Un adulto de Frankliniella occidentalis mide entre 1 y 1,4 milímetros y pasa la mayor parte de su vida metido dentro de una flor cerrada, donde ningún pulverizador lo alcanza. Ese detalle explica casi todo lo que hace difícil su control: cuando aparecen los daños en el fruto, el insecto que los causó ya se ha reproducido, ya ha bajado al suelo a pupar y probablemente ya ha inoculado un virus que la planta tardará dos semanas en manifestar.

El trips occidental de las flores llegó a Europa desde el oeste de Norteamérica a comienzos de los años ochenta y se detectó en el litoral mediterráneo español pocos años después. En cuatro décadas se ha convertido en una de las plagas clave del invernadero de pimiento, del cultivo de flor cortada y de un buen número de ornamentales de jardín, con más de doscientas especies vegetales registradas como hospedantes.

Adulto de Frankliniella occidentalis, el trips occidental de las flores

Cómo es y cómo se reconoce

Pertenece al orden Thysanoptera, familia Thripidae. Las hembras adultas son las mayores, de color variable entre amarillo pálido y pardo oscuro según la época del año y la temperatura de desarrollo: las generaciones de invierno tienden a ser más oscuras. Los machos son más pequeños, siempre amarillentos y bastante más escasos. Las alas son estrechas y están orladas de flecos largos, el rasgo que da nombre al orden y que se aprecia con una lupa de 10 aumentos.

Las larvas, en cambio, son ápteras, blanquecinas o amarillentas, y se mueven despacio por el interior de la flor y por el envés de las hojas jóvenes. Distinguir F. occidentalis de otros trips presentes en nuestros cultivos, como Thrips tabaci o Thrips fuscipennis, requiere microscopio y contar setas ocelares, así que en campo lo razonable es dar por hecho que el trips de las flores del pimiento, del tomate o del rosal es el occidental salvo prueba en contra.

El síntoma más característico no es el insecto sino la marca que deja. Al alimentarse, perfora las células epidérmicas con su estilete y sorbe el contenido; la célula vacía se llena de aire y el tejido adquiere ese aspecto plateado o plomizo tan reconocible, salpicado de puntitos negros de excrementos. En pimiento provoca deformaciones y un asurcado corchoso en el fruto; en pepino y judía, plateados extensos en hoja; en rosal y clavel, pétalos con manchas blanquecinas y flores que abren mal; en gerbera y crisantemo, decoloraciones en el disco floral que arruinan la flor comercial.

El daño que de verdad importa: los virus

La picadura hace feo el fruto. El virus mata la cosecha. F. occidentalis es el principal vector del virus del bronceado del tomate (TSWV, Tomato spotted wilt virus) y también transmite el virus de las manchas necróticas de la impatiens (INSV), muy dañino en ornamentales de vivero.

Aquí hay un punto que se explica mal a menudo y que cambia por completo la estrategia. La transmisión es de tipo persistente propagativa y tiene una restricción biológica muy estricta: el virus solo puede ser adquirido por las larvas del primer estadio, recién nacidas, alimentándose sobre una planta infectada. Una vez adquirido, el virus se multiplica dentro del insecto y este lo transmite el resto de su vida, ya como larva de segundo estadio y sobre todo como adulto. Un adulto que llega de fuera y pica una planta enferma no se vuelve infectivo nunca.

La consecuencia práctica es contundente: la fuente de virus de un invernadero no son los adultos que entran, sino las plantas infectadas que hay dentro y las malas hierbas del perímetro, donde nacen larvas que sí lo adquieren. Arrancar y sacar en bolsa cerrada las plantas con síntomas de bronceado, en cuanto se detectan, vale más que tres tratamientos. Y en tomate, elegir variedades con el gen de resistencia Sw-5 resuelve buena parte del problema, aunque existen aislados del virus capaces de romper esa resistencia.

Ciclo biológico

El ciclo pasa por huevo, dos estadios larvarios, prepupa, pupa y adulto. La hembra inserta los huevos, reniformes y de unas 0,2 mm, dentro del tejido vegetal con su oviscapto aserrado: en el pétalo, en el nervio de la hoja o bajo la epidermis del fruto tierno. Están, por tanto, protegidos de cualquier insecticida de contacto. Cada hembra pone del orden de 150 a 300 huevos a lo largo de su vida.

