Pegado a la corteza, a menos de un metro del suelo, aparece a veces un bulto ovalado del color exacto de la madera y tan duro que resiste el filo de una navaja. Dentro pasa el invierno la crisálida de Cerura iberica, la llamada mariposa del chopo, y ese capullo camuflado explica buena parte de por qué la plaga reaparece cada primavera en la misma parcela por mucho que uno haya limpiado las hojas.

Es una especie de la familia Notodontidae, propia de la Península Ibérica y el norte de África, muy próxima a la Cerura vinula centroeuropea, con la que a menudo se confunde en la bibliografía. Se alimenta de chopos y álamos (Populus nigra, Populus alba, los híbridos Populus x canadensis tan usados en chopera) y también de sauces (Salix spp.). Donde más se nota es en plantaciones jóvenes, viveros y arbolado recién plantado de calles y riberas.

Cómo es y cómo se reconoce

El adulto es una mariposa nocturna robusta, de unos 55 a 70 mm de envergadura, con las alas anteriores de un gris blanquecino recorrido por líneas negras en zigzag y el tórax muy peludo. Vuela de noche y acude a la luz, así que lo habitual es verla posada de día en un tronco, inmóvil y perfectamente camuflada. No come: los adultos viven pocos días y todo su papel es reproducirse.

Los huevos se ponen de uno en uno o en parejas, casi siempre sobre el haz de la hoja. Son semiesféricos, de un par de milímetros, y de un pardo rojizo oscuro que recuerda a una gota de resina seca o a una cochinilla. Quien no sepa qué busca los pasará por alto; quien los conozca puede detectar la plaga tres semanas antes de que haya un solo daño visible.

Huevos de Cerura iberica sobre el haz de una hoja de chopo

La oruga es lo más llamativo del ciclo. En sus últimos estadios llega a 6 o 7 centímetros, es de un verde intenso con una mancha dorsal parda o violácea en forma de silla de montar, ribeteada de blanco, y lleva la cabeza enmarcada por una placa rojiza con dos falsos ojos. En el extremo del abdomen tiene dos apéndices en forma de horquilla —las patas anales transformadas— por los que puede sacar dos filamentos rosados que agita cuando se siente amenazada. Ese conjunto, cabeza levantada, falsos ojos y horquilla vibrando, es una exhibición de intimidación bastante eficaz frente a pájaros y avispas parásitas.

No es una procesionaria

Conviene aclararlo porque es la confusión más extendida y la que más tratamientos innecesarios provoca: la oruga de la Cerura iberica no tiene pelos urticantes. No provoca urticarias ni reacciones alérgicas por contacto como la procesionaria del pino, no forma bolsones y no baja del árbol en fila. Se puede manipular con guantes finos sin mayor problema.

Lo que sí tiene es una glándula en el protórax desde la que proyecta un chorro de ácido fórmico diluido a varios centímetros de distancia cuando se la molesta. En la piel apenas se nota; en los ojos escuece de verdad. Por eso la única precaución razonable al retirarlas a mano es no acercar la cara y, si se está trabajando mucho rato, usar gafas.

El ciclo anual, que es lo que marca el calendario de actuación

La especie pasa el invierno como crisálida dentro de ese capullo durísimo que fabrica con virutas de corteza que ella misma roe, aglutinadas con seda. Lo pega al tronco, casi siempre en el tercio inferior, en una grieta o en el cuello de la planta. Endurece hasta parecer parte del árbol.

Los adultos emergen en primavera, típicamente entre abril y mayo según la altitud y la comarca —antes en el litoral mediterráneo y en el valle del Guadalquivir, más tarde en la meseta norte y en zonas de montaña—. Tras la puesta, las orugas nacen en una o dos semanas y comen durante unas cuatro o cinco semanas, pasando por cinco estadios. En zonas cálidas es frecuente una segunda generación parcial con vuelo en julio y agosto, cuyas orugas se ven hasta bien entrado septiembre. Cuando la oruga está madura cambia de color, se vuelve parduzca o vinosa, baja por el tronco y teje el capullo.

Traducido a fechas de trabajo: abril y mayo son los meses de vigilar hojas, mayo y junio los de tratar si hace falta, y el invierno el momento de revisar troncos.

Qué daño hace realmente

El daño es defoliación pura y dura: las orugas jóvenes roen el limbo dejando la epidermis del envés y una especie de ventana translúcida; las mayores devoran la hoja entera y dejan solo el nervio central y el peciolo. Comen mucho, y una sola oruga de último estadio puede acabar con varias hojas en pocos días.

En un chopo adulto y bien enraizado eso es casi siempre cosmético. El árbol rebrota y no pasa nada. El problema aparece en tres situaciones concretas:

Plantaciones de uno a tres años. Un chopo joven tiene poca superficie foliar y cada hoja cuenta. Una defoliación fuerte en junio se traduce en menos crecimiento en diámetro ese año y en un retraso que la parcela arrastra durante todo el turno. Aquí es donde el daño económico es real.

Vivero y planta en contenedor. Además de la pérdida de hoja, la planta queda invendible por aspecto.

Arbolado ornamental recién plantado. Un ejemplar de calle que ya está estresado por el trasplante, el calor reflejado y un alcorque pequeño no encaja bien una defoliación en pleno julio.

