La cebolla enferma por arriba y se pierde por abajo. Prácticamente todo lo que la ataca empieza como una mancha en una hoja, pero el daño que arruina la cosecha llega semanas después, cuando el bulbo se está formando sin follaje suficiente o cuando lo que parecía una cebolla sana se deshace en la despensa en noviembre. Por eso el diagnóstico temprano vale tanto aquí: cuando se ve el problema en el bulbo, ya no hay nada que hacer.
Estas son las enfermedades que de verdad importan en el huerto español, cómo distinguirlas entre sí —que es la parte difícil— y qué se puede hacer con cada una.
Mildiu de la cebolla (Peronospora destructor)
Es la enfermedad más destructiva del cultivo en la mitad norte peninsular y en cualquier zona con primaveras húmedas. La causa un oomiceto, no un hongo verdadero, detalle que importa porque condiciona qué productos sirven contra él.
Síntomas. Manchas alargadas y ovaladas de color verde pálido o amarillento sobre la hoja, orientadas en el sentido de la hoja. Sobre ellas, con rocío o a primera hora de la mañana, aparece un fieltro fino gris violáceo: son las esporas. Después la zona se colapsa, la hoja se dobla por el punto afectado y se seca. Una planta que pierde su follaje en junio no engorda el bulbo, y la cebolla que salga será pequeña y de mala conservación.
Condiciones. Necesita agua líquida sobre la hoja durante varias horas y temperaturas suaves, entre 10 y 20 ºC. Los rocíos densos de mayo bastan; no hace falta que llueva. Por encima de 27 ºC se frena.
Dónde sobrevive. Como oosporas en el suelo y en restos de cultivo, y como micelio dentro de bulbos infectados. Este segundo punto es el que más fallos provoca: quien planta bulbitos de procedencia desconocida o deja en tierra las cebollas que no recogió está sembrando el inóculo del año siguiente.
Qué hacer. Rotación de tres o cuatro años sin ningún Allium en la parcela; marcos amplios y líneas orientadas al viento dominante para que el follaje seque pronto; riego por goteo y nunca a última hora de la tarde; eliminar los restos, no enterrarlos. En tratamiento, los cúpricos preventivos (oxicloruro, hidróxido) dan una protección razonable si se aplican antes de que aparezcan síntomas, y en agricultura profesional se usan fungicidas específicos frente a oomicetos. Ninguno cura una hoja ya colapsada: el cobre protege tejido sano, no reconstruye el enfermo.
Alternaria o tizón púrpura (Alternaria porri)
Síntomas. Empieza como puntos blanquecinos y hundidos, con el centro deprimido, que crecen hasta formar lesiones ovaladas de varios centímetros con un característico tono púrpura o pardo rojizo, anillos concéntricos y un halo amarillento alrededor. Cuando la lesión rodea la hoja, esta se quiebra por ahí. También ataca al escapo floral, motivo por el que arruina cosechas de semilla.
Condiciones. Al revés que el mildiu, quiere calor: alrededor de 25 ºC con humedad alta. En España aparece más tarde, de finales de primavera en adelante.
Hay un matiz que conviene tener claro: Alternaria porri rara vez es la primera en llegar. Coloniza tejido que ya está dañado, sobre todo picaduras de trips y lesiones antiguas de mildiu. Otras especies del género, como Alternaria alternata, aparecen en las hojas secas como saprófitas y se confunden con la enfermedad sin serlo. Si tienes tizón púrpura recurrente, el problema de fondo casi siempre es una población de trips no controlada.
Qué hacer. Controlar el trips, evitar el exceso de nitrógeno, no mojar el follaje y mantener la rotación. Los tratamientos preventivos a base de cobre o de fungicidas de amplio espectro ayudan, pero sin resolver el trips no se sale del bucle.
Botritis: dos enfermedades con el mismo nombre
Aquí se mezclan cosas distintas y conviene separarlas, porque el manejo no es el mismo.
Mancha foliar por Botrytis squamosa. Punteado blanco o pajizo muy fino sobre la hoja verde, de uno o dos milímetros, cada punto rodeado de un halo pálido algo hundido. Con muchos puntos, la hoja acaba muriendo desde la punta. Es propia de primaveras frescas y húmedas, con temperaturas de 12 a 20 ºC. Se confunde a menudo con daño de granizo, con quemadura por herbicida o con picaduras de trips; la diferencia es el halo, que en las causas mecánicas no aparece.
Podredumbre del cuello por Botrytis aclada y B. allii. Esta es la que hace verdadero daño económico, y lo hace en el almacén. La infección entra por el cuello durante la maduración o justo tras la recolección, y no se manifiesta hasta uno o dos meses después: el cuello se reblandece, las catáfilas interiores se vuelven acuosas y de aspecto cocido, aparece un moho gris entre capas y, con el tiempo, esclerocios negros y duros en la superficie del bulbo.
