Una flor abierta de Stapelia gigantea mide entre 25 y 40 centímetros de punta a punta, y durante los tres o cuatro días que permanece abierta huele a carne pasada. No es un defecto de la planta ni una señal de que algo va mal: es exactamente el mecanismo con el que se reproduce. La Stapelia no busca abejas, busca moscas, y las convence del único modo que entienden.

Esa rareza la ha convertido en una crasa de coleccionista muy fácil de mantener y, al mismo tiempo, en una planta rodeada de exageraciones. Ni apesta la casa entera ni se muere en cuanto llega el invierno. Lo que sí hace es pudrirse si se riega como si fuera un geranio.

Qué es exactamente una Stapelia

Stapelia es un género de la familia Apocynaceae (subfamilia Asclepiadoideae), la misma de los algodoncillos y las ceropegias, no de los cactus. Procede del sur de África: Sudáfrica, Namibia, Botsuana y zonas áridas vecinas. Son plantas suculentas de tallo, sin hojas verdaderas, con tallos carnosos de sección cuadrangular, verdes o grisáceos, de 10 a 30 cm de alto según la especie, que se ramifican desde la base y forman con los años una mata densa y postrada.

Los tallos suelen tener los ángulos dentados y una pubescencia fina que les da tacto aterciopelado. Al no haber hojas, toda la fotosíntesis ocurre en el tallo, y por eso el color cambia tanto con la luz: verde intenso en semisombra, verde grisáceo con tonos rojizos o violáceos a pleno sol. Ese enrojecimiento es una respuesta normal al estrés lumínico, no una enfermedad.

La flor es lo que justifica el cultivo. Es una estrella de cinco lóbulos, plana o algo reflexa, con la superficie a menudo rugosa, bandeada de rojo, granate, ocre y crema, y con frecuencia cubierta de pelos largos en los márgenes. En Stapelia gigantea alcanza tamaños espectaculares; en Stapelia similis o Stapelia hirsuta es menor pero igual de vellosa; en Stapelia leendertziae pierde la forma de estrella y se convierte en una campana granate oscura, de aspecto casi artificial. En la Península florecen sobre todo desde finales de verano hasta mediados de otoño, de agosto a octubre, cuando las noches empiezan a refrescar.

Flor abierta de Stapelia gigantea

El olor: cómo funciona y cuánto molesta de verdad

La estrategia se llama sapromiofilia: la flor imita un cadáver. Reúne tres señales a la vez, el olor a putrefacción, el color pardo rojizo de la carne y los pelos que recuerdan al pelaje. Las moscas de la carne acuden, recorren la flor, se llevan los polinarios pegados y, con frecuencia, ponen huevos sobre los pétalos. Esas larvas no encuentran alimento y mueren: la planta engaña sin dar nada a cambio.

Ahora, la parte práctica. El olor solo aparece con la flor abierta, es más intenso las primeras horas de un día cálido y se percibe a menos de un metro. Al aire libre, en una terraza, pasa desapercibido. En una habitación cerrada sí resulta molesto, y sobre todo atrae moscas al interior. La solución es sencilla: cuando el capullo empiece a hincharse, saca la maceta fuera esos días y vuelve a entrarla después.

Conviene desmontar además una idea muy repetida: no todas las estapelias huelen mal. Stapelia flavopurpurea, de flores pequeñas y amarillas, desprende un aroma dulce y ceroso, más parecido a la cera de abeja que a la carroña, porque su polinizador no es una mosca sarcófaga. El género es diverso, y el mal olor es la norma, no una ley.

Especies fáciles de encontrar y con qué se confunden

Stapelia gigantea es la más cultivada por el tamaño de sus flores y por lo agradecida que resulta. Stapelia grandiflora tiene flores granates muy velludas de unos 15 cm. Stapelia hirsuta y Stapelia similis son más compactas y florecen jóvenes. Una advertencia útil: la clásica «estapelia» de flor pequeña, amarilla con manchas granates, ya no se llama Stapelia variegata, sino Orbea variegata, y es probablemente la que más se vende en España con el nombre antiguo.

En viveros y entre aficionados se agrupa todo bajo el mismo apodo, «flor de carroña», pero hay géneros distintos con cultivo casi idéntico: Huernia, con flores más pequeñas y un anillo carnoso en el centro; Orbea, con corola glabra y moteada; Duvalia y Caralluma, de tallos más delgados. Saber cuál tienes importa poco para regarla, pero mucho si buscas información fiable sobre ella.

Sustrato y maceta, que es donde se decide todo

Las raíces de Stapelia son finas y superficiales: exploran los primeros centímetros y no profundizan. De ahí dos consecuencias prácticas.

La primera, el recipiente. Va mucho mejor en maceta ancha y poco profunda que en un tiesto alto, porque el volumen de tierra que las raíces no ocupan se queda húmedo durante días y ese es el origen de casi todas las pudriciones. El barro cocido sin esmaltar ayuda, porque evapora por la pared. Agujero de drenaje siempre, y nada de plato con agua estancada.

La segunda, la mezcla. Un sustrato de cactus comercial suele ser demasiado retentivo tal cual. Corrígelo con al menos un 50 % de material mineral grueso: puzolana o gravilla volcánica de 3-6 mm, pómice, akadama o arena silícea de río lavada. Evita la arena de playa y la arena fina de construcción, que compactan y hacen justo lo contrario de lo que buscas. Una mezcla que funciona bien aquí es 40 % de sustrato de cactus, 40 % de puzolana y 20 % de fibra de coco o turba rubia.

