Se ve antes la hormiga que el pulgón. Cuando una fila de hormigas sube y baja por el tallo de una tomatera con determinación, lo que hay arriba, en los brotes tiernos y en el envés de las hojas jóvenes, es una colonia de pulgones que las hormigas están ordeñando. Ese es el primer aviso fiable en un huerto, y llega días antes de que las hojas empiecen a abarquillarse.

El pulgón en tomate rara vez mata una planta adulta. El problema es otro: debilita, ensucia y, sobre todo, transmite virus. Una colonia moderada en junio puede costar más en pérdida de calidad y en plantas virosadas que en savia consumida.

Pulgones en una hoja de tomatera

Qué pulgones atacan al tomate

No es un solo bicho. En las tomateras peninsulares se encuentran con regularidad cuatro especies, y distinguirlas ayuda porque no se comportan igual:

Myzus persicae, el pulgón verde del melocotonero. Es el más frecuente y el más problemático. Individuos pequeños, de verde pálido a rosado o casi negro según la forma, con los sifones (los dos tubitos del extremo del abdomen) largos y algo abultados hacia la punta. Se instala en brotes y en el envés de las hojas nuevas. Es un vector de virus de primer orden.

Macrosiphum euphorbiae, el pulgón de la patata. Bastante más grande, alargado, verde brillante o rosado, con sifones muy largos. Prefiere las partes altas y los tallos florales. Al ser grande se ve enseguida, pero forma colonias menos densas.

Aulacorthum solani, el pulgón del invernadero. Verde brillante con manchas oscuras en la base de los sifones. Su saliva es especialmente tóxica: pocos individuos ya provocan amarilleos y deformaciones locales desproporcionadas para el número de pulgones que hay.

Aphis gossypii, el pulgón del algodonero. Muy pequeño, de verde oscuro a casi negro, con sifones cortos y negros. Aguanta el calor mejor que los demás, así que en el sur y en pleno verano suele ser el que queda.

Para el manejo doméstico la identificación exacta no es imprescindible, pero sí conviene mirar con lupa el color y el tamaño de los sifones: si lo que hay son individuos pequeños y variables de color en los brotes, hay más motivos para actuar rápido, porque casi con seguridad es Myzus persicae y ese transmite virus con enorme eficacia.

Cómo reconocer el ataque antes de ver los pulgones

Los pulgones se esconden donde no miramos: el envés de las hojas y el ápice de los brotes. Revisar el haz de las hojas es perder el tiempo. Girar tres o cuatro hojas jóvenes por planta, una vez por semana, detecta la plaga con dos semanas de adelanto respecto a quien espera a ver síntomas.

Las señales indirectas, por orden de aparición:

Hormigas subiendo por el tallo. Las hormigas no comen la planta ni son la plaga; van a por la melaza. Pero además protegen activamente a la colonia: espantan mariquitas, se llevan larvas de sírfido y hasta trasladan pulgones a brotes nuevos. Si hay hormigas trabajando en una tomatera, hay pulgón aunque no lo hayas visto.

Hojas jóvenes abarquilladas hacia abajo o arrugadas. El pulgón pica el floema e inyecta saliva; el crecimiento del brote se deforma. Con Aulacorthum solani aparecen además manchas cloróticas amarillas alrededor de cada picadura.

Brillo pegajoso. La melaza es azúcar excretada. Al tacto, las hojas quedan pegajosas y, con el sol, brillantes.

Manchas negras en polvo sobre esa melaza. Es la negrilla o fumagina, hongos saprofitos (Cladosporium, Capnodium y otros) que colonizan el azúcar. No parasitan la planta: viven encima. Da igual, porque tapan la hoja y le roban luz, y si caen sobre frutos en maduración los dejan invendibles y feos.

Exuvias blancas. Pieles blanquecinas y translúcidas pegadas a la hoja, restos de las mudas. Se confunden con facilidad con la mosca blanca. Se distinguen porque no vuelan al sacudir y porque están vacías y aplastadas.

Los daños reales: la savia es lo de menos

Conviene separar tres niveles de daño, porque la respuesta cambia según cuál te preocupe.

