No toda planta crasa es una crasulácea, y esa confusión cuesta plantas todos los años. «Crasa» describe una forma de vivir —almacenar agua en hojas, tallos o raíces— y la comparten familias muy distintas: los cactus, los agaves, los aloes, las euforbias suculentas, los Lithops. Las crasuláceas son solo una de esas familias, la que reúne a las echeverias, los sedums, las siemprevivas, los kalanchoes y los aeonium. Y como familia sí tienen cosas en común que sirven para cultivarlas mejor.

Qué son las crasuláceas

Las crasuláceas (Crassulaceae) son una familia de plantas con flor que agrupa alrededor de 1.400 especies repartidas en poco más de treinta géneros. Están presentes en casi todo el mundo salvo en Australia y en la Amazonia, pero tienen tres focos claros de diversidad: el sur de África, México y el arco que va del Mediterráneo a las montañas de Asia central. La Macaronesia —Canarias, Madeira— es un cuarto foco menor pero espectacular, con los aeonium como protagonistas.

Son en su inmensa mayoría herbáceas o pequeños arbustos, con hojas carnosas, simples, sin estípulas y a menudo dispuestas en roseta. Pero el rasgo que de verdad define la familia está en la flor, no en la hoja. La flor de una crasulácea tiene los carpelos separados entre sí, tantos como pétalos, cada uno libre desde la base y con una pequeña escama nectarífera debajo. Al madurar, cada carpelo se abre por un solo lado y forma un folículo lleno de semillas diminutas. Ese conjunto —flor normalmente pentámera, carpelos libres, escamas nectaríferas, fruto en folículos— es lo que un botánico busca para decir con seguridad si tiene delante una crasulácea o no.

Conviene insistir en ello porque a simple vista una Echeveria y un Aloe se parecen mucho: roseta carnosa, hojas gruesas, porte compacto. Sin embargo, el aloe es de otra familia (asfodeláceas), tiene flores tubulares con los carpelos soldados y una savia amarga que las crasuláceas no producen. La forma engaña; la flor, no.

Crassula perforata, con las hojas ensartadas por pares a lo largo del tallo

El metabolismo CAM y por qué le importa a quien las cultiva

El CAM debe su nombre a esta familia: son las siglas de Crassulacean Acid Metabolism, metabolismo ácido de las crasuláceas, porque se describió por primera vez en ellas. Se documentó a principios del siglo XIX con una observación de cocina: las hojas de ciertos kalanchoes saben ácidas al amanecer y pierden esa acidez a lo largo del día. Cualquiera puede repetir la prueba con una hoja de Kalanchoe o de Sedum.

Lo que ocurre es lo siguiente. Una planta normal abre los estomas de día para tomar dióxido de carbono, y al hacerlo pierde vapor de agua. En un clima seco eso es ruinoso. Las crasuláceas invirtieron el horario: abren los estomas de noche, cuando el aire está fresco y húmedo, capturan el CO₂ y lo fijan en forma de ácido málico, que almacenan en las vacuolas de las células. Al día siguiente, con los estomas herméticamente cerrados, liberan ese CO₂ dentro de la hoja y hacen la fotosíntesis con la puerta cerrada. Ahorran así entre cinco y diez veces más agua por unidad de materia producida que una planta convencional.

De ahí salen consecuencias prácticas que rara vez se explican:

Crecen despacio y no hay forma de acelerarlas. El sistema tiene un techo: la cantidad de ácido que cabe en la vacuola limita cuánto carbono puede fijar la planta en una noche. Abonar más no rompe ese límite, solo produce tejidos blandos.

Necesitan noches frescas. El CAM funciona bien cuando hay una diferencia térmica clara entre el día y la noche. En veranos en los que la mínima nocturna no baja de 25 °C —el interior de Andalucía, Extremadura, el valle del Ebro en julio y agosto— muchas crasuláceas se paran del todo. No están enfermas ni les falta riego: no pueden trabajar. Es un momento para dejarlas tranquilas, no para intervenir.

Regar al atardecer tiene sentido. Justo al contrario que en la huerta. La planta va a trabajar de noche, y encuentra el sustrato húmedo cuando le toca abrir estomas.

Pulverizar las hojas de día no sirve de nada. Con los estomas cerrados, la planta no aprovecha esa humedad; lo único que se consigue es dejar agua en el corazón de las rosetas al sol, que es como se producen quemaduras y podredumbres del cogollo.

