Rasca con la uña el fieltro blanco del envés de una hoja de vid. Si se desprende con facilidad y deja el tejido limpio, era mildiu. Si no se va, si está pegado al tejido y bajo lupa se ve como una alfombra de pelos apelmazados, entonces es erinosis. Esa distinción de treinta segundos ahorra un tratamiento fungicida que no habría servido de nada.

Pocas alteraciones de la viña resultan tan aparatosas y tan poco graves al mismo tiempo. La erinosis alarma a quien la ve por primera vez, porque deforma la hoja de manera muy visible, y sin embargo rara vez justifica una intervención específica. Vale la pena entender por qué.

Qué es realmente la erinosis

Lo primero que hay que aclarar: la erinosis no es una enfermedad, es una plaga. No la causa un hongo, ni una bacteria, ni un virus. La produce un ácaro microscópico llamado Colomerus vitis, también citado en la bibliografía antigua como Eriophyes vitis, de la familia de los eriófidos.

Estos ácaros no se parecen a la araña roja ni a nada que se identifique a simple vista. Miden alrededor de 0,2 milímetros, tienen el cuerpo alargado y vermiforme, como un gusanito translúcido de color blanco crema, y solo cuatro patas, todas concentradas en la parte anterior, en lugar de las ocho habituales en los ácaros. Para verlos hace falta una lupa de al menos 20 aumentos, y aun así hay que saber dónde mirar.

Lo que sí se ve es su efecto. Cuando el eriófido se instala en la cara inferior de una hoja joven y empieza a picar, inyecta saliva con sustancias que alteran el crecimiento del tejido vegetal. La hoja responde de dos maneras a la vez: por el haz, la zona picada crece más deprisa que el resto y se abomba hacia arriba formando una ampolla; por el envés, en la depresión correspondiente, los tricomas —los pelillos normales de la hoja— se hipertrofian y se multiplican hasta formar un fieltro denso llamado erineo. De ahí viene el nombre de la alteración.

Es decir, ese algodón blanco no es el ácaro ni una colonia de hongo: es tejido de la propia vid deformado, un nido de pelos vegetales dentro del cual viven y se reproducen los ácaros protegidos de la lluvia, del sol y de prácticamente cualquier producto de contacto.

Hoja de vid con ampollas y erineo característicos de la erinosis

Los síntomas y cómo no confundirlos

El cuadro típico aparece en primavera, sobre las hojas jóvenes de los brotes en crecimiento, y es inconfundible una vez lo has visto:

En el haz, abultamientos convexos, irregulares, de uno a dos centímetros, que sobresalen de la lámina como pequeñas ampollas o verrugas. Al principio son del color de la hoja o algo más claros; con el tiempo pueden amarillear o pardear.

En el envés, justo debajo de cada abultamiento y en la concavidad que forma, el erineo: un fieltro compacto y afelpado. Empieza siendo blanco puro o ligeramente rosado, después vira a amarillento y termina, ya avanzada la temporada, en un pardo rojizo o ferruginoso que da a la hoja un aspecto de quemadura. Ese cambio de color no significa que el problema se agrave: es simplemente el envejecimiento de los tricomas.

La confusión sistemática es con el mildiu de la vid (Plasmopara viticola), y merece la pena fijar bien las diferencias porque llevan a tratamientos distintos:

El mildiu produce en el haz una mancha de aceite, translúcida, plana, sin relieve, que se ve mejor a contraluz. La erinosis produce relieve. El mildiu forma en el envés una pelusa blanca fina, algodonosa, con aspecto de escarcha o de azúcar glas, que aparece tras noches húmedas, se desprende al pasar el dedo y desaparece con el tiempo seco. El erineo de la erinosis es un fieltro denso, apelmazado, que está firmemente unido al tejido y no se va por mucho que frotes. Y el mildiu, además, ataca racimos: si el problema está también en la inflorescencia o en las bayas, no es erinosis.

También conviene distinguirla de la acariosis de la vid, causada por otro eriófido, Calepitrimerus vitis. Este no forma erineo: provoca brotes cortos con entrenudos apiñados, hojas pequeñas, deformadas y con punteaduras, y un aspecto general de brotación fallida en primavera. La acariosis sí puede costar cosecha de verdad; la erinosis normalmente no.

Cómo pasa el invierno y por qué aparece justo en la brotación

Entender el ciclo es lo que permite acertar con el momento del tratamiento, si es que hace falta.

