Acerca la cara a una Faucaria y entenderás su nombre sin necesidad de etiqueta: dos hojas triangulares enfrentadas, gruesas, con una hilera de dientes en cada borde, colocadas en una postura que recuerda a unas fauces entreabiertas. De ahí viene el nombre del género, del latín faux, faucis (garganta, fauces), y de ahí el apodo comercial de boca de tigre. Es una crasa diminuta, de las que caben en un puño, y esa es precisamente su mejor baza para quien vive en un piso sin terraza.
Qué es exactamente una Faucaria
Faucaria es un género pequeño de la familia Aizoaceae, la misma de los Lithops, los Conophytum o la uña de gato de nuestras costas. Nada que ver con los cactus, aunque se venda en el mismo expositor y con el mismo cartel genérico. Todas las especies proceden del sur de África, sobre todo de la provincia del Cabo Oriental y de las zonas semiáridas del Karoo, donde crecen entre piedras, a menudo con medio cuerpo enterrado y protegidas por la sombra de arbustos bajos.
La planta no forma tallo visible. Emite pares de hojas cruzadas, cada par girado respecto al anterior, formando una rosetita muy comprimida de 5 a 10 cm de diámetro. Con los años emite hijuelos por la base y acaba haciendo una mata densa de varias cabezas, que rara vez pasa de 10-15 cm de altura. Las especies que se encuentran con más facilidad en España son:
- Faucaria tigrina: la clásica. Hojas verde grisáceo con puntos blanquecinos y unos 9-10 dientes por borde, largos y curvados hacia dentro.
- Faucaria felina: hojas más alargadas y estrechas, con menos dientes.
- Faucaria bosscheana: hojas más anchas y romas, de verde más claro y brillante, con dientes cortos y escasos.
- Faucaria tuberculosa: la más llamativa, con tubérculos blancos en forma de verruga repartidos por el haz de la hoja.
Conviene aclarar algo que se malinterpreta constantemente en el punto de venta: esos dientes no pinchan. No son espinas, sino prolongaciones flexibles del borde de la hoja, cartilaginosas, que a veces terminan en un pelillo. Se pueden tocar con el dedo sin ningún riesgo. Es una planta perfectamente manejable en una casa con niños, al contrario que un cactus o un ágave.
La floración, que es el motivo real para tenerla
Una Faucaria sin flor es una curiosidad. Con flor es otra cosa: produce flores amarillas de aspecto radiado, con decenas de pétalos finísimos, de 4 a 6 cm de diámetro, que salen del centro del par de hojas más joven. En una planta madura pueden abrirse varias a la vez y tapar casi por completo la roseta.
Hay dos detalles que sorprenden a quien la compra sin saberlo. El primero, el momento: florece en otoño, en general entre finales de septiembre y noviembre según el clima, justo cuando otras crasas de interior ya han terminado su temporada. El segundo, el horario: las flores no abren por la mañana. Empiezan a desplegarse a media tarde, alcanzan su máximo cerca del atardecer y se cierran al caer la luz, repitiendo la operación durante cuatro o cinco días seguidos. Si tienes la planta en una oficina y solo la ves de 9 a 15 h, es fácil convencerse de que no ha florecido nunca.
Para que florezca hacen falta dos condiciones, y ninguna es un fertilizante milagroso: mucha luz durante el verano y una diferencia clara de temperatura entre el día y la noche a partir de septiembre. Una planta que ha pasado el verano en una repisa interior no va a florecer por mucho que se la abone en octubre.
Luz: el error que se lleva por delante más ejemplares
La Faucaria quiere sol directo. En su hábitat crece semisombreada por arbustos, cierto, pero la intensidad luminosa allí no tiene comparación con la de un salón. En España se comporta muy bien a pleno sol en una terraza, con la única precaución de aclimatarla poco a poco si venía de interior, y de darle algo de sombra a mediodía en julio y agosto en el interior peninsular o en el sur, donde el sol de las 15 h puede quemar la punta de las hojas.
Dentro de casa, el sitio es una ventana orientada al sur, pegada al cristal, o al este si recibe varias horas de sol de mañana. Con menos luz ocurre lo de siempre: las hojas se alargan, se afinan, pierden el dibujo compacto de la roseta y los dientes se separan hasta que la planta ya no parece una boca. Ese estiramiento, la etiolación, no tiene marcha atrás: las hojas deformadas no se recuperan, solo se puede conseguir que las nuevas salgan bien dándole más luz. Y si el problema se agrava, la mata se abre por el centro y se tumba.
Un matiz que ahorra disgustos: la mayor exigencia de luz no significa mayor exigencia de calor. Una Faucaria junto a un cristal en pleno agosto, con las persianas bajadas por las tardes y sin ventilación, se cuece. Aire en movimiento y sol, en ese orden.
Sustrato y maceta
Las raíces son finas y superficiales, y la planta crece a lo ancho. Le va mucho mejor una maceta ancha y poco profunda que un tiesto hondo, donde el sustrato del fondo se queda húmedo durante semanas sin que ninguna raíz lo aproveche. Barro cocido antes que plástico, por la misma razón: seca más rápido.
