Cuando un Acer negundo empieza a secar ramas, lo primero que hay que mirar no es la copa: es el suelo, el cuello del tronco y las heridas de podas anteriores. Este arce norteamericano, conocido aquí como negundo o arce de hoja de fresno, crece muy deprisa, tiene madera blanda y quebradiza, raíces superficiales y una vida corta para un árbol: entre treinta y cincuenta años en condiciones urbanas normales. Esa combinación explica por qué sus problemas sanitarios son casi siempre secundarios, es decir, aparecen sobre un árbol ya debilitado por sequía, compactación, encharcamiento o poda drástica.

Antes de entrar en materia conviene dejar claras tres cosas que afectan a la decisión de plantarlo o de conservarlo. La primera: las semillas y las plántulas de Acer negundo contienen hipoglicina A, la misma toxina responsable de la miopatía atípica de los équidos, una intoxicación con alta mortalidad que en Europa se asocia sobre todo al arce blanco (Acer pseudoplatanus). Si hay caballos, ponis o burros en la finca, no plantes negundos en el pasto ni en su borde, y retira las sámaras que caigan dentro. La segunda: es una especie dioica y los clones masculinos, que se venden precisamente para no producir semilla, liberan una cantidad notable de polen anemófilo con potencial alergénico entre marzo y abril. La tercera: en amplias zonas de la Península se comporta como invasora en riberas y suelos húmedos removidos, donde desplaza a la vegetación autóctona; antes de plantarlo, conviene comprobar la normativa de tu comunidad autónoma.

Hojas variegadas de Acer negundo cultivar Aureomarginatum

Pulgones y negrilla

Los pulgones del género Periphyllus son la plaga más visible del negundo. Colonizan el envés de las hojas y los brotes tiernos desde abril, con un pico claro entre mayo y junio, y producen enormes cantidades de melaza. Esa melaza es la fuente de la queja habitual: coches pegajosos, aceras resbaladizas, mobiliario urbano brillante y, poco después, una capa negra de negrilla (hongos saprófitos del tipo Capnodium) sobre las hojas.

Aquí conviene corregir una idea muy extendida. La negrilla no es una enfermedad del árbol: es un hongo que vive de la melaza, no del tejido vegetal. Solo perjudica cuando la costra es tan gruesa que reduce la fotosíntesis. Si eliminas el pulgón, la negrilla desaparece sola con las lluvias y con la caída de la hoja.

La otra corrección es más práctica. Pulverizar un árbol adulto de ocho o diez metros con jabón potásico es tirar el producto: no se moja el envés, no se llega a la parte alta y el pulgón recoloniza en una semana desde los árboles vecinos. En ejemplares jóvenes o en seto sí tiene sentido, aplicando al atardecer y mojando bien el envés. En árboles grandes, lo razonable es tolerar la plaga y proteger a sus enemigos naturales: mariquitas (Coccinella septempunctata, Harmonia axyridis), sírfidos y crisopas suelen controlar la población hacia julio. Lo que sí ayuda es no abusar del nitrógeno: un abonado rico en N produce brotes tiernos y suculentos que multiplican el pulgón.

Cochinillas

Sobre negundo aparecen con frecuencia dos cochinillas. Pulvinaria regalis, la llamada cochinilla algodonosa de los árboles ornamentales, es inconfundible en mayo y junio: hembras adheridas al tronco y a las ramas gruesas, cada una con un ovisaco blanco y algodonoso muy aparente. Parthenolecanium corni, la lecanina de los frutales, forma cápsulas pardas y abombadas sobre ramillas de dos o tres años y también genera melaza.

