Si tu Echeveria ha estirado el tallo y las hojas se han ido separando hasta parecer una palmerita raquítica, no le falta abono: le falta sol. Ese ahilamiento es el diagnóstico más repetido en las crasas de interior, y explica por qué el mismo género que forma alfombras impecables en un jardín de la costa se convierte en un desastre encima de una estantería del salón.
El género Echeveria pertenece a la familia Crassulaceae y reúne alrededor de 150 especies, casi todas mexicanas, con algunas que llegan hasta Guatemala y el noroeste de Sudamérica. Crecen en roquedos, taludes y grietas, a menudo en altitud, con inviernos secos y veranos de lluvias. Esa procedencia explica casi todo lo que hay que saber de su cultivo. Aquí van los tipos que realmente se encuentran en España y la forma de mantenerlos vivos más de una temporada.
Echeveria no es lo mismo que Sempervivum
Antes de nada, una confusión que arruina muchas plantas. En los centros de jardinería se mezclan bajo el cartel de «rosetas» dos géneros con exigencias opuestas.
Sempervivum procede de las montañas de Europa, aguanta perfectamente por debajo de −15 °C, se multiplica por estolones y la roseta madre muere después de florecer, porque su inflorescencia es terminal.
Echeveria es mexicana, sufre con las heladas, y su inflorescencia sale lateral, desde la axila de una hoja: la roseta florece y sigue viva. Si tienes una roseta que se secó entera tras dar flor, no era una Echeveria.
Hay una tercera pieza en el enredo: los Graptopetalum, Pachyphytum y sus híbridos (×Graptoveria, ×Pachyveria), muy parecidos a simple vista y de cultivo prácticamente idéntico al de la Echeveria.
Tipos de Echeveria que merece la pena conocer
Echeveria elegans
La clásica «rosa de alabastro». Roseta compacta de 8 a 15 cm, hojas en forma de cuchara, gruesas, de color verde azulado muy pálido y con el margen translúcido característico. Emite hijuelos con facilidad y en pocos años forma una colonia densa. Florece de finales de invierno a primavera, con varas arqueadas de flores rosas de punta anaranjada.
Es de las más tolerantes al frío del género: soporta breves −5 °C si el sustrato está seco. Por eso funciona bien como tapizante en jardines de Levante, Andalucía y Baleares.
Echeveria agavoides
Como su nombre indica, parece un agave en miniatura: hojas triangulares, rígidas, acabadas en una punta córnea, dispuestas en una roseta abierta de 12 a 20 cm. El verde manzana de la especie se tiñe de rojo intenso en el borde bajo sol fuerte. Los cultivares 'Lipstick' y 'Ebony' llevan ese contraste al extremo.
Produce pocos hijuelos, así que se mantiene como roseta solitaria mucho tiempo. Aguanta el sol mejor que casi cualquier otra Echeveria, pero es reacia a enraizar por hoja: multiplícala por semilla o por los escasos brotes basales.
Echeveria lilacina
Originaria de Nuevo León, es la «echeveria fantasma»: hojas anchas y gruesas cubiertas de una pruina blanquecina con reflejos lilas que le da un aspecto ceroso, casi irreal. Florece con varas rojo coral en invierno y comienzos de primavera.
Aquí está su punto débil y un error muy extendido: esa capa cerosa, la pruina, es una protección solar de la planta y no se regenera. Si la limpias con un trapo, la manoseas o la riegas por encima, quedan marcas permanentes hasta que salgan hojas nuevas. Riega siempre al pie.
Echeveria secunda (antes Echeveria glauca)
El nombre Echeveria glauca sigue apareciendo en etiquetas de vivero, pero el nombre aceptado es Echeveria secunda. Rosetas azuladas de 8-12 cm que macollan con mucha rapidez y forman manchas cerradas. Es de las más rústicas y resistentes del género, y por eso ha sido durante décadas la planta de los antiguos parterres de mosaicultura.
Echeveria setosa
Roseta muy densa, casi esférica, con las hojas cubiertas por completo de pelos blancos rígidos, lo que le ha valido el apodo de «bola de nieve mexicana». Sus flores, rojas con la punta amarilla, aparecen sobre varas largas en primavera.
Esos pelos retienen agua entre las hojas, así que es la especie que menos perdona el riego por encima ni la humedad de un invierno lluvioso. Bajo cubierta y agua al sustrato, sin excepciones.
