Las hojas nuevas amarillean mientras los nervios siguen dibujados en verde, como una red fina sobre fondo pálido. Ese contraste es la firma de la clorosis férrica, y aparece en jardines de media España con una regularidad que tiene poco de casual: donde el suelo es calizo y el agua de riego lleva bicarbonatos, el hierro deja de estar disponible para la planta aunque el terreno esté lleno de él.

Conviene empezar por ahí, porque es el punto que más malentendidos genera. El hierro es uno de los elementos más abundantes de la corteza terrestre y casi ningún suelo agrícola español carece de él en términos absolutos. Lo que ocurre es que, por encima de pH 7,5, el hierro se encuentra en formas oxidadas (férricas) prácticamente insolubles que la raíz no puede absorber. La clorosis férrica no es un problema de cantidad, es un problema de disponibilidad.

Hojas con clorosis férrica: limbo amarillo y nervios verdes

Qué hace el hierro dentro de la planta

El hierro no forma parte de la molécula de clorofila (eso es el magnesio), pero sí interviene como cofactor en varias enzimas necesarias para sintetizarla. Sin hierro, el cloroplasto no llega a montarse bien y la hoja nace sin pigmento verde suficiente. Además participa en la cadena de transporte de electrones de la fotosíntesis y la respiración, y en la fijación de nitrógeno de las leguminosas.

El detalle que explica el aspecto típico de la clorosis es que el hierro es un nutriente poco móvil dentro de la planta: una vez depositado en una hoja, no se redistribuye hacia los brotes nuevos. Por eso la carencia se ve siempre en el crecimiento joven, en las hojas terminales, mientras las viejas siguen verdes. Ese dato, por sí solo, ya sirve para diagnosticar.

Reconocer los síntomas y no confundirlos

La secuencia habitual es siempre la misma:

Primera fase. Las hojas nuevas pierden intensidad y aparece la clorosis internervial: el limbo se aclara a verde claro o amarillo y los nervios, hasta los más finos, permanecen verdes formando un retículo muy marcado.

Segunda fase. El amarillo pasa a amarillo limón y luego a un tono marfil o casi blanco. Los nervios acaban perdiendo también el verde.

Tercera fase. Aparecen quemaduras en el borde y entre nervios, la hoja se seca, hay defoliación y los brotes terminales se secan de la punta hacia abajo. En frutales, la cosecha se reduce, el fruto queda pequeño y el árbol entra en un declive que puede acabar en la muerte de ramas enteras.

El diagnóstico diferencial es fácil si se mira dónde están las hojas afectadas y cómo es el dibujo:

La falta de nitrógeno amarillea de forma uniforme, sin retículo, y empieza por las hojas viejas. La falta de magnesio también es internervial pero se manifiesta en las hojas viejas, con bandas verdes anchas junto al nervio y avance desde el borde. La falta de manganeso se parece mucho a la de hierro, aunque el retículo verde es más ancho y difuso y suele afectar a hojas de edad media más que a las del extremo. La falta de cinc da hojas pequeñas, entrenudos cortos y aspecto de roseta. Y hay virosis, como los amarilleos transmitidos por mosca blanca, que producen moteados irregulares sin respetar la geometría de los nervios.

Por qué aparece: el suelo, el agua y el riego

Caliza activa y pH alto. Es la causa dominante en la mitad este y sur peninsular, en el valle del Ebro, La Mancha, Levante y buena parte de Andalucía. No es solo el carbonato total lo que importa, sino la caliza activa, la fracción finamente dividida que reacciona con rapidez y mantiene el pH del suelo por encima de 8.

Bicarbonato en el agua de riego. Este es el factor que se subestima más. El bicarbonato no solo sube el pH del suelo: penetra en la planta y tampona el pH del apoplasto de la hoja, de modo que el hierro que sí ha llegado allí queda inmovilizado y sin poder utilizarse. Se dan casos de plantas con análisis foliar de hierro normal y hoja completamente amarilla, lo que se conoce como la paradoja de la clorosis. En zonas con agua dura de pozo, regar es literalmente empeorar el problema.

