Una rama de ciprés que se ha puesto marrón del todo no vuelve a verdear. Conviene empezar por ahí, porque cambia por completo la forma de abordar el problema: en cipreses, tuyas, chamaecyparis y leylandii no hay yemas latentes en la madera vieja sin follaje, de modo que un hueco pardo se queda como está y solo se tapa con el crecimiento de las ramas vecinas, cosa que lleva años. Con las coníferas no se cura lo marrón: se evita.

De ahí que lo primero no sea buscar un producto, sino averiguar qué está pasando. Un seto que amarronea por sequía, otro que lo hace por asfixia radicular y otro que lo hace por pulgón presentan patrones distintos, y confundirlos lleva a regar más un árbol que se está ahogando, que es el desenlace más habitual de todos.

Leer el patrón antes de actuar

Antes de nada, hay que mirar dónde empieza el marrón y cómo se distribuye. Ese dibujo es el diagnóstico:

Agujas interiores, cerca del tronco, con las puntas verdes. Normalmente no pasa nada. Las coníferas son perennes, pero no eternas: renuevan su follaje y desechan el más viejo y sombreado. En pinos ocurre a finales de verano y en otoño, con las acículas de dos o tres años; en tuyas y cipreses, con ramillas interiores enteras que se secan y caen. Si lo verde está en la periferia y lo pardo dentro, es muda fisiológica.

Toda la planta con un tono bronceado o pardo violáceo en invierno, uniforme. Es el bronceado invernal de Thuja occidentalis, Platycladus orientalis, Cryptomeria japonica y algunos cultivares de enebro. Es una respuesta al frío, revierte sola en marzo o abril y no requiere ninguna intervención. Cada invierno hay quien arranca setos perfectamente vivos por esto.

Una rama entera, o una guía, seca y rojiza mientras el resto sigue verde. Sospecha de chancro o de un daño mecánico en la base de esa rama. Hay que buscar la lesión hacia el tronco.

Puntas de los brotes secas, de fuera hacia dentro. Apunta a hongos de ramillas, a minador o a golpe de calor y viento.

Desde abajo hacia arriba y desde el interior, con pérdida general de brillo. Es el patrón de la raíz: asfixia, podredumbre o sequía severa.

Manchas pardas dispersas por el seto, en parches irregulares. Muy típico de pulgón y de araña roja.

Un gesto útil en cualquier caso: rascar con la uña la corteza de una ramilla. Si debajo aparece verde vivo, la rama está viva aunque el follaje esté feo; si sale pardo y seco, esa parte está muerta.

Seto de ciprés con follaje verde sano y ramas pardas en su interior

Agua: ni poca ni encharcada

La sequía es la causa número uno del amarronamiento en España, y afecta sobre todo a plantaciones de los dos o tres primeros años. Un seto recién plantado tiene el cepellón del vivero como única reserva, y ese volumen se seca en un par de días de julio aunque el suelo alrededor esté fresco. El daño se ve además con retraso: la planta se seca en agosto y el pardo se hace evidente en septiembre, cuando ya nadie relaciona una cosa con la otra.

El fallo de riego más extendido no es regar poco, sino regar poco rato y muy a menudo. Un goteo de diez minutos diarios moja los primeros centímetros y mantiene un sistema radicular superficial que colapsa en cuanto llega una ola de calor. Lo que funciona es lo contrario: riegos largos y espaciados, con dos goteros por planta y del orden de 20 a 30 litros por ejemplar y semana en verano en los primeros años, repartidos en una o dos aplicaciones. Las coníferas ya establecidas, en clima mediterráneo, agradecen un par de riegos profundos en pleno verano aunque lleven una década plantadas.

Hay un detalle que arruina muchas plantaciones y casi nunca se menciona: si el cepellón llega seco del vivero, sobre todo si es de turba, se vuelve hidrófobo y repele el agua. Puedes regar el hoyo cuanto quieras, que ese bloque seguirá seco por dentro y la planta se secará rodeada de tierra húmeda. Antes de plantar, hay que sumergir el cepellón en un cubo hasta que deje de burbujear, y aflojar con los dedos las raíces enrolladas de los contenedores.

En el extremo opuesto está el encharcamiento. En suelos arcillosos, en jardines con el terreno compactado por la obra o con riego de aspersión que además moja el follaje, las raíces se asfixian y detrás llega Phytophthora cinnamomi. El cuadro es inconfundible una vez conocido: la planta pierde brillo, toma un verde grisáceo, amarillea y se vuelve parda desde la base sin ninguna lesión visible en las ramas; al descalzar el cuello se ve la corteza teñida de un pardo rojizo y las raíces finas negras y quebradizas. No tiene curación, y regar más porque "se está secando" acelera el final. Chamaecyparis lawsoniana es extremadamente sensible a este hongo, hasta el punto de que no merece la pena plantarlo en suelo pesado; Cupressus sempervirens y Cupressus arizonica resisten mucho mejor.