Las dos fases larvarias transcurren sobre la planta y son las que más se alimentan. La prepupa y la pupa no comen y en la mayoría de los casos se dejan caer al suelo, donde permanecen en los primeros centímetros de sustrato o entre los restos vegetales hasta emerger como adultos. Esa etapa subterránea es la gran laguna de los tratamientos foliares y la razón por la que un programa que solo actúe sobre la parte aérea deja siempre una reserva de población intacta.

La reproducción es haplodiploide: de los huevos sin fecundar salen machos y de los fecundados, hembras. Eso permite que una sola hembra fundadora inicie una colonia.

La duración depende de la temperatura, con un umbral de desarrollo en torno a los 10 °C. Entre 25 y 30 °C el ciclo completo se cierra en unas dos semanas, lo que en un invernadero de primavera-verano puede significar más de una docena de generaciones al año y un solapamiento total de estadios. A 15 °C el mismo ciclo se alarga a más de un mes. Traducido a manejo: en abril, con el invernadero a 28 °C, una población que hoy parece anecdótica es un problema serio a los veinte días.

Ciclo biológico de la Frankliniella occidentalis

Detección y seguimiento

Las trampas cromáticas azules pegajosas son el instrumento básico de seguimiento. El azul funciona mejor que el amarillo para este trips concreto, aunque el amarillo capta más fauna acompañante y a veces interesa por eso. Conviene colocarlas a la altura de la vegetación, subiéndolas conforme crece el cultivo, y revisarlas cada semana anotando el número de capturas: lo que informa no es el valor absoluto sino la tendencia.

La trampa sirve para saber cuándo empieza el vuelo, no para medir lo que hay en la flor. Para eso hay que muestrear directamente: se recogen flores al azar, se golpean sobre una hoja de papel blanco o dentro de un bote con alcohol y se cuentan los individuos. Un error frecuente es muestrear a mediodía en las horas de más calor, cuando el trips se refugia; las primeras horas de la mañana dan lecturas más fiables.

Merece la pena revisar también las flores de la vegetación espontánea del entorno. Sonchus, Conyza, malvas y crucíferas silvestres funcionan como reservorio de trips y de TSWV, y son el foco desde el que se recoloniza el cultivo cada primavera.

Control biológico

Es, con diferencia, la vía que mejores resultados da, y no por motivos ideológicos: la resistencia a insecticidas de esta especie está tan extendida que en muchas zonas el control químico sencillamente ya no funciona.

Orius laevigatus es el enemigo natural de referencia. Es un chinche antocórido depredador, de unos 2-3 mm, que ataca larvas y adultos de trips y que, una vez establecido, mantiene la plaga por debajo del umbral de daño durante todo el ciclo. En pimiento de invernadero es la base del manejo integrado desde hace décadas.

Junto a él se emplean ácaros fitoseidos, que actúan sobre las larvas jóvenes y encajan bien como complemento preventivo:

Amblyseius swirskii, muy eficaz con temperaturas altas, controla además mosca blanca y se instala bien en cultivos con polen. Neoseiulus cucumeris tolera mejor el frío y se usa en sueltas tempranas o en cultivos de invierno; solo depreda larvas de primer estadio, así que su papel es preventivo, nunca curativo.

Para la fase de suelo se recurre a nematodos entomopatógenos, Steinernema feltiae, aplicados con el riego para atacar prepupas y pupas, y a hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana y Metarhizium anisopliae, que exigen humedad relativa alta y no se llevan bien con la aplicación a pleno sol.

Cómo utilizar los Orius

El fallo más repetido con Orius es soltarlo demasiado pronto. Este chinche no vive solo de trips: necesita polen para completar su desarrollo y para que las hembras pongan huevos. Si se libera en un cultivo que todavía no ha abierto flores, los individuos se dispersan o mueren y la suelta se pierde entera. La regla es esperar a que haya flor abierta y polen disponible, normalmente cuando el pimiento ha abierto las primeras flores en toda la parcela.

Las dosis orientativas van de 0,5 a 2 individuos por metro cuadrado según la presión de plaga, repartidas en dos o tres sueltas separadas una o dos semanas. Es preferible concentrar la primera suelta en focos y en las bandas de entrada del invernadero que espolvorearla de manera uniforme. El bote se deposita abierto sobre la vegetación, en la parte alta de la planta y a la sombra, nunca sobre hoja mojada ni en las horas centrales de un día caluroso.

