El mildiu de la cebolla es la enfermedad que más cosechas arruina en el cultivo de Allium cepa en España. No mata la planta de golpe: destruye las hojas, y como el bulbo se forma con lo que las hojas fabrican, una planta defoliada en mayo da una cebolla pequeña, mal cerrada y con muy mala conservación. En una primavera húmeda puede reducir la producción a la mitad en cuestión de dos semanas.
Qué es y por qué no es un hongo
El mildiu de la cebolla lo causa Peronospora destructor. Aunque siempre se habla de él como de un hongo, técnicamente no lo es: pertenece a los oomicetos, un grupo emparentado con las algas pardas. La distinción no es un detalle académico, porque explica dos cosas prácticas.
La primera, que su ciclo depende del agua libre sobre la hoja. Sus esporas necesitan una película de agua o una humedad relativa cercana a la saturación para germinar. Sin rocío, sin lluvia y sin riego por aspersión, el patógeno no avanza.
La segunda, que la pared celular de los oomicetos no contiene quitina, por lo que muchos fungicidas eficaces contra hongos verdaderos —el azufre, por ejemplo— no le hacen nada. Si tratas un mildiu con azufre, estás perdiendo el tiempo.
El patógeno sobrevive de una campaña a la siguiente de tres maneras: como micelio en bulbos infectados que se guardan o se replantan, como oosporas de resistencia en los restos de cultivo y en el suelo, y en plantas voluntarias o en otras liliáceas que rebrotan solas en la parcela.
Cómo reconocerlo
Los síntomas empiezan en las hojas más viejas y avanzan hacia arriba.
Manchas alargadas de color verde pálido o amarillento sobre la hoja, difusas, que siguen la dirección de la nervadura y a veces rodean la hoja entera formando una franja.
Un vello grisáceo o violáceo sobre esas manchas, que es la fructificación del patógeno. Se ve mucho mejor a primera hora de la mañana, con el rocío todavía presente; al mediodía puede haber desaparecido a la vista. Ese tono violeta apagado es la señal más característica.
Doblado y colapso de la hoja por la zona afectada. La hoja se dobla en el punto de la lesión, amarillea y se seca de la punta hacia abajo.
Colonización secundaria: sobre el tejido muerto se instalan con frecuencia Alternaria porri y Stemphylium vesicarium, que ennegrecen las lesiones. Esto despista bastante, porque lo que se acaba viendo es una mancha negra y no el vello violeta original. Si ves hoja negra en cebolla, mira si por debajo hubo una lesión alargada previa.
En el bulbo, la infección que llega por el cuello provoca un reblandecimiento y una decoloración que no siempre se aprecia en la recolección, pero que se manifiesta en el almacén como una podredumbre del cuello y una pérdida rápida de la partida.
Ojo con las confusiones. La mancha púrpura (Alternaria porri) da lesiones ovaladas con anillos concéntricos y centro púrpura bien delimitado, no difusas. El Botrytis squamosa produce manchitas blancas pequeñas y punteadas rodeadas de un halo claro. Y el amarilleo por exceso de agua o carencia de nitrógeno es uniforme y no forma manchas ni vello.
Cuándo aparece
Las condiciones que lo desencadenan son muy concretas: temperaturas entre 10 y 22 °C, con el óptimo en torno a 13-15 °C, y humedad relativa por encima del 95 % durante al menos seis horas seguidas. Por encima de 27 °C el patógeno se detiene.
Traducido al calendario peninsular, eso significa que el riesgo se concentra en abril, mayo y comienzos de junio, y en otoño en las siembras tempranas. Las zonas más castigadas son las de primavera húmeda y noches frescas: la cornisa cantábrica, Galicia, el valle del Ebro, Castilla y León y las vegas del interior con niebla matinal. En el sureste seco es un problema menor.
La señal de alarma práctica es la sucesión de mañanas con rocío persistente o de días de lluvia fina. Cuando el follaje amanece mojado varios días seguidos y la temperatura ronda los 15 °C, el mildiu está en marcha aunque todavía no se vea nada: el periodo de incubación es de 9 a 16 días, así que lo que aparece hoy se infectó hace dos semanas.
Tratamiento
Hay que decirlo con claridad: el tejido dañado no se recupera. Una hoja con la lesión hecha está perdida. El tratamiento sirve para proteger las hojas todavía sanas y frenar la propagación, no para curar lo que ya está afectado. Por eso el momento de aplicar es antes o al primerísimo síntoma, no cuando la parcela ya está amarilla.
Cobre. Es la opción de referencia en huerto doméstico y la única autorizada en agricultura ecológica con eficacia real frente a mildiu. Oxicloruro de cobre, hidróxido cúprico o el clásico caldo bordelés (sulfato de cobre neutralizado con cal). Actúa de forma preventiva, formando una barrera sobre la hoja: no penetra en el tejido y por tanto no llega a lo ya infectado.
