Una mancha aceitosa en una hoja baja, del tamaño de una moneda, puede convertirse en una tomatera muerta en diez o doce días si vienen tres noches húmedas seguidas. El tomate es un cultivo agradecido en producción y muy poco agradecido en sanidad: concentra un catálogo de hongos, bacterias y virus que pocas hortalizas igualan, y buena parte del éxito de una plantación se decide en cómo se reconocen y se anticipan esos problemas, no en cómo se curan una vez instalados.

Este artículo repasa las enfermedades fúngicas y bacterianas más frecuentes en el cultivo del tomate en España, los desórdenes que se confunden con ellas y el grupo de virus que hoy condiciona de verdad la elección de variedad. La distinción importa: un hongo se combate, un virus no. Cuando la planta está virosada, lo único que queda es arrancarla.

Hojas de tomate con síntomas de enfermedad fúngica

Antes de diagnosticar: mira dónde empieza y con qué tiempo

Buena parte de los errores de diagnóstico en tomate se resuelven con dos preguntas. La primera: ¿dónde aparecieron los primeros síntomas? Lo que empieza abajo y sube suele ser un hongo de suelo o de salpicadura (alternariosis, septoriosis, mildiu en años húmedos). Lo que aparece de golpe en la parte alta y en las hojas jóvenes apunta a virus o a un problema de raíz que se manifiesta arriba. Lo que sale solo en el fruto y no en la hoja rara vez es una enfermedad: suele ser fisiopatía.

La segunda: ¿qué tiempo ha hecho las últimas 48 horas? El mildiu necesita agua líquida sobre la hoja; sin rocío persistente, lluvia o riego por aspersión no arranca. El oidio, al contrario, prospera con humedades medias y sin mojado foliar. La botritis necesita humedad alta y una herida. Saber qué condiciones ha habido descarta la mitad de las hipótesis antes de mirar la hoja con lupa.

Y una advertencia general sobre el manejo: en tomate, la sanidad se gana con aireación y con agua que no toque la hoja. Un marco de plantación holgado (mínimo 40-50 cm entre plantas y 1 m entre líneas en aire libre), destallado hecho a tiempo, deshojado de las hojas bajas que rozan el suelo y riego localizado por goteo evitan más problemas que cualquier calendario de tratamientos.

Oidiopsis: el oidio que ataca desde dentro

La oidiopsis o «ceniza» del tomate la causa Leveillula taurica, un hongo peculiar dentro de los oídios porque su micelio crece dentro del tejido de la hoja y solo saca los conidióforos al exterior por los estomas del envés. Esa biología explica todos sus síntomas y también por qué se trata distinto.

Aparecen manchas amarillas de contorno difuso en el haz, que con el tiempo se necrosan por el centro y toman un aspecto de quemadura parda. Si le das la vuelta a la hoja verás en el envés, justo debajo de la mancha amarilla, un polvillo blanquecino o grisáceo poco denso. Las hojas afectadas se secan pero se quedan colgando de la planta, sin caer, y la defoliación progresiva expone los frutos al sol y provoca golpe de sol.

La confusión clásica es con el oidio externo (Pseudoidium neolycopersici), que sí forma un polvo blanco muy visible en el haz y que en España es mucho menos frecuente que la oidiopsis. También se confunde el amarilleo inicial con una carencia de magnesio. La diferencia práctica: la carencia es simétrica entre nervios y afecta a hojas viejas de forma homogénea; la oidiopsis da manchas de bordes irregulares repartidas al azar.

Es enfermedad de tiempo cálido y seco, típica del verano peninsular y de invernadero en Almería y Murcia, con óptimo entre 20 y 27 °C y humedad relativa moderada. El azufre —mojable o en espolvoreo— es la base del control preventivo, pero tiene un límite serio: por encima de 30-32 °C quema el cultivo, así que en pleno verano hay que aplicarlo al atardecer o cambiar de materia activa. Los IBS y las estrobilurinas autorizadas funcionan bien, y frente a un hongo con micelio interno los productos con cierta sistemia dan más resultado que los puramente de contacto. Alterna familias químicas: Leveillula genera resistencias con facilidad.