Colonia de cochinilla sobre la corteza de una rama

El aspecto es alarmante y el daño real, salvo en infestaciones muy fuertes, es moderado. La clave del control está en el momento: los estados adultos, protegidos por su escudo o por la cera, son casi impermeables a cualquier tratamiento. Solo las ninfas migrantes, que salen del ovisaco a finales de mayo o en junio y caminan por la corteza durante unos días, son vulnerables. Ese es el momento de actuar si hay que hacerlo. La otra ventana es el invierno, en parada vegetativa, con aceite de parafina, evitando aplicarlo con heladas o con temperaturas superiores a 25 ºC. Raspar los ovisacos con un cepillo de cerdas duras es perfectamente válido en árboles jóvenes.

Chinche del negundo, ácaros y agallas

La chinche del negundo, Boisea trivittata, es un heteróptero de color negro con líneas rojas que vive ligado a esta especie y del que se alimenta principalmente de las semillas. Originario de Norteamérica, se ha establecido en varios países europeos y hay citas en el noreste peninsular. No mata al árbol ni produce daños de importancia: la molestia es que en otoño busca refugio para invernar y entra en las casas en grupos numerosos. Se maneja sellando rendijas y marcos de ventana, no con insecticidas. Un pie masculino, al no producir sámaras, apenas la alimenta, aunque a cambio aporta el polen alergénico de la primavera: hay que elegir qué molestia se prefiere.

Los ácaros eriófidos provocan sobre las hojas dos síntomas llamativos y benignos: erinosis, unos parches afieltrados en el envés, y pequeñas agallas o abultamientos en el haz. Deforman la hoja y afean el árbol, pero no comprometen su salud, y no justifican ningún tratamiento acaricida.

La araña roja (Tetranychus urticae) sí puede causar una defoliación prematura en agosto en ejemplares de calle sometidos a calor y sequía, especialmente en el interior peninsular. El síntoma es un moteado amarillo pálido generalizado y hojas que caen bronceadas. La respuesta útil no es un acaricida, sino corregir el riego y sombrear el alcorque con acolchado.

Perforadores de tronco y ramas

Estos son los que de verdad pueden acabar con el árbol. El taladro amarillo (Zeuzera pyrina) vuela entre junio y agosto y sus orugas excavan galerías ascendentes en ramas y guías; el resultado es una rama que amarillea y se seca de golpe en pleno verano, con un orificio de unos cinco milímetros del que sale serrín granuloso y a menudo excrementos húmedos. El taladro rojo (Cossus cossus) trabaja en la base del tronco y deja galerías anchas, serrín rojizo y un olor agrio característico.

Sobre árboles ya debilitados se instalan además escolítidos y barrenadores ambrosia (Xylosandrus spp.), reconocibles por los orificios diminutos y perfectamente redondos, con hilillos de serrín blanco saliendo del tronco. La madera blanda del negundo les resulta especialmente cómoda.

Una vez que la larva está dentro, ningún producto pulverizado la alcanza. Lo que funciona es la detección temprana y la retirada, cortando y quemando o triturando la rama afectada por debajo de la galería antes de que la oruga complete su ciclo. Las trampas de feromona sirven para saber cuándo vuelan los adultos y decidir si hace falta actuar, no para controlar la plaga por sí solas. Y, como siempre en este árbol, la mejor prevención es un ejemplar bien regado y sin heridas abiertas en el tronco.

Verticilosis: la enfermedad que mata negundos

Si un negundo muere de una enfermedad, lo más probable es que sea esta. La verticilosis (Verticillium dahliae) es un hongo del suelo que penetra por las raíces, coloniza los vasos conductores y los obstruye. El síntoma típico llega en junio o julio, con el primer golpe de calor: una rama o un sector completo de la copa se marchita de repente mientras el resto del árbol sigue verde. Las hojas se secan y quedan colgando sin caer. Al año siguiente se seca otro sector.

La confirmación es sencilla y vale la pena hacerla antes de decidir nada: corta una rama afectada de dos o tres centímetros de grosor y observa el corte. Si hay verticilosis, verás estrías o un anillo de color verde oliva a pardo en la madera joven, bajo la corteza. En los arces la coloración es muy visible.