Qué hacer con la del cuello. Todo se decide en la cosecha y el curado. Recoge cuando el 50-80 % de las plantas tengan el cuello doblado, con el suelo seco. No cortes las hojas en verde ni el cuello a ras: deja al menos tres o cuatro centímetros de cuello seco, porque un corte fresco es una puerta abierta. Cura las cebollas en sombra ventilada durante dos o tres semanas, hasta que las catáfilas exteriores crujan y el cuello esté completamente seco y estrangulado. Guarda después en oscuridad, con humedad relativa por debajo del 70 % y buena ventilación. Y suspende el riego dos o tres semanas antes de arrancar: seguir regando hasta el final es uno de los errores que más cebollas pudre en diciembre.
Punta blanca: cuidado con este diagnóstico
Se llama «punta blanca» al blanqueamiento y muerte del ápice de las hojas, que se vuelve translúcido o blanquecino y avanza hacia abajo. El nombre describe un síntoma, no una causa, y ahí está la trampa: bajo la misma imagen hay orígenes muy distintos.
Puede deberse a Phytophthora porri, un oomiceto de suelos fríos, pesados y encharcados, que aparece en cultivos de otoño-invierno y da manchas blanquecinas acuosas que arrancan del ápice. Pero exactamente el mismo aspecto lo producen las heladas sobre hoja mojada, la fitotoxicidad de algunos herbicidas, la salinidad del agua de riego, el exceso de fertilizante junto a la línea y ciertas carencias.
Antes de tratar nada, comprueba el patrón. Si la punta blanca aparece de golpe en todo el bancal la mañana siguiente a una helada o a una aplicación, no es un patógeno. Si se extiende poco a poco en rodales y en las zonas donde el agua se queda encharcada, sospecha del suelo: mejora el drenaje, planta en caballón y espacia los riegos. Contra el encharcamiento no hay fungicida que valga.
Abigarrado y virosis de la cebolla
Bajo el nombre de abigarrado, amarilleo o estriado se agrupan varias enfermedades víricas que dan un cuadro parecido: estrías amarillas paralelas a los nervios, mosaico, hojas arrugadas, retorcidas o aplanadas, plantas achaparradas y escapos florales deformes.
Los agentes habituales son el virus del enanismo amarillo de la cebolla (OYDV) y el virus de las estrías amarillas del puerro (LYSV), ambos transmitidos por pulgones de forma no persistente, y el virus de la mancha amarilla del lirio (IYSV), transmitido por el trips de la cebolla (Thrips tabaci), que produce lesiones cloróticas en forma de rombo o diamante, muchas veces con el centro verde, sobre todo en el escapo. El IYSV se ha vuelto un problema serio en las zonas productoras de semilla del interior peninsular.
No hay tratamiento curativo. Ningún producto cura una planta virosada. La estrategia es toda preventiva: partir de semilla y de plantel sanos, no reutilizar bulbos de plantas con síntomas —los potyvirus se arrastran de un año a otro justo por ahí, en el material de propagación vegetativa—, arrancar y sacar del huerto las plantas con estrías, eliminar cebollas espontáneas y restos del año anterior que sirven de reservorio, y controlar pulgón y trips. Los aplastamientos de población de trips en junio, cuando suben las temperaturas, son el momento crítico.
Carbón de la cebolla (Urocystis cepulae)
Enfermedad poco frecuente pero muy característica, y con una particularidad que decide todo el manejo.
Síntomas. Estrías o ampollas alargadas, oscuras, plomizas, situadas bajo la epidermis del cotiledón y de las primeras hojas. Al crecer, la epidermis se rompe y libera un polvo negro: son las teliosporas. Las plántulas afectadas se retuercen y suelen morir; las que sobreviven llevan las estrías negras hasta el bulbo.
La clave. Este hongo solo puede infectar durante las primeras dos o tres semanas de vida de la plántula, mientras el cotiledón atraviesa el suelo. Pasada esa ventana, la planta se vuelve resistente. La consecuencia práctica es muy concreta: en una parcela con historial de carbón, la siembra directa fracasa y el trasplante funciona, porque el plantel ya ha superado la fase susceptible cuando llega al terreno infectado.
Persistencia. Las teliosporas aguantan más de quince años en el suelo, así que la rotación por sí sola no limpia la parcela. Produce el plantel en semillero con sustrato limpio y no traslades tierra ni herramientas sucias de esa zona al resto del huerto.
Podredumbre blanca (Sclerotium cepivorum)
Si hay una enfermedad que hay que empeñarse en no meter en el huerto, es esta.
Síntomas. Amarilleo de las hojas viejas, la planta se marchita y se arranca con facilidad porque ha perdido las raíces. En la base del bulbo hay un micelio blanco algodonoso y, sobre él, esclerocios negros diminutos, de 0,2 a 0,5 milímetros, del tamaño de una semilla de amapola. Ese punteado negro es el diagnóstico definitivo y lo que la distingue de la fusariosis basal, que pudre la placa sin ese algodón blanco ni esos puntos.
Condiciones. Es una enfermedad de clima fresco: se desarrolla entre 10 y 20 ºC, con óptimo cerca de 15 ºC, y prácticamente se detiene por encima de 24 ºC. Por eso hace más daño en cebolla temprana, en ajo y en siembras de otoño-invierno que en cebollas de ciclo tardío.