Riego: el error que mata más plantas

Durante el periodo de crecimiento, de abril a octubre, riega por inmersión o a fondo y deja secar el sustrato por completo antes de repetir. En una terraza al sol de Madrid en julio eso puede ser cada 7-10 días; en un patio fresco de Galicia, cada tres semanas. No hay calendario válido: comprueba el peso de la maceta o hunde un palillo de madera.

En invierno, la regla cambia radicalmente. Por debajo de 12 °C, seco. Si la planta pasa el invierno en una galería fresca o en un porche, un riego ligero cada seis u ocho semanas basta para que los tallos no se arruguen en exceso. Un tallo algo deshidratado se recupera en dos días; un tallo podrido no se recupera nunca.

La pudrición típica empieza por la base, en el punto donde el tallo toca el sustrato: aparece una mancha blanda, marrón o negruzca, que asciende. Cuando la ves, esa parte ya está perdida. La única maniobra útil es cortar por encima con cuchilla limpia, tirar todo lo blando y enraizar los trozos sanos.

Luz, temperatura y ubicación en España

Quiere mucha luz pero no necesariamente sol directo todo el día. La combinación ideal en el interior peninsular es sol de mañana y sombra a partir del mediodía en julio y agosto, porque por encima de 38-40 °C con sol vertical los tallos pueden sufrir quemaduras que dejan cicatrices blanquecinas permanentes. En la cornisa cantábrica o en zonas nubladas, pleno sol sin problema. En el litoral mediterráneo, una malla de sombreo del 30 % en verano le sienta bien.

Si la mueves de interior a exterior en primavera, hazlo de forma gradual a lo largo de dos o tres semanas. El paso brusco de una ventana a la terraza es la causa más frecuente de quemaduras.

De frío tolera poco: por debajo de 5 °C empieza a sufrir y una helada la mata, sobre todo si el sustrato está húmedo. En el litoral mediterráneo y en Canarias vive fuera todo el año; en Madrid, Zaragoza, Burgos o Salamanca hay que entrarla en noviembre a un lugar luminoso, fresco y seco, entre 8 y 15 °C, y sacarla de nuevo cuando pasen las heladas, hacia abril.

Abonado

Poco y en la época adecuada. Un abono líquido para cactus y crasas, bajo en nitrógeno y rico en potasio, a la mitad de la dosis del envase, cada tres o cuatro riegos entre mayo y septiembre. El exceso de nitrógeno produce tallos gruesos, blandos, de color pálido, más apetecibles para las cochinillas y mucho más propensos a reventarse. Nunca abones sobre sustrato seco ni en pleno invierno.

Multiplicación por esquejes y por semilla

El esqueje es casi infalible y la mejor época va de mayo a septiembre. Corta un tallo entero por su unión con la base, con cuchilla limpia. Déjalo cicatrizar de 5 a 10 días en sombra y seco, hasta que el corte forme una costra dura; si lo plantas antes, se pudre. Después colócalo apenas un centímetro dentro de un sustrato muy mineral, sujétalo con una piedra si hace falta y no riegues la primera semana. A partir de ahí, pulverizaciones ligeras cada pocos días hasta notar que agarra, en dos o tres semanas.

Por semilla también es sencilla. Los frutos son un par de folículos alargados en forma de cuerno; al madurar se abren y liberan semillas planas con un penacho de pelos sedosos, como las del algodoncillo. Recógelas antes de que se abran del todo, siembra en superficie sobre sustrato mineral, mantén a 22-25 °C con humedad constante y germinan en una o dos semanas. Es la única vía para obtener variabilidad, aunque tarda un par de años en dar flor.

Plagas y problemas frecuentes

Cochinilla algodonosa. El enemigo número uno. Se esconde entre los tallos apretados de la base y también en las raíces, donde no se ve hasta el trasplante. Ante focos pequeños, bastoncillo con alcohol de 70°; si está extendida, jabón potásico o aceite de neem al atardecer, repitiendo a los diez días. Revisa siempre el cepellón al trasplantar.

Pulgón en los capullos florales, sobre todo en primavera. Se quita con agua a presión o jabón potásico.

Botritis en las flores durante otoños húmedos: manchas grisáceas y moho. Retira las flores marchitas y mejora la ventilación.

Capullos que se caen sin abrir. Casi siempre indica riego irregular, un cambio brusco de sitio durante la formación del capullo o corrientes de aire frío. Cuando aparezcan los botones, deja la maceta donde está.

Tallos alargados y pálidos. Falta de luz. Se corrige aumentando la exposición poco a poco y, si el aspecto ya no tiene arreglo, cortando y reenraizando.

En resumen

La Stapelia es una suculenta de tallo del sur de África que se cultiva por unas flores estrelladas y velludas, entre las mayores del mundo de las crasas, cuyo olor a carroña es una estrategia para atraer moscas y dura solo los días que la flor está abierta. Necesita sustrato muy mineral en maceta ancha y baja, riegos espaciados dejando secar entre uno y otro, sequía total por debajo de 12 °C, mucha luz con protección del sol de mediodía en los veranos del interior y resguardo de las heladas. Se multiplica sin dificultad por esquejes cicatrizados de 5 a 10 días. Si tienes que recordar una sola cosa: lo que la mata no es el frío ni la sequía, es el agua acumulada en la base del tallo.


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