Junio, el rosal en plena segunda floración y, al levantar una hoja de la parte baja, aparecen manchas negras de borde deshilachado sobre el haz y un halo amarillo alrededor. Dos semanas después esa hoja está en el suelo, y las de encima empiezan igual. Ese es el guion habitual de las enfermedades del rosal en la península: no matan la planta de golpe, la desfolian, y una planta desfoliada en pleno verano llega al invierno sin reservas y florece mal al año siguiente.

El género Rosa arrastra un puñado de hongos muy especializados que llevan siglos acompañándolo. Conocerlos por separado importa, porque el tratamiento que resuelve uno no sirve para otro y algunos de los productos que se aplican a ciegas empeoran el cuadro. Lo que sigue va ordenado por lo que uno ve en la planta, que es como realmente se diagnostica en el jardín.

Mancha negra o marsonina, la más destructiva

La causa Diplocarpon rosae y es, con diferencia, la enfermedad que más daño hace a los rosales de jardín en el norte, el noroeste y toda la franja atlántica, además de en cualquier zona con tormentas de verano. Las manchas son negras, redondeadas y de margen irregular, como con flecos: ese borde deshilachado es el rasgo que la separa de cualquier otra mancha foliar. Alrededor, la hoja se vuelve amarilla y acaba cayendo.

El punto clave es que la espora necesita agua líquida sobre la hoja durante unas siete horas seguidas para germinar. No le basta la humedad ambiental. De ahí se deduce todo el manejo: regar por goteo o a pie de planta y nunca por aspersión, regar por la mañana y no al atardecer, y plantar con hueco suficiente para que el aire seque el follaje después de una lluvia. Un rosal metido entre setos, en un rincón sin ventilación, tendrá mancha negra haga uno lo que haga.

El hongo pasa el invierno en las hojas caídas y en las lesiones de los tallos. Recoger y retirar la hojarasca de debajo del rosal en otoño no es una tarea de limpieza estética: es una parte del tratamiento, y probablemente la de mejor relación esfuerzo-resultado. Esas hojas no van al compost casero, que rara vez alcanza temperatura suficiente.

Preventivos ecológicos como el bicarbonato potásico o los caldos de cola de caballo tienen efecto discreto y solo si se aplican antes de que aparezcan síntomas. Cuando la infección está establecida, hacen falta fungicidas sistémicos de la familia de los triazoles (difenoconazol, tebuconazol, penconazol) alternando materia activa entre aplicaciones para no seleccionar resistencias. Conviene comprobar en el registro de productos fitosanitarios del ministerio qué está autorizado hoy para uso no profesional en ornamentales: el listado se ha recortado mucho en los últimos años y varios clásicos, el mancozeb entre ellos, ya no se pueden usar en la UE.

Oídio, el polvo blanco de los brotes tiernos

Podosphaera pannosa cubre brotes nuevos, pedúnculos y botones florales con un fieltro blanco harinoso. Los brotes afectados se deforman, se curvan y los botones no llegan a abrir o abren torcidos. Es la enfermedad típica de primavera y de finales de verano, cuando hay días cálidos y noches frescas con rocío.

Aquí está la confusión más extendida del asunto. Se suele tratar el oídio igual que la mancha negra, evitando mojar la planta, y es exactamente al revés: el oídio no necesita agua libre sobre la hoja, le basta la humedad relativa alta que se forma en la superficie foliar por la noche. De hecho, una lluvia fuerte arrastra el micelio y frena el brote. Lo que lo dispara es el aire quieto, el follaje denso y el exceso de nitrógeno, que produce tejido tierno y suculento. Si en abril se abonó fuerte con un fertilizante nitrogenado para "empujar" el rosal, no sorprenda el oídio de mayo.

El azufre mojable sigue siendo el mejor tratamiento de fondo y es barato. Con dos advertencias: no aplicar con más de 28-30 °C ni con la planta a pleno sol, porque quema el follaje, y no aplicarlo si en los diez o quince días anteriores se ha usado un aceite mineral o de verano, porque la combinación es fitotóxica. Poda de aclareo en invierno para abrir el centro del arbusto y control del abonado nitrogenado resuelven buena parte de los casos sin producto.

