Un melocotonero que en marzo saca hojas hinchadas, rojizas y quebradizas ya no tiene arreglo esa temporada. El hongo entró semanas antes, cuando la yema todavía estaba cerrada, y para cuando se ve el síntoma el tejido enfermo ya está formado. Esa desconexión entre el momento del contagio y el momento en que uno se da cuenta explica buena parte de los fracasos con las enfermedades de este frutal.

El melocotonero (Prunus persica) es, junto al albaricoquero, el frutal de hueso más delicado que se cultiva en la Península. Florece pronto —de finales de enero en el Valle del Guadalquivir a marzo en el interior—, tiene madera blanda que cicatriza mal y una piel de fruto fina que se rompe con nada. A eso se suma que su calendario de floración coincide con las lluvias frías de febrero y marzo, que es justo lo que necesitan los hongos que lo atacan. Conocer qué enfermedad tienes delante y, sobre todo, en qué momento del año se combate, vale más que cualquier producto.

Hojas de melocotonero deformadas y engrosadas por la abolladura

Abolladura o lepra del melocotonero

La causa Taphrina deformans, y es la enfermedad que se asocia de inmediato con este árbol. Las hojas jóvenes salen abombadas, con abolladuras irregulares de color verde pálido que viran a rojo intenso o púrpura, engrosadas y de tacto carnoso. Al cabo de unos días se cubren de un polvillo blanquecino —las esporas— y acaban ennegreciendo y cayendo. También puede deformar brotes tiernos y, en ataques fuertes, provocar manchas rugosas en los frutos jóvenes.

El daño real no es estético. Un árbol que pierde la primera hoja tiene que volver a brotar a costa de sus reservas, y una defoliación repetida año tras año lo deja sin fuerza para cuajar, agotado y expuesto a plagas de debilidad. Un solo año de abolladura rara vez mata un melocotonero adulto, pero tres seguidos sí lo hunden.

La clave está en el ciclo. El hongo pasa el invierno como esporas resistentes en las escamas de las yemas y en las grietas de la corteza. Con las lluvias de finales de invierno y temperaturas suaves —entre 8 y 16 °C— germina y penetra en la hoja mientras esta todavía está dentro de la yema o acaba de asomar. Una vez que la hoja ha salido y está expuesta, ya no hay infección nueva posible en ese órgano; lo que se ve en abril es el resultado de lo que pasó en enero o febrero.

Cómo se trata de verdad

Se combate con caldo bordelés u oxicloruro de cobre en dos momentos concretos: al terminar la caída de la hoja en otoño, para reducir el inóculo que se refugia en la corteza, y sobre todo en yema hinchada, justo cuando las yemas empiezan a engrosar y antes de que asome ningún color. Si en tu zona las lluvias se alargan, un tercer tratamiento en botón rosa —siempre antes de abrir flor— cierra el hueco.

Aquí está el error más repetido en jardinería doméstica: tratar con cobre cuando ya se ven las hojas abolladas. En ese momento el producto no cura nada, mancha el follaje y, si el árbol está en plena hoja, el cobre puede resultar fitotóxico. Arrancar las hojas enfermas tampoco cura al árbol, aunque retirar y quemar las más afectadas ayuda algo a bajar la carga de esporas del año siguiente. Si has perdido la ventana, asume la campaña, riega y abona con moderación para que rebrote, y apunta en el calendario la fecha de yema hinchada del año que viene.

Hay diferencias claras de sensibilidad entre variedades: las nectarinas y los melocotones de carne blanca suelen sufrir más que los pavías de carne dura amarilla. Si vas a plantar en una zona lluviosa del norte, elegir variedad importa tanto como el cobre.

Monilia: podredumbre de flores, ramillas y frutos

Fruto afectado por monilia con anillos de esporas

Detrás del nombre popular hay varios hongos del género Monilinia. En España pesan sobre todo Monilinia laxa, que ataca preferentemente flores y ramillas en primavera, y Monilinia fructigena, más ligada a la podredumbre del fruto maduro. Monilinia fructicola, de origen americano, está también presente y es especialmente agresiva sobre fruto.

Los síntomas se presentan en dos tiempos. En floración, las flores se marchitan de golpe, se quedan pardas y pegadas a la ramilla en lugar de caer limpiamente; desde ahí el hongo avanza hacia la madera y provoca el secado de la ramilla, a menudo con un exudado de goma en la base y un pequeño chancro hundido. En verano, sobre el fruto aparece una mancha parda que crece rápido y se cubre de pústulas de color crema dispuestas en círculos concéntricos. El fruto acaba deshidratándose y quedándose colgado del árbol convertido en una momia negruzca y dura.

Esas momias son la pieza que casi nadie retira y la que más daño hace. Son el depósito de esporas del año siguiente: pasan el invierno colgadas o en el suelo y en la primavera siguiente sueltan la primera oleada de inóculo justo sobre las flores abiertas. Recoger y sacar del huerto todas las momias y las ramillas secas durante la poda de invierno es la medida más rentable que existe contra la monilia, más que cualquier fungicida.

