Una columna de 1,10 m de alto y 32 cm de diámetro se traga unos 85 litros de sustrato y, recién regada, ronda los 60 kilos. Conviene saberlo antes de montarla, porque una torre de flores terminada no se mueve de sitio: se decide dónde va y allí se queda toda la temporada. Con esa condición asumida, es uno de los montajes más agradecidos que se pueden hacer en un fin de semana, y multiplica por cinco o por seis la superficie plantable de un metro cuadrado de terraza.

La idea es sencilla: un cilindro de malla forrado por dentro, relleno de sustrato ligero y plantado por los laterales a través de los huecos de la propia malla. Lo que separa una torre que florece de junio a octubre de una que se agosta en tres semanas no es el diseño, sino dos detalles que casi siempre se descuidan: el sustrato y el sistema de riego interno.

Materiales que vas a necesitar

Nada de lo que hace falta es caro ni difícil de encontrar. La lista para una torre de tamaño estándar (1 a 1,20 m de alto, unos 30-35 cm de diámetro):

Malla metálica galvanizada de luz media, entre 25 y 40 mm. La malla de gallinero hexagonal sirve y es la más barata, pero cede con el peso y termina abombándose; el mallazo electrosoldado de 25x25 mm con alambre de 2 mm aguanta rígido varias temporadas. Necesitas una pieza de 1,20 m de alto por unos 1,10 m de largo para cerrar un cilindro de 33 cm de diámetro (perímetro = diámetro x 3,14, más 5 cm de solape).

Un forro interior permeable. Las opciones ordenadas de mejor a peor duración: fieltro geotextil de jardinería de 150 g/m², fibra de coco prensada en plancha, arpillera de yute doble o, si no hay otra cosa, plástico de vivero agujereado cada 10 cm. El geotextil es el que mejor equilibrio da entre retener sustrato y dejar salir el agua sobrante. La arpillera es preciosa el primer año y se pudre el segundo.

Un tubo de PVC de 63 o 75 mm, de la misma altura que la torre, taladrado con broca de 6 mm cada 8-10 cm y en varias orientaciones. Este es el núcleo de riego, y es la pieza que suele faltar en los tutoriales.

Una maceta o cubeta de base de al menos 40 cm de diámetro, mejor 45. Sirve de cimiento, de lastre y de plato: recoge el agua que drena y da sombra fresca a la parte baja.

Sustrato: unos 90 litros. Enseguida vemos la mezcla.

Grava o canto rodado, entre 10 y 15 kg, para lastrar el fondo de la maceta base.

Bridas de nailon o alambre plastificado para coser el cilindro, alicates de corte, guantes de piel gruesa (la malla cortada araña de verdad) y cinta de embalar para tapar provisionalmente el extremo inferior del tubo mientras rellenas.

Materiales para montar una torre de flores: malla, sustrato y macetas

El sustrato, que es donde se decide todo

Aquí es donde se estropea una torre casera detrás de otra: se rellenan con tierra del jardín. En una jardinera baja, la tierra franca funciona; en una columna de más de un metro se compacta por su propio peso en cuestión de semanas, expulsa el aire de los poros, se agrieta al secarse y separa la raíz del agua. Además pesa: 85 litros de tierra mojada pasan de los 120 kilos y revientan la malla.

Una mezcla que funciona, en volumen:

4 partes de fibra de coco o turba rubia previamente humedecida, 2 partes de compost o mantillo maduro, 2 partes de perlita (o arlita fina, o picón si estás en Canarias) y 1 parte de humus de lombriz. Sale un sustrato de unos 0,55-0,65 kg/litro empapado, aireado y con capacidad de retención suficiente.

Un apunte sobre la fibra de coco: si la compras en briqueta comprimida, hidrátala con agua abundante y desecha la primera agua. Los cocos de origen costero arrastran sales y algunos lotes salen con conductividades altas que frenan el enraizamiento de las plantas jóvenes.

Añade al mezclar un abono de liberación lenta de 3-4 meses a razón de 3 g por litro de sustrato (unos 250-270 g para la torre entera). No es un lujo: en una columna se riega mucho y todo lo que se riega, lava.

Paso a paso

1. Corta y cierra el cilindro. Extiende la malla, mide el largo con el solape y corta con alicates dejando las puntas de alambre hacia el mismo lado. Enrolla y cose el solape con bridas cada 10 cm. Si te sobran puntas, dóblalas hacia dentro con unos alicates de punta plana; hacia fuera son un peligro a la altura de la cara de un niño.