Encharcamiento y suelo compacto. Un suelo asfixiado produce más bicarbonato en la rizosfera y bloquea el mecanismo de absorción de la raíz, que necesita oxígeno para acidificar el medio y reducir el hierro. Muchas clorosis de primavera que se atribuyen a "falta de abono" son en realidad exceso de agua sobre suelo arcilloso frío, y desaparecen solas cuando el suelo se airea y sube la temperatura.

Frío y crecimiento rápido. Las primaveras frías y húmedas dan cuadros muy llamativos que remiten en mayo. Antes de gastar dinero en tratamientos, merece la pena esperar unas semanas si el suelo está saturado.

Antagonismos. Un exceso de fósforo, de cobre, de manganeso o sobre todo de cinc compite con el hierro. Abonar a ciegas con complejos ricos en fósforo en un suelo calizo puede desencadenar la carencia.

Elección de la planta. Hay especies calcífugas que no toleran un suelo básico, y plantarlas en él garantiza el problema: hortensia (Hydrangea macrophylla), azalea y rododendro (Rhododendron spp.), camelia (Camellia japonica), gardenia (Gardenia jasminoides), arándano (Vaccinium corymbosum), brezo, magnolio, arce japonés (Acer palmatum), pieris y skimmia. Entre las cultivadas, sufren especialmente los cítricos, el melocotonero, el peral, el kiwi, la vid, el níspero y el rosal injertado sobre patrones poco tolerantes.

Hoja de parra con síntomas de falta de hierro

Qué no funciona (y se sigue recomendando)

Enterrar clavos, alambres o virutas de hierro. Un clavo oxidado en suelo calizo libera exactamente el tipo de hierro que la planta no puede absorber, y además a una velocidad ridícula. No hace nada.

Echar sulfato de hierro al suelo calizo. El sulfato ferroso es soluble en el bote, pero en cuanto entra en contacto con un suelo de pH 8 se oxida y precipita como hidróxido férrico en cuestión de horas. Es un producto barato y por eso se vende mucho, pero en suelo calizo su efecto por vía radicular es casi nulo. Tiene sentido en aplicación foliar, en suelos ya ácidos o para reverdecer céspedes de forma cosmética y temporal.

Aportar posos de café, vinagre o limón para "acidificar". La capacidad tampón de un suelo con caliza es enorme; hacen falta cantidades de acidificante que ningún remedio casero alcanza. Bajar el pH de un suelo calizo de verdad es, en la práctica, imposible: se puede acidificar un bulbo de riego, no una parcela.

Cómo corregirla de verdad

Quelatos de hierro, y el quelato correcto. Un quelato es una molécula que envuelve el átomo de hierro y lo mantiene soluble. La clave está en elegir el agente quelante según el pH:

El Fe-EDDHA es el único que se mantiene estable por encima de pH 7,5 y llega hasta pH 9. Es el que hay que usar en suelo calizo. Al comprarlo, fíjate en el porcentaje de isómero orto-orto: un quelato con 6 % de Fe soluble y 4,8 % de orto-orto es mucho mejor que otro con la misma riqueza total y solo 1,8 %, porque la fracción orto-orto es la realmente estable. Es la diferencia entre que funcione o no.

El Fe-DTPA aguanta hasta pH 7-7,5 y sirve en suelos ligeramente básicos o en hidroponía. El Fe-EDTA solo es útil por debajo de pH 6,5: en suelo calizo se descompone y el EDTA acaba secuestrando calcio en lugar de hierro.

