De los diecisiete elementos químicos que una planta necesita para completar su ciclo, tres (carbono, hidrógeno y oxígeno) los saca del aire y del agua. Los otros catorce tienen que llegar por la raíz, y cuando uno falta la planta lo dice en las hojas, con un dibujo bastante reconocible si se sabe dónde mirar.

Ese "dónde" es la mitad del diagnóstico, y suele ignorarse: no importa solo qué color tiene la hoja, sino qué hoja lo tiene.

Hojas con síntomas de carencia de nutrientes minerales

La regla que ordena todo: hoja vieja o hoja nueva

Algunos nutrientes son móviles dentro de la planta: cuando escasean, la planta los desmonta de las hojas viejas y los traslada por el floema hacia los brotes en crecimiento. Sacrifica lo antiguo para salvar lo nuevo. Son el nitrógeno, el fósforo, el potasio y el magnesio, y en buena medida el molibdeno.

Otros son inmóviles: una vez fijados en un tejido, no se recuperan. Si falta suministro, el síntoma aparece obligatoriamente en lo que está creciendo ahora: brotes terminales, hojas jóvenes, flores y frutos. Son el calcio, el hierro, el boro, el manganeso, el cinc y el cobre; el azufre queda a medio camino.

Con eso ya puedes partir el problema en dos:

Síntomas en hojas viejas, de abajo hacia arriba → nitrógeno, fósforo, potasio o magnesio.
Síntomas en hojas jóvenes, en la punta del brote → hierro, calcio, boro, manganeso, cinc o cobre.

Y una tercera pista: si el amarilleo es uniforme en toda la hoja, piensa en nitrógeno; si es internervial (amarillo entre los nervios y nervios verdes), piensa en hierro, magnesio o manganeso; si aparece en los bordes como una quemadura, en potasio.

Los macronutrientes

Nitrógeno (N). Forma parte de aminoácidos, proteínas y de la propia clorofila; es el motor del crecimiento vegetativo. Su carencia da un amarilleo pálido y homogéneo que empieza por las hojas más bajas, con planta pequeña, tallos finos y floración escasa. Es la deficiencia más frecuente en macetas con sustrato agotado y en huertos que no reponen materia orgánica. El exceso también tiene cara propia: crecimiento blando y acuoso, hojas verde oscuro, entrenudos largos, poca flor y fruto, tendencia a tumbarse y un imán para pulgones y cochinillas. En leñosas, además, retrasa el agostado y aumenta el daño por heladas otoñales; por eso en climas peninsulares conviene cortar el aporte de nitrógeno a finales de verano.

Fósforo (P). Interviene en la transferencia de energía (ATP), en los ácidos nucleicos y en el desarrollo radicular, la floración y el cuajado. Su falta produce plantas achaparradas, con hojas viejas de tonos verde azulado apagado y coloraciones púrpuras o rojizas en el envés y en los pecíolos, muy típico en tomate y maíz jóvenes. Cuidado con el falso positivo: el frío de primavera bloquea temporalmente la absorción de fósforo y da exactamente el mismo tono morado en plantas que tienen fósforo de sobra en el suelo. Se corrige solo al subir la temperatura. En suelos calizos, además, el fósforo precipita como fosfato cálcico y queda poco disponible aunque el análisis marque cifras aceptables.

Potasio (K). Regula la apertura estomática, el transporte de azúcares, la turgencia y la resistencia al estrés hídrico y a las heladas. También la calidad del fruto: azúcares, color y conservación. La carencia se lee muy bien: amarilleo y luego necrosis de los bordes y las puntas de las hojas viejas, como si se hubieran quemado, avanzando hacia el interior; frutos pequeños, mal coloreados y de maduración desigual. Se ve con frecuencia en suelos arenosos, en cultivos muy productivos como tomate y patata, y en macetas regadas en exceso, porque el potasio lava con facilidad.

Los secundarios

Calcio (Ca). Es estructural: cementa las paredes celulares y da consistencia a los tejidos. Se mueve por el xilema arrastrado por la transpiración, lo que explica su comportamiento: llega bien a las hojas, que transpiran mucho, y mal a los frutos y a los ápices, que transpiran poco. Los síntomas son deformaciones y muerte de brotes terminales, tipburn o quemado del borde en lechuga y col, corazón negro en apio y, sobre todo, la podredumbre apical del tomate (esa mancha hundida y oscura en el culo del fruto, que también afecta a pimiento, berenjena y sandía).