Las hembras invernantes de Colomerus vitis pasan el invierno refugiadas bajo las escamas de las yemas y en las grietas de la corteza de los pulgares y brazos. Están ahí, inmóviles, mientras la cepa está parada. En cuanto la yema empieza a hincharse y a abrirse en primavera, salen de su refugio y colonizan directamente las hojitas recién formadas, que son las únicas capaces de responder con la formación del erineo: una hoja adulta ya no reacciona, por eso los síntomas se ven siempre en la parte joven del brote y las hojas de la base quedan limpias.

A partir de ahí se suceden varias generaciones a lo largo de la temporada —tres o cuatro en condiciones peninsulares, más en años cálidos—, y los ácaros van pasando a las hojas nuevas conforme el brote crece. Hacia final del verano, con el acortamiento del día, las hembras de la última generación migran de nuevo hacia las yemas para invernar. Ese momento es importante: después de agosto ya no tiene ningún sentido tratar, porque el ácaro está entrando en refugio y las hojas afectadas se van a caer igualmente con el otoño.

Un detalle sobre el que suele haber desinformación: Colomerus vitis tiene varias formas o cepas biológicas. La que produce erineo es la más común y la más benigna. Existen otras dos, mucho más raras, que no forman fieltro pero causan daños serios: la llamada cepa de yema, que ataca las yemas en invierno y da brotaciones con entrenudos muy cortos, brotes deformados y corrimiento del racimo, y una cepa que provoca enrollamiento foliar. Si ves los daños sin erineo, el diagnóstico y el tratamiento cambian por completo.

¿Hay que tratar? Casi siempre, no

Aquí está la corrección más útil de este artículo. La erinosis clásica, la que forma ampollas y erineo en la hoja, tiene un efecto insignificante sobre la producción y sobre la calidad de la uva. Una cepa adulta y bien establecida tiene una superficie foliar muy por encima de sus necesidades, y perder capacidad fotosintética en unas cuantas hojas jóvenes no se traduce en menos kilos ni en peor mosto. Cada primavera se aplican en España tratamientos acaricidas contra erinosis que no eran necesarios.

Los casos en que sí conviene intervenir son concretos y bastante identificables:

Plantaciones jóvenes y viveros. Una planta de primer o segundo año necesita toda su hoja para formar el sistema radicular y la estructura leñosa. Ahí sí, un ataque intenso frena el desarrollo de manera apreciable.

Ataques muy tempranos y muy generalizados. Si el erineo aparece ya en los primeros pares de hojas, sobre prácticamente todos los brotes de la parcela, y las hojas quedan tan deformadas que el brote se frena, merece la pena actuar.

Antecedentes de daño en yema. Si el año anterior hubo brotación irregular, entrenudos apiñados o corrimiento sin explicación, y se confirmó la presencia del eriófido, el planteamiento es preventivo y no estético.

Variedades sensibles. Hay diferencias claras entre variedades: las de hoja con envés muy tomentoso tienden a mostrar erinosis más aparatosa, aunque el daño real siga siendo bajo.

El tratamiento, cuando toca

El producto de referencia contra los eriófidos de la vid es, desde hace más de un siglo, el azufre, y sigue siéndolo. Funciona, es barato, está autorizado en producción ecológica y de paso cubre el oidio, que es el motivo por el que en la práctica rara vez hace falta un tratamiento exclusivo contra la erinosis: el calendario de azufre contra oidio ya la mantiene a raya.

Lo que decide la eficacia es el momento. El único instante en que los ácaros están expuestos y accesibles es cuando salen de las yemas y todavía no han construido el erineo. Eso ocurre entre el estado fenológico de punta verde y las primeras hojas extendidas (estados C-D-E de Baggiolini), aproximadamente cuando los brotes miden entre 2 y 10 centímetros. Una vez formado el fieltro, el ácaro está dentro y ningún producto de contacto llega hasta él: tratar en junio sobre hojas ya abolladas es tirar el producto.

En cuanto a la forma de aplicación, el azufre en espolvoreo es más eficaz que el mojable contra eriófidos, porque actúa por sublimación y el vapor sí penetra en los repliegues de la hoja. Las dosis habituales de espolvoreo en viña rondan los 20-30 kg/ha, y las de azufre mojable, entre 3 y 5 kg/ha, aunque conviene ajustarse siempre a lo que indique la etiqueta del producto y al registro de fitosanitarios vigente.

