El rosal enferma casi siempre por la hoja, pero lo que acaba matándolo entra por el cuello y por la madera. Esa es la diferencia entre el bloque clásico de problemas foliares —mancha negra, oídio, roya— y el que se recoge aquí: mildiu velloso, botritis, chancros, agalla del cuello, podredumbres radiculares y virosis. Son menos conocidos, se diagnostican peor y varios de ellos no tienen tratamiento curativo, así que el margen está en reconocerlos pronto y en no cometer los errores de manejo que los invitan.
Mildiu velloso, el que se confunde con la mancha negra
Lo causa Peronospora sparsa, que no es un hongo verdadero sino un oomiceto, y esa distinción tiene consecuencias prácticas: los fungicidas habituales contra oídio y mancha negra —azufre, triazoles— no lo controlan. Hay que usar productos con actividad frente a oomicetos, del tipo fosetil-Al, fosfonatos, metalaxil o cobre.
La confusión con la mancha negra (Diplocarpon rosae) es la regla, y se deshace mirando la forma y el envés. En el mildiu velloso las manchas son angulosas, limitadas por los nervios, de color púrpura, rojizo oscuro o marrón, y en el envés, con humedad alta y a primera hora del día, se ve un fieltro grisáceo muy tenue. En la mancha negra las manchas son redondeadas, de borde radiado y difuso, y no hay nada en el envés. Además, el mildiu defolia con una violencia que la mancha negra no tiene: una planta puede quedar desnuda en cuatro o cinco días, y a menudo caen hojas todavía verdes.
Es una enfermedad de tiempo fresco y muy húmedo: se dispara con temperaturas entre 15 y 20 °C, humedad relativa por encima del 85 % y hojas mojadas durante horas. En la península aparece sobre todo en primavera y en otoño, y es un problema serio en la cornisa cantábrica, en Galicia y en cualquier rosal plantado en un rincón cerrado donde la niebla no se va. Por encima de 27 °C se frena sola.
El manejo empieza por el aire: aclarar el rosal, separar las plantas, retirar las malas hierbas de la base y regar por goteo a primera hora. Recoger y eliminar la hojarasca caída, donde el patógeno inverna en forma de oosporas. Y tratar de forma preventiva en los periodos de riesgo, porque una vez que la defoliación ha empezado, el fungicida llega tarde.
Botritis: los capullos que se pudren sin llegar a abrir
Botrytis cinerea es el mismo hongo que pudre la fresa y la uva, y en el rosal se ceba con las flores. El síntoma inicial son manchitas pardas o rojizas en los pétalos exteriores, con aspecto de salpicadura, que crecen hasta que el capullo se vuelve marrón, se ablanda y cuelga sin abrir. En tiempo húmedo lo cubre un moho gris polvoriento que suelta una nube de esporas al tocarlo. También ataca a los extremos de los tallos podados, provocando una necrosis descendente desde el corte.
Las variedades más castigadas son las de flor muy doble y pétalos apretados, sobre todo las blancas y las de tonos pastel, porque retienen agua entre los pétalos. La lluvia sobre las flores abiertas y el riego por aspersión al atardecer bastan para desencadenar el brote.
El control es en buena medida mecánico y constante: cortar y retirar cada flor marchita o dañada en cuanto se ve, no dejarla caer al suelo ni bajo la planta; podar con corte limpio y en bisel, justo encima de una yema y sin dejar tocones muertos; regar al pie; y no abonar en exceso con nitrógeno, que produce tejido tierno y jugoso, el preferido del hongo. Si el ataque es fuerte, existen fungicidas específicos antibotritis autorizados en ornamentales, pero Botrytis genera resistencias con enorme facilidad, así que hay que alternar familias químicas y no repetir el mismo producto una y otra vez.
Chancros del tallo y muerte descendente
Bajo el nombre de chancros se agrupan varios hongos que colonizan la madera a través de heridas: Coniothyrium (chancro común y quemadura de la corteza), Botryosphaeria, Diaporthe o el propio Botrytis desde un corte mal hecho. El resultado se llama en jardinería muerte descendente o dieback: el tallo se seca desde la punta hacia abajo, con un cambio de color claro de verde a pardo y luego a negro, y a veces con una lesión hundida de borde rojizo o púrpura y centro grisáceo salpicado de puntos negros.
