Cuelgan del árbol en pleno enero, arrugadas, duras y casi negras, cuando ya no queda una sola hoja en las ramas. Son las momias: frutos que se pudrieron durante el verano, perdieron el agua sin llegar a caer y quedaron ahí, agarrados al pedúnculo, convertidos en un bulto correoso. Quien las ve en su ciruelo o su manzano suele pensar que son restos inofensivos de la cosecha pasada. Son justo lo contrario: son el inóculo con el que el hongo va a empezar la campaña siguiente.

La momificación no es una enfermedad en sí misma, sino el desenlace visible de una podredumbre fúngica que el árbol ha conseguido aislar. Entender qué ocurre dentro de esa momia y qué hace en primavera es lo que separa un frutal que pierde el 5% de la cosecha de otro que pierde la mitad.

Qué ocurre exactamente dentro de un fruto momificado

Cuando un hongo de podredumbre coloniza un fruto carnoso, digiere los tejidos y va extendiendo una masa de micelio por toda la pulpa. Si las condiciones se vuelven secas —final de verano, otoño ventoso—, ese fruto no llega a licuarse ni a caer: pierde agua rápidamente y el micelio, junto con los restos de pulpa, se compacta en una estructura dura llamada estroma. Ese estroma es una forma de resistencia. Aguanta heladas, sequía y radiación durante meses.

Al llegar la primavera, con la subida de temperatura y las primeras lluvias, la momia se rehidrata y produce conidios en cantidades enormes sobre su superficie: son esos cojinetes pulverulentos de color beige, ocre o gris ceniza que aparecen en cuanto llueve. El viento y la lluvia los llevan a las flores que están abriendo. Una sola momia colgada de una rama puede infectar buena parte de la floración de ese árbol.

En algunas especies, además, las momias caídas al suelo desarrollan en primavera apotecios, unas estructuras diminutas con forma de copa que disparan ascosporas al aire. Es la fase sexual del hongo, y es la que explica por qué en algunas parcelas la infección aparece incluso cuando se han limpiado bien los árboles pero no el suelo.

Manzana con podredumbre fúngica en el árbol

Los hongos que momifican fruta en España

El grupo dominante es el género Monilinia, responsable de lo que se conoce como monilia, moniliosis o podredumbre parda. Tres especies reparten el trabajo:

Monilinia laxa es la que ataca sobre todo flores y ramillas de frutales de hueso: almendro, albaricoquero, cerezo, ciruelo y melocotonero. Provoca el secado de flores y brotes en primavera y, más tarde, podredumbre en fruto. Su esporulación es gris, en penachos desordenados.

Monilinia fructigena se centra en el fruto ya desarrollado, con preferencia por pomo: manzano, peral y membrillero. Es la que produce el patrón más reconocible, con los cojinetes de esporas dispuestos en círculos concéntricos de color ocre claro sobre la mancha parda.

Monilinia fructicola es de origen americano y durante décadas estuvo sometida a regulación cuarentenaria en la Unión Europea. Se detectó en España a partir de mediados de los 2000 y hoy está presente en varias zonas productoras de fruta de hueso. Es más agresiva que las anteriores y tiene mayor tendencia a desarrollar resistencias a fungicidas, así que su presencia condiciona la estrategia de tratamientos.

Fuera del género Monilinia hay otros casos de momificación con nombre propio. En arándano —cultivo con mucho peso en Huelva y en la cornisa cantábrica— actúa Monilinia vaccinii-corymbosi, la llamada momia del arándano: las momias del suelo emiten apotecios que infectan primero brotes tiernos y después flores, y el fruto acaba blanquecino, arrugado y con aspecto de cáscara. En olivo, la antracnosis (Colletotrichum acutatum y especies afines) causa la conocida aceituna jabonosa, que termina momificada en el árbol y arrastra pérdidas graves de calidad de aceite. En vid, el black rot (Guignardia bidwellii) deja las bayas duras, negras y salpicadas de picnidios, y en años húmedos aparece en el norte peninsular.

La secuencia de síntomas, de la flor a la momia

Conviene verlo como una película, no como una foto suelta, porque cada fase da una oportunidad distinta de intervenir.

En floración. Las flores infectadas se pardean y se quedan pegadas a la ramilla en lugar de caer. El hongo progresa por el pedúnculo hasta la madera y forma un chancro deprimido, muchas veces con exudado de goma en frutales de hueso. La ramilla se seca por encima y las hojas mueren sin desprenderse.

Durante el desarrollo del fruto. Muchas infecciones quedan latentes: el hongo entra en el fruto joven y se detiene, sin síntoma visible, hasta que la fruta empieza a madurar y sube el contenido en azúcares. Por eso un huerto que parecía limpio puede colapsar en dos semanas cuando arranca el envero.

