Ver una fila de hormigas subiendo por el tronco de un frutal o entrando y saliendo del agujero de drenaje de una maceta produce alarma inmediata. Conviene rebajarla un poco: las hormigas no comen tus plantas. No perforan hojas, no chupan savia y no royen raíces. Lo que hacen es algo distinto, y entender qué es exactamente cambia por completo la forma correcta de actuar.
Por qué están ahí
En un 90 % de los casos, si las hormigas suben por una planta es porque en esa planta hay pulgones, cochinillas, mosca blanca o psilas. Estos insectos se alimentan de savia, que es muy rica en azúcares y pobre en proteínas, así que ingieren cantidades enormes y excretan el sobrante en forma de un líquido dulce llamado melaza. Para una hormiga, ese líquido es una fuente de energía inagotable.
La relación no se queda en aprovechar la melaza. Las hormigas protegen activamente a los pulgones: los defienden de mariquitas, crisopas y sírfidos, los trasladan a brotes tiernos cuando el que ocupan se agota, e incluso llegan a guardar sus huevos en el hormiguero durante el invierno para reinstalarlos en primavera. Se comportan como ganaderos, y sus pulgones son el ganado.
De ahí la primera conclusión práctica: si matas las hormigas y dejas los pulgones, en tres días tendrás otras hormigas. Y si eliminas los pulgones, las hormigas se marchan solas porque ya no hay nada que las retenga. La plaga real casi nunca son ellas.
Hay dos excepciones que sí justifican intervenir directamente sobre las hormigas:
Nido dentro de la maceta. Cuando una colonia se instala en el cepellón, excava galerías que dejan bolsas de aire alrededor de las raíces. El sustrato deja de retener agua de forma homogénea, la planta se deshidrata pese a que la riegas, y las raíces finas se secan en las zonas huecas. Esto sí es un daño directo. Se reconoce porque al regar el agua atraviesa la maceta al instante y salen hormigas por todos lados.
Hormigas cortadoras y consumo de semillas. En algunas zonas del sur peninsular hay especies granívoras (Messor barbarus, la hormiga recolectora) que se llevan las semillas recién sembradas de un semillero o de una línea de siembra directa. Es un problema real en huertos pequeños.
Paso uno: elimina la fuente de melaza
Revisa el envés de las hojas, las puntas de los brotes tiernos, las axilas y el reverso de las yemas florales. Ahí estarán los pulgones o las cochinillas. Señales que confirman su presencia aunque no los veas: hojas pegajosas al tacto, brillo aceitoso, hoja negra por negrilla —un hongo que crece sobre la melaza— y brotes deformados o arrugados.
El tratamiento estándar es jabón potásico a razón de 15-20 ml por litro de agua, pulverizado a fondo sobre el envés, siempre al atardecer y nunca con sol directo sobre la hoja. Repite cada 5-7 días, dos o tres veces, porque no afecta a los huevos. Para cochinillas con caparazón, mejor aceite de parafina al 1 %, que las asfixia atravesando el escudo protector.
Si la planta es pequeña y la infestación leve, un chorro de agua a presión sobre los brotes retira buena parte de la colonia. Y en el jardín, la mejor inversión a medio plazo es tener flores de umbelíferas y compuestas —caléndula, hinojo, eneldo, aliso— que atraen a los depredadores naturales del pulgón.
Paso dos: cortar el acceso
Mientras el tratamiento hace efecto, o si simplemente quieres que dejen de subir, las barreras físicas son la solución más limpia y no matan nada.
Cinta o banda de resina en el tronco. Es el método clásico en fruticultura y funciona muy bien. Se coloca una banda adhesiva especial de tronco, o una tira de plástico untada con grasa pegajosa, a unos 40-60 cm del suelo. Nunca apliques la resina directamente sobre la corteza: pon primero una banda de papel o de plástico y unta encima, para no dañar el tronco. Revísala cada pocas semanas porque el polvo la satura y deja de pegar.
Vaselina o grasa en el borde de la maceta. Un anillo de vaselina en la parte alta del tiesto o en las patas de una mesa de cultivo es una barrera efectiva y reversible.
Corta los puentes. Las hormigas rodean cualquier barrera si tienen un atajo. Retira las ramas que toquen el suelo, la maleza que roce la copa, los tutores apoyados en el muro y las mangueras de riego que lleguen a la base del tronco.
Aísla la maceta. Colocar el tiesto sobre un plato con agua —sin que el fondo llegue a tocarla, apoyado en unos tacos— crea un foso que no cruzan. En interior es muy práctico.
Repelentes caseros: lo que funciona y lo que no
Las hormigas se orientan siguiendo rastros de feromonas. Cualquier sustancia de olor fuerte los borra y las desorienta temporalmente. Eso explica por qué tantos remedios caseros "parecen" funcionar durante un día y luego dejan de hacerlo.