Las puertas de entrada son casi siempre las mismas: cortes de poda con tijera mal afilada que machaca en vez de cortar, tocones largos que se secan por encima de la yema, roturas por viento, heridas de granizo y daños por helada en madera que no ha endurecido. Un error muy repetido es abonar con nitrógeno a finales de verano: los brotes tardíos llegan tiernos al invierno, se hielan y el hongo entra por ahí.
La única intervención eficaz es quirúrgica. Hay que cortar por debajo de la lesión, en madera sana, hasta ver la médula blanca y limpia en la sección; si el interior sigue pardo, se baja otro tramo. La herramienta se desinfecta con alcohol de 96° o lejía diluida entre corte y corte, y los restos se retiran del jardín, nunca al compost. No conviene sellar la herida con pastas ni masillas: encierran humedad y favorecen la pudrición.
Sobre el momento de podar, en clima peninsular la poda principal se hace al final del invierno, entre enero y marzo según la zona, cuando las yemas empiezan a hincharse. Podar en pleno otoño deja al rosal con heridas abiertas durante meses de humedad y frío, que es justo el escenario que estos hongos aprovechan.
Agalla del cuello
Aquí el causante no es un hongo sino una bacteria, Agrobacterium tumefaciens, hoy también citada como Rhizobium radiobacter. Introduce parte de su ADN en las células de la planta y las obliga a proliferar sin control, de modo que se forman tumores leñosos e irregulares, primero blandos y claros y luego duros, rugosos y oscuros, normalmente en el cuello, en el punto de injerto o en las raíces.
La planta no muere de inmediato, pero las agallas interfieren en el transporte de agua y savia: el rosal vegeta poco a poco peor, florece menos, rebrota débil y termina agotándose. La bacteria entra por heridas —de plantación, de laboreo, de nematodos, de insectos del suelo— y persiste en el terreno durante años.
No hay curación química. Lo que se hace es prevenir: revisar el cuello y las raíces de toda planta nueva antes de plantar y rechazar cualquier ejemplar con abultamientos sospechosos; no dañar el cuello con la azada; evitar plantar rosales donde ya hubo un caso, y si es inevitable, cambiar la tierra del hoyo generosamente. Un ejemplar afectado debe arrancarse entero, con el cepellón, y no debe compostarse. Existe además un control biológico preventivo clásico y bien documentado, la aplicación de la cepa K84 de Agrobacterium radiobacter a las raíces antes de plantar, muy usada en vivero.
Podredumbres de raíz y de cuello
Cuando un rosal amarillea entero, se marchita en las horas de calor aunque el suelo esté húmedo y no responde a ningún abono, el problema suele estar bajo tierra. Los culpables habituales son Phytophthora —favorecida por suelos compactos y encharcados—, Rhizoctonia y, en jardines hechos sobre antiguas zonas arboladas, Armillaria mellea, reconocible por unos filamentos negros como cordones de zapato y por un micelio blanco con olor a champiñón bajo la corteza del cuello.
El diagnóstico se confirma descalzando un poco el cuello: corteza oscura, blanda y desprendible, y raíces finas pardas que se pelan al tirar de ellas en lugar de mostrar el cilindro blanco interior.
La causa de fondo es casi siempre el agua. Rosales plantados en hoyo cerrado en suelo arcilloso, alcorques que retienen la lluvia, riego por goteo diario en verano en suelos pesados, macetas sin drenaje o con plato permanentemente lleno. La corrección pasa por levantar el nivel de plantación, mejorar el drenaje con arena gruesa y materia orgánica bien hecha, y espaciar los riegos dejando que los primeros centímetros del suelo se sequen entre uno y otro. Los fosfonatos y el fosetil-Al ayudan frente a Phytophthora, pero no salvan a una planta plantada en una bañera de barro.
Virosis del rosal
El mosaico del rosal se manifiesta como dibujos amarillos en las hojas: anillos, líneas onduladas, manchas en zigzag o un moteado clorótico que no corresponde a ninguna carencia y que no se corrige regando ni abonando. Detrás suele haber virus como el Prunus necrotic ringspot virus o el Apple mosaic virus, presentes desde hace décadas en el material de multiplicación de muchas variedades.