Ligado a esto: plantar demasiado profundo. El cuello de la planta debe quedar al nivel del suelo, nunca enterrado. Cuando se hunde el cepellón unos centímetros "para que agarre mejor", se mantiene el cuello húmedo de forma permanente y se abre la puerta a la podredumbre.

El chancro del ciprés

Es la enfermedad más grave de las cupresáceas en España. La causa el hongo Seiridium cardinale y su síntoma característico es que ramas aisladas se vuelven rojizas y después pardas mientras el resto del árbol sigue verde. Siguiendo la rama hacia el tronco se encuentra el chancro: una zona de corteza hundida, agrietada, a menudo con un exudado de resina que se solidifica y se ve como una gota vidriosa. El hongo estrangula el paso de savia y todo lo que queda por encima muere.

Las especies más castigadas son Cupressus macrocarpa, Cupressus sempervirens y el híbrido Cupressus × leylandii, que se planta muchísimo como seto rápido y que es justamente el que más problemas da. No existe tratamiento curativo fiable, de modo que todo se juega en el manejo:

Podar con criterio. Cortar la rama afectada 20 o 30 centímetros por debajo del chancro, en madera sana, y retirar los restos del jardín. Si el chancro está en el tronco principal, el ejemplar está perdido y lo sensato es eliminarlo para no infectar a los vecinos.

Desinfectar la herramienta entre corte y corte con alcohol de 70° o lejía diluida al 10 %. Las tijeras de setos son un vector de contagio de primer orden: un seto de 30 metros se puede infectar entero en una tarde de poda.

Podar en seco. Las esporas se dispersan con el agua, así que las labores conviene hacerlas en periodos secos y no justo antes de un frente de lluvia ni con el follaje mojado.

Evitar heridas. Golpes de desbrozadora en la base, rozaduras y podas severas en pleno calor son las puertas de entrada. Si vas a plantar cipreses italianos, busca clones seleccionados por su tolerancia al chancro, como los procedentes de los programas italianos de mejora; su comportamiento es muy superior al del material de semilla sin seleccionar.

En tuyas y enebros hay otros hongos que secan las puntas de los brotes, sobre todo Kabatina thujae y Pestalotiopsis, que suelen actuar tras un daño previo por frío o sequía. Se reconocen porque el brote muere desde la punta hasta un límite neto, donde a veces se aprecian puntitos negros. La respuesta es la misma: podar por debajo, retirar restos y corregir la causa de fondo.

Plagas que dejan el seto pardo

Pulgón del ciprés (Cinara cupressi). Provoca los parches marrones más típicos de los setos de leylandii y de arizónica. Es un pulgón grande, gris parduzco, que se agrupa en las ramillas de dos o tres años y pasa desapercibido porque tiene el color de la propia madera. Actúa en primavera, y el daño aparece semanas después: una mancha parda de medio metro que ya no se recupera. Señales indirectas: hormigas subiendo por el tronco y melaza pegajosa con negrilla sobre el follaje inferior. Conviene inspeccionar el seto en abril y mayo separando ramas con la mano; si hay colonias, jabón potásico o aceite de parafina bien mojado, repitiendo a los diez días.

Araña roja de las coníferas (Oligonychus ununguis). Ataca en primavera y otoño, y en veranos secos también. Broncea el follaje interior y deja finas telarañas entre las ramillas. La prueba de campo es sencilla: colocar un folio blanco bajo una rama y golpearla; si el papel se llena de puntos que se mueven, ahí está. Ayuda mucho mojar el follaje con agua a presión en las horas frescas, porque el ácaro prospera en ambiente seco y polvoriento; los setos junto a caminos de tierra son los primeros en caer.

Minador de las cupresáceas (Argyresthia spp.). Pequeñas orugas que vacían por dentro las puntas de las ramillas de tuyas y cipreses, dejando extremos pardos de dos o tres centímetros que se desprenden al tirar de ellos y muestran la galería. El daño es estético y raramente grave; se controla podando ligeramente el seto a comienzos de verano y retirando los restos.

Errores de manejo que se pagan caros

Podar dentro de la madera vieja. Volviendo al principio del artículo: cipreses, tuyas, chamaecyparis, leylandii y la mayor parte de los enebros no rebrotan sobre madera sin follaje verde. Si un seto se ha ensanchado demasiado y se corta hasta el interior pardo, ese lado se queda marrón para siempre. La forma de evitarlo es recortar dos veces al año, en junio y a comienzos de septiembre, sin dejar nunca que el seto pase del ancho deseado, y darle sección trapezoidal, más ancha abajo que arriba, para que la base reciba luz y no se despueble.

