Distinguir un mildiu de una alternaria en una hoja de tomate cambia por completo lo que hay que hacer esa misma tarde: en el primer caso quedan horas para reaccionar, en el segundo quedan días. El tomate (Solanum lycopersicum) concentra más problemas sanitarios que cualquier otra hortaliza de huerto, en parte porque se cultiva en verano, en parte porque es una planta grande y jugosa, y en parte porque casi siempre se repite en el mismo bancal año tras año.

Lo que sigue es una guía de diagnóstico y manejo: qué se ve, qué lo produce, cuándo aparece y qué hacer, con el criterio español de clima y de calendario.

Cultivo de tomates en huerta

Lo primero: mirar el envés

El 90 % de los diagnósticos del tomate se resuelven girando la hoja. Pulgón, mosca blanca, araña roja, trips, oidiopsis y mildiu tienen su parte visible en el envés, mientras que el haz solo muestra la consecuencia: amarilleo, punteado o mancha. Quien inspecciona únicamente por arriba llega sistemáticamente tarde.

Conviene además revisar siempre los brotes tiernos y las hojas jóvenes del ápice, que es donde se instalan primero los chupadores, y no los cotiledones ni las hojas viejas de abajo.

Pulgón

En tomate aparecen sobre todo Myzus persicae, Aphis gossypii y Macrosiphum euphorbiae. Se agrupan en colonias en el envés y en los brotes tiernos, deforman las hojas jóvenes, que se abarquillan hacia abajo, y segregan melaza. Esa melaza atrae hormigas y sirve de sustrato a la negrilla, un hongo saprofito negruzco que no penetra en el tejido pero tapa la hoja y reduce la fotosíntesis.

El daño directo del pulgón rara vez mata una tomatera. El verdadero problema es que es vector de virus, y ahí no hay tratamiento posterior posible.

Contra focos pequeños funciona bien el jabón potásico aplicado al atardecer, mojando bien el envés, repitiendo a los 5-7 días. El aceite de neem añade efecto sobre las formas jóvenes. Y hay dos medidas de fondo que se ignoran a menudo: no abusar del nitrógeno, porque el brote blando y suculento es exactamente lo que el pulgón busca, y tolerar los primeros pulgones para que se instalen mariquitas (Coccinella septempunctata), sírfidos y crisopas. Una huerta esterilizada en mayo es una huerta indefensa en julio.

Mosca blanca

Dos especies distintas y conviene separarlas: Trialeurodes vaporariorum, la clásica de invernadero y climas templados, y Bemisia tabaci, más termófila, dominante en el litoral mediterráneo y en el sureste. Al sacudir la planta levantan una nube de adultos blancos; las ninfas, planas y translúcidas, quedan fijas en el envés.

Igual que el pulgón, chupan savia y producen melaza, pero su relevancia real es la transmisión del virus del rizado amarillo del tomate (TYLCV), el famoso virus de la cuchara, transmitido por Bemisia. La planta afectada muestra hojas pequeñas, abarquilladas hacia arriba en forma de cuchara, amarilleo en los bordes y detención brutal del crecimiento. No tiene cura: la planta se arranca y se retira de la parcela, y lo único que sirve es el control preventivo del vector y el uso de variedades resistentes.

Trampas cromáticas amarillas para monitorear y capturar adultos, mallas anti-insecto en invernadero, eliminación de malas hierbas hospedantes y jabón potásico o azufre mojable para reducir población. El auxiliar de referencia es Macrolophus pygmaeus, un mírido depredador que resuelve infestaciones en invernadero cuando se introduce a tiempo.

Tuta absoluta, la polilla del tomate

Aunque los listados clásicos hablan genéricamente de orugas, Tuta absoluta merece apartado propio porque en España es hoy la plaga que más cosecha de tomate destruye. Sus larvas excavan minas irregulares y traslúcidas dentro de la hoja, que después se necrosan, y perforan también tallos y frutos, dejando galerías con excrementos oscuros en la zona del cáliz.

Se detecta con trampas de agua con feromona y se controla combinando Bacillus thuringiensis var. kurstaki sobre larvas jóvenes (cuando aún están en la mina, después ya no llega el producto), retirada y destrucción de hojas minadas, y sueltas de Nesidiocoris tenuis o Macrolophus pygmaeus, que depredan huevos y larvas neonatas.

Un matiz técnico que evita disgustos: Nesidiocoris es voraz, pero si se queda sin presa se vuelve fitófago y produce anillos necróticos en tallos y caída de flores. En invernadero se maneja con planta de soporte y alimento suplementario; en huerto pequeño suele bastar con Macrolophus y Bt.