Hay un cuarto daño menor pero real: al roer la corteza para fabricar el capullo, la oruga deja pequeñas heridas en el tronco. En plantas de vivero, con corteza fina, esas heridas son puerta de entrada para hongos de chancro.

Cómo eliminarla

El orden de intervención debería ir siempre de menos a más, porque en la inmensa mayoría de jardines y de parcelas pequeñas la población se controla sin llegar al insecticida.

Recogida manual. Suena rudimentario y es lo más eficaz cuando hay pocos árboles. Con las orugas grandes y aisladas, basta con desprenderlas y retirarlas. Con los huevos, se aplastan sobre la hoja. Un repaso semanal de mayo a junio a un grupo de árboles jóvenes mantiene la población a raya sin más medidas.

Retirada de capullos en invierno. Es la medida más rentable y la que casi nadie aplica. De diciembre a febrero, con el árbol sin hoja, se revisa el metro y medio inferior del tronco y se arrancan los capullos con una espátula o un cepillo de púas metálicas suaves, con cuidado de no dañar la corteza viva. Cada capullo retirado es un adulto menos en abril y, por tanto, decenas de huevos menos. En choperas de recreo o en hileras de ribera de pocos árboles, esta única labor cambia el panorama del año siguiente.

Bacillus thuringiensis. Es el tratamiento de elección cuando la población desborda la recogida manual. Se usa la subespecie kurstaki, específica de larvas de lepidóptero. Actúa por ingestión: la oruga come hoja tratada, deja de alimentarse en pocas horas y muere en dos o tres días. Es inocuo para abejas, para la fauna auxiliar, para aves y para las personas, y no deja plazo de seguridad relevante.

Producto a base de Bacillus thuringiensis para el control de orugas

Ahora bien, funciona con condiciones. Solo mata orugas pequeñas, de los dos o tres primeros estadios; contra una oruga de cinco centímetros no hace prácticamente nada, y de ahí vienen buena parte de los fracasos que se atribuyen al producto. Hay que aplicarlo al atardecer, porque la radiación ultravioleta degrada el cristal proteico en pocas horas, y hay que mojar bien el envés y el haz de las hojas donde están las orugas. La persistencia es corta, de tres a cinco días con sol fuerte, así que conviene repetir a los siete o diez días si sigue habiendo nacimientos. Y siempre respetando la dosis de la etiqueta del producto concreto, que varía según la formulación.

Fauna auxiliar. La Cerura tiene enemigos naturales abundantes: taquínidos e icneumónidos que parasitan las orugas, y páridos —carbonero común, herrerillo— que las buscan activamente para cebar a sus pollos justo en mayo, que es cuando abundan. Colocar cajas nido en la plantación o en el jardín es una medida barata que se paga sola en pocos años. También los murciélagos capturan adultos en vuelo nocturno.

Insecticidas de síntesis. En jardinería particular no están justificados casi nunca para esta plaga, y además la oferta legal para uso no profesional en España se ha reducido mucho. Antes de comprar nada conviene comprobar en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio de Agricultura que el producto está autorizado para ese uso y ese cultivo. En plantaciones forestales con ataques generalizados, la decisión corresponde al técnico y suele apoyarse igualmente en Bacillus thuringiensis, precisamente para no arrasar los parasitoides que sostienen el control natural.

Errores que se repiten

Tratar tarde. Cuando las orugas se ven a simple vista desde el suelo ya están en estadios avanzados y el Bacillus pierde eficacia. El momento de mirar es cuando aparecen las primeras hojas con ventanitas roídas.

Tratar el árbol entero por cuatro orugas. Una defoliación del 10 % en un chopo adulto no afecta a nada. Pulverizar un árbol de doce metros para eso es gasto, deriva y daño colateral a insectos beneficiosos.

Confundirla con la galeruca o con el gusano cabezudo. En chopo conviven varios defoliadores. La galeruca del chopo (Chrysomela populi) es un escarabajo rojo cuyas larvas dejan las hojas esqueletizadas en grupo; Bacillus thuringiensis kurstaki no le afecta porque no es un lepidóptero. Identificar antes de tratar ahorra un tratamiento inútil.

Quemar o herir el tronco para eliminar el capullo. Se ven soluciones imaginativas —soplete, rascado a fondo, alquitranados— que hacen más daño al árbol que la propia plaga. Basta con desprenderlo mecánicamente sin llegar al cámbium.

Descuidar el vigor del árbol. Un chopo joven con riego suficiente y sin competencia de herbáceas encaja una defoliación y rebrota; uno estresado, no. En riberas y plantaciones, el control de la vegetación herbácea en los primeros años y un riego adecuado valen más que cualquier tratamiento.

En resumen

La Cerura iberica es un defoliador de chopos, álamos y sauces que rara vez mata un árbol adulto pero que frena de verdad a la planta joven. No es urticante, aunque proyecte ácido fórmico si se la molesta. Su punto débil está en dos momentos del año: el invierno, retirando los capullos pegados a la base del tronco, y las primeras semanas de vida de las orugas en mayo, cuando Bacillus thuringiensis subsp. kurstaki aplicado al atardecer todavía las mata. Fuera de esas dos ventanas, casi todo lo que se haga será caro, ineficaz o ambas cosas. Con unos pocos árboles, la mano y un poco de constancia bastan.


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