La dificultad con la cebolla es que sus hojas son cerosas y verticales, y el caldo resbala. Añade siempre un mojante —unas gotas de jabón potásico bastan— y pulveriza con boquilla fina hasta cubrir bien. Aplica cada 7-10 días mientras duren las condiciones de riesgo, y repite si llueve más de 15-20 mm después del tratamiento.
Dos precauciones con el cobre: no lo apliques con la planta mojada ni con sol fuerte, porque quema, y no abuses de las dosis. El cobre se acumula en el suelo y es tóxico para la fauna edáfica; la normativa europea limita su uso precisamente por eso.
Productos de refuerzo. Los preparados a base de Bacillus subtilis, los fosfitos potásicos autorizados y los extractos de cola de caballo (Equisetum arvense) tienen un papel complementario: refuerzan la planta y dificultan la infección, pero no sustituyen al cobre en una primavera de alta presión.
Fungicidas de síntesis. En cultivo profesional se usan sistémicos y penetrantes específicos para oomicetos, alternando materias activas para evitar resistencias. En un huerto familiar, la disponibilidad de estos productos para uso no profesional es muy limitada en España, así que el enfoque realista es prevención más cobre.
Medidas inmediatas cuando aparece el foco. Retira las hojas y las plantas más afectadas y sácalas de la parcela; no las dejes en el suelo ni las eches al compost, porque son fuente de esporas. Suspende cualquier riego que moje el follaje. Y si el cultivo está cerca de la recolección, plantéate adelantar el arranque: unas cebollas algo menores pero sanas se conservan mucho mejor que unas grandes con el cuello infectado.
Prevención, que es donde se gana
Rotación de 3 o 4 años. No vuelvas a poner cebolla, ajo, puerro o chalota en la misma tabla antes de ese plazo. Las oosporas aguantan varios años en el suelo, y esta es la medida que más reduce el inóculo de partida.
Material de plantación sano. Los bulbos y cebollinos infectados son la vía de entrada más habitual en un huerto. Compra planta certificada y no replantes bulbos procedentes de una parcela que tuvo mildiu.
Riego por goteo o a pie, nunca por aspersión. Es probablemente la decisión individual más determinante. La aspersión mantiene el follaje mojado durante horas y es justo lo que el patógeno necesita. Si no tienes más remedio que regar por aspersión, hazlo a primera hora de la mañana para que la hoja seque cuanto antes; regar al atardecer suma la humedad del riego a la del rocío nocturno y multiplica el riesgo.
Marco de plantación amplio y líneas orientadas al viento dominante. Una plantación apretada mantiene un microclima húmedo entre las plantas durante toda la mañana. Deja 25-30 cm entre líneas y 10-15 cm entre plantas, y orienta los surcos de modo que el aire corra entre ellos.
Buen drenaje y suelo aireado. Evita las zonas bajas donde se acumula la niebla y el agua. El caballón elevado mejora el drenaje y seca antes.
Control de las malas hierbas. La hierba alta entre las líneas retiene humedad y frena la ventilación. Y elimina las cebollas voluntarias que rebrotan de campañas anteriores, porque son el reservorio con el que arranca la epidemia.
Abonado equilibrado. Un exceso de nitrógeno produce hoja tierna, exuberante y mucho más susceptible, y retrasa la maduración del bulbo. Sube la proporción de potasio, que endurece los tejidos, y corta el nitrógeno cuando empieza a formarse el bulbo.
Variedades. Existen diferencias claras de sensibilidad. Las variedades de ciclo corto y las de bulbo temprano suelen escapar mejor a la epidemia por simple calendario. En zonas de riesgo alto, adelantar la siembra para recolectar antes de que se instale la primavera húmeda es una estrategia válida.
Higiene final de campaña. Retira y destruye todos los restos vegetales después de la recolección. Dejarlos en la parcela equivale a sembrar el inóculo del año siguiente.
Curado y almacenamiento. Después de arrancar, deja curar las cebollas al aire, a la sombra y bien ventiladas, hasta que el cuello quede completamente seco y cerrado. Un cuello mal curado es la puerta de entrada de la podredumbre en el almacén. Guarda en lugar seco, fresco y aireado, y descarta cualquier bulbo con el cuello blando.
En resumen
El mildiu de la cebolla lo causa Peronospora destructor, un oomiceto que necesita hoja mojada y temperaturas de 10 a 22 °C, condiciones típicas de las primaveras peninsulares. Se reconoce por manchas alargadas amarillentas cubiertas de un vello grisáceo o violáceo, visible mejor con el rocío de la mañana. No se cura: el cobre solo protege el tejido sano, así que hay que aplicarlo de forma preventiva y con un mojante para que se adhiera a la hoja cerosa. Lo que de verdad decide la campaña son las medidas de fondo: rotación de tres o cuatro años, planta sana, riego por goteo en lugar de aspersión, marco amplio para que la parcela ventile y retirada completa de restos al final. Y cuidado con el azufre: contra este patógeno no sirve de nada.