Mildiu: la enfermedad que corre

Phytophthora infestans, el mismo organismo que arrasó la patata irlandesa, es la enfermedad que puede liquidar una plantación de tomate en menos de dos semanas. No es un hongo verdadero sino un oomiceto, y esa diferencia no es académica: muchos fungicidas clásicos no le afectan.

El síntoma inicial es una mancha verde oliva de aspecto aceitoso, de bordes mal definidos, que en pocos días pardea y se necrosa. Con humedad muy alta se ve en el envés, en el límite entre tejido sano y enfermo, un fino vello blanco. En tallo produce manchas pardo-negruzcas alargadas que anillan y matan la parte superior. En fruto da manchas pardas, duras, de superficie abollada, que arruinan el tomate por completo aunque parezca firme.

Mancha de mildiu en hoja de tomate

Las condiciones que lo disparan están muy bien descritas: temperaturas entre 10 y 20 °C con humedad relativa por encima del 90 % y agua libre sobre la hoja durante varias horas seguidas. Por eso pega tan fuerte en la cornisa cantábrica y en Galicia durante todo el verano, y en el interior peninsular sobre todo en primaveras lluviosas y en septiembre, cuando entran las primeras nieblas de madrugada. Por encima de 27-28 °C se frena solo.

El control es preventivo o no es. Una vez ves la mancha aceitosa, el hongo lleva días dentro. Trabaja sobre las condiciones: entutorado alto, ninguna hoja tocando el suelo, riego por goteo y nunca por la tarde, y separación entre plantas. En tratamiento, el cobre sigue siendo el recurso preventivo básico y el único con encaje en producción ecológica, aunque en la UE está limitado a 4 kg de cobre metal por hectárea y año. Cuando el riesgo es alto, los productos con cimoxanilo, mandipropamid, fluopicolide o fosetil-Al dan un control mucho más sólido; revisa siempre el registro oficial de fitosanitarios, porque el mancozeb, que era el estándar durante décadas, dejó de estar autorizado en la UE en 2021.

Un apunte que se pasa por alto: no plantes tomate al lado de patata, ni en la parcela donde hubo patata el año anterior. Los tubérculos que quedan en el suelo y rebrotan son el reservorio principal desde el que el mildiu salta al tomate cada temporada.

Roya: la que casi nunca es roya

Aquí conviene ser claro y desmontar una creencia muy extendida en huertos y foros. El tomate no tiene, en la práctica, una roya de importancia en España. Las royas verdaderas (hongos del orden Pucciniales) son enfermedades gravísimas en cereal, ajo, puerro, judía o rosal, pero en Solanum lycopersicum no hay ninguna especie establecida que cause daño económico en nuestras condiciones.

Lo que la gente llama «roya del tomate» es, en la práctica totalidad de los casos, una de estas tres cosas:

Alternariosis o tizón temprano (Alternaria solani, A. linariae): manchas pardas en hojas bajas con anillos concéntricos muy característicos, como una diana, rodeadas de un halo amarillo. Sube de abajo arriba. Aparece con calor (24-29 °C) y humedad, y se agrava en plantas mal nutridas o con carga excesiva de fruto. En el cuello del tallo puede dar chancros oscuros.

Septoriosis (Septoria lycopersici): manchas pequeñas, muy numerosas, redondeadas, de centro gris claro y borde oscuro, con puntitos negros diminutos (picnidios) visibles con lupa en el centro. También empieza por abajo y provoca defoliación rápida.