Otras orugas

Helicoverpa armigera es la oruga que taladra el fruto: un orificio limpio y redondo en el tomate, con la larva dentro y podredumbres secundarias detrás. Spodoptera spp. devoran hoja de forma masiva, sobre todo de noche. Chrysodeixis chalcites deja grandes mordeduras irregulares y respeta las nervaduras.

El Bacillus thuringiensis es la herramienta principal en todos los casos, con una condición que decide su eficacia: hay que aplicarlo con larvas pequeñas y al atardecer, porque la radiación ultravioleta degrada la bacteria y las orugas grandes apenas se ven afectadas. Tratar a mediodía contra orugas de tres centímetros es tirar el producto.

Araña roja

Tetranychus urticae no es un insecto sino un ácaro, y eso condiciona el tratamiento: buena parte de los insecticidas no le hacen nada. Los síntomas empiezan con un punteado amarillo fino en el haz, casi como polvo, que evoluciona a bronceado y desecación; en ataques avanzados aparecen telarañas en el envés y en las axilas.

Es una plaga de calor y sequedad: por encima de 30 °C y con humedad baja completa su ciclo en poco más de una semana, y de ahí que explote en julio y agosto en el interior peninsular. Frente a eso, subir la humedad ambiental con riegos y mojando el envés a primera hora de la mañana ya reduce la población de forma apreciable. Azufre mojable y aceites de verano funcionan bien; el depredador específico es Phytoseiulus persimilis.

Aquí está uno de los errores más caros del huerto: los piretroides de amplio espectro provocan explosiones de araña roja. Eliminan a los ácaros depredadores y a la fauna auxiliar mientras la araña, que se reproduce mucho más rápido y desarrolla resistencia con facilidad, rebrota sin competencia. Muchas plagas graves de araña roja son consecuencia directa de un tratamiento hecho contra otra cosa.

Trips

Frankliniella occidentalis es un insecto diminuto y alargado que raspa el tejido y succiona el contenido celular. Deja manchas plateadas o argentadas en la hoja, salpicadas de puntitos negros que son sus excrementos, y deforma flores y frutos jóvenes.

Su gravedad, otra vez, es vírica: transmite el virus del bronceado del tomate (TSWV), que produce anillos concéntricos necróticos en hojas y frutos y arruina la planta. Se monitorea con trampas cromáticas azules, que atraen a los trips mejor que las amarillas, y se controla con Orius laevigatus como depredador y con aplicaciones de productos autorizados en los momentos de vuelo.

Mildiu

Phytophthora infestans, el mismo organismo que arrasó la patata irlandesa, es la enfermedad que puede llevarse una plantación entera en cuestión de días. Empieza con manchas irregulares de aspecto aceitoso, verde oliváceo o pardo, sin bordes definidos, que se extienden rápido desde el borde de la hoja. En el envés, con humedad alta, se ve un fieltro blanquecino muy fino en el límite de la mancha. En el tallo produce lesiones oscuras y en el fruto, manchas pardas duras y de superficie irregular.

Mildiu en hojas de tomate

Necesita agua líquida sobre la hoja durante varias horas y temperaturas moderadas, con óptimo entre 15 y 22 °C y humedad relativa por encima del 90 %. Por eso castiga las primaveras lluviosas, la cornisa cantábrica y Galicia, los finales de verano con tormentas y los huertos regados por aspersión al atardecer.

El manejo es casi todo prevención. Regar por goteo y nunca mojando la hoja, y hacerlo por la mañana. Dar marco amplio y entutorar en vertical para que circule el aire. Destallar y deshojar la parte baja de la planta, que es por donde entra la salpicadura del suelo. Acolchar para reducir esa salpicadura. Y aplicar cobre de forma preventiva antes de los episodios de lluvia prolongada, sabiendo que actúa por contacto y que la lluvia lo lava, de modo que hay que renovarlo. Cuando el mildiu ya está declarado y avanzando, arrancar las plantas afectadas y sacarlas de la parcela protege al resto mejor que insistir con el pulverizador.

No conviene confundirlo con la alternariosis (Alternaria solani), que da manchas pardas secas y con anillos concéntricos como una diana, empezando por las hojas viejas de abajo, y que avanza mucho más despacio.