La instalación tarda: entre la suelta y el momento en que se ven ninfas de Orius en las flores pasan tres o cuatro semanas. Durante ese periodo hay que tener paciencia y resistir la tentación de aplicar un insecticida de amplio espectro, que aniquilaría la suelta y obligaría a empezar de cero. Si hace falta bajar población en ese intervalo, solo caben materias compatibles y a dosis y momentos adecuados.

Un apunte sobre cultivos: en tomate Orius funciona mal, porque los tricomas glandulares del follaje le dificultan el desplazamiento. Ahí el manejo se apoya en resistencia varietal frente a TSWV, en fitoseidos y en barreras físicas.

Medidas preventivas y estructurales

La prevención pesa más que cualquier tratamiento, sobre todo en invernadero:

Mallas antitrips en bandas y cumbreras. Para frenar a este insecto hacen falta tramas finas, del orden de 10x20 hilos por centímetro cuadrado; una malla antipulgón corriente lo deja pasar sin problema. Hay que asumir que una malla fina reduce la ventilación, así que conviene compensarla con más superficie de ventana.

Doble puerta en los accesos, con la primera cerrada antes de abrir la segunda.

Vacío sanitario entre cultivos, de dos o tres semanas, con el invernadero limpio de restos y de malas hierbas. Dejar el cultivo anterior secándose dentro es la forma más eficaz de traspasar la plaga y el virus a la plantación siguiente.

Control de la vegetación espontánea dentro y en el perímetro, particularmente en floración.

Planta sana de partida. Revisar el material del semillero antes de plantar; muchas entradas de trips y de INSV llegan con la propia planta.

Tratamientos fitosanitarios y resistencias

F. occidentalis figura entre los insectos con mayor capacidad demostrada de desarrollar resistencia: su ciclo corto, la haplodiploidía y la enorme descendencia hacen que una materia activa usada de forma repetida pierda eficacia en pocas campañas. Ha ocurrido con piretroides, con carbamatos y también con productos que en su día se consideraron definitivos.

Si se llega a tratar, conviene tener en cuenta varias cosas. Hay que rotar modos de acción según la clasificación IRAC, no marcas comerciales; dos productos de nombre distinto pueden compartir grupo. Hay que mojar la flor, que es donde está el insecto, con volumen suficiente y boquillas que penetren, porque una aplicación superficial solo selecciona resistencia. Y hay que aplicar a última hora de la tarde, con menos evaporación y menos riesgo para los polinizadores. Como apoyo, el jabón potásico y los extractos de azadiracta ayudan en ataques incipientes, pero no resuelven una población instalada.

Las materias activas autorizadas cambian con frecuencia por las revisiones europeas, así que antes de comprar nada conviene consultar el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio para el cultivo concreto, y no fiarse de recomendaciones de hace unos años.

Errores frecuentes

Confundir el plateado con falta de riego o con exceso de sol. El plateado del trips lleva siempre puntitos negros de deyecciones; una quemadura, no.

Tratar cuando se ve el daño. Las marcas del fruto son la firma de una alimentación que ocurrió semanas atrás. La decisión se toma con las trampas y el conteo en flor, no con los síntomas.

Suponer que un adulto que llega de fuera trae el virus. Puede traerlo, si lo adquirió de larva; pero la fuente principal de inóculo suele estar dentro de la parcela.

Repetir la misma materia activa porque "la primera vez funcionó". Es exactamente el camino para quedarse sin herramientas.

Olvidar el suelo. Sin actuar sobre pupas ni sobre restos vegetales, cada tratamiento foliar deja una reserva que reemerge a los pocos días.

En resumen

Frankliniella occidentalis es un trips diminuto, polífago y de ciclo rapidísimo que daña por partida doble: deforma y platea hojas, flores y frutos, y sobre todo transmite el virus del bronceado del tomate, que solo pueden adquirir sus larvas recién nacidas. Su biología —huevos dentro del tejido, larvas en la flor, pupas en el suelo— lo protege de los tratamientos foliares y su facilidad para generar resistencias ha dejado el control químico en un papel secundario.

Lo que funciona es un planteamiento combinado: mallas finas y vacío sanitario para reducir la entrada, trampas azules y muestreo de flor para saber en qué punto está la población, eliminación inmediata de plantas con síntomas víricos y de malas hierbas reservorio, y sueltas de Orius laevigatus hechas en el momento justo, cuando ya hay polen en el cultivo. Con esos elementos bien ordenados, el trips deja de ser una emergencia recurrente y pasa a ser un problema previsible y manejable.


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