Antes de comprar nada para matar hormigas, conviene aclarar una cosa: las hormigas casi nunca son el problema. Son el síntoma. Cuando una fila de hormigas sube por el tronco de un limonero o recorre los tallos de un rosal, lo que están haciendo no es comerse la planta, sino ordeñar a los pulgones, cochinillas o moscas blancas que sí se la están comiendo. Elimina las hormigas y en dos semanas vuelven; elimina el pulgón y las hormigas se van solas porque ya no tienen nada que ir a buscar.

Entender esta relación cambia por completo la estrategia. Este artículo explica primero por qué están ahí, después cómo cortarles el acceso, y por último qué hacer con la plaga real que las ha atraído.

La relación entre hormigas y pulgones

Los pulgones (Aphis, Myzus, Macrosiphum y otros géneros) se alimentan del floema, que es una savia riquísima en azúcares y muy pobre en proteínas. Para conseguir los aminoácidos que necesitan tienen que ingerir volúmenes enormes de líquido, y el excedente de azúcar lo excretan por el ano en forma de un líquido pegajoso que llamamos melaza o melazo.

Esa melaza es alimento de primera para las hormigas. Y no se limitan a recogerla: la relación es una trofobiosis, un mutualismo en toda regla. Las hormigas acarician a los pulgones con las antenas para estimular la excreción, los defienden de mariquitas, crisopas y avispas parasitoides, los transportan de una hoja a otra e incluso de una planta a otra, y en algunas especies llegan a guardar huevos de pulgón en el hormiguero durante el invierno para reinstalar la colonia en primavera.

Las consecuencias para la planta son tres. La primera, el daño directo del pulgón: hojas deformadas, brotes abortados, debilitamiento general. La segunda, la transmisión de virus, porque el pulgón es el principal vector de virosis vegetales y las hormigas lo reparten por todo el jardín. Y la tercera, la negrilla o fumagina (Capnodium y hongos afines), ese polvo negro que se instala sobre la melaza y que, sin ser parásito, cubre la hoja y le impide fotosintetizar.

En el jardín español las especies implicadas suelen ser Lasius grandis y Lasius niger —las hormigas negras corrientes que hacen los hormigueros de tierra fina—, Tapinoma nigerrimum, muy agresiva y abundante en el Levante y el sur, y en zonas costeras la hormiga argentina, Linepithema humile, una invasora que forma supercolonias sin fronteras entre nidos y que es, con diferencia, la más difícil de controlar.

Hormigas atendiendo a una colonia de pulgones en un tallo

Cuándo hay que intervenir y cuándo no

Hormigas recorriendo el suelo del jardín, entrando y saliendo de un hormiguero en el césped o transitando por un muro no requieren ninguna acción. Son depredadoras de larvas de muchas plagas, airean el suelo con sus galerías, dispersan semillas y forman parte de la fauna útil. Un jardín sin hormigas sería un jardín peor.

Merece la pena intervenir en tres situaciones concretas:

Hormigas subiendo por tallos y ramas. Ahí hay una colonia de pulgón o cochinilla protegida arriba. Es la señal más fiable.

Hormiguero dentro del cepellón de una maceta. Es más grave de lo que parece. Las galerías crean bolsas de aire alrededor de las raíces, el agua de riego atraviesa el tiesto sin mojar el sustrato y la planta se seca aunque riegues a diario. Suele pasar en macetas de exterior que llevan mucho tiempo sin trasplantar y con el sustrato seco.

Hormigueros al pie de plantas jóvenes o en semilleros. Algunas especies recolectan semillas y descalzan las raíces de plántulas recién trasplantadas.

Barreras: cortarles el camino

Impedir físicamente que suban al árbol es la medida más eficaz y la menos dañina para el resto de fauna. Si las hormigas no llegan al pulgón, dejan de protegerlo y las mariquitas y crisopas hacen el trabajo en pocos días.

Bandas de cola entomológica. Se aplica una banda de plástico o de papel de embalar alrededor del tronco, a unos 30-40 cm del suelo, y sobre ella una capa de pegamento específico para árboles (los llamados «cola de oruga» o pegamento entomológico). Nunca se pone el pegamento directamente sobre la corteza, porque cala, no se puede retirar y provoca lesiones. La banda hay que revisarla cada dos o tres semanas: cuando se llena de polvo e insectos, deja de pegar. Y en verano hay que vigilar que no se derrita y escurra.

Bandas de fieltro engrasado o de doble cara. Alternativa más limpia para arbustos y frutales jóvenes, aunque dura menos.

