Ninguna de las recetas que vienen a continuación cura un hongo ya instalado. Conviene empezar por ahí, porque el fungicida casero se vende a menudo como un remedio de urgencia y no lo es: actúa sobre la superficie de la hoja, antes de que la espora germine, y su efecto dura hasta el siguiente riego por aspersión o la siguiente tormenta. Usado como se debe, es decir de forma preventiva y repetida, evita muchos tratamientos posteriores. Usado como último recurso sobre un tomate ya cubierto de mildiu, no sirve para nada.

La segunda idea previa es igual de importante: casero no significa inofensivo. El cobre es un metal pesado que se acumula en el suelo y el bicarbonato aplicado en exceso quema el follaje y saliniza el sustrato. Son productos con dosis, con momento de aplicación y con contraindicaciones, exactamente igual que los comerciales.

Antes de preparar nada: saber qué hongo hay

Media docena de enfermedades muy distintas se agrupan coloquialmente bajo la palabra "hongo", y cada preparado sirve para unas y no para otras.

El oídio se reconoce por un polvo blanco harinoso en el haz de la hoja, que al principio se quita con el dedo. Aparece con calor seco y noches húmedas, y afecta a calabacines, calabazas, vid, rosales, hortensias y lagerstroemias. Es el objetivo natural del bicarbonato y de la leche: son los dos remedios caseros con eficacia documentada.

El mildiu (Plasmopara viticola en vid, Phytophthora infestans en tomate y patata) da manchas aceitosas amarillentas en el haz y un fieltro grisáceo en el envés. Necesita agua líquida sobre la hoja y temperaturas suaves: es la enfermedad de las primaveras lluviosas. Aquí solo el cobre tiene algo que decir, y únicamente antes de la infección.

La roya forma pústulas anaranjadas o marrones en el envés; la botritis, un moho gris ceniciento sobre tejidos blandos; la antracnosis, manchas hundidas de borde oscuro en fruto y hoja.

Y hay un grupo entero para el que no existe fungicida casero alguno: los hongos de suelo, Fusarium, Verticillium, Phytophthora de raíz. Cuando una planta se marchita de golpe con el sustrato húmedo, el problema está bajo tierra y no se resuelve pulverizando hojas.

Hoja afectada por mildiu

Leche diluida, contra el oídio

Es el preparado más sencillo y uno de los pocos que ha pasado por ensayos serios: en cultivos de calabacín se comprobó que pulverizaciones semanales de leche diluida controlaban el oídio de forma comparable a algunos fungicidas de síntesis.

Preparación: una parte de leche desnatada por nueve de agua, es decir aproximadamente 100 ml de leche por litro. Se prepara en el momento y se pulveriza sobre el haz y el envés.

El detalle que se pasa por alto una y otra vez es el horario. Este remedio necesita sol: las proteínas de la leche, expuestas a la radiación, generan compuestos oxidantes que dañan el micelio del hongo. Aplicada al anochecer pierde buena parte de su efecto. Lo suyo es pulverizar a media mañana, con cielo despejado, y repetir cada 7-10 días mientras dure el riesgo.

Dos advertencias. Subir la concentración no mejora el resultado: por encima del 30 % de leche empieza a crecer sobre la hoja un moho saprófito inofensivo pero antiestético, y aparece mal olor. Y la leche desnatada funciona igual que la entera, con menos residuo graso.

Leche para preparar fungicida casero

Bicarbonato con jabón potásico

El bicarbonato no mata el hongo por toxicidad, sino por pH: alcaliniza la superficie foliar y provoca el colapso osmótico de las hifas y los conidios del oídio. Necesita un mojante para que la gota no resbale, y ahí entra el jabón.

Preparación: 5 gramos de bicarbonato por litro de agua (una cucharadita rasa) más 2-3 ml de jabón potásico. Se disuelve bien, se pulveriza cubriendo las dos caras de la hoja y se repite cada 7-10 días.

El jabón tiene que ser jabón potásico, o en su defecto jabón neutro rallado. El lavavajillas de cocina lleva desengrasantes y perfumes que atacan la cera cuticular y provocan quemaduras, sobre todo en hojas jóvenes.

Merece la pena conocer una mejora: el bicarbonato potásico funciona mejor que el sódico y no tiene su principal inconveniente. El sodio se acumula en el suelo con las aplicaciones repetidas, endurece la estructura del sustrato y a la larga resulta fitotóxico; el potasio, en cambio, es un nutriente. El bicarbonato potásico está autorizado como sustancia activa en agricultura ecológica y se vende barato, a la misma dosis de 5 g/l.

En cualquiera de las dos versiones, nunca pulverizar por encima de 28 °C ni con sol de mediodía en pleno verano: la combinación de sal y calor quema. Mejor a primera hora o al atardecer, y probando antes en dos o tres hojas de la planta si la especie es delicada.

Caldo bordelés: cal y sulfato de cobre

Es el fungicida preventivo clásico de la huerta y del frutal, y el único de esta lista con acción real frente a mildiu, antracnosis, cribado o abolladura del melocotonero. También es el más delicado de preparar y el que más precauciones exige.

Primer punto, porque circula mal explicado: la cal del caldo bordelés no es piedra caliza molida. El carbonato cálcico en polvo no neutraliza correctamente la acidez del sulfato de cobre. Hace falta cal apagada, es decir hidróxido de calcio, la misma que se usa para encalar troncos. Con caliza molida se obtiene una mezcla ácida que quema el follaje.

Preparación para 10 litros: 100 g de sulfato de cobre y 100 g de cal apagada.