Aquí toca desmontar una creencia extendida. La podredumbre apical casi nunca se debe a falta de calcio en el suelo: los suelos españoles son mayoritariamente calizos y van sobrados. Lo que falla es el transporte, y lo estropea el riego irregular —periodos de sequía alternados con encharcamientos—, la salinidad alta, el exceso de nitrógeno amoniacal o de potasio (que compiten con el calcio) y el crecimiento demasiado rápido. Pulverizar calcio sobre los frutos apenas sirve, porque el fruto no transpira lo suficiente para incorporarlo. La solución real es regar de forma constante, acolchar para estabilizar la humedad y moderar el abonado. También conviene saber que los primeros ramilletes suelen ser los afectados y que la planta se corrige sola más adelante.

Magnesio (Mg). Es el átomo central de la molécula de clorofila; sin él no hay verde. Da clorosis internervial en hojas viejas, con los nervios marcados en verde sobre un fondo amarillo, y a veces tonos rojizos o púrpura antes de secarse. Frecuente en suelos ácidos y arenosos, en macetas con riego abundante y en cultivos con mucha demanda (tomate, rosal, vid, cítricos). Se corrige con sulfato de magnesio (sal de Epsom), unos 2-5 g/l en aplicación foliar repetida cada dos semanas, o incorporado al suelo. Un abonado excesivo de potasio puede inducir la carencia por antagonismo aunque haya magnesio disponible.

Azufre (S). Componente de aminoácidos como la cisteína y la metionina. Su carencia se parece a la de nitrógeno, con la diferencia de que el amarilleo empieza por las hojas jóvenes y es más uniforme. Es poco común en jardinería doméstica, sobre todo si se usa materia orgánica o abonos con sulfatos.

Los micronutrientes

Se necesitan en cantidades diminutas, pero su ausencia detiene el crecimiento igual que la de un macronutriente. Y el margen entre "poco" y "tóxico" es estrecho: aquí la sobredosis es un riesgo real, no una precaución teórica.

Hierro (Fe). Interviene en la síntesis de clorofila y en las cadenas de transporte de electrones. Su carencia es la más habitual y la más malinterpretada en España: clorosis internervial en las hojas más nuevas, con un retículo verde muy fino sobre fondo amarillo pálido que puede llegar al blanco marfil y a la necrosis del borde. Afecta a cítricos, hortensias, azaleas, camelias, gardenias, vid, melocotonero, arce japonés y rosales.

El punto clave: en la mayor parte de la Península el problema no es que falte hierro en el suelo, sino que el pH alto y los bicarbonatos del agua de riego lo dejan insoluble. Es una clorosis inducida por caliza. Por eso echar sulfato de hierro al suelo calizo da un resultado pobre y fugaz: se bloquea en cuestión de días. Lo que funciona es el quelato de hierro EDDHA, estable a pH por encima de 7 e incluso de 8, aplicado al suelo y regado a continuación, a finales de invierno o al inicio de la brotación. Los quelatos EDTA (estables hasta pH 6,5) y DTPA (hasta ~7,5) solo tienen sentido en suelos ácidos o en sustratos controlados. La aplicación foliar de sulfato ferroso reverdece rápido, pero solo las hojas mojadas y de forma temporal: es un parche, no el tratamiento. Y si el agua de riego es muy dura, acidificarla ligeramente resuelve más que cualquier producto.

Manganeso (Mn). Participa en la fotólisis del agua durante la fotosíntesis. Da también clorosis internervial en hojas jóvenes, pero con una banda verde más ancha alrededor de los nervios y un contraste menos nítido que la del hierro, a menudo con punteado necrótico. Igual que el hierro, se bloquea en suelos calizos y con pH alto.

Cinc (Zn). Ligado a la síntesis de auxinas. Su falta acorta los entrenudos y reduce el tamaño de la hoja: brotes en roseta con hojitas pequeñas y estrechas, un cuadro clásico en cítricos, olivo, vid y frutales de pepita sobre suelos calizos.