Podar los puentes. Una barrera en el tronco no sirve de nada si una rama toca la pared, la valla, el suelo o el árbol de al lado. Las hormigas encuentran esos atajos en cuestión de horas. Revisa toda la copa antes de dar por buena la banda.

Fosos de agua en macetas. Colocar la maceta sobre un platillo grande con agua, con la base apoyada en unas piedras que la mantengan fuera del líquido, corta el paso por completo. Cambia el agua a menudo para no criar larvas de mosquito, o añade una gota de jabón que rompa la tensión superficial.

Tiza, ceniza, canela y compañía. Estas barreras «naturales» de las que tanto se habla funcionan mal en la práctica. En interior, en un alféizar seco, una línea de tiza o de canela puede desviar a las hormigas durante unos días. En el jardín, con el primer riego o el primer rocío desaparecen. No son una solución, son un parche.

Qué hacer en la planta: eliminar la melaza y el pulgón

La medida que más resuelve, y la más barata, es el chorro de agua a presión. Una manguera con boquilla dirigida a los brotes tiernos y al envés de las hojas arrastra pulgones y hormigas por igual. Repetido dos o tres días seguidos por la mañana, reduce una infestación incipiente de forma drástica. Los pulgones desprendidos rara vez consiguen volver a subir.

Jabón potásico. Es el tratamiento de referencia. Se aplica a razón de 10-20 ml por litro de agua (un 1-2 %), pulverizando a fondo el envés de las hojas y los brotes, que es donde se esconde el pulgón. Actúa por contacto disolviendo la cutícula cerosa del insecto, así que lo que no se moja no se trata; no tiene efecto residual. Se repite cada 5-7 días hasta controlar la colonia. Ventajas añadidas: arrastra la melaza, con lo que se lleva por delante el atractivo para las hormigas y frena la negrilla.

Dos precauciones con el jabón. Aplícalo a última hora de la tarde o muy temprano, nunca a pleno sol ni con la planta en estrés hídrico, porque quema las hojas. Y usa jabón potásico de verdad, no detergente ni lavavajillas: los detergentes domésticos llevan tensioactivos, perfumes y sales sódicas que dañan el follaje y salinizan el sustrato.

Aceite de neem. Complementa bien al jabón potásico, a 3-5 ml por litro con unas gotas del propio jabón como emulsionante. Actúa como repelente y regulador del crecimiento del insecto, con efecto más lento pero más prolongado. No lo apliques con temperaturas por encima de 30 °C.

Aceite de parafina o aceite mineral de verano. Es lo indicado cuando lo que hay son cochinillas, que el jabón solo no atraviesa. Actúa por asfixia. En cítricos es un clásico, aplicado fuera de las horas centrales y respetando las dosis de la etiqueta.

Y la fauna auxiliar. Mariquitas (Coccinella septempunctata, Adalia bipunctata), larvas de crisopa, sírfidos y avispas parasitoides del género Aphidius devoran pulgón a un ritmo que ningún pulverizador iguala. Cortar el acceso de las hormigas es precisamente lo que les permite trabajar. Y evitar los insecticidas de amplio espectro, que matan más depredadores que plagas y garantizan un rebrote peor a las tres semanas.

Colonia de pulgones sobre un brote de rosal

Repelentes y remedios caseros: lo que funciona y lo que no

Las hormigas se orientan por rastros de feromonas. Cualquier sustancia de olor fuerte enmascara esos rastros y las desvía temporalmente, y de ahí viene la fama de la lista habitual de remedios. Conviene saber qué se puede esperar de cada uno.

Limón, vinagre y cítricos. El ácido cítrico y el vinagre borran el rastro de feromonas y son útiles para limpiar la línea de paso en superficies duras: alféizares, bordes de maceta, patas de mesa. Pulverizar zumo de limón diluido sobre las hojas, en cambio, no aporta gran cosa y con sol puede provocar fitotoxicidad. Úsalo sobre las superficies, no sobre la planta.

Plantas repelentes. Lavanda (Lavandula angustifolia), menta, romero, tanaceto o ajenjo tienen cierto efecto disuasorio en su entorno inmediato. No van a limpiar el jardín, pero como plantación acompañante en el huerto no estorban.

Posos de café, cáscara de huevo, pimienta. Efecto anecdótico y de muy corta duración. Si a alguien le funcionan, casi siempre es porque de paso ha eliminado la fuente de melaza.