Cladosporiosis (Fulvia fulva): manchas amarillas difusas en el haz y, en el envés, un fieltro aterciopelado de color pardo-oliváceo que sí recuerda al polvo anaranjado de una roya. Es típica de invernadero mal ventilado con humedades por encima del 85 %. Hay resistencias genéticas (genes Cf) en muchas variedades comerciales.

El manejo de las tres coincide: eliminar y quemar los restos de cultivo (no compostarlos en montón frío), rotar al menos tres años sin solanáceas, deshojar la parte baja, evitar el mojado foliar y aplicar preventivos a base de cobre o de fungicidas autorizados en cuanto aparezcan las primeras manchas en las hojas inferiores.

Podredumbres: distinguir cuál es antes de tocar nada

Bajo la etiqueta «podredumbre» caben cosas muy distintas, y confundirlas lleva a tratamientos inútiles.

Podredumbre gris (Botrytis cinerea). El moho gris polvoriento que cubre tallos, flores y frutos. Necesita dos cosas: humedad alta y una herida o un tejido senescente por donde entrar. Las heridas de destallado son su puerta de entrada favorita: por eso el destallado hay que hacerlo en día seco, a media mañana, y a ras, sin dejar tocón. En fruto verde deja unas manchas circulares translúcidas con un punto central, las llamadas «manchas fantasma», que son un ataque abortado. En invernadero, ventilar antes que tratar.

Podredumbre blanca (Sclerotinia sclerotiorum). Micelio blanco denso, como algodón, y dentro de él unos cuerpos negros y duros del tamaño de un grano de pimienta: los esclerocios. Ataca el tallo a la altura del cuello y marchita la planta entera de golpe. Los esclerocios sobreviven años en el suelo, así que la rotación larga y el arranque inmediato de las plantas afectadas son la única defensa razonable.

Podredumbre del cuello y de raíz (Phytophthora, Rhizoctonia solani, Pythium). La planta se marchita a mediodía y se recupera de noche, hasta que un día ya no se recupera. Si rascas el cuello verás el tejido pardo. Nueve de cada diez veces es un problema de exceso de riego y suelo compactado, no de patógeno agresivo: el hongo es el síntoma, no la causa. Planta sobre caballón, mejora el drenaje y espacia riegos.

Podredumbre apical (blossom-end rot). Y aquí va la corrección más importante del artículo: el culo negro del tomate no es una enfermedad y no se cura con fungicidas. Es una fisiopatía por falta de calcio en el fruto en desarrollo. Y en los suelos calizos que dominan buena parte de España, que van sobrados de calcio, el problema no es que falte en el suelo, sino que no llega al fruto. ¿Por qué? Porque el calcio viaja con la corriente de transpiración y necesita riego regular. Cualquier cosa que interrumpa el flujo de agua lo provoca: riegos irregulares (secar y encharcar), exceso de nitrógeno amoniacal, exceso de potasio o magnesio compitiendo por absorción, salinidad alta y raíces dañadas. La solución es regular el riego con acolchado y goteo, no comprar calcio. Los aportes foliares de calcio ayudan poco porque el fruto transpira muy poco y absorbe mal por la piel.

Mención aparte para el rajado del fruto, que no es enfermedad ni infección: es la piel que no da de sí cuando la planta absorbe agua de golpe tras un periodo seco, o cuando hay fuertes oscilaciones de temperatura entre día y noche. Riego constante, sombreo ligero en las horas centrales de julio y agosto, y variedades de piel elástica. Los tomates rajados hay que recogerlos enseguida, porque la grieta es la autopista de entrada de botritis y de bacterias.

Roña, moteado y manchas bacterianas

Lo que en tomate se llama «roña» son manchas ásperas, corchosas, ligeramente elevadas sobre el fruto, y detrás hay bacterias, no hongos. Las dos habituales son la mancha bacteriana (Xanthomonas spp., principalmente X. euvesicatoria y X. gardneri) y el moteado bacteriano (Pseudomonas syringae pv. tomato).