Lo peor. Los esclerocios sobreviven en el suelo veinte años o más, sin necesidad de huésped, y germinan cuando detectan los compuestos azufrados que exudan las raíces de cualquier Allium. Una parcela contaminada queda inservible para cebolla, ajo, puerro y chalota durante décadas. No hay tratamiento eficaz al alcance del huerto familiar.
Qué hacer. Prevenir la entrada, que es donde se juega todo: comprar plantel y ajos de siembra de origen fiable, no aceptar cepellones con tierra de procedencia desconocida, limpiar botas y azadas al pasar de una parcela a otra, no compostar restos de cultivos afectados. Si ya está, arranca las plantas con toda la tierra adherida, sácalas del huerto y no vuelvas a plantar liliáceas ahí. La solarización estival con plástico transparente sobre suelo húmedo durante seis u ocho semanas reduce la población superficial de esclerocios, sin erradicarla. Hay una línea de trabajo interesante que consiste en aplicar al suelo extracto de ajo o compuestos azufrados sin cultivar nada: los esclerocios germinan, no encuentran raíz y mueren, agotándose poco a poco.
Roya (Puccinia allii)
Síntomas. Pústulas alargadas de color naranja intenso que rompen la epidermis y manchan los dedos al tocarlas. Con ataque fuerte, la hoja amarillea y se seca.
Contexto. En España castiga sobre todo al ajo y al puerro; en cebolla es habitualmente secundaria, aunque en primaveras húmedas del norte y de zonas de montaña puede llegar a defoliar. Le favorecen temperaturas de 10 a 20 ºC, humedad alta con hoja mojada, plantaciones densas y, muy claramente, el exceso de nitrógeno junto a un potasio escaso. Corregir ese desequilibrio en el abonado suele bajar la incidencia más que cualquier fungicida.
Qué hacer. Aclarar el marco, eliminar hojas muy afectadas, evitar el riego por aspersión, y en caso necesario azufre mojable o cúpricos como preventivo. No apliques azufre con más de 30 ºC ni en las horas centrales del día: quema.
Cómo distinguirlas en el bancal
Un resumen rápido para no equivocarse ante una hoja manchada:
Manchas ovaladas pálidas con fieltro gris violáceo en la mañana y tiempo fresco y húmedo: mildiu.
Lesiones grandes con anillos concéntricos y tono púrpura, halo amarillo, con calor: alternaria.
Punteado blanco fino con halo pálido sobre hoja verde, primavera fresca: botritis foliar.
Pústulas naranjas pulverulentas: roya.
Blanqueamiento desde la punta hacia abajo: revisa primero heladas, herbicidas, sales y encharcamiento antes de pensar en un patógeno.
Estrías amarillas longitudinales, mosaico y plantas enanas: virosis; no hay tratamiento, arranca y controla los vectores.
Planta marchita que sale sin raíces, con algodón blanco y puntos negros en la base: podredumbre blanca. Detente y aísla.
Las medidas que valen para todas
Rotación larga. Cuatro años sin ningún Allium en la misma parcela: cebolla, ajo, puerro, chalota y cebolleta comparten patógenos.
Riego al suelo y por la mañana. El follaje mojado durante la noche es la condición que necesitan mildiu, botritis y roya. El goteo elimina de un golpe buena parte del riesgo.
Material de partida sano. Semilla certificada, plantel de vivero, bulbos de siembra fiables. Muchas enfermedades no llegan por el aire: llegan en la bolsa.
Nitrógeno contenido. El abonado nitrogenado tardío alarga el ciclo, retrasa el doblado del cuello, produce hoja blanda y da cebollas que se conservan mal. Suspende el nitrógeno cuando empieza la bulbificación.
Aireación. Marcos amplios, sin malas hierbas y con las líneas en el sentido del viento dominante. Un cultivo que seca pronto por la mañana enferma mucho menos.
Higiene. Restos fuera del huerto, nada de compostar plantas enfermas, herramientas limpias entre parcelas.
Vigilar el trips. Detrás de buena parte de los problemas fúngicos y víricos hay una población de Thrips tabaci que nadie controló. Se esconde en las axilas de las hojas y deja un plateado característico.
En resumen
Las enfermedades serias de la cebolla se reparten en tres grupos con lógicas distintas. Las foliares —mildiu, alternaria, botritis de hoja y roya— dependen de la humedad sobre la hoja y se combaten con riego al suelo, marcos amplios, rotación y preventivos aplicados antes de que aparezca el síntoma. Las de conservación, sobre todo la podredumbre del cuello, se ganan o se pierden en la cosecha y el curado: cuello doblado, corte largo, tres semanas de secado y almacén seco y ventilado. Y las de suelo y de vector —carbón, podredumbre blanca, virosis— no se curan: se evitan, plantando material sano, trasplantando en lugar de sembrar directo donde haya historial de carbón y siendo muy escrupuloso para no introducir Sclerotium cepivorum, que condena la parcela para todas las liliáceas durante veinte años. Ante una mancha nueva, el paso más rentable sigue siendo el más barato: mirar la hoja con calma por la mañana temprano y saber a qué se parece antes de comprar nada.