Once horas seguidas con la humedad relativa por encima del 90 % y una temperatura que no baje de los 10 °C. Con eso basta. Ese es todo el margen que necesita el mildiu de la patata para pasar de no existir a estar dentro de la hoja, y explica por qué en Galicia o en la cornisa cantábrica una patatera puede estar impecable un martes y quemada un domingo.

El causante es Phytophthora infestans, y conviene decir cuanto antes algo que se aclara poco: no es un hongo. Es un oomiceto, un organismo del reino Chromista, más emparentado con las algas pardas y las diatomeas que con el moho del pan. No es una curiosidad taxonómica sin consecuencias prácticas. Sus paredes celulares son de celulosa y no de quitina, y no fabrica ergosterol. Por eso los fungicidas clásicos contra hongos verdaderos —los triazoles e inhibidores de la biosíntesis del ergosterol, el azufre— no le hacen absolutamente nada. Si alguien te dice que espolvorees azufre contra el mildiu, está confundiéndolo con el oídio.

Cómo se reconoce en la planta

El mildiu de la patata se lee de arriba abajo, y hay que mirar las tres partes.

En la hoja. Empieza casi siempre por los bordes y las puntas de los foliolos, y muchas veces en las hojas bajas, que son las que más rato pasan mojadas. La mancha inicial es verde oliva oscura, de aspecto acuoso o aceitoso, como si el tejido estuviera empapado, y con el margen mal definido. En 24 o 48 horas pardea y se necrosa, y la zona muerta queda quebradiza. La clave diagnóstica está en el envés: en las mañanas de rocío o tras una noche húmeda aparece un fieltro blanco grisáceo muy fino justo en el borde de la mancha, en la frontera entre el tejido muerto y el vivo. Ese vello es la esporulación, y si lo ves, el foco está activo y lanzando inóculo ahora mismo. Se distingue del oídio en que es un vello del envés y no un polvo harinoso que se limpia con el dedo.

En el tallo y los peciolos. Lesiones alargadas de color pardo oscuro casi negro, con frecuencia en las axilas y en los nudos. Son más graves de lo que parecen: un tallo anillado corta el transporte hacia arriba y mata toda la rama, y además esas lesiones aguantan mejor que las de la hoja los golpes de calor y de sequedad, así que sirven de refugio al patógeno hasta la siguiente racha húmeda.

En el tubérculo. Aquí es donde se pierde la cosecha de verdad. Por fuera se ven manchas irregulares algo hundidas, de color pardo violáceo o plomizo, con el aspecto de una mancha de humedad bajo la piel. Al cortar, la carne muestra una podredumbre seca, granulosa, de color pardo rojizo, que avanza desde la piel hacia dentro de forma irregular, en lengüetas, no en un anillo limpio. Ojo con esto: esa podredumbre seca es la firma del mildiu. Lo que suele encontrarse en el almacén semanas después es una pudrición blanda, acuosa y de olor pestilente, y esa ya no es mildiu: son bacterias del género Pectobacterium (la antigua Erwinia) que han entrado por la puerta que abrió el oomiceto. Muchos cultivadores culpan al almacén cuando el problema venía del campo.

Hojas de patata con manchas necróticas causadas por el mildiu

Con qué se confunde

La confusión habitual es con la alternariosis o tizón temprano, causada por Alternaria solani. Se diferencian bien si sabes qué mirar:

La alternariosis da manchas redondeadas, secas, de contorno neto y con anillos concéntricos muy marcados, como una diana; aparece primero en las hojas más viejas, avanza con calor y alternancia de humedad y sequedad y castiga sobre todo a plantas envejecidas o mal nutridas. El mildiu da manchas acuosas de contorno difuso, sin anillos, y necesita agua líquida sobre la hoja. Una regla práctica: la alternariosis es la enfermedad de julio y agosto en el interior peninsular; el mildiu es la de la primavera lluviosa y la del norte húmedo. Y confundirlas cuesta dinero, porque los productos que funcionan contra una no funcionan contra la otra.

También se confunde con quemaduras de sol, con fitotoxicidad por herbicidas y con el simple agostado natural del cultivo al final del ciclo. Ante la duda, el test es sencillo: mete un foliolo sospechoso en una bolsa de plástico con un papel húmedo, ciérrala y déjala a temperatura ambiente y a la sombra. Si a las 24 o 48 horas ha brotado en el envés una pelusa blanca, es mildiu.