En hoja dan manchas pequeñas, angulosas, oscuras y con halo amarillo, que a contraluz se ven al principio como puntos acuosos. En fruto verde empiezan como puntitos negros hundidos que después se elevan y se vuelven ásperos al tacto, como una costra. La Xanthomonas prefiere calor (24-30 °C), la Pseudomonas tiempo fresco y húmedo (18-24 °C): distinguirlas por la estación es una pista razonable.

La clave del control es que ambas se transmiten por semilla y por salpicadura. Dos consecuencias prácticas. Una: usa semilla certificada o desinfecta la propia (remojo 25 minutos en agua a 50 °C, con termómetro; por encima de 52 °C pierdes germinación). Dos: no trabajes entre las plantas con el follaje mojado, porque las manos y la ropa dispersan la bacteria por toda la línea en una mañana. Los tratamientos cúpricos limitan la extensión pero no curan lo ya infectado, y hay cepas de Xanthomonas con tolerancia al cobre. Elimina las plantas más afectadas y rota.

Virus del tomate: lo que ya no se cura

Con los virus cambia todo el planteamiento. No existe ningún producto que cure una planta virosada, ni convencional ni ecológico ni casero. La única estrategia posible tiene tres patas: variedades con resistencia genética, control del insecto vector y eliminación inmediata de las plantas afectadas. Esto último cuesta hacerlo, porque la planta sigue viva y da algo de fruto, pero mientras siga en la parcela es una fuente de inóculo para las demás.

Un truco de diagnóstico: las virosis dan síntomas en las hojas jóvenes y de forma sistémica —deformaciones, mosaicos, cambios de color en toda la planta o en una rama entera—, mientras que los hongos dan lesiones localizadas con bordes definidos. Y las virosis suelen aparecer en plantas sueltas repartidas por la parcela, no en una mancha continua.

Virus del bronceado del tomate (TSWV). Transmitido por trips, sobre todo Frankliniella occidentalis. Anillos concéntricos bronceados en hoja, necrosis en el ápice de la planta, y frutos con anillos amarillos y rojos que los hacen invendibles. La resistencia comercial se basa en el gen Sw-5, y existen ya cepas capaces de superarla. Control: mallas antitrips de 10x20 hilos/cm², trampas azules pegajosas y sueltas de Orius laevigatus o Amblyseius swirskii.

Virus del rizado amarillo del tomate (TYLCV), la conocida «cuchara». Lo transmite la mosca blanca Bemisia tabaci. La planta se queda enana, con entrenudos cortísimos, hojas pequeñas, abarquilladas hacia arriba —de ahí lo de la cuchara— y con los bordes amarillos. Si infecta en planta joven, la cosecha es prácticamente nula. Los genes Ty-1, Ty-2 y Ty-3 dan tolerancia: la planta se infecta pero produce. En el sureste peninsular, plantar tomate sin resistencia a TYLCV en verano-otoño es tirar el dinero.

Virus del mosaico del tomate (ToMV) y del tabaco (TMV). Mosaico verde claro y oscuro en las hojas, a veces con hojas afiliformes que parecen hojas de helecho. Estos virus no necesitan insecto: se transmiten por contacto mecánico, por las manos, por las tijeras de destallado y por la semilla, y son extraordinariamente persistentes en los restos vegetales. Es cierto que el tabaco de los cigarrillos puede portar TMV; lavarse bien las manos antes de manipular las plantas es una precaución real, no una leyenda. Las variedades comerciales actuales incorporan de forma habitual el gen Tm-2².

Virus del mosaico del pepino dulce (PepMV). Endémico en los invernaderos de tomate del sureste desde hace más de veinte años. Da mosaicos amarillos en hoja, aspecto de ortiga en las hojas jóvenes y, sobre todo, maduración irregular del fruto: tomates con jaspeado, zonas que no llegan a colorear. Es puramente mecánico, así que la higiene de manos y herramientas lo es todo.

