Un bulto leñoso del tamaño de una nuez en el cuello de un rosal recién plantado no se cura cortándolo. Esa es la primera lección sobre Agrobacterium tumefaciens, la bacteria responsable de la enfermedad que en castellano se conoce como agalla del cuello o tumor del cuello de la raíz, y la razón de que tantas plantas acaben en el contenedor después de meses de intentos inútiles.

Conviene entenderla bien porque su comportamiento no se parece al de un hongo ni al de una plaga de insectos. No hay pulverización que la resuelva, no desaparece con cobre y no responde a los fungicidas de jardinería. Lo que sí funciona es evitarla, y para eso hay que saber cómo entra.

Agalla provocada por Agrobacterium tumefaciens en el tronco de un árbol

Qué es exactamente esta bacteria

Agrobacterium tumefaciens es una bacteria del suelo, con forma de bastoncillo, aerobia y móvil, que vive de forma habitual en la rizosfera de muchos terrenos cultivados. En la clasificación moderna se la ha renombrado varias veces —aparece en la literatura como Rhizobium radiobacter o dentro del complejo Agrobacterium—, pero el nombre clásico sigue siendo el que se usa en vivero y en manuales de patología.

Lo que la hace especial es su mecanismo. La bacteria lleva un plásmido llamado Ti (de tumor inducing) y, cuando encuentra una herida reciente en una planta, detecta los compuestos fenólicos que esa herida libera, se adhiere a las células dañadas e inserta un fragmento de su propio ADN —el llamado T-DNA— en el genoma de la planta. A partir de ese momento, las células vegetales infectadas fabrican por su cuenta un exceso de auxinas y citoquininas, que son las hormonas que regulan la división celular. El resultado es una proliferación descontrolada de tejido: la agalla.

Ese tejido tumoral produce además unos compuestos llamados opinas, que la planta no puede aprovechar y que la bacteria consume como alimento exclusivo. Dicho de otro modo, Agrobacterium reprograma a la planta para que le construya una despensa. Es un caso de transferencia genética entre reinos que resultó tan eficaz que la ingeniería genética vegetal lo adoptó como herramienta: buena parte de las plantas transformadas en laboratorio se obtienen sustituyendo el T-DNA tumoral por el gen que interesa introducir.

Para el jardinero, la consecuencia práctica de todo esto es incómoda: una vez el T-DNA está integrado en las células vegetales, el tumor crece solo, aunque las bacterias que lo iniciaron desaparezcan. Por eso ningún bactericida cura una agalla ya formada.

A qué plantas ataca

El rango de hospedadores es enorme —se citan más de un centenar de familias de dicotiledóneas—, pero en la práctica el problema se concentra en unos cuantos grupos:

Rosáceas. Aquí está el grueso del daño en España. Rosales (Rosa spp.), frutales de hueso (melocotonero, nectarina, ciruelo, cerezo, almendro), frutales de pepita (manzano, peral, membrillero), y también frambueso, zarzamora y níspero. Los patrones y portainjertos de vivero son especialmente vulnerables porque el injerto es, por definición, una herida.

Frutos secos y forestales. Nogal, chopo, sauce, olmo, morera. El nogal es un caso clásico de agallas grandes en el cuello.

Ornamentales y hortícolas. Crisantemo, dalia, geranio de pensamiento, tomate, remolacha, girasol, kalanchoe. En ornamental de maceta, la infección suele llegar con el esqueje.

Un matiz importante: la vid tiene su propia bacteria. Las agallas de la parra las causa sobre todo Allorhizobium vitis (antes Agrobacterium vitis), que además vive dentro de la madera de la cepa y viaja en el material de propagación. Confundirlas lleva a error, porque el tratamiento biológico que sí funciona en rosáceas no protege la vid.

Las coníferas y las monocotiledóneas (palmeras, gramíneas, bulbosas) quedan prácticamente al margen. Si ve un bulto en la base de una palmera, busque otra causa.