De dónde sale y qué lo dispara

Phytophthora infestans no vive libre en el suelo indefinidamente como se repite a menudo. Necesita tejido vivo de solanácea. Las fuentes reales de infección en una huerta española son cuatro, y todas son evitables:

1. La patata de siembra infectada. Es la vía más frecuente y la más subestimada. Un tubérculo con una infección latente brota igual y saca una planta que enferma desde dentro cuando llegan las condiciones. Guardar patata propia de un año con mildiu es sembrar el problema.

2. Los montones de desecho y los rebrotes. Las patatas pequeñas que se tiran a un rincón del huerto, y las que se quedaron en la tierra tras la cosecha y rebrotan en primavera, son la reserva clásica. Un solo montón de desecho puede infectar todo un valle.

3. El tomate. Phytophthora infestans ataca igual al tomate, y en muchas huertas el foco inicial está en las tomateras plantadas al lado. Nunca pongas patata y tomate contiguos ni en años seguidos en el mismo bancal.

4. Las oosporas. Si en la zona coexisten los dos tipos de apareamiento del oomiceto (A1 y A2), se produce reproducción sexual y se forman oosporas, estructuras de resistencia que sí sobreviven varios años en el suelo y en los restos vegetales. La presencia de A2 en Europa desde los años ochenta es una de las razones por las que la enfermedad hoy es más agresiva y más precoz que hace medio siglo.

Una vez hay inóculo, lo que decide es el tiempo. El rango que le va bien es amplio, entre 10 y 25 °C, con óptimo entre 15 y 22 °C, pero siempre con humedad muy alta y agua libre sobre la hoja. Los esporangios liberan zoosporas móviles que nadan en la película de agua y penetran por los estomas. Con condiciones favorables, el ciclo completo —de la espora que llega a la mancha que ya está esporulando— se cierra en tres a cinco días. Esa velocidad es la razón de que sea tan devastador: una sola semana de tiempo revuelto permite tres generaciones.

Los avisos oficiales de las estaciones fitopatológicas trabajan con criterios de este tipo (la conocida regla de Smith: dos días consecutivos con temperatura mínima de 10 °C y al menos 11 horas con humedad relativa por encima del 90 %). No hace falta instrumental para aplicarla en casa: si tras un frente lluvioso vienen días templados, encapotados y con niebla o rocío persistente, estás dentro del periodo de riesgo. Y en las zonas de riego por aspersión, ese periodo lo creas tú cada vez que riegas por la tarde.

Prevención: lo que de verdad cambia el resultado

Con el mildiu, la partida se gana antes de que aparezca la primera mancha. Cuando ya ves esporulación, lo que queda es contener daños.

Semilla certificada. Empieza por aquí. Comprar patata de siembra certificada cada año es la medida individual más rentable contra el mildiu, muy por delante de cualquier tratamiento.

Variedad con tolerancia. No hay inmunidad, pero hay diferencias enormes. Variedades muy extendidas aquí como Agria, Monalisa, Spunta o Jaerla son claramente susceptibles. Si cultivas en el norte húmedo o en secano atlántico, merece la pena buscar material con resistencia poligénica alta: Sarpo Mira, Toluca, Bionica, Carolus o Alouette. Cambiar de variedad puede ahorrarte media docena de tratamientos al año.

Airear el cultivo. Marcos amplios (70-75 cm entre líneas y 30-35 cm entre plantas), líneas orientadas en la dirección del viento dominante y nada de exceso de nitrógeno: un abonado nitrogenado alto da un follaje exuberante, tierno y denso, que tarda horas más en secarse y es más fácil de penetrar. La creencia de que una planta muy vigorosa aguanta mejor es falsa en este caso concreto.

Aporcar bien y aporcar alto. Esta medida se hace por costumbre, y su papel contra el mildiu se entiende mal. El caballón grueso y bien cerrado es la barrera física que impide que los esporangios lavados por la lluvia desde las hojas lleguen hasta los tubérculos. Un aporcado escaso, con tubérculos superficiales o asomando, es una invitación directa a perder la cosecha en el almacén. Aporca al menos dos veces y deja el lomo redondeado, no plano, para que el agua escurra.

