Entre las espigas maduras de un centenal aparecen de vez en cuando unos cuernos negros y curvos, más largos que el grano, que sobresalen de la gluma como si alguien hubiera clavado una astilla de carbón en la espiga. Eso es el cornezuelo, el cuerpo de resistencia del hongo Claviceps purpurea, y tras ese objeto pequeño hay una de las historias más largas y sombrías de la agricultura europea: epidemias medievales con miles de muertos, gangrenas, convulsiones, y también un puñado de medicamentos que todavía hoy se usan en hospitales.

Qué es exactamente el cornezuelo

Claviceps purpurea es un hongo ascomiceto parásito de las flores de las gramíneas. No pudre la planta ni le provoca manchas foliares: coloniza el ovario de una flor concreta y lo sustituye por completo. Donde debía formarse un grano se forma un esclerocio, una masa compacta de micelio endurecido que el hongo utiliza para sobrevivir al invierno.

Ese esclerocio es lo que el agricultor ve. Mide entre 1 y 4 centímetros (a veces más en centeno), es alargado, ligeramente curvo, de superficie negra o violácea muy oscura y de interior blanquecino o rosado si se parte. Sobresale claramente por encima de las glumas, lo que lo hace visible en el campo antes de la cosecha si se mira con atención. Su nombre popular —cornezuelo, cornezuelo del centeno— viene precisamente de esa forma de cuernecillo.

El hospedador clásico es el centeno (Secale cereale), y no por casualidad. El centeno es alógamo: sus flores se abren de par en par para recibir polen ajeno y permanecen abiertas durante bastante tiempo. Esa ventana abierta es exactamente la puerta de entrada del hongo. El trigo, la cebada y la avena, que son mayoritariamente autógamos y cuyas flores se fecundan casi sin abrirse, resultan mucho menos susceptibles, aunque no inmunes; el triticale ocupa una posición intermedia y se ha vuelto un problema real donde se cultiva. Y hay un reservorio permanente que se olvida a menudo: las gramíneas silvestres de linderos, cunetas y márgenes —Lolium, Dactylis, Bromus, Festuca, Agropyron—, que se infectan sin que nadie se fije y mantienen el inóculo cerca de las parcelas de cereal.

Esclerocios de cornezuelo en una espiga de centeno

Cómo funciona el ciclo del hongo

Entender el ciclo es lo que permite controlarlo, porque cada fase ofrece un punto débil.

Invernada. El esclerocio cae al suelo con la cosecha o va mezclado con el grano y vuelve al campo con la siembra. Necesita un periodo de frío invernal para poder germinar.

Germinación en primavera. Con la subida de temperaturas y humedad en el suelo, el esclerocio emite unos pequeños estromas con forma de alfiler, cabezuelas de color pardo-violáceo sobre un pie fino. En esas cabezuelas se forman los peritecios y dentro las ascosporas. Un detalle práctico decisivo: el esclerocio solo germina si está en superficie o muy cerca de ella. Enterrado unos centímetros, no consigue emerger y muere.

Infección. Las ascosporas se dispersan con el viento y solo pueden infectar durante la floración del cereal, cuando el estigma está receptivo. El hongo entra por el estigma, recorre el mismo camino que habría seguido un tubo polínico y destruye el ovario. La coincidencia entre la liberación de esporas y la antesis del cultivo lo explica casi todo: una primavera fría y húmeda que alarga la floración multiplica el riesgo, mientras que una floración rápida y bien polinizada lo reduce.

Fase esfacelia y melaza. Días después de la infección, el hongo produce conidios inmersos en un exudado azucarado y pegajoso, la llamada melaza o honeydew, que gotea de la espiga. Es la fase de contagio secundario: los insectos que acuden al azúcar y las salpicaduras de lluvia trasladan los conidios a otras flores, y ahí es donde una infección puntual se convierte en un problema de parcela.

Formación del esclerocio. Finalmente el micelio se compacta y endurece, oscurece y queda el cuerno negro maduro que se recolecta con la cosecha. El ciclo se cierra.

Efectos negativos: el problema no es la cosecha, es la toxina

La pérdida directa de rendimiento suele ser pequeña. Aunque en un año malo se pierda un porcentaje apreciable de granos, el daño económico del cornezuelo casi nunca viene de ahí, sino de la contaminación del lote: una partida con esclerocios por encima de los límites legales se rechaza para consumo humano y con frecuencia también para pienso, y eso se traduce en la devaluación o el desecho de toda la cosecha.