2. Fórralo por dentro. Introduce el geotextil enrollado y déjalo desplegarse contra la malla, con unos 5 cm sobrantes por arriba y por abajo. Grápalo o cóselo a la malla con alambre fino en tres o cuatro puntos altos para que no se descuelgue al cargar el sustrato.

3. Prepara la base. Echa la grava en la maceta grande hasta 10-12 cm. Ojo con lo que se repite por ahí: esa grava no es drenaje, es lastre. La capa de grava bajo el sustrato no mejora el drenaje, lo empeora, porque el cambio brusco de textura crea una franja saturada justo encima. En una torre la ponemos por otro motivo, que es el peso, y por eso va en la maceta base y no dentro de la columna.

4. Planta el tubo central. Clávalo en el centro de la grava, aplomado. Comprueba con un nivel que queda vertical: dos grados de inclinación se convierten en un palmo de desvío arriba, y una torre torcida se cae con el primer viento de poniente. Tapa el extremo inferior con cinta hasta que termines de rellenar, para que no se te cuele sustrato dentro.

5. Encaja el cilindro y rellena. Centra el cilindro de malla sobre la maceta, con el tubo por dentro. Ve echando sustrato alrededor del tubo en tandas de 15-20 cm y asentando con la mano, sin apisonar: si compactas ahora, no hay riego que penetre después. Riega ligeramente cada tanda a medida que subes; el sustrato de coco seco es hidrófobo y luego cuesta muchísimo mojarlo por dentro.

Torre de flores con plantas colocadas en los laterales

6. Abre los huecos y planta. Con unas tijeras, practica una cruz de 4-5 cm en el geotextil coincidiendo con un hueco de la malla. Marca los puntos en espiral ascendente, separados unos 20 cm en vertical y desplazados un tercio de vuelta cada vez, para que las plantas no se hagan sombra unas a otras. Con plantel en alvéolo se mete el cepellón desde fuera, apretando poco; si el cepellón no pasa, envuélvelo en un cucurucho de papel de periódico, introdúcelo y retira el papel tirando desde dentro.

7. Corona la torre. Los últimos 8-10 cm del centro son la mejor posición de la torre: pleno sol, sin competencia y con todo el volumen de sustrato debajo. Reserva ese sitio para la planta más vistosa o para dos o tres matas que caigan por el borde.

8. Riego de asentamiento. Llena el tubo hasta arriba tres veces seguidas, esperando a que baje entre una y otra, y riega además por la superficie. Después, no toques nada durante 48 horas.

El riego, que es lo que hunde la mayoría de las torres

Una columna vertical tiene una relación superficie/volumen brutal comparada con un bancal, se ventila por los cuatro costados y en julio, en el interior peninsular, pierde agua a una velocidad que sorprende. Regar solo por arriba no vale: el agua sigue el camino más corto, baja pegada al forro y sale por el fondo dejando el corazón del tercio superior seco.

El tubo perforado resuelve eso repartiendo el agua a todas las alturas a la vez. Llénalo despacio y déjalo vaciarse; si en verano necesitas dos o tres llenados, no es exceso.

Mejor todavía: mete por el tubo un ramal de goteo autocompensante con goteros de 2 l/h cada 20 cm y conéctalo a un programador de grifo. Con dos riegos diarios de 5-8 minutos en pleno agosto y uno en primavera y otoño, la torre se sostiene sola. El sistema autocompensante importa aquí más de lo habitual porque hay más de un metro de desnivel entre el primer gotero y el último.

Para saber si vas bien, mete el dedo por uno de los huecos a media altura. Si a 3 cm de profundidad está seco, te has quedado corto. Y no te fíes del color de la superficie: la corona seca al sol y el interior encharcado conviven perfectamente.

Qué plantar

La torre premia a las plantas de raíz superficial, porte compacto o colgante y floración larga. Descarta cualquier cosa que quiera profundidad o que crezca hacia arriba desde un lateral.

Para pleno sol, lo que mejor responde en clima peninsular: Portulaca grandiflora (la campeona indiscutible en calor y sequía), Tagetes patula y Tagetes tenuifolia, Calibrachoa híbrida, Petunia x hybrida de porte colgante, Sanvitalia procumbens, Lobularia maritima y Gazania rigens.