Daño directo por succión. Cada pulgón extrae savia elaborada del floema. En plantas jóvenes o en plántulas de semillero, una colonia densa frena el crecimiento de forma visible. En una tomatera adulta y bien enraizada, con carga de fruto y buen riego, un ataque moderado apenas se nota en la cosecha. Este es el daño que más asusta y el menos importante.

Daño por melaza y negrilla. Aquí sí hay pérdida cuantificable: menos superficie fotosintética activa y frutos manchados. En variedades de recolección tardía, con racimos expuestos bajo hojas infestadas, la negrilla estropea la piel del fruto.

Transmisión de virus. Este es el daño que importa. El pulgón es el vector principal de varios virus que afectan al tomate, entre ellos el virus del mosaico del pepino (CMV), el virus Y de la patata (PVY) y el virus del mosaico de la alfalfa (AMV). La mayoría se transmiten de forma no persistente, y ese detalle tiene una consecuencia práctica que se pasa por alto una y otra vez.

Transmisión no persistente significa que el virus viaja en el estilete del pulgón, no en su interior. El insecto lo adquiere en segundos de picadura de prueba y lo inocula en la planta siguiente en segundos también. De ahí se deducen dos cosas incómodas:

Primero, un insecticida no evita la transmisión. Aunque el producto mate al pulgón, tarda minutos u horas; el virus ya se ha inoculado. Tratar contra el pulgón para prevenir virosis es un error de concepto muy extendido.

Segundo, los pulgones que más virus reparten no son los de la colonia establecida en tu tomatera, sino los alados que van de paso, probando plantas una tras otra sin quedarse en ninguna. Puedes tener virosis con cero colonias visibles.

Frente a los virus no persistentes lo que sí funciona es otra cosa: eliminar plantas virosadas en cuanto se detectan, controlar las malas hierbas del entorno que actúan de reservorio (sobre todo solanáceas espontáneas como Solanum nigrum, y también correhuela, ortiga y cerraja), y usar barreras físicas o acolchados reflectantes en las fases sensibles del cultivo.

Por qué se dispara una colonia: el ciclo

Entender la biología explica lo brutal de la curva. Durante la primavera y el verano, las hembras de pulgón se reproducen por partenogénesis y son vivíparas: no ponen huevos, paren hembras ya formadas y genéticamente idénticas, sin necesidad de machos.

Y va más allá: cada hembra recién nacida lleva ya dentro embriones en desarrollo de la generación siguiente. Es lo que se llama generaciones telescopadas. Una hembra puede parir entre 3 y 10 ninfas al día durante semanas, y esas ninfas son adultas reproductoras en unos 7 a 10 días con temperaturas de 20 a 25 °C.

El resultado es un crecimiento exponencial de manual. Por eso una revisión el domingo puede no encontrar nada y la del domingo siguiente encontrar el brote cubierto. No es que hayan llegado de golpe: es que las cuatro que había pasaron desapercibidas.

Cuando la colonia se satura o la planta se deteriora, aparecen individuos con alas (alados) que emigran a buscar plantas nuevas. Ese es el momento en que la plaga salta de una tomatera al resto del huerto, y también el momento en que empieza a repartir virus.

En cuanto a estacionalidad peninsular, las dos ventanas críticas son de abril a junio, con la migración primaveral desde los frutales y las herbáceas, y septiembre y octubre, con un repunte al aflojar el calor. En julio y agosto, con máximas por encima de 32-34 °C mantenidas, muchas especies se colapsan solas; Aphis gossypii es la excepción que aguanta.

Prevención: lo que decide la campaña

Vigila el abonado nitrogenado. Este es el factor cultural más determinante y el más ignorado. El exceso de nitrógeno produce tejidos tiernos, con savia rica en aminoácidos libres, que es exactamente lo que el pulgón necesita para reproducirse rápido. Una tomatera sobrenitrogenada, de un verde oscuro azulado y entrenudos largos, es un criadero. Estercolados frescos y abundantes en primavera, o exceso de purín de ortiga usado como abono, tienen el mismo efecto. Compensa con potasio, que endurece los tejidos.

Riega de forma regular. Las plantas con estrés hídrico intermitente acumulan aminoácidos libres en la savia, con el mismo resultado que el exceso de nitrógeno. La constancia importa más que la cantidad.