La excepción es el tejo (Taxus baccata), y merece la pena tenerla presente al elegir. El tejo sí rebrota de madera vieja e incluso del tocón, tolera la sombra y se puede rejuvenecer por completo. Crece despacio, pero es el seto formal que perdona errores; su punto débil es el encharcamiento, y hay que recordar que toda la planta salvo el arilo rojo es tóxica para personas y ganado.

Follaje de tejo, la conífera que sí rebrota sobre madera vieja

Recortar con calor. Un seto recortado a mediodía en julio se quema por los cortes y aparece un tono pardo generalizado en la superficie. Mejor a primera hora, en días nublados o fuera de la ola de calor.

Orina de perro. Es una causa real y muy frecuente del marrón que aparece siempre en la misma esquina baja de un seto que da a la calle. La sal y la urea queman las raíces superficiales. Se combate con un riego abundante que lave la zona y, sobre todo, con una barrera física.

Sales y abonos mal aplicados. Un abonado de liberación rápida en verano, sin regar después, quema las raíces finas. La brisa marina cargada de sal produce un pardeado en la cara expuesta al mar; en primera línea de costa hay que elegir especies tolerantes, como Cupressus macrocarpa, y asumir la poda de la cara batida.

Herbicidas. Una aplicación de glifosato con viento junto a la base de un seto joven se traduce en brotes deformados y amarillentos que después se secan. La corteza joven y verde absorbe producto.

Viento frío y suelo helado. En el interior peninsular, con cierzo o viento norte sostenido y suelo congelado, la planta transpira y no puede reponer agua: se deseca. El resultado es un pardeado de la cara expuesta al viento que se ve a finales de invierno. Un riego a fondo antes de la primera helada fuerte, con el suelo aún trabajable, y un buen acolchado reducen mucho el problema.

Elegir bien es la mitad de la prevención

Buena parte de los setos que amarronean lo hacen porque la especie no encaja con el sitio. Cupressus × leylandii crece rapidísimo, y por eso se planta, pero exige agua y sufre en los veranos secos del interior, además de ser muy sensible al chancro; en Madrid o en el valle del Ebro es una apuesta arriesgada. Thuja occidentalis y Thuja plicata quieren humedad ambiental y se broncean con facilidad en clima continental seco. Para el interior seco y para el sur funcionan mucho mejor Cupressus sempervirens, Cupressus arizonica y los enebros, y en jardines donde el seto no tiene por qué ser conífera, un seto mixto o de arbustos de hoja perenne mediterráneos —Viburnum tinus, Pittosporum tobira, Rhamnus alaternus, Laurus nobilis— resuelve el mismo problema sin este catálogo de disgustos y sin dejar huecos irreparables.

Al plantar, dos cosas más: hacerlo en otoño, de octubre a diciembre, para que las raíces se instalen antes del primer verano, y no apretar el marco de plantación. Un metro entre plantas es suficiente para casi cualquier seto de cupresácea; a 50 centímetros las plantas compiten entre sí, se despueblan por dentro y el pardo aparece antes.

Qué hacer con lo que ya está marrón

Primero, identificar y corregir la causa; si no, cualquier reposición repetirá el problema. Después, retirar el material muerto con tijera limpia, cortando hasta madera sana, sin invadir el verde de las ramas vecinas. Si el hueco es grande, existen dos salidas realistas: sustituir el ejemplar por otro nuevo, sabiendo que tardará en igualar al resto y que necesitará riego propio durante un par de veranos, o guiar y atar ramas próximas para que rellenen el espacio, que da un resultado más rápido cuando el hueco no supera el medio metro. Insistir con abonos y bioestimulantes sobre follaje pardo no aporta nada: ese tejido está muerto y no va a reverdecer.

En resumen

El amarronamiento de las coníferas casi nunca es una enfermedad misteriosa. Es sequía en los primeros años, asfixia radicular en suelos pesados, chancro entrando por heridas de poda, pulgón que pasó desapercibido en mayo, o una tijera que cortó más allá del verde. El diagnóstico se hace mirando dónde empieza el pardo y cómo se distribuye, no comprando fungicida. Y como estas plantas no rebrotan de madera vieja —el tejo aparte—, todo el esfuerzo tiene que ir a la prevención: especie adecuada al clima, plantación otoñal a la profundidad justa, riegos largos y espaciados, herramienta desinfectada y recortes ligeros dos veces al año.


Contenidos relacionados