Un caldo al 1,5 % aplicado al envés de la hoja liquida una colonia de pulgón en cuestión de minutos. Ese mismo caldo, a la misma dosis, pulverizado por encima y a mediodía, no sirve prácticamente para nada. El jabón potásico es un producto extraordinariamente eficaz y extraordinariamente sensible a cómo se aplica, y esa segunda mitad es la que casi nunca se cuenta.

Qué es exactamente

El jabón potásico son sales potásicas de ácidos grasos. Se obtiene saponificando aceites vegetales (oliva, coco, colza) con hidróxido de potasio en lugar de hidróxido de sodio. Ese cambio de álcali lo explica todo: el jabón potásico queda blando o líquido, es muy soluble en agua y, cuando se degrada, aporta al suelo potasio, que es un macronutriente. El jabón sódico queda duro —el clásico jabón de pastilla, el «jabón lagarto»— y aporta sodio, que la planta no necesita y que salinizando el sustrato acaba pasando factura.

Está autorizado en agricultura ecológica en la Unión Europea y su perfil toxicológico es de los más benignos que existen entre los productos fitosanitarios. Eso no lo convierte en agua: mal usado, quema hojas.

Cómo mata: contacto puro y duro

Aquí está la clave de todo lo demás. El jabón potásico no es un veneno. No tiene modo de acción bioquímico, no se transporta por la savia y no queda en la planta esperando al insecto. Actúa físicamente y solo mientras está mojado.

Cuando el caldo alcanza al insecto ocurren dos cosas a la vez. Los ácidos grasos disuelven la capa de ceras que impermeabiliza su cutícula, y el propio tensioactivo penetra en las membranas celulares y las desestabiliza. El insecto pierde agua sin control y se deseca. Al mismo tiempo, la película de jabón obtura los espiráculos, los orificios respiratorios laterales por los que toma el oxígeno, y se asfixia. Todo eso pasa en los minutos en que la gota sigue líquida sobre su cuerpo. En cuanto se seca, el efecto termina: el residuo no mata a nada.

De ahí se deducen tres consecuencias prácticas que conviene tener muy claras. Primera: lo que no se moja, no muere. Segunda: no tiene ningún valor preventivo; tratar «por si acaso» una planta sana es tirar el producto. Tercera: los huevos son mucho menos vulnerables que las formas móviles, de modo que una sola aplicación deja siempre una segunda oleada en camino.

Contra qué funciona y contra qué no

Como el mecanismo es la disolución de ceras y la asfixia, el jabón potásico funciona contra artrópodos de tegumento blando y respiración cuticular, y falla contra los que tienen coraza o gran tamaño.

Da buen resultado sobre:

Pulgón (Aphis gossypii, Myzus persicae, Aphis fabae). Es su diana perfecta: cuerpo blando, sésil y agrupado en brotes tiernos donde el caldo llega bien. La mortalidad es prácticamente total en lo que se moja.

Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, Bemisia tabaci). Muy eficaz contra las ninfas fijas del envés. Los adultos vuelan al notar la vibración del pulverizador y vuelven después, por lo que hay que insistir en varias pasadas.

Cochinilla algodonosa (Planococcus citri) y las ninfas móviles de cualquier cochinilla. Sobre la ninfa recién nacida es letal.

Araña roja (Tetranychus urticae). Efecto parcial pero apreciable, sobre todo porque el agua del tratamiento rompe además el ambiente seco que la favorece.

Trips, psila y larvas jóvenes de otros chupadores: control parcial.

No funciona, y no hay que insistir, sobre:

Cochinillas con escudo endurecido ya formadas, como la cochinilla de la tizne del olivo (Saissetia oleae) o el piojo de San José en fase adulta. El escudo es una barrera física. Contra esas hay que ir al tratamiento de invierno con aceite parafínico o al cepillado manual.

Orugas y larvas de lepidóptero: para eso está Bacillus thuringiensis.

Escarabajos, gorgojos, caracoles y babosas: cutícula esclerotizada o mucus, el jabón resbala.

Hongos. Este es un malentendido muy repetido: el jabón potásico no es fungicida. Lo que sí hace es disolver la melaza que segregan pulgones y cochinillas, y con ella se va la negrilla, ese hollín negro que crece sobre la melaza. Limpia el síntoma y corta el alimento del hongo, pero no mata al hongo.

Colonia de cochinilla sobre el tallo de una planta

Dosis: menos es más de lo que parece

Con un jabón potásico comercial concentrado, la dosis de trabajo va del 1 al 2 %, es decir, de 10 a 20 ml por litro de agua. Para plantas delicadas o de interior, empiece por el 1 %. Para una infestación densa de pulgón en rosal o en habas, el 2 % está justificado.

Subir de ahí no mata más insectos. La saturación del efecto se alcanza pronto, mientras que la fitotoxicidad crece de forma continua con la concentración. Al 4 o 5 % lo que se consigue es quemar la planta y dejar viva a la mitad de la colonia porque no se llegó al envés. La eficacia está en la cobertura, no en la dosis.

Se disuelve primero en poca agua templada, agitando, y luego se completa el volumen. Y se prepara para gastar en el momento: no tiene sentido guardar caldo diluido de una semana para otra.

El agua importa, y mucho

Este es el fallo silencioso más común en buena parte de España. En aguas duras, con mucho calcio y magnesio —el caso de gran parte del Levante, Madrid en algunas zonas, La Mancha, el valle del Ebro—, los ácidos grasos del jabón reaccionan con esos iones y precipitan como sales insolubles. El resultado se ve: el caldo se vuelve turbio, aparecen grumos blanquecinos, atasca la boquilla y deja una película calcárea sobre la hoja.