Estos virus se transmiten por injerto y por multiplicación vegetativa, no de planta a planta por contacto ni por pulgones en el jardín. Un rosal virótico no contagia al vecino, aunque sí a cualquier esqueje o injerto que se saque de él. No existe tratamiento: la planta se queda así de por vida. En síntomas leves puede convivirse con ello, ya que el efecto suele limitarse a menor vigor y algo menos de flor; si la planta está muy debilitada, lo sensato es sustituirla por material certificado.
Distinto es el virus de la roseta del rosal (Rose rosette emaravirus), transmitido por un ácaro eriófido y devastador en Norteamérica, con brotes rojos, engrosados, con exceso de espinas y aspecto de escoba de bruja. No está establecido en Europa, y conviene no confundir sus síntomas con los daños de herbicidas hormonales, que producen deformaciones muy parecidas y que en jardín son mucho más frecuentes: basta con que el viento arrastre unas gotas de un tratamiento del césped vecino.
Lo que no es enfermedad y lo parece
Antes de tratar conviene descartar los trastornos no infecciosos, que en rosales son abundantes:
- Amarilleo entre nervios en las hojas jóvenes, con los nervios bien verdes: clorosis férrica, típica de suelos calizos y aguas duras del interior y del levante español. Se corrige con quelatos de hierro tipo EDDHA, no con fungicidas.
- Bordes de los pétalos pardos y secos tras un día de viento y calor: quemadura fisiológica, no botritis.
- Hojas plateadas o bronceadas con punteado fino y telarañas en el envés: araña roja (Tetranychus urticae), plaga y no enfermedad, propia de veranos secos y calurosos.
- Manchas descoloridas tras pulverizar al sol: fitotoxicidad. El azufre, en particular, quema por encima de 28-30 °C, y ese daño se confunde a diario con una enfermedad nueva.
- Brotes vigorosos, con hojas distintas y muchas espinas, que salen por debajo del injerto: son chupones del portainjertos, se arrancan de un tirón desde la base, no se cortan a ras.
Un manejo que previene casi todo
Las medidas que evitan estas enfermedades son en gran parte las mismas, y valen también para las del primer bloque:
- Elegir variedades resistentes. Es la decisión que más tratamientos ahorra. Los rosales con certificación ADR y buena parte de los arbustivos y paisajistas modernos aguantan sin fungicidas donde una híbrida de té clásica se defoliaría cada primavera.
- Plantar con espacio y con sol. Al menos cinco o seis horas de sol directo y separación suficiente para que el follaje se seque pronto por la mañana.
- Regar al pie y temprano, nunca sobre las hojas al atardecer.
- Higiene. Retirar hojas caídas y flores marchitas durante toda la temporada y hacer una limpieza a fondo bajo la planta en invierno; ahí es donde invernan la mayor parte de los inóculos.
- Podar bien y en el momento adecuado, con herramienta afilada y desinfectada, aclarando el centro de la mata.
- Abonar equilibrado. Nada de nitrógeno tardío; potasio suficiente para que la madera endurezca antes del invierno.
- Tratar de forma preventiva y alternando materias activas solo en las variedades y las zonas que lo requieran, y comprobando siempre que el producto está autorizado para uso en jardinería doméstica en el registro oficial de productos fitosanitarios, porque las autorizaciones cambian con frecuencia y varios de los productos que aún se recomiendan en textos antiguos ya no lo están.
En resumen
Este segundo bloque de enfermedades del rosal reúne las que peor se identifican. El mildiu velloso se distingue de la mancha negra por sus manchas angulosas limitadas por los nervios y por su defoliación fulminante, y exige productos frente a oomicetos, no los fungicidas habituales. La botritis se combate cortando flores marchitas y no mojando el follaje más que con fungicidas. Los chancros y la muerte descendente se resuelven cortando en madera sana y se previenen podando bien y en la época correcta. La agalla del cuello, las podredumbres radiculares y las virosis no tienen cura: aquí manda la calidad de la planta que se compra, el drenaje del suelo y la disciplina de no plantar donde ya hubo un caso. Y antes de aplicar nada, conviene descartar clorosis férrica, quemaduras por azufre y daños de herbicida, que imitan síntomas de enfermedad con bastante fidelidad.