En maduración. Aparece una mancha parda circular, blanda pero no acuosa, que se extiende rápidamente. Sobre ella brotan los cojinetes de esporas. La fruta sana en contacto directo con una podrida se contagia por simple roce: por eso las podredumbres avanzan en racimo dentro de un mismo ramillete.

Después. El fruto se deshidrata, se arruga, se endurece y queda colgado. Ya es una momia, y ya no es un problema de esta campaña sino de la siguiente.

No todo fruto seco en el árbol es monilia

Este es el error de diagnóstico más habitual, y lleva a tratar con fungicida cosas que no son fúngicas. Antes de decidir nada, descarta lo siguiente.

Frutos abortados por fallo de cuajado. Se quedan pequeños, del tamaño de un guisante o una avellana, y se secan sin llegar a pardearse por dentro. Ocurre con floraciones dañadas por helada, con polinización deficiente o con carencias puntuales. No hay micelio ni esporulación.

Golpe de calor y estrés hídrico. Un fruto que se deshidrata por falta de agua o por insolación directa se arruga por una cara, la expuesta al sol, y conserva la pulpa firme y sin olor a fermentado.

Botritis (Botrytis cinerea). Produce un moho gris muy visible, filamentoso, y afecta sobre todo a fruta ya dañada o en poscosecha. La monilia esporula en cojinetes compactos, no en pelusa.

Podredumbres de herida sin más. Tras el granizo o el ataque de mosca de la fruta entran hongos oportunistas de varios géneros. El síntoma inicial no es una mancha parda circular sino un orificio con exudado.

La prueba práctica: abre la momia. Si es monilia, el interior está seco, correoso y recorrido por micelio compacto, y la piel muestra restos de los cojinetes de esporas.

Limpieza de invierno: lo que más rinde y menos cuesta

Si solo puedes hacer una cosa contra la momificación, que sea esta. Retirar todas las momias del árbol y del suelo antes de que empiece a moverse la yema elimina la mayor parte del inóculo primario de la parcela. En un frutal de jardín es media hora de trabajo con una escalera y un cubo. En diciembre o enero, coincidiendo con la poda de invierno, es el momento ideal porque las momias se ven perfectamente sobre la madera desnuda.

Con las momias hay que hacer tres cosas y ninguna otra:

Quitarlas a mano, del árbol y del suelo, incluidas las que se han quedado enganchadas en horquillas o entre las cañas del entutorado. Cortar también las ramillas secas con chancro, siempre por debajo de la zona afectada, unos 15 o 20 centímetros dentro de madera sana. Y sacarlas de la parcela.

Ese último punto merece énfasis porque aquí se cae mucha gente: el compostador doméstico no alcanza ni mantiene las temperaturas necesarias para inactivar de forma fiable el estroma de Monilinia. Enterrar las momias a más de 20 centímetros es una alternativa razonable si no puedes retirarlas, porque impide que los apotecios emerjan; dejarlas en un montón en la esquina del huerto es sencillamente trasladar el problema tres metros.

Manejo del cultivo durante la campaña

La monilia necesita tres cosas para prosperar: humedad prolongada sobre el tejido, temperaturas suaves y una vía de entrada. Sobre las tres se puede actuar sin abrir un solo bote.

Poda de aireación. Una copa abierta seca antes después de la lluvia o del rocío. Las horas de humectación foliar son la variable que decide si una espora germina o no; recortar dos horas de humedad puede bastar para cortar una infección. Elimina chupones y ramas interiores que crean bolsas de aire quieto.

Riego. Nada de aspersión que moje la fruta, y menos en las horas finales del día. Goteo, y con la fruta ya cuajada evita encharcamientos que fuercen microfisuras en la piel.

Nitrógeno con cabeza. El exceso de abono nitrogenado produce brotación blanda, densa y suculenta, mucho más receptiva. Un frutal sobrealimentado es un frutal con monilia.

Aclareo de frutos. Que los frutos de un ramillete no se toquen entre sí es una de las medidas más eficaces y más ignoradas. El contacto piel con piel es la principal vía de propagación en el árbol.

Control de las plagas que abren la puerta. Cada picada de Ceratitis capitata, cada galería de Cydia molesta o de Anarsia lineatella, cada picotazo de pájaro y cada grieta de granizo es una entrada franca. En melocotonero y nectarina, controlar la mosca de la fruta es, en la práctica, una medida de control de monilia. Lo mismo vale para el rajado por lluvia en cereza: variedades y manejos que reducen el cracking reducen la podredumbre.

