El geranio de balcón no pertenece al género Geranium, sino a Pelargonium, y la distinción no es pedantería botánica: buena parte de lo que ataca a uno deja tranquilo al otro. Lo que se cultiva en las macetas españolas son sobre todo el geranio zonal (Pelargonium × hortorum), de hoja redonda con una banda oscura en forma de herradura, y la gitanilla o geranio de hiedra (Pelargonium peltatum), de hoja carnosa y porte colgante. A ellos se suman el geranio de pensamiento (Pelargonium × domesticum) y los de olor, como Pelargonium graveolens. Cada uno tiene sus debilidades, y no son las mismas.
Antes de entrar en materia conviene decir algo incómodo: el problema que más geranios mata en España no es una enfermedad, es una oruga. Y muchas de las "enfermedades" que se consultan resultan ser fallos de riego o desórdenes fisiológicos que ningún fungicida arregla.
El taladro del geranio, la causa número uno
Un tallo que amanece doblado y mustio en una planta que ayer estaba perfecta, con un pequeño orificio limpio y unos granitos oscuros parecidos a serrín, no tiene nada de infeccioso. Dentro hay una oruga de Cacyreus marshalli, una mariposa licénida originaria de Sudáfrica que se detectó en Baleares a comienzos de los años noventa y que hoy está por prácticamente toda la Península.
El adulto es una mariposita discreta, marrón por encima, con el reverso jaspeado y unas colitas finas en las alas posteriores. Pasa desapercibida. La hembra pone los huevos, de uno en uno, en los botones florales, en las axilas y en los brotes tiernos. La oruga recién nacida, verde y con pelillos, empieza comiendo el botón floral y después perfora el tallo y excava una galería hacia abajo por el interior. Cuando la planta manifiesta el daño, el tallo ya está vaciado.
Tiene varias generaciones al año, desde abril o mayo hasta bien entrado noviembre, y en el litoral mediterráneo y el sur puede mantener actividad casi continua. Prefiere las gitanillas, aunque ataca también a los zonales. Los Geranium verdaderos de jardín apenas le interesan.
Qué funciona:
Revisar cada semana. Es lo más eficaz y lo que nadie hace. Hay que mirar botones florales agujereados, brotes con excrementos y tallos con orificio. Cortar por debajo del daño, hasta encontrar médula sana, y tirar los restos a la basura: no al compost, porque las orugas y crisálidas sobreviven.
Tratar en el momento correcto. El insecticida tiene que alcanzar al huevo o a la oruga recién nacida, antes de que se meta dentro. Una vez la larva está en la galería, los productos de contacto no llegan. Eso significa empezar en primavera, cuando aparecen los primeros adultos, y repetir cada diez o quince días durante la temporada, mojando muy bien botones florales, axilas y brotes tiernos, no solo la superficie de las hojas.
Elegir producto. El Bacillus thuringiensis var. kurstaki es la opción más respetuosa y actúa sobre larvas jóvenes que todavía están comiendo por fuera; pierde eficacia con el sol, así que se aplica al atardecer y se repite con frecuencia. Las piretrinas y los piretroides funcionan por contacto en el mismo momento. Los sistémicos son los únicos que llegan al interior del tallo, pero el catálogo autorizado cambia con frecuencia —el imidacloprid, por ejemplo, ya no puede emplearse al aire libre en la Unión Europea—, de modo que conviene leer la etiqueta y comprobar que el producto está registrado para uso en jardinería exterior doméstica y para este cultivo.
Un apunte práctico: las plantas nuevas que traes del vivero pueden llegar ya con huevos. Revisarlas antes de juntarlas con las tuyas ahorra media temporada de disgustos.
Roya del geranio
Es la enfermedad fúngica más característica, y la causa Puccinia pelargonii-zonalis. Se reconoce sin margen de duda: manchas amarillentas y redondeadas en el haz y, justo debajo, en el envés, anillos concéntricos de pústulas pulverulentas de color canela a pardo rojizo que manchan el dedo al tocarlas.
Afecta a los geranios zonales. Las gitanillas y los Geranium de jardín no la sufren, cosa que ayuda mucho en el diagnóstico. Necesita agua líquida sobre la hoja durante varias horas y temperaturas templadas, entre unos 15 y 25 °C, de forma que sus dos picos son la primavera y el otoño, sobre todo en balcones cerrados o galerías donde la humedad no se evapora.