La razón está en su composición química. Los esclerocios acumulan alcaloides del cornezuelo, derivados del ácido lisérgico y del grupo de las clavinas. Los principales son la ergotamina, la ergocristina, la ergocriptina, la ergocornina, la ergosina y la ergometrina (también llamada ergonovina). Cada uno existe además en dos formas epiméricas, la activa y la denominada «-inina», que se interconvierten y que las analíticas oficiales miden por separado. La concentración total varía enormemente de un esclerocio a otro, según la cepa del hongo, el hospedador y las condiciones del año, lo que hace que el número de cuernecillos visibles sea un indicador solo aproximado del riesgo real.

Por eso la normativa europea de contaminantes en alimentos fija dos tipos de límite complementarios: uno para los esclerocios presentes en el grano sin transformar, expresado en gramos por kilo y del orden de unas pocas décimas de gramo, más estricto en centeno; y otro para los alcaloides medidos analíticamente en productos de molinería, cereales de desayuno y alimentos infantiles, expresado en microgramos por kilo y considerablemente más severo en los destinados a lactantes y niños de corta edad. Estos valores se han ido endureciendo con los años, así que conviene consultar siempre la normativa vigente en el momento antes de comercializar una partida.

Campo de cereal en el que puede desarrollarse el cornezuelo

La intoxicación: ergotismo

La intoxicación por alcaloides del cornezuelo se llama ergotismo y se presenta históricamente en dos formas, que dependen de la cepa del hongo y del perfil de alcaloides predominante.

La forma gangrenosa es la más conocida. Los alcaloides ergopeptínicos actúan sobre los receptores adrenérgicos y serotoninérgicos del músculo liso vascular y provocan una vasoconstricción intensa y prolongada. El resultado es isquemia en las extremidades: primero hormigueo y sensación de quemazón —de ahí el nombre medieval de fuego de San Antonio o ignis sacer—, después frialdad, coloración oscura y, en los casos avanzados, gangrena seca con pérdida de dedos, pies o manos.

La forma convulsiva cursa con síntomas neurológicos: espasmos musculares dolorosos, contracturas, convulsiones, alucinaciones y alteraciones psíquicas. Predominó históricamente en el centro y este de Europa, mientras que la gangrenosa fue más frecuente al oeste del Rin, una diferencia geográfica que se ha atribuido tanto a las cepas del hongo como al estado nutricional de la población.

Las grandes epidemias medievales y modernas —documentadas en Francia, Alemania, Rusia y el norte peninsular— se explican por una combinación muy concreta: dependencia del centeno como pan de la gente pobre, años húmedos, molienda sin limpieza previa del grano y hambre suficiente para no descartar la parte mala de la cosecha. La orden hospitalaria de los Antonianos se fundó en el siglo XI para atender precisamente a estos enfermos, y aún se registraron brotes en los siglos XIX y XX. Su práctica desaparición en Europa no se debió a ningún tratamiento médico, sino a tres cosas prosaicas: el desplazamiento del centeno por el trigo y por la patata en la dieta, la limpieza mecánica del grano y, más tarde, los controles reglamentarios.

Merece una nota una hipótesis muy repetida: que los procesos por brujería de Salem en 1692 se debieran a un ergotismo convulsivo. Es una propuesta seria formulada en 1976 y sigue siendo eso, una hipótesis discutida y no una explicación establecida; conviene citarla con esa cautela.

En el ganado el problema sigue plenamente vigente. El consumo continuado de piensos o pastos contaminados provoca en bovino y ovino gangrena de las extremidades, la cola y las orejas, caída de producción, agalactia en las hembras, abortos, intolerancia al calor y retraso del crecimiento. En verano, los animales afectados se agrupan a la sombra o se meten en el agua porque la vasoconstricción periférica les impide disipar calor. Un cuadro emparentado, aunque causado por un hongo endófito distinto de las festucas altas, produce síntomas parecidos y a menudo se confunde con el ergotismo clásico.

Propiedades medicinales: la otra cara

Las mismas moléculas que causaron el fuego de San Antonio son la base de una familia de medicamentos con un siglo de historia.