Dos condiciones limitan al azufre y hay que respetarlas:

Por debajo de 15 °C apenas sublima y la eficacia cae mucho. Si la brotación viene con un marzo frío, el tratamiento no hará gran cosa.

Por encima de 30-32 °C quema el follaje, y sobre uva de mesa puede dejar marcas. En zonas cálidas hay que aplicarlo a primera hora de la mañana o al atardecer, nunca a mediodía.

Como alternativa en parada invernal o inicio de brotación existen los tratamientos con polisulfuro de calcio y con aceites minerales de invierno, que actúan sobre las formas refugiadas bajo las escamas de las yemas. Son la opción razonable cuando el problema es la cepa de yema y no el erineo. Los acaricidas específicos autorizados en viña son innecesarios para la erinosis común, y usarlos tiene un coste añadido del que se habla poco.

El error que agrava el problema

Ese coste es la fauna auxiliar. Las viñas mantienen poblaciones de ácaros depredadores fitoseidos —Typhlodromus pyri, Kampimodromus aberrans, Amblyseius andersoni— que se alimentan de eriófidos y de araña roja y que, cuando están bien establecidos, hacen el control solos y gratis.

Los tratamientos repetidos con piretroides y con algunos acaricidas de amplio espectro eliminan a estos fitoseidos con mucha más facilidad que a los eriófidos. El resultado es el clásico efecto rebote: parcelas donde la erinosis y la acariosis eran anecdóticas y, tras varias campañas de insecticidas agresivos, se convierten en un problema recurrente. Mantener cubierta vegetal en las calles, no abusar de los piretroides y elegir productos con perfil compatible con fauna auxiliar es, a medio plazo, mucho más eficaz que cualquier acaricida.

La otra medida de fondo es la poda. Al podar en invierno se retira madera vieja con corteza agrietada, que es donde inverna buena parte de la población. Retirar y destruir los sarmientos de las cepas más afectadas reduce el inóculo de partida del año siguiente sin gastar un euro en producto.

Erinosis en otras plantas

El término «erinosis» no es exclusivo de la vid: describe cualquier formación de erineo provocada por un eriófido, y hay bastantes casos en jardinería y frutales españoles.

En nogal (Aceria erinea) aparecen ampollas muy marcadas en el haz con fieltro blanquecino debajo, casi idénticas a las de la vid. En peral, Eriophyes pyri produce manchas ampolladas que empiezan rosadas y terminan negras, y ahí el daño puede llegar a los frutos jóvenes. En tilo y en arce, muy plantados en calles y parques, los eriófidos dan agallas y erineos rojizos que asustan pero no comprometen al árbol. En avellano, Phytoptus avellanae provoca las yemas hinchadas y abortadas del «big bud», y este sí es un problema económico serio.

El criterio general se repite en todos ellos: en árboles y arbustos adultos y bien establecidos, el erineo es un problema estético que se resuelve con paciencia, retirada de las hojas afectadas y respeto a los depredadores naturales. En planta joven, en vivero y en los casos que afectan a yemas o frutos, sí hay que actuar.

En resumen

La erinosis de la vid la causa el ácaro eriófido Colomerus vitis, no un hongo. Sus síntomas —ampollas en el haz y fieltro blanco que después pardea en el envés— se confunden constantemente con el mildiu; la prueba decisiva es que el erineo no se desprende al frotarlo y el mildiu sí, y que el mildiu ataca racimos mientras que la erinosis se queda en la hoja.

El ácaro inverna bajo las escamas de las yemas y coloniza las hojas jóvenes en la brotación, que es la única ventana en la que un tratamiento resulta eficaz: entre punta verde y las primeras hojas extendidas, con azufre, preferentemente en espolvoreo, y con temperaturas entre 15 y 30 °C. Después de que el erineo esté formado, el ácaro queda protegido dentro y tratar no sirve.

Y lo más importante: en viña adulta, la erinosis común no reduce la cosecha y no exige tratamiento específico. El azufre aplicado contra el oidio la controla de sobra. Reservar la intervención para plantaciones jóvenes, viveros, ataques muy tempranos y generalizados o sospecha de daño en yema, y cuidar los ácaros depredadores de la parcela, resuelve el asunto mejor que cualquier acaricida.


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