Una mosca minúscula se posa en la boca de una flor de Ceropegia, atraída por un olor que le recuerda a algo comestible. Baja por el tubo, resbala en las paredes lisas y llega al fondo, donde una corona de pelos rígidos orientados hacia abajo le impide dar la vuelta. Pasa allí uno o dos días, alimentándose de néctar, hasta que los pelos se marchitan y le abren el camino de salida. Sale cubierta de polen. La flor no la ha matado, la ha contratado. Ese mecanismo, poco frecuente en el reino vegetal, explica la forma tan extraña de las flores del género, y explica también por qué merece la pena cultivarlo aunque solo sea por verlo funcionar en el alféizar de casa.

Qué es una Ceropegia

Ceropegia es un género de la familia Apocynaceae, dentro del grupo de las asclepiadáceas, con más de doscientas especies repartidas por África continental, Madagascar, la península arábiga, la India, el sudeste asiático, Australia y, muy cerca de nosotros, las islas Canarias. El nombre viene del griego kerós (cera) y pegé (fuente), por el aspecto ceroso y algo artificial de las flores.

Botánicamente el género se ha vuelto un asunto movido: los estudios moleculares de las últimas décadas han llevado a incluir dentro de Ceropegia a plantas que el aficionado conoce con otros nombres, como los Brachystelma y buena parte de las estapelias. En el comercio se siguen usando las denominaciones antiguas, así que no te extrañes si encuentras la misma planta con dos etiquetas distintas.

Lo que las une a efectos de cultivo es el tipo de flor: un tubo alargado, con la base ensanchada en forma de globo o urna, y los extremos de los cinco pétalos soldados entre sí formando una especie de jaulita o paraguas en la punta. La polinización funciona como se describía arriba, y por eso las flores huelen a menudo a fermentación o a materia en descomposición, aunque en las especies de cultivo doméstico el olor suele ser tan débil que no se percibe a un palmo.

Las especies que te vas a encontrar

Ceropegia woodii (hoy tratada como Ceropegia linearis subsp. woodii) es la reina indiscutible del género en interiorismo, la conocida como rosario, collar de corazones o cadena de corazones. Emite tallos finísimos y colgantes que pueden pasar del metro y medio, con hojas opuestas en forma de corazón, de 1-2 cm, verde oscuro jaspeado de plata por el haz y púrpura por el envés. Bajo tierra forma un tubérculo del tamaño de una nuez o mayor, y a lo largo de los tallos aparecen tuberculillos aéreos del tamaño de un guisante que muchos confunden con una enfermedad o una plaga. No lo son: son órganos de reserva y, de paso, el sistema de propagación más cómodo que tiene la planta. Sus flores son pequeñas, de unos 2 cm, rosadas y con la punta oscura y peluda.

Hojas acorazonadas y jaspeadas de Ceropegia woodii, el rosario o collar de corazones

Ceropegia sandersonii, la flor paracaídas, es trepadora, de hojas escasas y flores verdosas de 5-7 cm rematadas en una membrana circular que parece un pequeño platillo volante. Ceropegia haygarthii produce una flor aún más extravagante, con el tubo acodado y una antena rematada en una bolita cubierta de pelos que se mueve con la brisa. Ceropegia ampliata es casi áfila, con tallos verdes gruesos y flores blancas rayadas de verde.

Y luego está el grupo canario, que merece capítulo aparte: Ceropegia dichotoma y Ceropegia fusca. Nada de tallos colgantes: forman arbustos erguidos de hasta metro y medio, con tallos cilíndricos, articulados, casi sin hojas, de color verde grisáceo la primera y pardo violáceo la segunda. Son endemismos del archipiélago y en la Península se cultivan perfectamente en el litoral mediterráneo.

Luz y ubicación

Aquí conviene separar los dos grupos, porque el consejo genérico de "suculenta, mucho sol" hace daño al rosario.

La Ceropegia woodii quiere luz muy abundante pero filtrada. Colgada junto a una ventana al este, o a un metro de una ventana al sur con visillo, es donde mejor está. El sol directo de mediodía a través del cristal, sobre todo de mayo a septiembre, le quema las hojas y las deja con manchas pardas irrecuperables. Al mismo tiempo, si la cuelgas en el interior de la habitación, "porque queda bien ahí", ocurre lo que se ve en tantas casas: los entrenudos se alargan de forma exagerada, salen tallos con hojas cada 8 o 10 cm en lugar de cada 2, se pierde el jaspeado plateado y la planta acaba pareciendo un manojo de cordeles. Ese daño no se corrige moviéndola después: hay que podar y dejar que rebrote con luz suficiente.

Las especies canarias y las trepadoras africanas, en cambio, sí quieren sol directo, con una aclimatación progresiva si vienen de vivero. En una terraza soleada de Valencia, Málaga o Alicante, una Ceropegia dichotoma vive al aire libre todo el año sin problemas.

El detalle que decide el calendario: cuándo crece cada una

Los Ceropegia canarios son plantas de crecimiento invernal. Siguen el ritmo del clima de las islas: brotan y florecen con las lluvias de otoño e invierno, y en verano entran en reposo, pierden las hojas y frenan por completo. Regarlas en agosto "porque hace calor y todo lo demás lo pide" es la forma más eficaz de matarlas. Su temporada de riego va aproximadamente de octubre a abril, y en pleno verano se mantienen prácticamente secas.