Roya, pústulas naranjas en el envés

Pústulas de roya en el envés de las hojas de un rosal

La producen varias especies del género Phragmidium, sobre todo Phragmidium mucronatum y P. tuberculatum. Se reconoce sin margen de duda: pústulas pulverulentas de color naranja vivo en el envés, con manchas amarillas correspondientes en el haz. A finales de verano esas pústulas viran a negro; son las esporas de invierno, que resisten en tallos y restos vegetales.

La roya del rosal es cosa de primaveras frescas y húmedas y de otoños largos, con temperaturas entre 15 y 21 °C. En el interior peninsular, con veranos secos y calurosos, suele frenarse sola en julio y volver en septiembre. En la cornisa cantábrica y en zonas de montaña puede ser el problema dominante todo el ciclo.

Se maneja como la mancha negra: retirar hoja afectada en cuanto se ve, no mojar el follaje, ventilación y, si el ataque es serio, triazoles. El azufre tiene cierta acción preventiva. Un detalle que suele pasarse por alto: la roya también infecta los tallos jóvenes, formando pústulas alargadas, y esa madera hay que eliminarla en la poda de invierno o el inóculo vuelve intacto en marzo.

Botritis, el moho gris de los capullos

Botrytis cinerea es un patógeno oportunista que entra por tejido dañado, envejecido o mojado mucho tiempo. En rosales aparece como manchas de agua en los pétalos que se vuelven marrones y se recubren de un moho gris aterciopelado, y como capullos que se pudren sin llegar a abrir, colgando con el cuello reblandecido.

Ataca sobre todo a las variedades de flor muy doble y de pétalo fino, y sobre todo cuando llueve durante la floración o cuando se riega por aspersión al atardecer. Las flores blancas y las de tonos pastel son más sensibles porque su pétalo es más delgado. La medida más eficaz es quitar de la planta toda flor pasada: cada flor marchita que se deja es un cultivo de botritis del que salen esporas hacia los capullos sanos de al lado. Los tratamientos químicos rara vez compensan en jardinería doméstica y el hongo genera resistencias con enorme facilidad.

Mildiu velloso, el que se confunde con todo

Peronospora sparsa es menos frecuente que los anteriores pero mucho más rápido y más grave. Da manchas angulosas, delimitadas por los nervios, de color púrpura o pardo rojizo en el haz, y en el envés un fieltro grisáceo muy tenue que hay que buscar con lupa y con la hoja a contraluz. La desfoliación puede ser total en cuatro o cinco días.

Es enfermedad de humedad muy alta y temperaturas suaves, entre 15 y 20 °C: primaveras lluviosas y otoños de niebla, y muy típico de rosales bajo porche, en invernadero o en patios cerrados. Se confunde a diario con la mancha negra, pero la forma de la mancha lo delata: la del mildiu es angulosa y respeta los nervios; la de la marsonina es redonda y de borde irregular. La distinción importa porque los triazoles que funcionan contra la marsonina no controlan un oomiceto; hacen falta materias activas específicas para mildius y, sobre todo, bajar la humedad del ambiente.

Enfermedades de la madera y del cuello

Muerte regresiva de los tallos. La rama se seca desde la punta hacia abajo, con la corteza que se arruga y toma un tono pardo violáceo. Suele empezar en un corte de poda mal hecho, en un tocón dejado largo o en madera dañada por el hielo, donde entran hongos como Coniothyrium o Diaporthe. La respuesta es mecánica: cortar por debajo de la lesión hasta encontrar médula blanca y limpia, y hacerlo con tijera desinfectada entre planta y planta. Podar siempre por encima de una yema y en bisel, sin dejar muñones.

Agallas del cuello. La bacteria Agrobacterium tumefaciens provoca tumores leñosos e irregulares en la base del tallo o en las raíces, casi siempre en el punto de injerto. Entra por heridas, sobre todo si la planta se maltrató en el trasplante o si el suelo se encharca. No tiene cura: la planta afectada se arranca con todo el cepellón y en ese hueco no se replanta otro rosal, ni un frutal de hueso o de pepita, durante varios años. Cuidado con confundir el callo de injerto, que es normal, con un tumor bacteriano.

Verticilosis. Verticillium dahliae es un hongo de suelo que tapona los vasos. Se manifiesta como marchitez repentina de una rama entera con la planta bien regada, y al hacer un corte transversal en esa rama se ve un anillo pardo en la madera. Es más probable en terrenos donde antes hubo tomate, patata, pimiento o berenjena. No hay tratamiento curable; se retira la planta y se evita replantar rosal en ese punto.