La ergometrina es un uterotónico potente y sigue siendo un fármaco esencial en obstetricia para el manejo de la hemorragia posparto, una de las principales causas de mortalidad materna en el mundo. Su uso empírico es muy anterior: las parteras europeas administraban cornezuelo para acelerar el parto y frenar hemorragias siglos antes de que se aislara el principio activo.

La ergotamina y la dihidroergotamina se emplearon durante décadas en el tratamiento de la crisis de migraña, por su efecto vasoconstrictor sobre la circulación craneal, aunque hoy han quedado en gran medida desplazadas por los triptanes debido a su estrecho margen de seguridad.

De la modificación química de estos alcaloides salió después una rama entera de la farmacología: la bromocriptina y la cabergolina, agonistas dopaminérgicos usados en hiperprolactinemia y en enfermedad de Parkinson, o la nicergolina, vasodilatador cerebral. Y en 1938, trabajando sobre derivados del ácido lisérgico en los laboratorios Sandoz, Albert Hofmann sintetizó la dietilamida del ácido lisérgico, el LSD, cuyos efectos descubrió por accidente cinco años después.

Todo esto exige una advertencia sin matices: el cornezuelo no admite ningún uso casero. La dosis terapéutica y la tóxica están muy próximas, la concentración de alcaloides en el esclerocio es imprevisible y el efecto es acumulativo. Cualquier preparación doméstica —infusión, tintura, harina «aprovechada»— puede provocar isquemia grave o aborto. Los medicamentos derivados se fabrican con principios activos purificados y dosificados al microgramo.

Cómo se controla en el campo

El control del cornezuelo es agronómico casi por completo; los fungicidas dan resultados pobres porque la ventana de infección es muy corta y coincide con la floración.

Semilla limpia y certificada. Es la medida número uno: sembrar grano con esclerocios equivale a reintroducir el inóculo en la parcela. La limpieza por mesa densimétrica o por separación en salmuera funciona bien porque el esclerocio es menos denso que el grano y flota.

Enterrado profundo. Una labor que sitúe los esclerocios por debajo de unos pocos centímetros impide que los estromas alcancen la superficie. Es uno de los pocos casos en que el laboreo de inversión tiene ventaja clara sobre la siembra directa, que deja el esclerocio arriba y listo para germinar.

Rotación. Dos años sin gramíneas en la parcela agotan la viabilidad de los esclerocios enterrados, que rara vez sobreviven más allá de una campaña o dos.

Manejo de los márgenes. Segar cunetas y linderos antes de que las gramíneas silvestres florezcan elimina el reservorio próximo. Segarlos después no sirve: para entonces la infección ya se ha producido.

Floración corta y buena polinización. Todo lo que acorte el periodo con estigmas expuestos reduce la infección: densidad de siembra adecuada, evitar carencias de nitrógeno o de boro que retrasen y desincronicen la floración, y sembrar en fecha. En centeno híbrido, las variedades seleccionadas por producción abundante de polen cierran la flor antes y muestran claramente menos cornezuelo; es una de las herramientas más efectivas disponibles hoy.

Limpieza poscosecha. Antes de moler o de vender, la separación óptica por color o la clasificación por densidad retiran los esclerocios del lote. En una molienda doméstica o artesanal, revisar el grano y descartar a mano los cuernecillos negros es sencillo y absolutamente necesario.

En resumen

El cornezuelo es el esclerocio de Claviceps purpurea, un hongo que sustituye el grano de las gramíneas —sobre todo el centeno, por tener la flor abierta— por una masa negra cargada de alcaloides. Infecta solo durante la floración, se propaga por la melaza pegajosa que atrae a los insectos y pasa el invierno en el suelo o mezclado con la semilla.

Su peligro no es la merma de cosecha sino la toxicidad: la ergotamina, la ergometrina y sus parientes provocan el ergotismo, en forma gangrenosa o convulsiva, y siguen siendo un problema real en ganadería. Las mismas moléculas, purificadas y dosificadas, están detrás de fármacos que salvan vidas en obstetricia y de familias enteras de medicamentos neurológicos, pero el esclerocio en bruto no tiene ningún uso doméstico admisible.

La prevención pasa por semilla certificada, enterrado profundo de los restos, rotación sin gramíneas, siega temprana de los márgenes, variedades de floración corta y limpieza del grano antes de molerlo. Ninguna de esas medidas es cara; el fallo, cuando ocurre, casi siempre está en haber vuelto a sembrar grano sucio.


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