Virus del fruto rugoso marrón del tomate (ToBRFV). El más serio de los recientes. Se detectó en España en 2019 y está sometido a medidas de cuarentena. Lo grave es que rompe la resistencia Tm-2², que era la que protegía frente al resto de tobamovirus. Provoca manchas amarillas y pardas rugosas en el fruto, que queda deforme y sin valor comercial, y mosaicos en hoja. Se transmite por contacto y por semilla, sobrevive meses en superficies, y su presencia es de declaración obligatoria: si sospechas, avisa al servicio de sanidad vegetal de tu comunidad autónoma. Desinfecta herramientas con hipoclorito o con desinfectantes específicos frente a tobamovirus; el alcohol no es suficiente contra este grupo.

Virus de la clorosis del tomate (ToCV) y del amarilleo (TICV). Transmitidos por moscas blancas (Bemisia tabaci y Trialeurodes vaporariorum respectivamente). Producen un amarilleo intervenal de las hojas medias y bajas, con los nervios permaneciendo verdes, y las hojas se vuelven quebradizas. Se confunden constantemente con una carencia de magnesio o con senescencia normal, y esa confusión hace perder semanas.

Virus del mosaico del pepino (CMV). Transmitido por pulgones de forma no persistente, lo que significa que el pulgón lo inocula en segundos: cuando notas la colonia de pulgón, la transmisión ya ocurrió. Da mosaicos y hojas filiformes. Tiene un rango de hospedantes enorme, así que las malas hierbas del borde de la parcela cuentan como reservorio.

Un calendario mínimo de prevención

Antes de plantar. Elige variedades con el paquete de resistencias que necesita tu zona: en el sureste y en Levante, TYLCV es innegociable; en zonas húmedas del norte, prioriza tolerancia a mildiu. Comprueba que el planté que compras venga sano, sin hojas amarillas ni deformadas: buena parte de los virus entra en el huerto dentro del plantel. Rota: mínimo tres años sin solanáceas (tomate, patata, pimiento, berenjena) en la misma tabla.

En plantación. Marco holgado, caballón, acolchado —que reduce las salpicaduras de suelo a hoja, que es como suben alternaria y las bacterias— y goteo instalado desde el principio.

Durante el cultivo. Destalla en seco y con tijera desinfectada entre plantas si has visto síntomas víricos. Deshoja la parte baja hasta el primer ramillete en cuanto la planta lo permita. Revisa el envés de las hojas una vez por semana: casi cualquier problema se detecta antes ahí que en el haz. Mantén las mallas y las trampas cromáticas para vigilar mosca blanca y trips.

Al final. Retira y destruye todos los restos de cultivo, incluidas raíces y cuerdas de entutorado si hubo virosis. Los restos que se quedan en la parcela son el inóculo del año siguiente, y esa es la causa número uno de que un problema se repita temporada tras temporada en el mismo huerto.

En resumen

En el tomate hay que separar tres categorías que se tratan de manera muy distinta. Los hongos y oomicetos —oidiopsis, mildiu, alternariosis, septoriosis, botritis, esclerotinia— se previenen con aireación, riego por goteo y tratamientos aplicados antes de que aparezca el síntoma; una vez visible la lesión, vas tarde. Las bacterias de la roña y el moteado entran por semilla y se dispersan con el follaje mojado, así que la higiene y la semilla sana pesan más que el cobre. Y los virus no tienen tratamiento: se combaten eligiendo variedades resistentes, controlando trips, moscas blancas y pulgones, desinfectando las herramientas y arrancando sin contemplaciones la planta afectada.

Conviene además desconfiar de dos etiquetas populares. La «roya del tomate» casi siempre es alternariosis, septoriosis o cladosporiosis, y la podredumbre apical no es una enfermedad ni se soluciona con fungicidas ni comprando calcio: es riego irregular. Diagnosticar bien es, en este cultivo, la mitad del trabajo.


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