Agua hirviendo en el hormiguero. Mata a las obreras que estén en las galerías superiores, pero no llega a la cámara real, que puede estar a un metro de profundidad. La colonia se recompone. Además esteriliza el suelo y, si el hormiguero está junto a una planta, le abrasa las raíces.

Bicarbonato con azúcar. Circula mucho como cebo casero letal. No hay evidencia sólida de que funcione y, en cualquier caso, la lógica del cebo es otra: interesa un producto de acción lenta que la obrera lleve al nido, no algo que la mate al instante.

Cebos: la única vía cuando hay que acabar con la colonia

Cuando la presión es muy alta —típicamente con hormiga argentina en la costa mediterránea, o con un nido establecido en un lugar imposible— las barreras no bastan y hay que recurrir a cebos. La lógica es la contraria a la de un insecticida de choque: el producto tiene que ser lento. La obrera debe tener tiempo de volver al nido y repartirlo por trofalaxia entre las larvas y la reina. Un cebo que mata a la obrera en el sitio no elimina la colonia; solo hace de puerta giratoria.

Los cebos comerciales para hormigas suelen llevar materias activas de acción retardada en concentraciones muy bajas. Se presentan en portacebos cerrados, que es la forma en que deben usarse: nunca esparcidos sueltos por el jardín, tanto por seguridad para mascotas, niños y fauna como porque el cebo expuesto se degrada con el sol y la lluvia.

Cuatro reglas prácticas para que un cebo funcione:

Colócalo sobre el rastro, no donde a ti te molesta. Sigue la fila hasta encontrar la ruta principal y pon el portacebos justo al lado.

Elige el tipo correcto. Las hormigas cambian de preferencia según la estación y la necesidad de la colonia: en primavera, cuando crían, buscan proteína y grasa; en verano y otoño, azúcar. Un cebo azucarado en abril puede quedar intacto.

No mates las obreras que van y vienen. Cuesta contenerse, pero esas obreras son las que llevan el producto al nido. Rociarlas con insecticida arruina el cebo.

Da tiempo. Entre dos y cuatro semanas para ver el colapso de la colonia. Y comprueba siempre en la etiqueta que el producto está autorizado para uso doméstico y jardín en España, respetando dosis y plazos de seguridad si hay frutales u hortalizas cerca.

Prevención a medio plazo

Reducir la presión de hormigas de un año para otro pasa por hacer el jardín menos hospitalario para el pulgón:

Modera el nitrógeno. Un abonado nitrogenado excesivo produce brotes tiernos, jugosos y con savia rica, que es exactamente lo que busca el pulgón. Los rosales sobrealimentados y los setos recién cortados y abonados son imanes de plaga.

Vigila desde marzo. Las primeras colonias de pulgón aparecen en los brotes nuevos con el arranque de la primavera. Una colonia detectada al principio se soluciona pellizcando el brote con los dedos; la misma colonia en mayo son cientos de individuos alados repartidos por todo el jardín.

Riega y trasplanta las macetas. Un cepellón que se mantiene húmedo no atrae hormigueros. Renovar el sustrato cada dos o tres años en las macetas de exterior evita que se instalen.

Recoge la fruta caída y no dejes restos dulces. Higos, ciruelas o uvas en el suelo son una despensa que multiplica las colonias cercanas.

Deja sitio a los depredadores. Plantas melíferas de flor pequeña —hinojo, eneldo, cilantro, milenrama, alyssum— atraen sírfidos y avispas parasitoides que se ocupan del pulgón sin que tengas que hacer nada.

En resumen

Las hormigas que suben por una planta son un indicador, no la plaga. Están ahí porque hay pulgones o cochinillas produciendo melaza, y ellas los protegen a cambio. Perseguir a las hormigas sin tocar esa causa es trabajo perdido.

El orden de actuación que funciona es: primero, comprobar el envés de hojas y brotes para localizar la plaga real; segundo, colocar una barrera física en el tronco y podar los puentes que la dejen sin efecto; tercero, tratar la planta con chorro de agua y jabón potásico al 1-2 % cada cinco o siete días, siempre a última hora del día y mojando bien el envés; y cuarto, si la colonia es muy grande o se trata de hormiga argentina, recurrir a cebos lentos en portacebos cerrados colocados sobre el rastro.

Y una última idea que conviene interiorizar: el objetivo no es un jardín sin hormigas. Es un jardín donde las hormigas se queden en el suelo, haciendo lo que hacen bien, y no en las ramas de los rosales.


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