El sustrato debe ser marcadamente mineral. Un mezcla que funciona bien es 60-70 % de material poroso (puzolana, pómice, akadama, arena de sílice gruesa de 2-5 mm, gravilla volcánica) y el resto de sustrato para cactus comercial o turba de calidad. El sustrato para cactus del supermercado, usado tal cual, retiene demasiada agua para esta planta: casi siempre es turba con algo de arena. Una capa de gravilla de 1 cm en superficie ayuda a que el cuello no esté en contacto con material húmedo, que es por donde empiezan las podredumbres.
Se trasplanta cada dos o tres años, en primavera, y se aprovecha para revisar raíces y separar hijuelos. Después del trasplante conviene esperar una semana antes del primer riego.
Riego: seco por dentro, no seco por costumbre
El método es el de siempre en crasas, empapar y dejar secar del todo, pero con una particularidad: la Faucaria no crece de forma continua. Tiene dos empujones, uno en primavera y otro más fuerte a finales de verano y otoño, y se frena tanto en el pico de calor de julio-agosto como en pleno invierno.
En la práctica, y siempre orientativo porque depende de la maceta y del sitio:
- Marzo a junio: riego abundante cuando el sustrato esté seco hasta el fondo, más o menos cada 8-12 días.
- Julio y agosto: espaciar. Un riego ligero cada dos o tres semanas basta; con calor fuerte y sustrato mojado, las raíces se pudren con facilidad.
- Septiembre a noviembre: vuelve a crecer y florece. Es el momento de regar con regularidad otra vez.
- Diciembre a febrero: prácticamente nada. Si la planta está por debajo de 10 °C, seca por completo. Si está en un salón caldeado, un riego corto al mes.
Se riega por el borde de la maceta o desde abajo, nunca vertiendo agua en el centro de la roseta: el agua estancada entre las hojas jóvenes provoca manchas y pudrición del ápice. Y una señal útil para no obsesionarse con el calendario: cuando las hojas empiezan a arrugarse ligeramente y pierden turgencia, la planta está pidiendo agua. Ese aviso llega mucho antes que el daño.
Frío, abonado y plagas
Es más resistente al frío de lo que su aspecto sugiere. Con el sustrato completamente seco, Faucaria tigrina aguanta heladas ligeras de hasta -3 o -4 °C puntuales, lo que la hace cultivable todo el año en el exterior en la costa mediterránea, el sur y buena parte del litoral atlántico. En Madrid, Castilla o el valle del Ebro es preferible entrarla a un porche o galería fría en invierno. La combinación letal no es el frío: es el frío con humedad.
Abonado, poco y flojo. Un fertilizante para cactus y crasas, bajo en nitrógeno y con potasio, a la mitad de la dosis de la etiqueta, una vez al mes en primavera y otra vez en septiembre y octubre. Nada en invierno ni en pleno verano. Un exceso de nitrógeno produce hojas hinchadas, blandas y propensas a reventarse.
En plagas, la principal es la cochinilla algodonosa, que se esconde justo en la axila entre pares de hojas, donde no se ve. Conviene mirar ahí cada pocas semanas y retirarla con un bastoncillo mojado en alcohol de 70°. También aparece la cochinilla de las raíces, unos puntos blancos harinosos pegados al cepellón, que se descubre al trasplantar y se trata lavando las raíces y renovando todo el sustrato.
Cómo multiplicarla
Lo más sencillo, con diferencia, es la división de la mata en primavera. Se saca la planta, se separan a mano las cabezas que ya tengan raíces propias, se dejan orear un par de días en un sitio seco y a la sombra para que cicatrice el corte y se plantan en sustrato mineral apenas humedecido.
También se puede intentar por esqueje de la cabeza sin raíces, con el mismo procedimiento de secado previo, aunque tarda más. Lo que no funciona es lo que se hace con echeverias y sedums: partir una hoja suelta y esperar que enraíce. Las hojas de Faucaria aisladas se pudren o se secan sin brotar. Y por semilla es perfectamente viable, sembrando en primavera a 20-25 °C sobre sustrato fino y tapando apenas, aunque hay que contar con dos o tres años hasta tener una planta de tamaño presentable.
Cómo colocarla en casa
Por tamaño, admite soluciones que una crasa grande no permite: un cuenco ancho de barro con tres o cuatro cabezas y un acabado de gravilla clara, un grupo de macetas pequeñas de 8-10 cm alineadas en el alféizar, o una composición con otras Aizoaceae de riego parecido (Lithops, Pleiospilos, Titanopsis), que comparten calendario y necesidad de sustrato mineral.
Lo que no conviene es mezclarla en el mismo recipiente con plantas de riego frecuente ni meterla en esos terrarios cerrados de cristal que se venden como decoración: sin evaporación ni corriente de aire, una Faucaria no dura un verano.
En resumen
La Faucaria es una crasa sudafricana de la familia de los Lithops, de apenas 10 cm, con hojas triangulares dentadas —dientes blandos, no espinas— y flores amarillas grandes que se abren por la tarde en otoño. Quiere sol directo, sustrato con dos tercios de material mineral, maceta ancha y baja, riegos de empapar y secar concentrados en primavera y otoño, y sequía casi total en invierno y en el pico del verano. Aguanta heladas ligeras en seco, lo que permite tenerla fuera todo el año en buena parte de España. Los dos errores que acaban con ella son ponerla lejos de la ventana, donde se estira sin remedio, y regarla poco pero a menudo, que es la forma más rápida de pudrirle las raíces.