Oidiopsis y oídio

La oidiopsis (Leveillula taurica) es un oídio interno y engaña porque no se parece al oídio típico. En el haz aparecen manchas amarillas de contorno difuso; en el envés, justo debajo, un polvillo blanquecino poco denso. Las manchas terminan necrosándose por el centro y la hoja se seca sin caer. Existe también el oídio externo (Oidium neolycopersici), que sí forma el polvo blanco harinoso clásico sobre el haz.

Al contrario que el mildiu, el oídio no necesita agua libre sobre la hoja: prospera con calor, humedad ambiental media-alta y hoja seca. Es enfermedad de invernadero y de verano seco, y por eso mojar la hoja, que sería un error grave con mildiu, no lo favorece. Confundir las dos enfermedades lleva a manejos exactamente opuestos.

El azufre es el tratamiento de referencia, en polvo o mojable, con una precaución importante: no aplicarlo por encima de unos 30 °C ni en horas de sol fuerte, porque produce quemaduras en hoja y fruto. Al atardecer y con la planta bien hidratada. Bicarbonato potásico y aireación completan el control.

Enfermedades vasculares y del suelo

Cuando una tomatera se marchita a mediodía y se recupera de noche, y acaba muriendo pese a tener el suelo húmedo, el problema está abajo. Fusariosis (Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici) y verticilosis (Verticillium dahliae) obstruyen los vasos; al cortar el tallo en sección se ve un anillo pardo en la zona conductora. No hay tratamiento curativo.

Los nematodos (Meloidogyne spp.) producen agallas o nudosidades en la raíz inconfundibles al arrancar la planta, con el mismo cuadro de marchitez y enanismo.

Contra todo este grupo solo funciona la prevención: rotación de al menos tres o cuatro años sin solanáceas (nada de tomate, patata, pimiento o berenjena en el mismo bancal), planta injertada sobre patrones resistentes, variedades con resistencias declaradas, solarización del suelo en verano en huertos con historial y materia orgánica bien compostada para sostener la microbiota que compite con estos hongos.

Lo que no es una plaga y todo el mundo trata como si lo fuera

La podredumbre apical, esa mancha oscura, hundida y correosa en la base del fruto, no la causa ningún hongo ni ningún insecto, y aplicar fungicida no hace absolutamente nada. Es una fisiopatía: falta de calcio en el fruto en crecimiento. Y aquí está el matiz que casi nadie tiene en cuenta: el suelo suele tener calcio de sobra. Lo que falla es el transporte, porque el calcio se mueve con el flujo de agua y es poco móvil dentro de la planta.

Sus causas reales son la irregularidad del riego (sequía seguida de riego abundante), el exceso de nitrógeno que fuerza un crecimiento rápido, la salinidad y el exceso de potasio o magnesio, que compiten con el calcio en la absorción. Se corrige regando de forma constante, acolchando para estabilizar la humedad del suelo y moderando el abonado nitrogenado. Afecta más a las variedades alargadas tipo pera y a los primeros frutos de la temporada.

Al mismo grupo pertenecen el rajado del fruto, por entradas bruscas de agua tras un periodo seco, y el golpe de sol, esa zona blanquecina y apergaminada en el hombro del tomate que aparece cuando se deshoja en exceso y el fruto queda expuesto al sol de agosto.

Diez decisiones que evitan la mitad de los problemas

Rotar y no repetir solanáceas en el mismo sitio. Espaciar las plantas: 50-60 cm entre pies y un metro entre líneas, sin apretar. Entutorar en vertical y destallar con tiempo seco. Deshojar la parte baja hasta el primer ramillete. Regar por goteo y por la mañana, nunca mojando la hoja. Acolchar el suelo. Moderar el nitrógeno. Revisar el envés dos veces por semana. Arrancar y retirar las plantas con virosis en cuanto se identifican. Y no tratar por rutina: cada aplicación de amplio espectro elimina también a los aliados.

En resumen

Las plagas de tomate hacen menos daño por lo que comen que por los virus que transmiten: pulgón, mosca blanca y trips son sobre todo vectores, y contra una virosis declarada no existe remedio. Entre las enfermedades, la línea divisoria está en el agua: el mildiu exige hoja mojada y se combate manteniéndola seca y con cobre preventivo, mientras el oídio y la oidiopsis prosperan sin ella y se tratan con azufre por debajo de 30 °C. Los hongos de suelo y los nematodos no se curan, se previenen con rotación y planta injertada. Y la podredumbre apical no es una enfermedad, sino un problema de riego disfrazado.

Una tomatera aireada, regada con regularidad, sin exceso de nitrógeno y revisada por el envés dos veces por semana se queda sin la mayor parte de este listado antes de necesitar el primer tratamiento.


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