Manejo: retirar de inmediato las hojas con pústulas y tirarlas a la basura; regar siempre al pie y nunca por encima; separar las macetas para que corra el aire; y evitar los riegos de tarde, que dejan el follaje mojado toda la noche. Si el ataque avanza, un fungicida sistémico de la familia de los triazoles (difenoconazol, tebuconazol, miclobutanil) aplicado cada diez o catorce días detiene la epidemia. El azufre y el cobre son poco eficaces contra esta roya, y el clásico mancozeb ya no está autorizado en la Unión Europea, así que no lo busques.
Botrytis: el moho gris de las flores pasadas
Botrytis cinerea aparece como un fieltro gris ceniciento sobre flores marchitas, pétalos caídos sobre las hojas y tejidos blandos, con manchas pardas de contorno difuso que avanzan desde el borde de la hoja. Es un hongo oportunista: coloniza tejido muerto y desde ahí salta al vivo.
Por eso el tratamiento decisivo no es químico. Quitar las flores pasadas y las hojas caídas, arrancando el pedúnculo entero de un tirón limpio desde su base en lugar de cortarlo a media altura y dejar un muñón que se pudre, elimina el sustrato del hongo. Añade ventilación, no amontones macetas y no mojes el follaje, y la botritis deja de ser un problema. Es la enfermedad típica del otoño lluvioso y de la invernada en garajes y galerías mal ventiladas.
Bacteriosis y podredumbres: lo que no tiene cura
La marchitez bacteriana del geranio, causada por Xanthomonas hortorum pv. pelargonii, es la enfermedad seria. Empieza con pequeñas manchas acuosas y angulares —limitadas por los nervios— que se ven translúcidas a contraluz en el envés y luego se secan y pardean. Después llega lo característico: una rama o un sector completo de la planta se marchita mientras el resto sigue aparentemente sano, y al examinar el tallo se ve una podredumbre oscura que asciende desde la base, seca y ennegrecida, no blanda ni maloliente.
No se cura. La bacteria viaja dentro de los vasos, se transmite en los esquejes, en las tijeras y en las salpicaduras de riego. Lo correcto es eliminar la planta entera con su sustrato, desinfectar la maceta y desinfectar las tijeras con alcohol de 70° o lejía diluida entre planta y planta. Y, sobre todo, no sacar esquejes de una planta con estos síntomas, por muy bonita que sea la variedad.
El pie negro de los esquejes es cosa distinta: hongos del suelo del género Pythium pudren la base del esqueje, que se vuelve negra, acuosa y blanda. Casi siempre viene de sustrato reutilizado, de exceso de agua o de la costumbre de poner los geranios a enraizar en un vaso de agua. Los geranios enraízan mejor en sustrato ligero apenas húmedo; dejar orear el corte unas horas antes de plantar reduce mucho las pérdidas.
Existe además una bacteria de cuarentena, Ralstonia solanacearum raza 3 biovar 2, capaz de provocar marchiteces fulminantes. Es un problema propio de la producción de plantel, no del balcón, pero si un lote comprado se marchita en bloque en pocos días, lo sensato es no propagarlo y avisar en el punto de venta.
Virus: deformaciones que llegan con la planta
Los mosaicos, moteados amarillentos, anillos cloróticos y hojas arrugadas o de tamaño reducido que no responden a nada suelen ser virosis. Los geranios se multiplican por esqueje, así que un virus se arrastra indefinidamente de generación en generación, y algunos vectores —pulgones y trips— los transmiten en el propio balcón.
No hay tratamiento. La única medida es no propagar plantas con síntomas y controlar los vectores. Si una mata concreta lleva años dando hojas deformes y floración pobre, lo razonable es reponerla.
Lo que parece enfermedad y no lo es
Este apartado resuelve una parte importante de las consultas.
Edema. Pequeños abultamientos acorchados, primero traslúcidos y luego pardos, repartidos por el envés de las hojas, típicos de las gitanillas. Muchos jardineros los toman por una plaga o por un hongo y aplican productos inútiles. No es ningún patógeno: las raíces absorben más agua de la que la hoja puede transpirar y las células de la epidermis revientan. Ocurre en rachas frescas, nubladas y húmedas, con el sustrato empapado. Se corrige regando menos en esos periodos, mejorando la luz y la ventilación y no mojando las hojas. Las hojas afectadas no se recuperan; las nuevas salen limpias.
Hojas rojizas o violáceas. Frecuentes al final del invierno y en marzo. Es la respuesta al frío —por debajo de unos 10 °C la planta no asimila bien el fósforo— y desaparece sola cuando suben las temperaturas. Abonar más no lo acelera.