Tratamiento

Los momentos de intervención son la floración —en inicio de flor y en plena floración, especialmente si coinciden lluvias o nieblas con temperaturas de 15 a 25 °C— y las tres o cuatro semanas previas a la recolección, cuando el fruto empieza a coger azúcar y se vuelve receptivo. Se emplean fungicidas autorizados para Prunus; en jardín particular la oferta es limitada y conviene revisar el registro vigente antes de comprar nada, porque las materias activas disponibles para uso no profesional cambian con frecuencia.

Lo que no cambia son las medidas culturales: poda que abra el centro del árbol y deje circular el aire, riego por goteo en lugar de aspersión —mojar el follaje y el fruto multiplica las infecciones—, control de la mosca de la fruta y del taladro, porque cada herida en la piel es una puerta de entrada, y recolección cuidadosa. Un melocotón golpeado al cogerlo se pudre en la caja aunque el árbol estuviera sano.

Oídio o cenicilla

Lo produce Podosphaera pannosa (el mismo hongo que ataca al rosal, en su forma adaptada a Prunus persica) y en ocasiones Podosphaera tridactyla. Se reconoce por un polvillo blanco y harinoso sobre el envés y el haz de las hojas jóvenes, que se rizan hacia dentro, se estrechan y quedan cloróticas. En brotes tiernos frena el crecimiento y da entrenudos cortos.

En el fruto es donde más molesta. Sobre melocotones y nectarinas jóvenes aparecen manchas blanquecinas circulares que, al crecer el fruto, se transforman en zonas rugosas, corchosas y agrietadas de color pardo claro. El fruto no se pudre, pero queda inservible para venta y feo para consumo. Las nectarinas, al no tener pelusa, son mucho más sensibles que el melocotón clásico.

Al contrario que la abolladura o la monilia, el oídio no necesita lluvia: le basta con humedad ambiental alta, rocío nocturno y temperaturas templadas de 18 a 25 °C. De hecho, una lluvia fuerte lava el micelio y frena la epidemia. Por eso aparece en primaveras secas y con contraste térmico entre día y noche, un patrón típico de mayo en Aragón, Cataluña y el interior peninsular.

Tratamiento

El azufre mojable o en polvo sigue siendo la herramienta básica y funciona bien en preventivo, desde la caída de pétalos y repitiendo cada 10-14 días mientras dure el riesgo. Dos precauciones que se olvidan: no aplicar azufre con temperaturas por encima de 28-30 °C, porque quema hojas y frutos, y no mezclarlo ni aplicarlo cerca de un tratamiento con aceite de verano, porque la combinación es fitotóxica; conviene dejar al menos tres semanas entre ambos. Existen también fungicidas específicos, útiles cuando el ataque ya está instalado, pero el azufre bien colocado en el calendario evita llegar a eso.

Como medida de fondo, evita el exceso de nitrógeno. Un árbol atiborrado de abono nitrogenado produce brotes largos, tiernos y acuosos que son exactamente el tejido que el oídio prefiere.

Cribado o perdigonada

Causado por Wilsonomyces carpophilus (citado también como Stigmina carpophila), es muy frecuente y a menudo se confunde con daño de insecto. En la hoja salen manchas redondas pequeñas, primero rojizas con borde definido, cuyo centro se seca y acaba desprendiéndose: la hoja queda agujereada como si le hubieran disparado con perdigones. En el fruto deja manchas hundidas y ásperas, a veces con goma, y en las ramillas provoca chancros que exudan.

Se favorece con otoños e inviernos húmedos. Se controla con los mismos tratamientos de cobre que se dan contra la abolladura —caída de hoja y yema hinchada—, sumando poda de las ramillas con chancro. Si haces bien el cobre de invierno, sueles resolver las dos enfermedades a la vez.

Roya del melocotonero

Tranzschelia discolor aparece a finales de verano y suele pasar desapercibida hasta que el árbol se queda desnudo en septiembre. En el envés de las hojas se forman pústulas pulverulentas de color pardo canela; en el haz, manchas amarillentas correspondientes. Una defoliación temprana significa un árbol que llega al invierno con pocas reservas y que florece mal la primavera siguiente, así que no conviene despacharla como cosa de fin de temporada. En huertos con historial se trata con productos autorizados a partir de la aparición de las primeras pústulas, y ayuda mucho retirar la hojarasca caída.

Chancros, gomosis y problemas de cuello y raíz

Ver goma ámbar rezumando del tronco genera alarma, y conviene entender que la gomosis no es una enfermedad, sino una reacción del árbol ante una agresión. Puede venir de cosas muy distintas y el tratamiento cambia según cuál sea:

Chancro bacteriano, por Pseudomonas syringae pv. syringae. Entra por heridas de poda y por daños de heladas, provoca zonas de corteza hundida, oscura, con olor agrio bajo la corteza y abundante goma. Se combate sobre todo evitando la puerta de entrada: podar en seco y con tiempo estable, nunca justo antes de lluvia, desinfectar las herramientas, y dar cobre en otoño tras la caída de hoja. Podar en verano, después de recolección, es en melocotonero mucho más seguro que podar en pleno invierno húmedo.