Echeveria pulvinata
Se sale del molde: no forma una roseta plana en el suelo, sino un pequeño arbusto de tallos leñosos de 20-30 cm con hojas ovales recubiertas de un fieltro aterciopelado. A pleno sol los bordes se tiñen de rojo vivo. Florece en invierno con espigas naranjas muy llamativas.
Con los años se desgarba y pierde las hojas de abajo. Se rejuvenece cortando las puntas en primavera y reenraizándolas; enraiza sin problemas.
Echeveria 'Imbricata'
No es una especie, sino un híbrido antiguo entre Echeveria secunda 'Glauca' y Echeveria gibbiflora 'Metallica'. Da rosetas muy planas y regulares, azul grisáceo, de hasta 15-20 cm, que recuerdan a una rosa abierta. Es vigorosa, produce hijuelos en abundancia y tolera bien el sol; probablemente la Echeveria más cultivada en los jardines españoles.
Otras que verás en cualquier vivero
Echeveria pulidonis, de hojas verde claro con el borde rojo nítido, muy florífera y fácil. Echeveria laui, de Oaxaca, rosada y cubierta de una pruina espesísima, espectacular pero lentísima y delicada, la peor candidata para empezar. Y Echeveria runyonii 'Topsy Turvy', con las hojas curvadas hacia arriba y hacia dentro, casi del revés, robusta y muy rápida de multiplicar.
Cómo cuidar las Echeveria
Ubicación
Exterior, y con sol. En la Península necesitan un mínimo de cuatro a seis horas de sol directo para mantener la roseta compacta y el color. En interior, incluso junto a una ventana orientada al sur, la luz suele ser insuficiente y aparece el ahilamiento: el tallo se estira, las hojas se separan y se vuelven más finas y verdes. Eso no tiene marcha atrás; la única solución es decapitar la roseta y reenraizarla.
Matiz importante para el interior peninsular: con 40 °C y sol vertical en julio y agosto, las especies de pruina espesa (lilacina, laui) o pelo denso (setosa) agradecen sombra a partir del mediodía. En la costa atlántica y cantábrica, sol todo el día sin reparos.
Cualquier cambio de exposición debe ser progresivo, a lo largo de dos o tres semanas. Una planta comprada en invernadero y colocada de golpe a pleno sol de mayo se quema en un día, y las manchas marrones no desaparecen.
Tierra
Muy drenante y, sobre todo, que no se compacte. Una mezcla que funciona: 50 % de sustrato para cactus y crasas y 50 % de material mineral grueso de 3 a 6 mm, sea puzolana, pómice, akadama o arena silícea de río lavada. Descarta la arena de playa (sales) y la arena fina (apelmaza y hace de cemento).
Maceta ancha y poco profunda, porque el sistema radicular es superficial, y a ser posible de barro sin esmaltar, que evapora por la pared. Agujero de drenaje obligatorio; una maceta decorativa sin agujero es una sentencia a plazo fijo.
Riego
El método correcto es empapar y dejar secar del todo. Riega abundantemente hasta que salga agua por abajo y no vuelvas a hacerlo hasta que el sustrato esté seco en profundidad. En una terraza soleada en pleno verano eso puede ser cada 6-10 días; en primavera y otoño, cada dos o tres semanas; en invierno, casi nada.
Dos reglas que evitan el 90 % de las pérdidas. Primera: nunca riegues sobre la roseta. El agua se queda en el centro, entre hojas superpuestas, y con calor o poca ventilación provoca una pudrición del cogollo que no se detecta hasta que la planta se derrumba. Segunda: por debajo de 10 °C, prácticamente en seco, porque el frío detiene la absorción y el sustrato húmedo se convierte en un caldo de hongos.
Y una idea a desterrar: las crasas no son plantas «que no necesitan agua». En plena temporada de crecimiento beben con regularidad. Lo que no toleran es tener las raíces mojadas de forma continua.
Abonado
De abril a septiembre, un abono líquido para cactus y crasas, bajo en nitrógeno, a la mitad de la dosis indicada, una vez al mes y siempre sobre sustrato ya humedecido. El exceso de nitrógeno produce hojas grandes, blandas, de un verde apagado, más vulnerables a la cochinilla y a la pudrición. En invierno no se abona.