Los géneros que se cultivan aquí

La familia se organiza en tres grandes grupos, y saber a cuál pertenece cada planta ahorra bastantes disgustos.

Grupo de Crassula. Hojas siempre opuestas y cruzadas, flores pequeñas con cinco estambres. Aquí está la crásula de jade (Crassula ovata), el clásico árbol de la abundancia; Crassula perforata, con las hojas ensartadas a lo largo del tallo; Crassula ovata 'Gollum' y 'Hobbit', de hojas tubulares; y rarezas de coleccionista como Crassula pyramidalis o Crassula muscosa.

Grupo de Kalanchoe. Flores con el doble de estambres que pétalos y corola normalmente soldada en tubo. Incluye el kalanchoe de floristería (Kalanchoe blossfeldiana), el kalanchoe de hojas de remo (Kalanchoe thyrsiflora), las orejas de gato aterciopeladas de Cotyledon tomentosa, los Adromischus y los Tylecodon sudafricanos.

Grupo de Sedum y Sempervivum, el más numeroso. Reúne los sedums o uñas de gato (Sedum, Hylotelephium, Phedimus), las siemprevivas de montaña (Sempervivum, Jovibarba), los ombligos de Venus (Umbilicus rupestris, silvestre en los muros húmedos de media España), la rosa de oro (Rhodiola rosea), los aeonium canarios (Aeonium, Aichryson, Monanthes) y todo el bloque mexicano: Echeveria, Graptopetalum, Pachyphytum, Dudleya, más los híbridos intergenéricos tipo ×Graptoveria o ×Sedeveria.

Hay además crasuláceas silvestres en la Península que nadie asocia con las suculentas de maceta: los Sedum de tejados y roquedos, los Sempervivum de los Pirineos y la Cordillera Cantábrica, el ya citado ombligo de Venus. Ver dónde crecen —una grieta orientada al norte, un tejado de pizarra, un talud pedregoso— enseña más sobre sus necesidades que cualquier etiqueta de vivero.

Echeveria lilacina, roseta grisácea de hojas cuchariformes

Dos calendarios distintos bajo el mismo nombre

Este es el punto donde se pierden más plantas, y rara vez aparece en las guías generales. Las crasuláceas no comparten un único ciclo anual.

Las de origen mexicano —Echeveria, Graptopetalum, Pachyphytum, buena parte de los Sedum— crecen en primavera y otoño, con un frenazo en pleno verano por exceso de calor y otro en invierno por frío. Se riegan sobre todo de marzo a junio y de septiembre a noviembre.

Las de invierno —Aeonium, Tylecodon, muchas Crassula y Adromischus del Cabo occidental— hacen lo contrario: crecen de otoño a primavera y descansan en verano. El caso del aeonium es el más didáctico: en julio cierra la roseta hasta dejarla del tamaño de un puño, tira las hojas exteriores y parece agonizante. Quien interpreta eso como sed y empieza a regar dos veces por semana lo mata en un mes. Lo correcto es sombra, casi nada de agua y esperar a septiembre, cuando la roseta se vuelve a abrir sola.

Y luego están las alpinas. Sempervivum y buena parte de los Sedum europeos aguantan sin problema temperaturas de −15 o −20 °C y viven fuera todo el invierno, incluso bajo nieve. Lo que no toleran es el calor húmedo: una siempreviva en un patio de Sevilla en agosto, con riego frecuente, se pudre por el centro. La creencia de que toda suculenta es una planta de clima cálido es sencillamente falsa, y las siemprevivas son la prueba.

Cultivo: lo que funciona

Sustrato. Muy drenante y con poca materia orgánica: entre un 50 y un 70 % de árido (pómez, picón volcánico, arena de sílice de 2 a 4 mm, akadama, arlita fina) y el resto sustrato de calidad o fibra de coco. La turba pura retiene demasiada agua y, cuando se seca del todo, se vuelve hidrófoba y ya no la readmite. Una capa de grava en superficie mantiene seco el cuello de la planta, que es la puerta de entrada de las podredumbres.

Riego. Empapar y dejar secar por completo antes del siguiente riego, sin plato con agua debajo. La frecuencia depende del tiesto, del sitio y del ciclo de la planta, no del calendario: en un barro pequeño al sol en mayo puede tocar cada cinco días, y en un plástico dentro de casa en enero, cada seis semanas. Comprobar con el dedo o con el peso del tiesto es más fiable que cualquier norma.