Para las caras norte y este, que reciben mucha menos luz: Begonia semperflorens, Lobelia erinus, Sutera cordata (la bacopa de jardinería), Impatiens walleriana y helechos pequeños si la torre está en patio sombreado.

También funciona muy bien en versión comestible: fresas de Fragaria x ananassa remontantes, lechugas de hoja de corte, albahaca, tomillo (Thymus vulgaris), perejil y espinaca en la mitad inferior, que es la más fresca. Los fresones en torre, además, quedan fuera del alcance de las babosas y no manchan el fruto de tierra.

Densidad razonable: una planta cada 20 cm de altura por cada cuarto de vuelta, es decir, unas 20-24 plantas en una torre de 1,10 m. Meter 40 no da el doble de flor, da la mitad de tamaño y el triple de estrés hídrico.

Dónde ponerla y qué esperar del sol

Una torre no recibe la misma luz por todas sus caras. La cara sur puede llevarse ocho horas de sol directo y superar los 45 °C en el sustrato del borde, mientras la cara norte apenas ve luz rasante. Tienes dos salidas: plantar en consecuencia (heliófilas al sur y al oeste, umbrófilas al norte) o montar la torre sobre una plataforma con ruedas y girarla un cuarto de vuelta cada semana. Lo segundo funciona muy bien, pero solo es viable si la maceta base cabe en el carro y el conjunto no supera los 70-80 kilos.

En zonas de viento, ancla la torre: una varilla corrugada de 12 mm clavada medio metro en el suelo y atada al tubo central con bridas resuelve el problema. En terraza, arrima la torre a un muro por su lado norte.

Abonado y mantenimiento en temporada

Con riegos frecuentes, los nutrientes se lavan. A partir de la sexta u octava semana, empieza a dar un abono líquido para plantas de flor cada 10-14 días, en la dosis de mantenimiento del envase, aplicado por el tubo. Si en vez de flor buscas hoja o lechugas, cambia a un abono más nitrogenado.

Retira las flores marchitas cada semana en petunias, tagetes y calibrachoas: es lo que mantiene la floración hasta octubre en lugar de pararla en agosto. Pellizca las guías que se descuelguen más de 40 cm si empiezan a desnudarse por la base.

Al terminar el ciclo, en noviembre, desmonta o replantea. En el interior peninsular una columna estrecha se hiela de lado a lado en una noche de -4 °C, y ahí no sobrevive nada perenne en maceta. En la costa mediterránea o en el sur puedes dejar la estructura plantada con aromáticas leñosas y vaciar solo el tercio superior.

Errores frecuentes

Rellenar con tierra de jardín. Compacta, pesa y asfixia la raíz. Ya está dicho, pero es el fallo número uno.

Hacer la torre demasiado ancha. Por encima de 40-45 cm de diámetro, el centro del cilindro nunca se seca del todo y se vuelve anaerobio; huele a cenagal y no lo aprovecha nadie, porque ninguna raíz llega hasta ahí desde el lateral. Entre 28 y 35 cm es el rango bueno.

Hacerla demasiado alta. Más de 1,20 m complica el riego, la plantación y el vuelco. Si quieres volumen, monta dos torres.

Plantar en marzo en zona fría. Las anuales de flor de verano son sensibles al hielo. En la mitad norte y en la meseta, espera al final de abril o principios de mayo; en el litoral mediterráneo y en Andalucía puedes adelantar a marzo.

Olvidar que la torre no se puede trasplantar. Una vez cargada, moverla implica que se deforme el cilindro. Elige el sitio definitivo antes del paso 1.

En resumen

Una torre de flores es un cilindro de malla forrado de geotextil, con un tubo perforado en el eje, plantado por los huecos laterales en espiral y apoyado sobre una maceta lastrada con grava. Lo barato y lo bonito lo pone el montaje; lo que decide si dura es el sustrato ligero a base de coco o turba con perlita y compost, el riego repartido por el tubo central en lugar de por la superficie, y una densidad de plantación honrada de veinte y pico plantas en un metro de altura. Elige las especies según la cara de la torre a la que vayan, ancla el conjunto si hay viento, abona en líquido a partir del segundo mes y monta a finales de abril si vives tierra adentro. Con eso, tienes color desde mayo hasta las primeras heladas en un metro cuadrado escaso de suelo.


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