Sí ayudan, con reservas:
Canela en polvo, clavo molido, posos de café secos, hojas de laurel troceadas. Espolvoreados sobre la superficie del sustrato y alrededor del tronco, borran los rastros y desaniman el paso. Hay que renovarlos con frecuencia, sobre todo tras regar o llover.
Vinagre diluido (una parte de vinagre por tres de agua) pulverizado sobre el recorrido, no sobre las hojas. Elimina la traza química. También la corta el agua con jabón sobre el suelo.
Aceites esenciales de menta, lavanda, eucalipto o árbol del té, unas gotas en agua con un poco de jabón, pulverizados en el suelo y en los bordes de la maceta.
Cítricos. Cáscaras de limón o naranja machacadas alrededor de la planta. Efecto real pero corto.
Tierra de diatomeas. Esta es distinta de las anteriores: no es repelente, es abrasiva. Sus partículas microscópicas rayan la cutícula del insecto y lo deshidratan. Aplicada en seco alrededor del tronco o en la superficie del sustrato es eficaz. Dos advertencias: pierde todo su efecto en cuanto se moja, así que hay que reponerla tras cada riego o lluvia, y no distingue entre hormigas y fauna útil, por lo que conviene usarla en franjas concretas y no esparcida por todo el jardín.
Lo que no funciona o es contraproducente:
La sal. Se repite mucho y es mala idea. Sí puede matar hormigas, pero saliniza el suelo, y la salinidad es prácticamente irreversible en una maceta y muy perjudicial en un arriate. No la uses cerca de plantas.
El agua hirviendo sobre el hormiguero en un macizo. Mata las hormigas del primer palmo, no llega a la reina —que puede estar a medio metro o más— y cuece las raíces de todo lo que haya alrededor.
Insecticidas de contacto sobre el reguero. Matan las obreras que ves, que son una fracción mínima de la colonia. La reina sigue produciendo y en pocos días vuelve el reguero. Además arrasan con la fauna auxiliar del jardín.
Cuando hay nido en la maceta
Aquí sí hay que actuar sobre la colonia, y el método más eficaz es la inmersión. Sumerge la maceta entera en un barreño con agua, de modo que el agua cubra la superficie del sustrato, y déjala entre 20 y 30 minutos. Las hormigas suben y salen, y las que quedan mueren ahogadas. Después saca la maceta y deja escurrir bien. Puedes añadir al agua unas gotas de jabón potásico para romper la tensión superficial y mejorar el resultado.
Si la colonia es grande o vuelve, la solución definitiva es el trasplante con cambio completo de sustrato. Saca el cepellón, retira toda la tierra vieja con cuidado, lava las raíces con agua templada, revisa que no queden cámaras con huevos y replanta en sustrato nuevo. Es más trabajo, pero cierra el problema.
Cebos: la solución cuando hace falta acabar con la colonia
Si la colonia es grande, está en el jardín y ninguna barrera basta, el único enfoque que funciona de verdad es el cebo, porque es el único que alcanza a la reina. La lógica es la contraria a la intuitiva: no interesa que el cebo mate rápido. Interesa que la obrera tenga tiempo de volver al nido y repartir el alimento por trofalaxia entre sus compañeras y la reina.
Los cebos comerciales en gel o en cajita, a base de ácido bórico o de sustancias de acción lenta, están diseñados exactamente para eso. Colócalos junto al reguero, no encima, y no pulverices insecticida en la zona: si matas a las obreras, el cebo no llega a su destino. Ten paciencia: el efecto tarda entre una y tres semanas, y durante los primeros días verás más hormigas, no menos, porque están reclutando.
Una precaución: usa cebos en formato cerrado o colócalos fuera del alcance de niños y mascotas, y nunca directamente sobre la parte comestible de un cultivo.
Y una defensa de las hormigas
Antes de emprender una campaña de exterminio conviene saber qué hacen en el jardín cuando no están pastoreando pulgones. Airean el suelo con sus galerías, depredan huevos y larvas de otras plagas, retiran restos orgánicos y son polinizadores secundarios de algunas plantas. Un jardín sin hormigas no es un jardín mejor.
El objetivo razonable no es eliminarlas del terreno, sino que dejen de subir a tus plantas. Y eso se consigue casi siempre quitándoles el motivo: la melaza.
En resumen
Si hay hormigas en tus plantas, busca pulgones o cochinillas antes que insecticida. Trátalos con jabón potásico al atardecer, insistiendo en el envés, y las hormigas desaparecerán solas al quedarse sin su fuente de azúcar. Mientras tanto, corta el acceso con bandas pegajosas en el tronco o vaselina en el borde de la maceta, y elimina los puentes de ramas y mangueras. Los repelentes de olor —canela, café, vinagre, aceites esenciales— sirven de apoyo pero hay que renovarlos; la sal y el agua hirviendo no, porque dañan la planta y el suelo. Si el nido está dentro de la maceta, sumérgela media hora en agua o cambia el sustrato. Y deja los cebos con acción lenta para el único caso en que hay que llegar hasta la reina.