Ceropegia woodii, sandersonii y compañía, de origen sudafricano de lluvias estivales, hacen lo contrario: crecen de primavera a otoño y descansan en invierno. Confundir un grupo con el otro explica buena parte de los fracasos.

Riego y sustrato

Todas estas plantas almacenan agua en tubérculos o en tallos suculentos, y todas se pudren por el cuello con una facilidad notable. La regla es empapar bien y dejar secar el cepellón por completo antes del siguiente riego. Regar un poquito cada pocos días mantiene la parte superior húmeda de forma permanente y es el error más habitual.

En temporada de crecimiento, un riego cada 10-15 días es una referencia razonable para una maceta pequeña en interior; en reposo, uno al mes o incluso ninguno si la planta está fría. Con el rosario hay una señal muy fiable: cuando las hojas acorazonadas empiezan a perder rigidez y se notan blandas al tacto, toca regar.

El sustrato debe drenar de verdad. Una mezcla de 50 % de material mineral (puzolana, pómice, perlita gruesa, arena de sílice de 2-4 mm) con 50 % de sustrato universal o de cactus funciona bien. La maceta, ajustada al tamaño del tubérculo: en un tiesto grande queda demasiada tierra sin raíces que la seque, y ahí es donde empiezan los problemas. Y el agujero de drenaje, obligatorio; esas macetas colgantes decorativas sin agujero son una trampa.

Sobre el trasplante, un apunte útil: el tubérculo de Ceropegia woodii puede quedar parcialmente asomando en la superficie, como se hace con los cáudices. Es su posición natural y reduce mucho el riesgo de podredumbre.

Temperatura, abonado y plagas

Ninguna Ceropegia aguanta heladas. El rosario empieza a sufrir por debajo de 10 °C y conviene no bajar de 8 °C; las especies canarias toleran mínimas de 5 °C sin daño si están secas, pero un cero grados se las lleva. En la Península, esto significa cultivo de interior o de terraza protegida en casi todo el territorio, y exterior todo el año solo en la franja costera libre de heladas y en Canarias.

El abonado, mínimo. Un fertilizante para cactus y crasas a media dosis, una vez al mes durante el periodo de crecimiento de cada especie, y nada durante el reposo. Un exceso de nitrógeno produce tallos largos, hojas grandes y blandas y menos flores.

La plaga que hay que vigilar es la cochinilla algodonosa, que se instala en las axilas de las hojas y en los tubérculos aéreos, donde pasa desapercibida entre el follaje enmarañado. Se retira con un bastoncillo con alcohol y, si está extendida, con jabón potásico o aceite de neem aplicado a última hora del día. También aparece la cochinilla de raíz, que se descubre al trasplantar como un polvillo blanco pegado al cepellón. La araña roja es rara en el rosario, pero puede aparecer en ambientes muy secos y caldeados en invierno.

Multiplicarla es casi gratis

Con Ceropegia woodii tienes tres caminos, todos sencillos, y el mejor momento es de abril a septiembre:

  • Tubérculos aéreos: elige un tallo con uno de esos bultos, apoya el tubérculo sobre la superficie de una maceta con sustrato ligeramente húmedo sin cortar el tallo, sujétalo con un clip o un trozo de alambre y espera. En tres o cuatro semanas habrá enraizado y podrás cortar el cordón umbilical. Es acodo puro y falla poquísimo.
  • Esquejes de tallo: trozos de 10-15 cm con tres o cuatro pares de hojas, retirando las hojas del extremo inferior y enterrando dos nudos. Enraízan mejor en sustrato que en agua; en agua salen raíces frágiles que sufren al trasplantar.
  • División del tubérculo: en ejemplares viejos con varios tubérculos, al trasplantar.

Un consejo estético: para conseguir una maceta densa en lugar de cuatro cordeles largos, planta varios esquejes juntos en el mismo tiesto y pinza las puntas de vez en cuando. La planta ramifica poco por sí sola, y sin pinzado siempre acaba con el aspecto ralo que tanto se ve.

Dudas frecuentes

¿Es tóxica? Muchas apocináceas lo son, pero Ceropegia woodii no figura en los listados habituales de plantas peligrosas para perros y gatos. Aun así, el látex de la familia puede irritar la piel sensible, así que lava las manos tras podar y no la dejes al alcance de un animal que mordisquee todo.

¿Por qué se me caen las hojas de golpe? Casi siempre por exceso de agua en el tubérculo o por un golpe de frío. Saca la planta y comprueba si el tubérculo está firme; si está blando y huele, hay poco que hacer salvo salvar esquejes sanos.

¿Por qué no florece? Falta de luz, en primer lugar. También ayuda respetar un reposo real, con menos agua y algo de fresco, entre noviembre y febrero para las especies estivales.

En resumen

Las Ceropegia son suculentas de la familia de las apocináceas cuyas flores funcionan como trampas temporales para moscas polinizadoras. El grupo más cultivado en España es Ceropegia woodii, el rosario, planta colgante de tubérculo, hojas acorazonadas plateadas y multiplicación fácil por tubérculos aéreos; a su lado hay especies erguidas y canarias como Ceropegia dichotoma. Todas necesitan sustrato con la mitad de material mineral, maceta ajustada, riegos de empapar y secar, temperaturas por encima de 8-10 °C y nada de agua durante su reposo, que es en invierno para las africanas y en verano para las canarias. Los dos fallos que las arruinan son la falta de luz, que las estira y les quita el jaspeado, y el riego corto y frecuente, que pudre el tubérculo desde el cuello.


Contenidos relacionados