Cómo aplicarlo. Siempre disuelto en agua y regado en la zona de raíces activas, nunca esparcido en seco sobre la superficie. Como orden de magnitud, en un arbusto pequeño o una planta de maceta grande bastan 5-10 g; en un frutal o un cítrico adulto se manejan 40-100 g por árbol y año, repartidos en dos aportes. La época idónea es el arranque de la vegetación, entre finales de invierno y comienzo de primavera, antes de que la hoja nueva salga ya amarilla; una segunda aplicación a comienzos de verano prolonga el efecto. El EDDHA es fotosensible, así que se riega y se moja bien el suelo para que se infiltre. Y una advertencia práctica: mancha de rojo el hormigón y la ropa.

Vía foliar como refuerzo rápido. Una pulverización de sulfato ferroso al 0,3-0,5 % (3-5 g/l) con un mojante, o de quelato foliar, reverdece en pocos días las hojas ya formadas. No cura nada: el hierro no se mueve dentro de la planta, así que solo verdea lo que se ha mojado y las hojas nuevas seguirán saliendo cloróticas. Se hace a primera hora o al atardecer, nunca a pleno sol y menos aún en verano, para evitar quemaduras. Sirve para ganar tiempo mientras el tratamiento al suelo hace efecto.

Corregir el agua de riego. Si el análisis da mucho bicarbonato, acidificar el agua hasta pH 6-6,5 es la medida más rentable a largo plazo. En jardín doméstico se resuelve con agua de lluvia almacenada para las plantas acidófilas. En cultivo se emplean ácidos (nítrico, fosfórico) con las precauciones de manejo correspondientes, y siempre midiendo.

Materia orgánica y acolchado. El estiércol bien hecho, el compost y los acolchados de corteza de pino o restos de poda aportan compuestos húmicos que quelatan el hierro de forma natural y mejoran la aireación del suelo. Es lento, pero es lo que hace que un jardín deje de necesitar quelato cada año.

Azufre elemental y sulfato amónico. El azufre en polvo acidifica al oxidarse por acción bacteriana, un proceso que necesita suelo templado y húmedo y varios meses. En suelo con caliza activa alta el efecto se tampona enseguida, pero sí resulta útil en suelos ligeramente básicos o localizado en el hoyo de plantación. Usar sulfato amónico como fuente de nitrógeno, en vez de nitrato cálcico, acidifica ligeramente la rizosfera y ayuda.

Elegir bien el patrón y la planta. En frutales es la solución definitiva. En vid, portainjertos como el 41B o el Fercal toleran caliza alta; en hueso, el GF-677 o los ciruelos tipo Adesoto se comportan mucho mejor que el franco de melocotonero; en cítricos hay patrones seleccionados por su tolerancia a la caliza. Y en jardinería ornamental, la decisión más sensata en un suelo calizo es no plantar acidófilas en tierra y cultivarlas en maceta con sustrato ácido y agua de lluvia, donde el problema simplemente no existe.

El caso concreto de las plantas en maceta

Una hortensia o una gardenia en maceta amarillean casi siempre por dos motivos: el sustrato de turba se ha ido alcalinizando por el riego con agua dura, o el cepellón está compactado y encharcado. Renovar la capa superior con sustrato para plantas acidófilas, regar con agua de lluvia y aplicar quelato EDDHA una o dos veces en primavera resuelve la mayoría de los casos. Si el drenaje falla, ningún abono va a arreglarlo.

En resumen

Amarillo entre nervios verdes y en las hojas nuevas: clorosis férrica. La causa casi nunca es que falte hierro en el suelo, sino que el pH alto, la caliza activa, el bicarbonato del agua o el encharcamiento lo hacen inabsorbible. Descarta primero el exceso de riego y las primaveras frías, que se corrigen solas. Para el resto, quelato de hierro EDDHA con buen contenido en isómero orto-orto, disuelto y regado al arrancar la vegetación, apoyado si hace falta con una pulverización foliar de efecto rápido. A medio plazo, materia orgánica, acolchado, agua de riego menos alcalina y, sobre todo, plantar en cada suelo lo que ese suelo admite. Los clavos oxidados y el sulfato de hierro esparcido sobre tierra caliza puedes ahorrártelos.


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