Sales al huerto por la mañana y las hojas de las judías amanecen con mordeduras irregulares en los bordes, algunas reducidas al nervio central. No hay babosillas plateadas, ni excrementos oscuros, ni orugas escondidas bajo las hojas. Y en cuanto das dos pasos, algo salta desde el bancal y desaparece entre la hierba. Ese es el retrato del daño por saltamontes.

Antes de empezar con remedios conviene poner las cosas en su sitio: contra un insecto que vuela, que llega de fuera y que come de casi todo, los repelentes reducen el daño pero no lo cancelan. La estrategia que funciona combina identificación correcta, actuación en el momento del ciclo en que son vulnerables, barreras físicas donde importa y repelentes como refuerzo.

Saltamontes posado sobre la vegetación del jardín

Con qué estamos tratando exactamente

Los saltamontes son ortópteros. Dentro del orden hay dos grupos que conviene distinguir porque no se comportan igual:

Caelifera, los saltamontes propiamente dichos, de antenas cortas, más cortas que el cuerpo. Son fitófagos estrictos y los responsables del daño en el huerto. En España aparecen con frecuencia el saltamontes egipcio (Anacridium aegyptium), grande, grisáceo y con el ojo rayado, muy habitual en jardines mediterráneos; la langosta italiana (Calliptamus italicus), y en zonas cerealistas la langosta marroquí (Dociostaurus maroccanus), la única que en España ha protagonizado plagas serias de verdad.

Ensifera, de antenas larguísimas, más largas que el cuerpo, y con el ovopositor de la hembra en forma de sable. Aquí entran los grillos y las esperanzas o saltamontes verdes (Tettigonia viridissima, Phaneroptera). Muchas de estas especies son omnívoras o directamente depredadoras: la Tettigonia caza pulgones, orugas y otros insectos. Matar una esperanza porque parece un saltamontes es eliminar un aliado. Antes de actuar, mírale las antenas.

Un tercer error frecuente es confundir el daño. Los saltamontes mastican desde el borde de la hoja hacia dentro, dejando muescas amplias e irregulares, y en ataques fuertes consumen el limbo entero dejando el peciolo y los nervios gruesos. Comen de día, con el sol alto. Si en cambio encuentras agujeros en el interior del limbo y bolitas de excremento verde oscuro, son orugas; si hay rastro brillante y raspaduras superficiales, caracoles o babosas; si las muescas del borde son semicirculares y regulares, como recortadas con un sacabocados, es el escarabajo Otiorhynchus, que actúa de noche.

El ciclo marca cuándo hay que intervenir

Aquí está la clave de todo el control, y casi nadie la aprovecha.

La hembra pone los huevos en el suelo, a entre dos y ocho centímetros de profundidad, agrupados en una ooteca o canuto recubierto de una secreción espumosa que se endurece. Elige suelos desnudos, secos, compactados y soleados: linderos, caminos, taludes, márgenes sin vegetación, bancales abandonados. La puesta se produce sobre todo de finales de verano a otoño, y ahí pasan el invierno.

En primavera, cuando el suelo se calienta —según zona, entre finales de marzo y mayo—, eclosionan las ninfas. Pasan por cinco o seis estadios antes de llegar a adulto, y durante todo ese tiempo no tienen alas funcionales: no vuelan. Están concentradas cerca del punto de puesta, se mueven poco y son mucho más sensibles a cualquier tratamiento. A partir de junio o julio aparecen los adultos alados, que se dispersan, se reproducen y ya no hay quien los sujete.

De ahí las dos actuaciones que más rinden:

  • Labrar o remover el suelo de los márgenes en otoño e invierno. Un pase superficial rompe los canutos, los expone a las heladas, a la desecación y a los pájaros. Es la medida más eficaz y la más barata, y se hace meses antes de ver un solo saltamontes.
  • Actuar en mayo, sobre las ninfas, no en agosto sobre los adultos. Un tratamiento sobre ninfas de segundo o tercer estadio hace lo que no consigue ninguna cantidad de producto en pleno verano.

Y una consecuencia práctica: no dejes franjas de suelo desnudo y seco alrededor del huerto. Un margen cubierto con acolchado, con hierba densa o con una cubierta vegetal viva resulta mucho menos atractivo para la puesta que un lindero pelado.