Deja crecer flor pequeña alrededor. Los enemigos naturales del pulgón necesitan néctar y polen en su fase adulta. Sembrar en los bordes hinojo, eneldo, cilantro, alisos, caléndula, cosmos o simplemente dejar florecer una zanahoria del año anterior mantiene sírfidos, crisopas y avispas parasitoides en la parcela antes de que llegue el pulgón. Poner las flores cuando ya tienes la plaga llega tarde.

Corta la escalera de las hormigas. Si hay hormigueros activos, la protección que dan a los pulgones anula buena parte del control biológico. Bandas de cola entomológica en la base del tutor o del tallo, o cinta adhesiva de doble cara, funcionan bien mientras se mantengan limpias. Asegúrate de que ninguna hoja toque el suelo o una planta vecina: las hormigas encuentran el desvío inmediatamente.

Acolchado reflectante en el suelo. Un plástico plateado o incluso paja clara desorienta a los pulgones alados durante el vuelo de aproximación, que se guían por el contraste entre el verde de la planta y el fondo. Es una de las pocas medidas que reduce de verdad la llegada de vectores de virus, y es especialmente rentable en el primer mes tras el trasplante, cuando la planta es más vulnerable a la virosis.

Elimina restos y solanáceas espontáneas. El pulgón invernante y los virus sobreviven en tomateras viejas sin arrancar, en patateras rebrotadas y en hierba mora. Limpiar el entorno en otoño quita el inóculo de la primavera siguiente.

Hormiga atendiendo a una colonia de pulgones

Control biológico: quién se come al pulgón

El pulgón tiene una lista de depredadores más larga que casi cualquier otra plaga de huerto, y esa es la razón por la que en un huerto sin tratar los ataques suelen resolverse solos en dos o tres semanas.

Larvas de sírfido. Los sírfidos adultos son moscas que imitan avispas y liban flores; sus larvas son unas orugas translúcidas, sin patas, de color crema o verdoso, que se mueven a tientas devorando pulgones. Una sola larva puede comerse varios cientos durante su desarrollo. Es el depredador más eficaz en huerto español y el que más se destruye por confusión: si ves un gusanito translúcido entre los pulgones, no lo aplastes.

Mariquitas. Tanto Coccinella septempunctata como Adalia bipunctata. La larva, gris azulada con manchas naranjas y aspecto de pequeño cocodrilo, come mucho más que el adulto. Es otra que se aplasta por desconocimiento. Comprar mariquitas adultas para soltarlas suele decepcionar: se van volando en pocas horas. Si se compran, hay que comprar larvas.

Crisopas (Chrysoperla carnea). El adulto es verde, de alas transparentes reticuladas y ojos dorados, y no depreda: come polen y melaza. La larva, en cambio, es un depredador muy voraz de pulgón. Sus huevos son inconfundibles: blancos, sobre un pedicelo largo y fino que sale de la hoja.

Avispas parasitoides (Aphidius colemani, Aphidius ervi, Aphelinus abdominalis). Ponen un huevo dentro del pulgón; la larva se lo come por dentro y el pulgón queda convertido en una cápsula hinchada, rígida y de color dorado o marrón: la momia. Ver momias en una colonia es la mejor noticia posible, porque significa que el control ya está en marcha y que en pocos días la colonia se derrumbará sola. Si ves momias, no trates. Aphidius colemani va bien contra los pulgones pequeños (Myzus, Aphis); Aphidius ervi y Aphelinus abdominalis son los indicados para los grandes (Macrosiphum, Aulacorthum).

Cecidómido depredador (Aphidoletes aphidimyza). Un mosquito diminuto cuya larva naranja paraliza al pulgón y lo vacía. Muy eficaz en invernadero y con humedad alta.

Mariquita depredando pulgones en el cultivo

Cómo combatir la plaga sin estropear el equilibrio

El orden de intervención importa: de menos a más agresivo, y siempre localizado.

1. Retirada mecánica. Con focos pequeños, aplastar la colonia con los dedos o pinzar el brote infestado y sacarlo del huerto resuelve el problema en el acto y sin efectos colaterales. Es lo más eficaz que existe cuando se llega a tiempo, y por eso la revisión semanal vale tanto.