Recolección cuidadosa. No arrastres los dedos por la piel, no vuelques cajas, no dejes fruta caída en el suelo bajo el árbol. Y refrigera pronto: por debajo de 4 °C el avance del hongo se ralentiza mucho, y la fruta de hueso destinada a conservarse unos días agradece bajar a 0-1 °C cuanto antes.

Tratamientos fitosanitarios: cuándo, no cuánto

Los fungicidas contra monilia son preventivos. Aplicados sobre fruta ya podrida no hacen absolutamente nada. Su eficacia depende casi por entero de acertar el momento, y los momentos clave son dos.

Floración. En frutales de hueso, si llueve o hay nieblas persistentes durante la apertura de flores, ahí se juega la partida. Una aplicación al inicio de la floración y otra en plena flor, con lluvia de por medio, evitan el secado de ramilletes y el chancro posterior.

Antes de la recolección. Dos o tres semanas antes de la recolección, cuando la fruta empieza a acumular azúcar y las infecciones latentes se despiertan. Aquí hay que mirar con lupa el plazo de seguridad de cada producto, porque es fácil incumplirlo en fruta que madura deprisa.

En cuanto a materias activas, en España el marco legal cambia con frecuencia y lo único válido es consultar el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio de Agricultura antes de comprar nada, comprobando que el producto está autorizado para ese cultivo y ese uso concreto. Entre las familias que se emplean contra monilia figuran los triazoles (tebuconazol, difenoconazol), las anilinopirimidinas asociadas a fenilpirroles, las hidroxianilidas y las mezclas con SDHI. Conviene decirlo claro porque en internet siguen circulando recomendaciones antiguas: iprodiona, tiofanato-metilo, benomilo y carbendazima ya no están autorizados en la Unión Europea, y su uso hoy es ilegal.

El cobre tiene su papel, pero uno limitado: aplicado a la caída de la hoja y de nuevo al hinchado de yemas reduce inóculo y protege heridas de poda, aunque no es la herramienta de floración. Además está sujeto a un tope de aplicación anual de cobre metal por hectárea que hay que respetar. El azufre, que muchos usan por defecto contra todo, no controla la monilia.

En el lado biológico, cepas de Bacillus subtilis y de Bacillus amyloliquefaciens, así como levaduras antagonistas del tipo Aureobasidium pullulans, se emplean en programas de floración y son compatibles con cultivo ecológico cuando el producto está registrado para ello. Funcionan mejor como parte de una estrategia con higiene y poda que como sustituto directo de un fungicida en un año muy lluvioso.

Un último apunte técnico que ahorra disgustos: rota familias químicas. Monilinia fructicola desarrolla resistencia con facilidad, y repetir el mismo modo de acción tres veces seguidas en la misma campaña es la forma más rápida de quedarse sin herramienta.

Fruta sana en un frutal bien manejado

Errores que se repiten cada año

Dejar las momias porque "ya están secas y no contagian". Es exactamente al revés: están secas porque el hongo las ha convertido en su refugio invernal.

Tratar solo cuando se ve la podredumbre. Para entonces el ciclo está cerrado. La ventana útil fue la floración y las semanas previas a la recolección.

Compostar la fruta podrida en casa. Sin temperaturas de compostaje industrial sostenidas, el inóculo sobrevive y vuelve al huerto con el compost.

Podar los chancros a ras del tejido afectado. Hay que cortar bien dentro de madera sana; si no, el hongo sigue avanzando desde el muñón. Y desinfecta la tijera entre árbol y árbol.

Regar por aspersión con la fruta puesta. Mojar la copa a última hora de la tarde alarga la humectación toda la noche y regala al hongo las horas que necesita.

Ignorar la mosca de la fruta. Sin controlar la plaga que perfora la piel, ningún programa de fungicidas va a sostener la cosecha.

En resumen

La momificación es el fruto podrido que se deshidrata y se queda colgado del árbol, convertido en una reserva de hongo lista para infectar la floración siguiente. Detrás está casi siempre el género Monilinia, con M. laxa atacando flores y ramillas de frutales de hueso, M. fructigena centrada en manzano y peral, y M. fructicola como la especie más agresiva y con más riesgo de resistencias. Otros hongos momifican en cultivos concretos, como la antracnosis del olivo o la momia del arándano.

El control eficaz se apoya en tres pilares y en ese orden: retirar todas las momias y ramillas con chancro en invierno y sacarlas de la parcela; manejar el árbol para que seque rápido, con poda aireada, riego localizado, nitrógeno moderado, aclareo de frutos y control de las plagas que perforan la piel; y solo después, tratamientos preventivos bien situados en floración y antes de recolectar, con productos autorizados en el registro oficial y rotando modos de acción. Los fungicidas no arreglan una parcela sucia, y una parcela limpia necesita muchos menos fungicidas.


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