Repelentes caseros y qué se puede esperar de ellos

Funcionan por dos vías: enmascarando el olor de la planta y haciendo que la hoja sepa mal. Ninguno mata al insecto, ninguno tiene efecto residual largo y todos se lavan con la primera lluvia o con el riego por aspersión, así que hay que repetirlos cada cinco o siete días y siempre después de mojar.

Cabezas de ajo para preparar un extracto repelente

Extracto de ajo. Los compuestos azufrados del ajo son fuertemente repelentes para muchos masticadores. Machaca dos cabezas enteras, déjalas macerar 24 horas en medio litro de agua, cuela y diluye ese concentrado en 4 o 5 litros. Añade media cucharadita de jabón potásico como mojante para que se adhiera a la hoja.

Guindilla o chile. La capsaicina actúa como disuasor gustativo. Hierve unos 50 gramos de guindilla seca picada en un litro de agua durante diez minutos, deja enfriar toda la noche, cuela bien y diluye en cinco litros con jabón potásico. Se puede combinar con el ajo en la misma preparación. Precaución real: usa guantes y no pulverices con viento a favor, porque irrita ojos y vías respiratorias.

Aceite de neem. Es el más sólido del grupo y, a diferencia de los anteriores, tiene respaldo agronómico claro. La azadiractina actúa como antialimentario —el insecto deja de comer— y como regulador del crecimiento, de modo que las ninfas fallan la muda y mueren. Se aplica a la dosis del envase, normalmente entre 3 y 5 ml por litro con jabón potásico como emulsionante. Al atardecer, nunca a pleno sol, porque el aceite sobre la hoja caliente quema y la azadiractina se degrada rápido con la luz ultravioleta. Es donde más rendimiento se saca si se aplica en mayo, sobre ninfas.

Tierra de diatomeas. Espolvoreada sobre el follaje y el suelo, actúa por abrasión de la cutícula y deshidratación. Solo funciona completamente seca: tras una lluvia o un riego hay que reponerla. Usa mascarilla al aplicarla, porque el polvo irrita los pulmones, y evita espolvorearla sobre flores abiertas para no dañar a los polinizadores.

Infusiones amargas. El ajenjo (Artemisia absinthium) y el tanaceto (Tanacetum vulgare) preparados en infusión al 10 % dan buenos resultados como disuasores. El ajenjo, eso sí, inhibe la germinación de semillas cercanas, así que no lo uses sobre semilleros.

Y una advertencia sobre lo que no funciona: los aparatos de ultrasonidos vendidos como repelentes de insectos no tienen ninguna eficacia demostrada contra ortópteros. Las trampas cromáticas amarillas, útiles contra mosca blanca o trips, tampoco capturan saltamontes. Y regar con jabón o con lejía diluida no repele nada, solo daña la planta.

Barreras físicas: lo único que garantiza el resultado

Si tienes una plaga instalada y quieres salvar un cultivo concreto, la malla es la respuesta. Una malla antiinsectos de 5 x 5 mm o más cerrada, o un velo de forzado ligero tipo agrotextil, sobre arcos, deja fuera a los adultos por completo. Es más barato y más fiable que cualquier pulverización repetida.

Puntos a cuidar: la malla debe quedar enterrada o sujeta con firmeza en todo el perímetro, porque las ninfas entran por cualquier holgura del borde; y el follaje no debe tocar la tela por dentro, ya que un saltamontes posado fuera come perfectamente a través de la malla la hoja que esté pegada a ella. En cultivos que necesitan polinización, como calabacines o calabazas, hay que levantar la malla durante la floración o polinizar a mano.

Un truco de bajo coste en huertos grandes es la franja de sacrificio: una banda de gramíneas altas, avena o sorgo en el borde del terreno, más apetecible que el cultivo y que concentra a los saltamontes ahí, donde se pueden tratar o segar antes de que pasen al huerto.

Enemigos naturales y control biológico

Los saltamontes están en la base de la dieta de mucha fauna, y un jardín con vida se defiende solo mucho mejor que uno esterilizado.

Los pájaros insectívoros son el principal control: abubillas, mirlos, currucas, colirrojos, alcaudones. Poner una charca somera con piedras para que se posen, cajas nido y setos con bayas multiplica su presencia. En huertos con aves de corral, las gallinas y sobre todo las pintadas son devoradoras excepcionales de ortópteros; se sueltan entre cultivos ya establecidos y por tiempo limitado, porque también escarban.