Regar por la mañana y a ras de suelo. Goteo o exudante siempre que se pueda. Si riegas por aspersión, hazlo a primera hora para que la hoja se seque durante el día; regar al atardecer añade toda la noche de mojadura foliar y es, literalmente, provocar la infección.

Rotación y limpieza. Tres o cuatro años sin solanáceas en la misma parcela. Elimina rebrotes y no dejes nunca montones de patatas de desecho.

Tratamientos: cómo se usan y cuándo

Lo primero que hay que entender es la diferencia entre contacto y sistémico o penetrante, porque de ahí sale todo lo demás.

Los productos de contacto —cobre en sus distintas formulaciones, y algunos orgánicos de superficie— forman una película protectora sobre el tejido. No curan nada. Solo impiden que la espora que cae encima germine y entre. Se lavan con la lluvia y no protegen el crecimiento nuevo, así que su vida útil práctica es de 7 a 10 días en tiempo estable, y bastante menos si caen 15 o 20 mm de agua. Este es el error número uno de la huerta doméstica: aplicar cobre cuando ya hay manchas y esperar que las cure.

Los penetrantes y sistémicos entran en la hoja. El cimoxanilo tiene una acción curativa corta, de uno o dos días desde la infección; los sistémicos de la familia de las fenilamidas (metalaxil-M) se mueven por la savia y protegen el crecimiento nuevo, pero tienen un riesgo de resistencia muy alto y jamás deben usarse solos ni de forma repetida: existen poblaciones de P. infestans resistentes a ellos en toda Europa desde hace décadas. Se emplean siempre mezclados con un contacto y alternando modos de acción.

Sobre el cobre. Es el pilar del control en cultivo ecológico y funciona, dentro de sus límites. Como referencia, oxicloruro de cobre al 50 % se aplica en torno al 0,25-0,4 % (2,5-4 g de producto comercial por litro), y el caldo bordelés en concentraciones similares. Hay que aplicarlo bien: mojando el envés, que es donde ocurre la infección y donde nadie llega con el pulverizador. Y hay techo legal y agronómico: la normativa europea limita el cobre a 4 kg de cobre metal por hectárea y año promediados en periodos plurianuales, porque el cobre es un metal pesado que se acumula en el suelo, no se degrada y a la larga daña lombrices, micorrizas y microbiota. Un huerto tratado con cobre veinte años seguidos tiene un problema de suelo. No lo trates como si fuera inocuo por ser "tradicional".

Sobre materias activas concretas, un aviso: el registro de fitosanitarios cambia cada temporada. El mancozeb, que fue durante décadas el estándar contra el mildiu de la patata, dejó de estar autorizado en la Unión Europea en 2021. Antes de comprar nada, comprueba en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio de Agricultura que el producto sigue autorizado, que lo está para patata y que estás dentro del plazo de seguridad. Y respeta ese plazo: es el número de días que deben pasar entre el último tratamiento y el arranque.

Cadencia. En zona de riesgo, el primer tratamiento preventivo se da cuando las plantas cierran las líneas —momento en que el microclima bajo el follaje deja de secarse— o al primer aviso de la estación de avisos, lo que ocurra antes. A partir de ahí, cada 7-10 días, acortando a 5-7 días en plena racha de lluvias y renovando siempre después de una lluvia importante si el producto era de contacto.

Sobre los remedios caseros. Las decocciones de cola de caballo (Equisetum arvense) y los preparados a base de silicio tienen cierto efecto de refuerzo de la cutícula y encajan como complemento preventivo, no como tratamiento. La leche diluida, el bicarbonato sódico y el azufre no sirven contra el mildiu: son remedios para el oídio, y se recomiendan mal una y otra vez por confusión entre las dos enfermedades. Contra un ataque de Phytophthora en marcha, ninguno de ellos va a hacer nada.

Qué hacer cuando el ataque ya está

Si aparecen focos aislados y todavía escasos, corta y retira las hojas y tallos afectados —en bolsa cerrada, fuera del huerto, nunca al compost— y trata de inmediato el resto de la parcela con una mezcla de contacto más penetrante, mojando bien el envés.