Boro (B). Necesario para la pared celular, el crecimiento del tubo polínico y el transporte de azúcares. Su carencia mata el ápice, deforma hojas jóvenes y provoca corazón hueco y pardeamiento corchoso en remolacha, coliflor y nabo, además de mal cuajado en frutales. Es el micronutriente con el margen más estrecho entre lo necesario y lo tóxico: la dosis correcta y el doble de esa dosis pueden separar una planta sana de una intoxicada, con quemaduras marginales en hojas viejas. No lo apliques a ojo ni "por si acaso", y desconfía de aportarlo si el agua de riego ya es rica en boro, cosa habitual en algunas zonas del sureste peninsular.

Cobre (Cu). Interviene en procesos enzimáticos y en la lignificación. Su carencia es rara en jardines, en parte porque los tratamientos con caldo bordelés y otros cúpricos dejan cobre de sobra en el suelo. Un exceso acumulado, en cambio, sí es un problema conocido en suelos con décadas de tratamientos: resulta tóxico para la raíz y para la vida del suelo.

Molibdeno (Mo). Imprescindible para reducir los nitratos y para la fijación de nitrógeno en leguminosas. Su carencia es propia de suelos ácidos y se manifiesta como amarilleo general con hojas estrechas y deformadas, el llamado "cola de látigo" de la coliflor. Suele corregirse encalando, es decir, subiendo el pH.

Cloro (Cl) y níquel (Ni). Esenciales, pero en cantidades tan pequeñas que la carencia no se ve en la práctica del jardín. Con el cloro el riesgo es el contrario: el exceso en aguas salinas quema los bordes de las hojas.

Antes de comprar un abono: descarta lo otro

Muchas de las carencias que se diagnostican en un jardín no son carencias de verdad. El elemento está en el suelo; lo que falla es que la planta pueda cogerlo. Repasa esto antes de abonar:

El pH. Manda por encima de todo. Por encima de 7,5 se bloquean hierro, manganeso, cinc, cobre, boro y fósforo. Por debajo de 5,5 se bloquean fósforo, calcio, magnesio y molibdeno, y aumenta la disponibilidad de aluminio y manganeso hasta niveles tóxicos. La mayoría de las plantas ornamentales van bien entre 6 y 7. Un medidor de pH de suelo y una tira para el agua de riego cuestan poco y evitan años de tratamientos inútiles.

La raíz. Una planta encharcada, con la raíz asfixiada o podrida por Phytophthora, amarillea igual que una desnutrida, y abonarla la remata. Antes de echar nada, comprueba el drenaje, mira si el sustrato huele a cerrado y observa si la maceta se seca a un ritmo normal. Lo mismo vale para una planta con el cepellón revirado en la maceta tras años sin trasplantar.

La sal. El exceso de fertilizante acumulado en maceta quema las puntas de las hojas y crea una costra blanquecina en la superficie y en los bordes del tiesto. El remedio es lavar el sustrato con agua abundante, no añadir más abono.

Los antagonismos. Exceso de potasio frente a magnesio y calcio, exceso de fósforo frente a cinc y hierro, exceso de calcio frente a casi todo. Abonar de más un elemento provoca la carencia de otro; los abonos "de choque" con un solo número muy alto son responsables de bastantes desequilibrios.

La época. Abona durante el crecimiento activo, de marzo a septiembre en la Península, y reduce o suspende en pleno invierno y en las plantas que entran en reposo. Abonar una planta parada solo saliniza el sustrato.

Si el cuadro sigue sin estar claro, un análisis de suelo (o foliar, en frutales) resuelve en un día lo que meses de prueba y error no aclaran, y su coste es menor que el de dos temporadas de abonos equivocados.

En resumen

Mira primero si el síntoma está en las hojas viejas —nitrógeno, fósforo, potasio, magnesio— o en las nuevas —hierro, calcio, boro, manganeso, cinc—, y después si el amarilleo es uniforme, internervial o marginal. Con esas dos preguntas se identifica la mayor parte de las carencias comunes. Recuerda que en suelos calizos y con aguas duras, que es el escenario dominante en España, el problema rara vez es que falte el elemento: está bloqueado por el pH, y ahí la respuesta es corregir el medio (quelato EDDHA para el hierro, acidificar el riego, materia orgánica) más que echar dosis mayores. Y antes de abonar, descarta encharcamiento, raíz dañada, exceso de sales y riego irregular, porque buena parte de los cuadros que parecen carencia no lo son y el abono los agrava.


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