Virus del rosal y qué no es un virus

Los virosis del rosal, y en particular el mosaico causado por el Prunus necrotic ringspot virus, se ven como dibujos amarillos en la hoja: líneas onduladas, anillos, un patrón de hoja de roble, siempre con la nervadura como guía y sin ningún polvo ni pústula encima. No se contagian de planta a planta en el jardín ni por herramientas de forma habitual: llegan con material de injerto infectado desde el vivero. No hay tratamiento. Si la planta vegeta bien, se puede convivir con ello; si va perdiendo vigor cada año, se sustituye.

Conviene aclarar una alarma importada. La roseta del rosal (Rose rosette virus), que en Estados Unidos deforma los brotes en escobas rojizas con espinas excesivas y mata las plantas, se transmite por un ácaro eriófido concreto y no está presente en Europa. Los brotes rojos con muchas espinas de un rosal español son, casi siempre, crecimiento normal y vigoroso, o rebrote del patrón por debajo del injerto.

Y otra confusión que cuesta muchos fungicidas inútiles: la clorosis férrica. Hoja amarilla con los nervios marcados en verde, en los brotes nuevos, sobre suelo calizo o con riego de agua dura. No es un hongo, es hierro bloqueado por el pH. Se corrige con quelato de hierro EDDHA, que es el único que aguanta pH básicos, y a medio plazo con materia orgánica. Antes de pulverizar nada, mirar si el amarilleo respeta los nervios: si los respeta, no hay enfermedad que tratar.

Un calendario realista para la península

Invierno (enero-febrero). Poda de formación y aclareo abriendo el centro del arbusto; eliminar madera con lesiones o pústulas; recoger y retirar toda la hojarasca; un tratamiento de invierno con caldo bordelés sobre la planta desnuda reduce el inóculo de partida. El cobre, por cierto, no es inocuo por ser autorizado en ecológico: se acumula en el suelo y su uso está limitado por normativa, así que una aplicación al año es suficiente.

Primavera (marzo-mayo). Es cuando se juega el año. Abonado equilibrado, sin excesos de nitrógeno. Vigilancia semanal del envés de las hojas bajas. Primeros tratamientos preventivos si el año viene lluvioso, antes de ver síntomas, porque ningún fungicida borra una mancha ya formada: solo protege la hoja aún sana.

Verano. Riego a pie de planta y por la mañana. Retirada de flores pasadas. En interior peninsular, el calor seco frena hongos, pero las tormentas de julio pueden reactivar la mancha negra en 48 horas.

Otoño. Segunda ventana de riesgo para roya y mancha negra. Recogida sistemática de hojas caídas. No abonar con nitrógeno a partir de agosto: los brotes tardíos no endurecen y son la puerta de entrada de la muerte regresiva del invierno siguiente.

La decisión que más rentabiliza: elegir bien la variedad

Un rosal de té híbrido clásico plantado en Asturias o en Galicia va a necesitar tratamientos cada temporada, sin remedio. Las series modernas seleccionadas por sanidad foliar, los rosales de tipo arbustivo y paisajista, y muchas especies botánicas y sus híbridos (Rosa rugosa, Rosa canina, Rosa moschata) pasan el año sin intervención en las mismas condiciones. Cambiar de variedad resuelve más que cualquier programa de pulverizaciones, y en un jardín pequeño esa es normalmente la decisión correcta.

En resumen

Casi todo lo que enferma un rosal en España se reduce a cinco hongos: marsonina (mancha redonda de borde deshilachado), oídio (polvo blanco en brotes tiernos), roya (pústulas naranjas en el envés), botritis (moho gris en flores) y mildiu velloso (mancha angulosa entre nervios). Se distinguen mirando la hoja con atención y saber cuál es determina el tratamiento. La mayor parte del control no está en el pulverizador sino en el manejo: ventilación, riego a pie de planta y por la mañana, poda que abra el arbusto, retirada de hoja caída y de flor pasada, y nitrógeno con moderación. Antes de tratar, descarte lo que no es enfermedad: la clorosis férrica amarillea respetando los nervios y se corrige con quelato, no con fungicida. Y si el problema se repite todos los años en el mismo sitio, el error suele estar en la elección de la variedad o en su ubicación, no en el producto.


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