Multiplicación
Por hoja es lo más agradecido. Gira la hoja suavemente a un lado y a otro hasta que se desprenda entera con la base intacta: si queda un trozo pegado al tallo, no brotará. Déjala secar dos o tres días sobre papel y colócala después encima de sustrato seco, sin enterrarla. Pulveriza cada pocos días. En tres o cuatro semanas emite raíces y una roseta diminuta; la hoja madre se consumirá sola, no la arranques. La mejor época va de marzo a junio.
Por hijuelos: se separan con un poco de raíz al trasplantar y se plantan directamente.
Por decapitación: es la solución para una planta ahilada. Corta la roseta dejando 2-3 cm de tallo, deja cicatrizar una semana y plántala; el tocón que queda emitirá varios brotes laterales que también podrás separar.
La semilla es lenta y, en el caso de los híbridos, no reproduce la planta madre. Para conservar un cultivar concreto, siempre vía vegetativa.
Época de plantación o trasplante
La ventana buena es la primavera, de marzo a mayo, cuando reanudan el crecimiento; el principio del otoño, en septiembre, es una segunda oportunidad. Trasplanta cada dos o tres años, o antes si las raíces asoman por el drenaje.
Hazlo con el cepellón seco, retira la tierra vieja, revisa las raíces y recorta las secas o podridas. Después, espera de cinco a siete días antes del primer riego para que cicatricen las heridas de las raíces. Regar inmediatamente tras el trasplante es una de las causas ocultas de pudrición.
Plagas y enfermedades
Cochinilla algodonosa. La plaga principal. Se instala en el centro de la roseta, entre las hojas y también en las raíces, donde pasa inadvertida. Focos pequeños: bastoncillo con alcohol de 70°. Infestaciones mayores: jabón potásico o aceite de neem al atardecer, repitiendo a los diez días. Revisa siempre las raíces al trasplantar.
Pulgón. Ataca sobre todo las varas florales en primavera. Se elimina con un chorro de agua o jabón potásico.
Mosquita del sustrato (esciáridos). No daña directamente, pero su presencia indica exceso de riego o sustrato demasiado orgánico. Corrige el riego y cubre la superficie con una capa de grava.
Pudriciones (Fusarium, Pythium, Phytophthora). Empiezan en el cuello o en el centro de la roseta con hojas translúcidas y blandas que se desprenden al tocarlas. No hay tratamiento fiable: corta muy por encima de la zona afectada, deja cicatrizar y reenraiza lo sano.
Caída de las hojas inferiores. Si están secas y de papel, es el envejecimiento normal de la roseta. Si están blandas y translúcidas, es exceso de agua.
Rusticidad
Aquí conviene precisar más de lo habitual, porque lo que mata no es el frío en sí, es la combinación de frío y humedad.
Las más resistentes, Echeveria elegans, E. secunda y E. agavoides, soportan heladas breves de −4 a −6 °C con el sustrato seco. Las de pruina y pelo, E. lilacina, E. laui, E. setosa y E. pulvinata, empiezan a sufrir por debajo de 3-5 °C.
En la práctica española: en el litoral mediterráneo, Andalucía occidental y Canarias viven en el jardín todo el año. En Madrid, Zaragoza, Castilla y León o Aragón hay que guardarlas de noviembre a marzo en un porche, galería fría o invernadero frío, luminoso y seco. Y en Galicia y la cornisa cantábrica el problema no son las heladas, sino meses seguidos de lluvia: allí lo esencial es cultivarlas bajo un alero o cubierta translúcida, aunque nunca hiele.
En resumen
Las Echeveria son crasas mexicanas de roseta con inflorescencia lateral, lo que las distingue de los Sempervivum europeos, mucho más rústicos y monocárpicos. Para empezar, elegans, secunda, 'Imbricata' y agavoides; para vitrina y paciencia, lilacina y laui. El cultivo se resume en sol directo abundante, sustrato mineral en maceta ancha con drenaje, riego a fondo al pie y no sobre la roseta dejando secar entre riegos, sequía y resguardo de la lluvia en invierno, y abono ligero solo en la temporada de crecimiento. Se multiplican con una hoja desprendida entera y algo de paciencia. Ahilamiento significa poca luz; hojas blandas y translúcidas, demasiada agua: con esos dos diagnósticos se corrige casi todo lo que les pasa.