Hojas amarillas. Si amarillean las de abajo y están blandas, y el tallo se ablanda en la base, sobra agua. Si amarillean con los bordes secos y quebradizos, falta riego o hay exceso de sales. Si el amarillo aparece entre los nervios, que siguen verdes, es clorosis férrica por riego con agua caliza, y se corrige con un quelato de hierro EDDHA.
Falta de flor con planta exuberante. Exceso de nitrógeno y falta de sol. Los geranios necesitan cinco o seis horas de sol directo y un abono rico en potasio.
Plagas que conviene descartar
Además del taladro, en los geranios españoles aparecen con regularidad la mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, nubecilla de insectos que salen al mover la planta y melaza pegajosa con negrilla), el pulgón en los brotes tiernos de primavera, la araña roja (Tetranychus urticae) en veranos secos y calurosos, que da un punteado fino y decolorado y telillas en el envés, y los trips, que dejan las flores manchadas y transmiten virus.
La distinción práctica es sencilla: si el daño está repartido por la hoja y hay bichos visibles con lupa, es plaga; si el tallo se desploma entero con un orificio, es taladro; si hay manchas con estructura definida —pústulas, anillos, bordes angulares—, es enfermedad.
Manejo: sol, riego escaso y limpieza
Los geranios son plantas de clima mediterráneo, acostumbradas a suelos pobres y drenados. Sus males vienen casi siempre de tratarlas como plantas de sombra y humedad.
Sol. Cinco o seis horas de sol directo como mínimo. A media sombra crecen alargados, florecen poco y se llenan de hongos.
Riego. Regar cuando los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos, a fondo, y vaciar el plato. Un geranio permanentemente húmedo acaba con las raíces asfixiadas, y sobre esa raíz débil llegan las podredumbres. En invierno, el riego se reduce drásticamente.
Sustrato y maceta. Turba con perlita o arena gruesa, y agujeros de drenaje libres. Trasplantar cada dos años a finales de invierno.
Abonado. Cada quince días de marzo a septiembre con un fertilizante rico en potasio, del tipo de los de plantas de flor. Nada de abonar en pleno invierno.
Limpieza. Retirar flores pasadas y hojas amarillas cada semana. Es la medida preventiva de mayor rendimiento por minuto invertido.
Poda. A finales de invierno, en febrero, cortando los tallos a un tercio de su longitud por encima de una yema. Rejuvenece la mata y elimina de paso tallos con galerías del taladro.
Invierno. Aguantan bien el frío suave, pero se hielan con heladas fuertes. En el interior peninsular hay que resguardarlos en un lugar luminoso, fresco y ventilado, regando muy poco; el error habitual es meterlos en un cuarto oscuro y cálido y sacarlos en primavera llenos de botritis.
Errores frecuentes
Tratar con fungicida un tallo taladrado. Es el error clásico. Ningún fungicida afecta a una oruga.
Empezar los tratamientos en julio. Cuando el taladro ya es visible, lleva dos o tres generaciones dentro de la planta. La campaña se gana en abril y mayo.
Compostar los tallos cortados. Se devuelve la plaga al jardín. A la basura, en bolsa cerrada.
Regar por aspersión o con manguera sobre las hojas. Es la vía de entrada de la roya y de la bacteriosis.
Sacar esquejes de la planta más "interesante" del balcón. Si esa planta tiene bacteriosis o virus, se multiplica el problema en cada maceta nueva.
Confundir edema con plaga. Los abultamientos del envés se tratan con la regadera, no con el pulverizador.
En resumen
En los geranios de balcón españoles, el enemigo dominante es el taladro Cacyreus marshalli, y se combate con inspección semanal, corte y destrucción de los tallos afectados y tratamientos preventivos iniciados en primavera sobre botones y brotes tiernos, no cuando el daño ya es evidente.
De las enfermedades propiamente dichas, la roya (Puccinia pelargonii-zonalis) es la más frecuente en zonales y se controla manteniendo el follaje seco y retirando hojas afectadas; la botritis se resuelve con limpieza de flores pasadas y ventilación; y la marchitez bacteriana por Xanthomonas, igual que las virosis, no tiene cura y obliga a eliminar la planta y a desinfectar herramientas.
Antes de aplicar ningún producto merece la pena descartar los desórdenes que no son enfermedad: edema por exceso de agua, hojas rojizas por frío, amarilleos por riego mal medido y clorosis por agua caliza. Sol abundante, sustrato drenado, riego escaso y bien espaciado, abonado con potasio en temporada y una poda de renovación en febrero mantienen sano a un geranio con muy poco esfuerzo. Lo que va mal en esta planta suele empezar por darle más agua y menos luz de la que pide.