Si el ataque foliar es generalizado, cambia el objetivo: ya no vas a salvar la mata, vas a salvar los tubérculos. La maniobra correcta es destruir la parte aérea, segándola y retirándola de la parcela. Con ello se elimina la fábrica de esporas y se detiene el goteo de inóculo hacia el suelo. Es una decisión que cuesta tomar porque parece renunciar a engordar más, pero un follaje esporulando sobre unos caballones mojados durante dos semanas más significa perderlo todo en el almacén.

Y aquí viene la parte que más gente se salta: después de destruir el follaje hay que esperar de dos a tres semanas antes de arrancar. Ese plazo cumple dos funciones. Deja que los esporangios que quedaron en la superficie del caballón pierdan viabilidad, de modo que los tubérculos no se contaminen al salir a la luz, y da tiempo a que la piel se suberice y endurezca, lo que reduce muchísimo las heridas de manipulación por las que entran las bacterias de la pudrición blanda. Arrancar el mismo día que siegas es tirar por la borda la única jugada buena que te quedaba.

Tubérculo de patata con podredumbre parda provocada por Phytophthora infestans

La cosecha y el almacén

Arranca con el suelo seco y en día seco, nunca con barro. Deja orear los tubérculos unas horas al aire, pero no al sol directo, que los verdea. Después haz un curado de una a dos semanas a 12-15 °C y humedad alta, en oscuridad: en esas condiciones las heridas cicatrizan.

Antes de guardar, selecciona uno a uno. Un solo tubérculo con una mancha de mildiu introducido en un saco es el foco de una pudrición que puede llevarse el saco entero, porque la humedad que libera al descomponerse activa a las bacterias en los vecinos. Almacena en oscuridad total, a 4-8 °C si es para consumo, con ventilación, en cajas o sacos transpirables y nunca en plástico cerrado. Revisa el almacén cada dos o tres semanas y retira lo que se estropee: el mildiu sigue trabajando en la oscuridad.

Errores frecuentes

Tratar solo cuando se ven las manchas. Para cuando la mancha es visible, la infección tiene ya varios días y hay más focos invisibles que visibles.

Usar azufre. No funciona. El azufre es para el oídio.

Guardar patata propia para sembrar tras un año con mildiu. Es la forma más eficaz de garantizarse el problema la temporada siguiente.

Mojar solo el haz al pulverizar. La infección y la esporulación ocurren en el envés. Si el pulverizador no llega por debajo, medio tratamiento se pierde.

Repetir siempre el mismo producto sistémico. Selecciona poblaciones resistentes y en dos o tres campañas te quedas sin herramienta.

Echar los restos infectados al compost. Un compost doméstico no alcanza temperaturas suficientes de forma homogénea, y devuelves el inóculo al huerto con la enmienda.

Regar por aspersión al caer la tarde. Añade una noche entera de mojadura foliar en el peor momento posible.

En resumen

El mildiu de la patata lo produce Phytophthora infestans, un oomiceto y no un hongo, lo que explica que el azufre y los fungicidas antihongos clásicos sean inútiles contra él. Necesita agua líquida sobre la hoja, humedad por encima del 90 % durante unas once horas y temperaturas entre 10 y 25 °C, y en esas condiciones completa su ciclo en tres a cinco días.

Se reconoce por manchas verde oliva acuosas en bordes de hoja, un vello blanco grisáceo en el envés justo en el límite del tejido vivo, lesiones negras en los tallos y, en el tubérculo, una podredumbre seca pardo rojiza que después degenera en pudrición blanda bacteriana. Se distingue de la alternariosis porque esta da manchas secas y anilladas propias de tiempo cálido.

El control real es preventivo: semilla certificada, variedades tolerantes, marcos amplios, nitrógeno moderado, aporcado alto, riego a ras de suelo y por la mañana, rotación y eliminación de rebrotes y montones de desecho. Los tratamientos preventivos —cobre y contactos, alternando con penetrantes y sin abusar de los sistémicos— se aplican cada 7-10 días desde el cierre de líneas, mojando el envés y renovando tras las lluvias, y siempre con productos verificados en el registro oficial vigente.

Y si el ataque se generaliza, la decisión correcta es destruir la parte aérea, esperar dos o tres semanas antes de arrancar, curar los tubérculos y seleccionarlos uno a uno antes de guardarlos. El objetivo deja de ser la mata y pasa a ser la cosecha.


Contenidos relacionados