Podredumbre del cuello y de raíz, por especies de Phytophthora. El árbol amarillea sin causa aparente, brota poco y termina secándose; al descalzar el cuello se ve corteza pardeada y necrosada. El origen casi siempre es un exceso de agua o un plantado demasiado profundo. Se previene plantando en caballón, dejando el punto de injerto bien alto sobre el suelo, y no dirigiendo el gotero contra el tronco.

Armillaria, la podredumbre blanca de raíz, con micelio blanco en abanico bajo la corteza y olor a seta, típica de terrenos donde antes hubo arbolado o de suelos encharcadizos. No tiene tratamiento eficaz una vez instalada.

Verticillium dahliae provoca marchitez sectorial de ramas, y se agrava en parcelas donde antes hubo tomate, patata, pimiento o algodón. Es un motivo real para no plantar frutales de hueso detrás de una huerta de solanáceas sin haber desinfectado o dejado descansar el suelo.

Sharka: la que obliga a arrancar

La sharka o viruela del ciruelo está causada por el Plum pox virus y afecta a todos los frutales de hueso. En melocotonero se manifiesta con manchas y anillos cloróticos difusos en las hojas, aclarado de nervios y, en fruto, anillos y deformaciones que estropean la pulpa. En las variedades más sensibles produce caída prematura y fruto incomible.

Hay que tener claras dos cosas. La primera es que no existe tratamiento: ni fungicida ni insecticida curan un árbol infectado, porque el virus está en toda la planta. La segunda es que se transmite por pulgones de forma no persistente —el pulgón lo inocula en segundos, antes de que un insecticida pueda actuar— y sobre todo por material vegetal infectado, es decir, plantones e injertos. Comprar planta certificada es la única prevención sólida.

En España es una enfermedad de declaración obligatoria y su detección implica el arranque del árbol y medidas oficiales en el entorno. Si sospechas, avísalo al servicio de sanidad vegetal de tu comunidad autónoma en lugar de intentar apañarlo por tu cuenta.

Un calendario sencillo que resuelve casi todo

Ordenado por momento fenológico, el manejo de un melocotonero de jardín cabe en cinco citas:

Caída de hoja (noviembre). Cobre. Actúa contra abolladura, cribado y chancro bacteriano.

Poda de invierno (o mejor, poda tras cosecha). Retirada de momias, ramillas secas y madera con chancro. Herramienta desinfectada y cortes limpios, sin muñones.

Yema hinchada (enero-febrero según zona). Cobre. Es el tratamiento decisivo contra la abolladura, y el que más se pierde por llegar tarde.

Floración. Vigilancia y, si hay lluvia o nieblas, tratamiento contra monilia. Nada de cobre con flor abierta.

Caída de pétalos y primavera. Azufre contra oídio si el año viene seco y templado, con las precauciones de temperatura ya comentadas.

Todo lo demás —riego sin mojar tronco ni hoja, poda aireada, nitrógeno contenido, retirada de fruta caída— trabaja en la misma dirección durante el resto del año.

Errores que se repiten

Tratar por síntoma en lugar de por calendario. En este frutal, la infección ocurre mucho antes de que aparezca el síntoma. Esperar a ver la mancha es llegar tarde por definición.

Confundir enfermedad con carencia. Hojas amarillas con nervios verdes en suelo calizo son clorosis férrica, no un hongo, y se corrigen con quelato de hierro EDDHA, no con fungicida.

Podar en invierno húmedo. El melocotonero cicatriza mal y cada corte hecho con lluvia inminente es una invitación al chancro bacteriano y a la monilia de ramilla.

Dejar la fruta momificada en el árbol "porque ya está seca". Está seca y llena de esporas viables.

Regar por aspersión. Mojar copa y fruto multiplica monilia, cribado y roya.

Abonar mucho para "que se recupere". Un exceso de nitrógeno tras un ataque produce brotación tierna y agrava oídio y pulgón.

En resumen

Las tres enfermedades que marcan la vida de un melocotonero en España son la abolladura (Taphrina deformans), que se gana o se pierde con el cobre de yema hinchada; la monilia (Monilinia spp.), que se controla sobre todo retirando momias y ramillas secas y protegiendo la floración; y el oídio (Podosphaera pannosa), que se lleva con azufre preventivo y sin excesos de nitrógeno. Alrededor de ellas están el cribado, la roya, los chancros y gomosis del tronco, los problemas de cuello por exceso de agua y, en categoría aparte, la sharka, que no se trata y obliga a arrancar.

El hilo común es que este árbol se defiende mal por sí solo y perdona poco: cicatriza despacio, florece cuando aún llueve y da un fruto de piel fina. Con poda aireada, riego que no moje la copa, higiene de restos y dos o tres tratamientos colocados en la fecha correcta, un melocotonero de jardín llega sano a la cosecha sin necesidad de un armario lleno de productos.


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