Añade lagartijas, lagartos ocelados, sapos, mantis religiosa y avispas cazadoras del género Sphex, que aprovisionan sus nidos precisamente con saltamontes paralizados. Un montón de piedras al sol, un rincón sin segar y renunciar a los insecticidas de amplio espectro hacen más por el control que cualquier producto.

En el terreno de los productos, el hongo entomopatógeno Beauveria bassiana está registrado y disponible, y es eficaz sobre ninfas cuando hay humedad ambiental suficiente; sus esporas germinan sobre la cutícula y colonizan al insecto. Se aplica al atardecer, con el follaje ligeramente húmedo, y necesita varios días para hacer efecto: no esperes ver resultados a la mañana siguiente. Contra ortópteros existen también formulados a base de Metarhizium. Conviene recordar que Bacillus thuringiensis no sirve aquí: la cepa kurstaki actúa sobre larvas de lepidópteros, no sobre saltamontes.

Recogida manual y plantas que ayudan

En un huerto familiar, la recogida a mano es sorprendentemente eficaz si se hace a primera hora de la mañana. Los saltamontes son ectotermos: con el rocío y temperaturas bajas están entumecidos y apenas saltan, y se recogen sin dificultad en un cubo con un poco de agua jabonosa. A mediodía, con 30 grados, no hay quien los coja.

En cuanto a las plantas de acompañamiento, algunas resultan poco atractivas o abiertamente desagradables para ellos y sirven como apoyo en los bordes de los bancales: cilantro, caléndula, capuchina, salvia, romero, lavanda, ajenjo, ajo y cebolla. Sé realista con lo que aportan: no forman una barrera, reducen el atractivo del conjunto y atraen fauna auxiliar. Nadie ha salvado una cosecha solo plantando caléndulas.

Sobre insecticidas de síntesis: en jardinería doméstica raramente se justifican contra saltamontes. Son insectos móviles que reinvaden desde fuera a las pocas horas, de forma que el tratamiento no protege más allá de un par de días, y de paso arrasa con abejas, mariquitas y crisopas, que sí llevaban tiempo trabajando gratis en tu huerto. Si el daño es grave, el orden correcto es malla, actuación temprana sobre ninfas y neem, en ese orden.

Cómo saber si hay saltamontes antes de que se note el daño

Señales que van por delante del destrozo:

  • El salto al caminar. Recorre el borde del huerto a media mañana. Si a cada paso saltan varios insectos desde la hierba, hay población suficiente para dar problemas.
  • Excrementos. Bolitas cilíndricas, secas, de color pardo verdoso y de uno a tres milímetros, sobre las hojas bajeras o el suelo, distintas de los excrementos húmedos y oscuros de las orugas.
  • Bordes de hoja mordidos y ningún culpable visible. El daño diurno sin insecto encontrado bajo la hoja apunta directamente a ortópteros.
  • El canto. La estridulación continua en los márgenes durante las tardes de julio indica adultos en actividad reproductora y, por tanto, puestas inminentes en el suelo cercano.
  • Suelo de los linderos. En invierno, remueve unos centímetros de tierra en un margen seco y soleado: si aparecen canutos espumosos endurecidos con huevos alargados dentro, ya sabes dónde intervenir.

En resumen

Repeler saltamontes es más una cuestión de calendario que de fórmula. Identifica primero —antenas cortas, plaga; antenas largas, probablemente un aliado—. Rompe los canutos en otoño e invierno removiendo los márgenes secos y desnudos, que es donde ponen. Interviene en mayo, cuando las ninfas no vuelan, con neem o Beauveria bassiana al atardecer.

Durante la temporada, apoya con extractos de ajo y guindilla renovados cada semana y tras cada lluvia, protege los cultivos que de verdad te importan con malla antiinsectos bien sellada al suelo y recoge a mano a primera hora de la mañana, con el insecto aún frío. Y sostén la fauna auxiliar: pájaros, lagartijas y mantis trabajan todos los días del año. Los insecticidas de amplio espectro y los repelentes de ultrasonidos son las dos opciones que menos rinden y las que más daño colateral hacen.


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