Luz. Cuanta más, mejor, con acomodación gradual. La sombra provoca el estiramiento —tallos largos y hojas separadas—, un daño irreversible que solo se arregla decapitando la roseta y volviendo a enraizarla. En el otro extremo, sacar en mayo al sol pleno una planta que ha pasado el invierno tras un cristal produce quemaduras en pocas horas: hay que ir dándole sol de forma progresiva a lo largo de dos o tres semanas.

Abonado. Abono de cactáceas, bajo en nitrógeno, a media dosis y solo durante el período de crecimiento de esa planta en concreto. Un mes sí y otro no es más que suficiente.

Trasplante. Cada dos o tres años, al inicio de su temporada activa, en maceta apenas mayor que el cepellón y esperando una semana antes de regar para que cicatricen las raíces rotas.

Multiplicación: qué género responde a qué

La familia tiene fama de multiplicarse sola, pero no todos los géneros usan el mismo camino y ahí se pierde mucho tiempo.

Hoja suelta: funciona muy bien en Echeveria, Graptopetalum, Pachyphytum, Sedum y varios Crassula. La hoja debe desprenderse entera, con su base intacta; si se rompe, no brotará. Se deja secar dos días sobre sustrato seco y se espera. Época: primavera.

Esqueje de tallo: obligatorio en Aeonium, que no brota de hoja bajo ningún concepto. También el método más rápido para Crassula y Kalanchoe. Cortar, secar la herida tres o cuatro días y plantar.

Hijuelos: es la vía de los Sempervivum, que emiten estolones con rosetas ya formadas, y de muchas Echeveria adultas. Basta separarlos con raíz cuando alcanzan un tercio del tamaño de la madre.

Plantitas sobre la hoja: exclusivo de algunos Kalanchoe del antiguo grupo Bryophyllum, como Kalanchoe daigremontiana. Aquí el problema es el contrario: se propagan tanto que en el litoral mediterráneo y en Canarias se han asilvestrado y desplazan flora local. Nunca conviene tirar restos de estas plantas al monte ni al contenedor de vegetal.

Plagas, enfermedades y toxicidad

La cochinilla algodonosa es el enemigo número uno: pelusas blancas en las axilas de las hojas y en el centro de las rosetas. Se retira con un bastoncillo empapado en alcohol y se trata con jabón potásico, sin sol directo y repitiendo a los diez o quince días. Su versión subterránea, la cochinilla de raíz, se detecta al desenmacetar, como un polvo blanco algodonoso pegado al cepellón; obliga a lavar las raíces y cambiar todo el sustrato.

El pulgón ataca sobre todo a los tallos florales tiernos de sedums y siemprevivas. Los hongos aparecen siempre asociados a exceso de humedad: manchas negras blandas en la base, o pelusa gris (Botrytis) sobre hojas muertas que se han quedado apelmazadas contra el tallo. Limpiar las hojas secas de la base es una medida preventiva más eficaz que cualquier fungicida.

Sobre toxicidad, conviene saber que los géneros Kalanchoe, Cotyledon y Tylecodon contienen bufadienólidos, compuestos que afectan al corazón y que son tóxicos para perros, gatos y ganado. No son plantas para tener al alcance de un cachorro que muerde todo. En cambio, Sedum y Sempervivum son inocuos, y de hecho algunos sedums se han usado tradicionalmente en usos domésticos.

En resumen

Las crasuláceas son una familia botánica concreta —unas 1.400 especies con carpelos libres y escamas nectaríferas en la flor—, no un sinónimo de «planta crasa»: aloes, agaves, cactus y euforbias suculentas quedan fuera. Comparten el metabolismo CAM, que las obliga a abrir los estomas de noche, las hace lentas y explica por qué se paran en las noches tórridas del verano peninsular. Lo que no comparten es el calendario: las mexicanas crecen en primavera y otoño, las sudafricanas y los aeonium crecen en invierno y descansan en verano, y las siemprevivas europeas resisten heladas fuertes pero se pudren con calor húmedo. Identificar el género y su ciclo antes de establecer una rutina de riego resuelve la mayoría de los problemas. El resto lo arreglan un sustrato con más piedra que tierra, mucha luz introducida poco a poco y la paciencia de dejar que el tiesto se seque del todo entre riego y riego.


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