo si después te da el sol. Aplicarse "aloe" que en realidad es agave sobre una quemadura es una mala idea con consecuencias reales.

Un último rasgo definitivo: el agave es monocárpico. Florece una sola vez tras muchos años, levantando un enorme escapo de varios metros, y después muere. El aloe vera florece cada año y sigue vivo.

Con qué lo confundes: otros aloes

Aloe arborescens, el aloe candelabro, es el segundo gran malentendido. También es medicinal y muy apreciado, pero no es lo mismo. Forma tallos ramificados que levantan la planta del suelo, sus hojas son bastante más estrechas (4-6 cm) y curvadas hacia atrás, con dientes más marcados, y sobre todo florece en pleno invierno con racimos de un rojo anaranjado intenso. Flor roja y tallo ramificado equivalen a arborescens, no a vera.

Aloe maculata (antes Aloe saponaria), muy común en jardines del sur y del levante, tiene hojas más anchas y aplanadas, con un moteado blanco muy visible que no desaparece con la edad, dientes marginales grandes y oscuros, y una inflorescencia ramificada en corimbo aplanado de flores anaranjadas. Es la planta que más veces se regala por error como aloe vera.

Aloe ferox es arborescente, alcanza dos o tres metros, y tiene espinas también en la superficie de la hoja, no solo en el borde. Gonialoe variegata (antes Aloe variegata), el aloe tigre, es pequeño, con hojas dispuestas en tres filas y bandas blancas; muy decorativo, sin uso medicinal. Y Gasteria y Haworthia, que también se confunden a veces, son plantas mucho menores, de hojas en dos filas o en rosetas pequeñas, sin gel aprovechable.

¿Dónde habita?

El origen exacto del aloe vera se discute, porque lleva milenios cultivado y transportado por el hombre, pero todo apunta a la península arábiga, en la zona de Omán y Yemen, como área natural. De allí se extendió por el Mediterráneo, el norte de África, Macaronesia, el Caribe y toda la franja tropical y subtropical del planeta.

Ejemplar de Aloe vera cultivado en maceta

En España está naturalizado en el litoral mediterráneo (Andalucía oriental, Murcia, Comunidad Valenciana, Baleares) y muy especialmente en Canarias, donde además se cultiva a escala comercial para la industria cosmética y donde encuentra su clima ideal.

Su límite en el jardín lo pone el frío. Aguanta puntualmente en torno a 0 °C, pero por debajo se dañan las hojas y con heladas de -3 o -4 °C la planta se pierde. Eso significa que en el interior peninsular, en la meseta o en el norte, hay que cultivarlo en maceta y refugiarlo en invierno en un lugar luminoso y fresco, dejándolo casi seco hasta la primavera. En el litoral mediterráneo y en el sur vive perfectamente en el suelo del jardín.

En cuanto a suelo, exige drenaje por encima de todo: sustrato de cactáceas o mezcla de tierra con arena gruesa y grava, y maceta con agujeros. El encharcamiento pudre el cuello y es, con diferencia, la causa más frecuente de muerte de aloes en cultivo. Quiere sol, aunque conviene acostumbrarlo poco a poco si viene de un vivero sombreado, porque de golpe se quema. Y riego escaso: cada 10-15 días en verano y prácticamente ninguno en invierno.

En resumen

Tienes delante un verdadero Aloe vera si la planta forma una roseta sin tronco, con hojas gruesas, carnosas y erectas de color verde glauco, lisas por ambas caras, con dientes blanquecinos pequeños solo en el margen, que al cortarse dan látex amarillo amargo bajo la piel y gel transparente en el centro, y que florece en racimo de flores amarillas a finales de invierno o en primavera.

No lo es si la hoja es fibrosa, rígida y con una espina terminal dura (es un agave, y su savia irrita la piel); si crece sobre tallos ramificados con hojas estrechas y flor roja invernal (Aloe arborescens); si conserva de adulta un moteado blanco marcado y florece en corimbo naranja (Aloe maculata); o si tiene espinas también en la superficie de la hoja (Aloe ferox).

Y recuerda las dos precisiones que más se repiten mal: Aloe barbadensis es el mismo aloe vera, no una variedad mejor, y las manchas blancas en un aloe vera joven son normales y se pierden con la edad.


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