Cómo se reconoce: síntomas reales

El síntoma que da nombre a la enfermedad es la agalla, y su evolución es bastante característica:

Al principio aparece un abultamiento blando, de color claro, casi blanquecino o verdoso, de superficie lisa. Suele salir en el cuello —la zona de transición entre raíz y tallo, justo a ras de suelo—, en el punto de injerto o sobre raíces gruesas. En rosales y frutales jóvenes es fácil que pase desapercibido si no se aparta la tierra.

Con las semanas el tumor se endurece, se oscurece y adopta el aspecto rugoso y agrietado de una coliflor leñosa. Puede alcanzar desde el tamaño de un guisante hasta el de un puño, y con los años llegar a rodear el tronco por completo.

La parte aérea no muestra nada específico. Lo que se ve es una planta que va a menos: brotación corta, hojas más pequeñas y amarillentas, floración escasa, mayor sensibilidad a la sequía y al frío. El tumor comprime y desorganiza el tejido conductor, así que la planta transporta peor el agua. Ejemplares adultos y bien enraizados pueden convivir años con una agalla sin morirse; los plantones jóvenes, en cambio, se quedan clavados o mueren en la primera sequía seria.

Aquí conviene deshacer dos confusiones muy repetidas:

No toda protuberancia es Agrobacterium. Las agallas duras y esféricas en hojas y ramillas de encinas y robles las producen avispillas cinípidas, no bacterias. El engrosamiento en la base de un injerto bien soldado es callo normal y no debe tocarse. Los tumores de agalla verrugosa del olivo los causa Pseudomonas savastanoi, otra bacteria distinta, y aparecen en ramas jóvenes con aspecto más corchoso.

Los nódulos de las leguminosas no son una enfermedad. Si arranca unas judías, un altramuz o un trébol y encuentra bolitas rosadas en las raicillas, son nódulos de Rhizobium fijadores de nitrógeno. Son beneficiosos y hay que dejarlos en paz. Se parecen a las agallas solo para quien no ha visto ninguna de las dos.

Cómo entra en la planta

La bacteria no atraviesa tejido sano: necesita una herida reciente, y ahí es donde el jardinero suele ser su cómplice involuntario. Las vías de entrada más frecuentes son:

El golpe de desbrozadora o cortacésped contra la base del tronco, el error más habitual y más evitable de todos. La azada o el motocultor cuando se labra pegado al pie. Las heridas de injerto y de estaquillado en vivero. Los daños por heladas en el cuello. Las galerías de insectos del suelo y las picaduras de nematodos, sobre todo Meloidogyne. Y el propio trasplante, cuando las raíces se rompen al sacar la planta del cepellón.

Una vez en el suelo, Agrobacterium sobrevive de forma saprofita durante años, asociada a restos de raíces. Se dispersa con el agua de riego y de lluvia, con la tierra adherida a botas y herramientas y, sobre todo, con plantas infectadas compradas de buena fe. Le favorecen los suelos alcalinos y calizos, que son la norma en gran parte de la Península, los suelos encharcados y las temperaturas templadas: la formación de tumores es máxima entre 20 y 28 °C y se frena mucho por encima de 30 °C. Por eso las infecciones cuajan en primavera y en otoño, no en pleno agosto.

Tratamiento: qué se puede hacer y qué no

Empecemos por lo que no funciona, porque ahorra dinero. No existe ningún producto curativo para una planta con agalla del cuello. Ni cobre, ni fungicidas sistémicos, ni bactericidas de uso agrícola: en Europa la estreptomicina y similares no están autorizados en jardinería, y aunque lo estuvieran no llegarían al tumor. Tampoco resuelve nada quemar la agalla con soplete o pincelarla con productos caseros; solo se añade una herida nueva.

Cortar el tumor es una medida de urgencia, no una cura. Puede tener sentido en un árbol adulto valioso al que la agalla está estrangulando, hecha en verano seco, con corte limpio hasta madera sana, desinfectando la herramienta después de cada pasada y quemando lo extraído. Pero las células transformadas permanecen alrededor y el tumor rebrota con frecuencia. Nunca merece la pena en una planta joven.