El orden importa. Se disuelve el sulfato de cobre en unos 5 litros de agua templada, en un recipiente de plástico, nunca metálico. Aparte, se deslíe la cal en otros 5 litros hasta obtener una lechada blanca. Después se vierte el cobre sobre la cal, despacio y removiendo sin parar. Al revés se corta y precipita.

La comprobación tradicional sigue siendo válida: se sumerge una hoja de cuchillo limpia o un clavo de acero durante un minuto. Si sale con una película cobriza, falta cal y hay que añadir más lechada hasta que el metal salga limpio. El caldo se usa el mismo día; guardado pierde adherencia y se apelmaza.

Sobre el cobre conviene ser franco. Se acumula en el suelo, donde no se degrada, y a partir de cierta concentración perjudica a las lombrices y a la microbiota. La normativa europea limita su uso agrícola a una media de 4 kg de cobre metal por hectárea y año, y esa cifra existe por algo. En un jardín particular la traducción práctica es sencilla: tratamientos puntuales y en los momentos clave, no una pulverización de mantenimiento cada quince días durante toda la temporada.

Otras precauciones: no aplicar en floración, ni con más de 25-30 °C, ni sobre hojas jóvenes de melocotonero, cucurbitáceas o judías, que son especialmente sensibles. En frutal de hueso los momentos de aplicación son la caída de la hoja en otoño y la hinchazón de yemas a finales de invierno, antes de que abran. Y respetar siempre el plazo de seguridad antes de recolectar.

Canela para semilleros y esquejes

La canela contiene cinamaldehído, un compuesto con actividad antifúngica comprobada, y tiene un uso muy concreto en el que resulta realmente útil: el damping-off o mal de los almácigos, esa caída súbita de las plántulas recién nacidas que provocan Pythium y Rhizoctonia y que puede vaciar una bandeja de semillero en dos días.

Se puede usar de dos formas. En seco, espolvoreando canela molida sobre la superficie del sustrato del semillero después de sembrar. O en infusión: una cucharada sopera de canela molida por litro de agua caliente, se deja reposar tapada unas horas, se cuela con un paño fino y se aplica ya fría, regando la superficie del semillero o pulverizando.

El segundo uso es en esquejes: mojar la base del corte en canela molida antes de plantar reduce la podredumbre del extremo. Y sirve igualmente para espolvorear heridas de poda en suculentas y cactus, o cortes grandes en plantas de hoja.

No esperar de ella acción sobre hojas ya infectadas de oídio o mildiu. Su terreno es la prevención en sustrato y en heridas.

Cómo y cuándo aplicar

Las reglas de aplicación pesan tanto como la receta:

Mojar el envés. Ahí es donde germinan las esporas de mildiu y roya y donde se instala el micelio. Una pulverización que solo cubre el haz deja fuera la mitad del problema.

Repetir. Ninguno de estos preparados es sistémico ni penetra en el tejido. Se lavan con la lluvia y se degradan con el sol. La cadencia razonable es cada 7-10 días mientras haya riesgo, y siempre volver a tratar después de una lluvia importante.

Preparar en el momento. Estas mezclas no se conservan. La leche fermenta, el caldo bordelés precipita y la infusión de canela cría bacterias.

Elegir la hora. Primera hora de la mañana o atardecer para el bicarbonato y el cobre; sol directo para la leche. Nunca con viento, ni sobre flores abiertas visitadas por abejas.

Probar primero. Un par de hojas, esperar 48 horas y comprobar que no aparecen quemaduras antes de tratar la planta entera. Los helechos, las plantas de hoja fina y las suculentas reaccionan mal a los jabones.

No mezclar cobre y azufre en la misma aplicación ni con pocos días de diferencia, sobre todo con calor: la combinación es fitotóxica.

Lo que ahorra tratamientos

Un jardín con problemas fúngicos recurrentes rara vez se arregla con el fungicida, sea casero o comprado. Se arregla con el manejo, que es aburrido pero decisivo:

Regar al pie y por la mañana, nunca por aspersión al anochecer; la hoja mojada durante la noche es la condición que necesitan mildiu y botritis. Espaciar las plantas y aclarar el interior de setos, rosales y frutales para que corra el aire. Retirar y tirar a la basura (no al compost) las hojas y frutos afectados en cuanto aparecen. Rotar los cultivos de la huerta y no repetir solanáceas ni cucurbitáceas en el mismo bancal. Evitar el exceso de nitrógeno, que produce tejidos blandos y acuosos que el oídio coloniza sin esfuerzo. Y elegir variedades resistentes cuando existan, que en tomate y en vid las hay y marcan la diferencia.

Existe además una vía intermedia entre lo casero y lo químico que muchos jardineros ignoran: las sustancias básicas autorizadas en la Unión Europea, entre ellas la cola de caballo (Equisetum arvense), las lecitinas, el vinagre, la sacarosa o el propio hidróxido de calcio. Son productos de bajo riesgo, legales y con dosis establecidas. La decocción de cola de caballo, aplicada como preventivo diluida al 20 %, es la más usada en huerta ecológica.

En resumen

Para el oídio, leche al 10 % pulverizada con sol o bicarbonato a 5 g/l con jabón potásico, mejor si es bicarbonato potásico. Para mildiu, antracnosis y enfermedades de frutal, caldo bordelés preparado con cal apagada, no con caliza molida, vertiendo el cobre sobre la cal y usándolo el mismo día. Para semilleros y esquejes, canela. Todos son preventivos, todos se lavan con la lluvia y todos hay que repetirlos cada 7-10 días. Y ninguno compensa un riego por aspersión al anochecer o unas plantas amontonadas sin ventilación: ese sigue siendo el mejor fungicida disponible y además es gratis.


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