2. Chorro de agua a presión. Dirigido al envés, arrastra buena parte de la colonia. El pulgón desprendido rara vez consigue volver a subir a la planta. Hazlo por la mañana para que el follaje seque durante el día y no favorezcas hongos. Es un método de contención, no de erradicación: hay que repetir cada pocos días.

3. Jabón potásico. El tratamiento de referencia en huerto ecológico. Actúa por contacto físico, disolviendo la capa cerosa del insecto, que muere por deshidratación. Dosis habitual del 1 al 2 % (10-20 ml de jabón potásico comercial por litro de agua). Tres claves para que funcione:

Debe mojar directamente al insecto. No tiene ningún efecto residual ni preventivo: lo que no se moja, sobrevive. Hay que empapar el envés, y eso significa boquilla orientada hacia arriba, no rociar desde arriba.

Se aplica a última hora de la tarde o muy temprano, nunca con sol directo sobre la hoja, porque el jabón sobre hoja caliente produce quemaduras en los bordes.

Requiere repetir cada 5 a 7 días, dos o tres veces, porque las ninfas que estaban naciendo no se ven afectadas por la aplicación anterior.

Un matiz sobre control biológico: el jabón potásico no es selectivo. Moja una larva de sírfido y la mata igual que al pulgón. Si ya hay momias y depredadores instalados, aplicar jabón es tirar piedras contra el propio tejado.

4. Aceite de neem (azadiractina). Actúa como regulador del crecimiento y antialimentario más que como veneno de choque, así que su efecto tarda días en verse. Reduce la fecundidad de las hembras y frena las mudas. Útil como apoyo, decepcionante si se espera un resultado inmediato. Respeta plazos de seguridad y comprueba que el producto está autorizado para el uso que le vas a dar.

5. Piretrinas naturales. Insecticida de choque real, y también el más destructivo para la fauna auxiliar. Es de amplio espectro: mata mariquitas, sírfidos, crisopas y abejas con la misma eficacia con que mata pulgones. Su uso indiscriminado provoca el efecto rebote clásico: el pulgón, que se reproduce en días, recoloniza mucho antes de que vuelvan sus enemigos, y el segundo ataque es peor que el primero. Reservarlo para focos graves y tratar solo la planta afectada, nunca la parcela entera, y jamás en floración con abejas activas.

Tres errores que se repiten

Tratar la parcela entera cuando el foco es una planta. El pulgón empieza casi siempre en una o dos tomateras concretas, normalmente las más vigorosas o las más sombreadas. Tratar todo el huerto multiplica el daño colateral sin mejorar el resultado.

Confiar en purines y remedios caseros como si fueran insecticidas. El purín de ortiga es un fertilizante nitrogenado, no un insecticida; usado en exceso empeora la situación porque aporta justo el nitrógeno que ceba la plaga. Las maceraciones de ajo o de tabaco tienen, en el mejor de los casos, un efecto repelente breve. Cabe añadir que el agua de tabaco, además de poco eficaz, puede transmitir el virus del mosaico del tabaco al cultivo: no debe usarse nunca en solanáceas.

Matar hormigas y darse por satisfecho. Quitar las hormigas ayuda mucho, porque libera a los depredadores, pero no elimina la colonia de pulgones. Es una medida complementaria, no un tratamiento.

En resumen

El pulgón del tomate se controla mirando, no fumigando. Una revisión semanal del envés de las hojas jóvenes y de los brotes detecta los focos cuando todavía se resuelven pinzando un brote con los dedos.

El daño que de verdad cuenta no es la savia que chupan sino los virus que reparten los individuos alados de paso, y contra eso ningún insecticida sirve: sirve arrancar plantas virosadas, limpiar solanáceas espontáneas del entorno y usar acolchado reflectante en las primeras semanas tras el trasplante.

Modera el nitrógeno, riega con regularidad, deja flor pequeña alrededor del huerto y corta el paso a las hormigas. Si aparecen momias doradas o larvas de sírfido entre los pulgones, retírate y deja trabajar: la colonia caerá sola. Y si hay que intervenir, empieza por el chorro de agua y el jabón potásico bien aplicado al envés, a última hora de la tarde y repitiendo a los cinco o siete días, antes de plantearte nada más fuerte.


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