Lo que sí tiene respaldo real es el control biológico preventivo con Agrobacterium radiobacter cepa K84 (o su versión mejorada K1026). Es una bacteria emparentada pero no patógena que produce agrocina 84, un antibiótico específico que impide que las cepas virulentas colonicen la herida. Se aplica sumergiendo raíces, semillas o estaquillas en una suspensión de la cepa antes de plantar, o mojando el cuello en el momento de la plantación. Dos advertencias imprescindibles: protege, no cura —en una planta ya con agalla no hace nada—, y no es eficaz frente a todas las cepas ni frente a la bacteria de la vid.

En la práctica doméstica, la decisión sensata ante un rosal, un frutal joven o un plantón con agalla en el cuello es arrancarlo entero, con el mayor volumen posible de tierra del cepellón, y retirarlo con la basura o quemarlo. Nunca al compost, que no alcanza temperaturas homogéneas suficientes en una compostera de jardín. Después, no replante una especie sensible en ese mismo hoyo durante al menos dos o tres años; si tiene que hacerlo, sustituya un buen volumen de tierra y elija una especie ajena a las rosáceas.

Prevención, que es donde se gana la partida

Compre bien y mire el cuello. Antes de pagar un rosal a raíz desnuda o un frutal, palpe la zona del injerto y la base de las raíces. Cualquier abultamiento irregular, aunque sea pequeño y blando, es motivo suficiente para dejar la planta en el vivero por más que le guste la variedad. En material de raíz desnuda, que es como se venden rosales y frutales entre noviembre y febrero, la inspección es directa y no cuesta nada. Exija material certificado y desconfíe de esquejes regalados de procedencia dudosa.

Aísle lo sospechoso. Toda planta nueva debería pasar unas semanas apartada del resto antes de integrarse en el jardín, y las macetas con problemas no deben compartir platos, bandejas ni agua de riego con las sanas. El agua estancada en un platillo común es un vehículo excelente para la bacteria.

No provoque heridas en el cuello. Es la medida más rentable de todas. Deje un alcorque limpio de hierba alrededor del tronco, o mejor un anillo de acolchado, para no tener que acercar nunca la desbrozadora. Protectores de tronco en los frutales jóvenes. Nada de labrar pegado al pie. Y en zonas de heladas fuertes, un aporcado o un protector en invierno reduce las grietas por frío.

Desinfecte las herramientas. Entre planta y planta, y no solo al final de la jornada. Alcohol de 70°, una solución de lejía al 10 % —enjuagando y engrasando después, porque corroe el acero— o amonio cuaternario. Podar con tijeras sucias es la forma más eficiente que existe de repartir la enfermedad por todo el jardín.

Pode en seco y cicatrice las heridas grandes. Elija días secos y soleados, evitando los periodos de lluvia y humedad prolongada en los que la herida tarda en sellarse. En cortes gruesos, una pasta cicatrizante limita la entrada de agua y patógenos. En cortes finos y limpios no hace falta: la planta sella sola y mejor si se deja airear.

Cuide el suelo. Drenaje antes que nada, porque el encharcamiento favorece tanto a la bacteria como a los nematodos que le abren la puerta. Evite el exceso de nitrógeno, que produce tejidos blandos. Y si trabaja en una parcela con antecedentes, no traslade tierra de esa zona al resto del jardín.

Aspecto microscópico de la bacteria Agrobacterium tumefaciens

En resumen

Agrobacterium tumefaciens es una bacteria del suelo que solo entra por heridas recientes y que, mediante su plásmido Ti, inserta genes en las células de la planta para que fabriquen un tumor. Ataca sobre todo a rosáceas —rosales, frutales de hueso y de pepita— y produce agallas en el cuello y las raíces que empiezan blandas y claras y terminan leñosas y agrietadas; la parte aérea solo muestra pérdida de vigor.

No hay tratamiento curativo. Lo único con eficacia demostrada es la prevención: comprar material sano revisando el cuello, no herir la base del tronco con desbrozadora ni azada, desinfectar las herramientas de poda entre plantas, podar en seco, mantener el suelo bien drenado y, en plantaciones nuevas de riesgo, tratar las raíces con la cepa K84 de Agrobacterium radiobacter antes de plantar. Cuando una planta joven ya tiene agalla, lo más barato y lo más seguro es arrancarla con su cepellón, retirarla del jardín y dejar ese hoyo sin rosáceas durante un par de años.


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