Lo que no se ve es que la fracción de jabón que ha precipitado ya no actúa. Se pulveriza creyendo que va al 2 % y se está aplicando bastante menos. Después el tratamiento «no funciona» y se echa la culpa al producto.

La solución es sencilla: usar agua de lluvia o agua osmotizada siempre que sea posible, o acidificar ligeramente el agua del grifo hasta pH 6-6,5 con unas gotas de vinagre o de ácido cítrico antes de añadir el jabón. Si al mezclar el caldo queda transparente y hace una espuma estable, el agua es adecuada.

Cuándo y cómo pulverizar

La hora. Al amanecer o después de la puesta de sol. Nunca con sol directo sobre la hoja ni por encima de 28-30 °C. Con calor, el caldo se seca en segundos —antes de haber asfixiado a nada— y el jabón, que ha reblandecido la cutícula de la hoja igual que la del insecto, deja el tejido expuesto a la quemadura.

El envés. Es la instrucción central. Pulgón, mosca blanca y araña roja viven debajo de la hoja. Hay que pulverizar de abajo arriba, con la boquilla girada o inclinando el brote con la otra mano, hasta que la superficie brille de mojada y empiece a gotear.

La planta, hidratada. Nunca tratar un ejemplar con sed o marchito por calor. Riegue la víspera. Una planta en estrés hídrico tiene los estomas cerrados y la cutícula comprometida, y es cuando más fácilmente se quema.

La repetición. Tres aplicaciones separadas 5-7 días. La primera acaba con la población visible; la segunda y la tercera, con las ninfas que van saliendo de los huevos que sobrevivieron. Un solo tratamiento produce un alivio de tres días y la sensación de que el remedio no vale.

La prueba previa. Con especies que no conozca, pulverice una rama y espere 48 horas antes de tratar el ejemplar completo.

Fitotoxicidad e incompatibilidades

Es un producto seguro, pero tiene sus víctimas. Toleran mal el jabón potásico los helechos, las begonias, las crasas y cactus con pruina (esa capa cerosa azulada se disuelve y no se regenera; queda la marca de por vida), las plantas de hoja muy pubescente y los brotes recién emitidos. También conviene evitar mojar flores abiertas, que se manchan.

En cuanto a mezclas: el jabón potásico tiene pH alcalino, en torno a 9-10. Eso hidroliza algunas materias activas y hace que no deba mezclarse a ciegas con cualquier cosa. Y sobre todo, no combinar ni encadenar con azufre ni con aceites en fechas próximas: el jabón deja la cutícula permeable y multiplica el riesgo de quemadura. Deje varias semanas entre un azufre y un jabón.

Sí resulta útil como mojante, a dosis baja (2-3 ml por litro), para mejorar la adherencia de otros tratamientos sobre hojas cerosas, siempre que la etiqueta del otro producto no lo desaconseje.

La creencia que conviene corregir

Se repite mucho que el jabón potásico «respeta la fauna auxiliar». No es exacto. Mientras el caldo está mojado, mata por el mismo mecanismo a cualquier artrópodo de cuerpo blando que alcance: larvas de mariquita, larvas de crisopa, larvas de sírfido y ácaros fitoseidos depredadores caen igual que el pulgón. Un tratamiento a manta puede dejar el huerto sin sus aliados justo cuando estaban ganando la partida.

Lo que sí es cierto, y es una gran ventaja, es que al secarse no queda nada. El residuo es inocuo. Por eso la forma correcta de trabajar es tratar de noche o al amanecer, dirigir el chorro solo a los focos infestados y dejar sin tratar las zonas donde se vea fauna auxiliar activa. Al día siguiente, cuando los depredadores vuelvan a moverse, el jardín ya es seguro para ellos. Con la abeja, la regla es la de siempre: no pulverizar sobre planta en flor a horas de vuelo.

Comprarlo o fabricarlo

Lo razonable es comprar jabón potásico de uso fitosanitario, con su registro y su concentración declarada en la etiqueta, porque así se sabe qué se está aplicando. Rondan los 10-15 euros el litro de concentrado, que da para cientos de litros de caldo.

Fabricarlo en casa exige manipular hidróxido potásico, que es cáustico y requiere protección ocular y guantes; el resultado es un jabón de concentración incierta, lo que en un producto donde la dosis marca la línea entre eficacia y quemadura no compensa. Y por si hiciera falta insistir: el lavavajillas no es jabón potásico. Es una mezcla de tensioactivos sintéticos de sodio con desengrasantes, sales, colorantes y perfumes. Quema hojas, aporta sodio al suelo y no está autorizado como fitosanitario. La receta de «una cucharada de lavavajillas por litro» que circula por internet es responsable de más hojas arruinadas que la propia plaga.

Guarde el envase cerrado, al abrigo de las heladas y del sol directo. Bien conservado dura años sin perder propiedades.

En resumen

El jabón potásico es la primera herramienta que hay que tener en el armario para pulgón, mosca blanca, cochinilla móvil y ácaros. Mata por contacto, disolviendo las ceras del insecto y asfixiándolo, y deja de actuar en cuanto se seca. Todo lo que hay que recordar se deduce de ahí: dosis del 1-2 %, agua blanda o ligeramente acidificada, aplicación al amanecer o al anochecer, mojado exhaustivo del envés y tres pasadas separadas 5-7 días. No es fungicida, no es preventivo, no vale contra orugas ni contra cochinillas acorazadas y no es del todo inofensivo para la fauna auxiliar mientras está húmedo. Usado con esas condiciones, resuelve la mayor parte de los problemas de chupadores de un jardín o un huerto sin dejar residuo ni plazo de espera apreciable.


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