No existe tratamiento curativo. Ningún fungicida de jardinería llega al xilema para eliminar el hongo. Lo único que alarga la vida del árbol es reducir el estrés: riegos profundos y espaciados en verano, acolchado orgánico sobre el alcorque, evitar el nitrógeno en exceso y podar las ramas secas. Desinfecta la herramienta entre corte y corte con alcohol de 70º o con lejía diluida, porque las tijeras trasladan el inóculo de un árbol a otro.

Y un aviso para después: Verticillium dahliae sobrevive en el suelo como microesclerocios durante más de diez años. Si arrancas el árbol muerto, no plantes en ese hueco otro arce, ni olmo, ni catalpa, ni prunus, ni magnolio. Las gimnospermas son inmunes, y entre las frondosas se consideran poco susceptibles Quercus, Carpinus, Fagus, Betula, Crataegus y Ginkgo biloba.

Hongos de la hoja: oídio, antracnosis y mancha negra

El oídio de los arces (Sawadaea bicornis) cubre las hojas de un polvillo blanco a partir de agosto, sobre todo en años con noches húmedas y días cálidos. Estéticamente es feo, funcionalmente casi irrelevante a esas alturas del verano, con la hoja ya al final de su vida útil. En ejemplares jóvenes de vivero sí puede frenar el crecimiento y se trata con azufre mojable, nunca por encima de los 30 ºC, o con un fungicida autorizado.

La antracnosis del arce produce manchas pardas irregulares que siguen los nervios y que a veces provocan defoliación parcial en primaveras lluviosas. Casi nunca justifica un tratamiento en árbol adulto; recoger y retirar la hojarasca en otoño reduce el inóculo de la temporada siguiente.

La mancha de alquitrán (Rhytisma acerinum) forma manchas negras brillantes de un centímetro o más, muy llamativas, sobre todo en el norte húmedo. Es un problema puramente estético; el árbol no sufre. Como el hongo inverna en la hoja caída, barrerla es toda la medida necesaria.

Podredumbres de raíz, de cuello y de madera

Las especies de Phytophthora atacan el cuello y las raíces gruesas en suelos mal drenados o con riego excesivo, muy típico de árboles plantados en césped con aspersión diaria. Los síntomas son hojas pequeñas y cloróticas, crecimiento corto, y la señal decisiva: exudados oscuros en la base del tronco y, al levantar la corteza en esa zona, una madera pardo-rojiza con borde nítido frente al tejido sano. La única actuación eficaz es corregir el drenaje, descubrir el cuello si está enterrado y separar el riego del tronco.

La armilaria (Armillaria mellea) se identifica por placas blancas de micelio con olor a champiñón bajo la corteza del cuello y por rizomorfos negros como cordones de zapato en las raíces. También es incurable en un árbol establecido.

Merece atención aparte la pudrición de la madera. El negundo forma con frecuencia troncos codominantes con corteza incluida y ramas mal ancladas; sumado a una madera de baja resistencia, el resultado es un árbol con tendencia real a partirse en tormentas de verano. Si aparecen carpóforos (setas) en el tronco o en el arranque de las ramas gruesas, no es un asunto estético: el hongo lleva años pudriendo el interior y el árbol puede fallar. En un ejemplar grande junto a una zona de paso, esa situación exige una evaluación profesional del riesgo, no una poda improvisada.

Poda: la mitad de los problemas nacen aquí

El negundo brota mucho y con vigor, y esa facilidad tienta a desmocharlo. Es la peor decisión posible: el desmochado genera heridas grandes que el árbol no compartimenta bien, provoca un rebrote débil, mal anclado, y abre la puerta a las pudriciones de madera y al chancro coralino (Neonectria cinnabarina), esos pequeños cojinetes rosados o rojo coral que aparecen sobre madera muerta y ramas recién cortadas.

Reglas prácticas: cortar ramas de poco diámetro y con frecuencia, en lugar de cortes grandes y espaciados; respetar el collar de la rama y no dejar tocones; no aplicar masillas ni pinturas selladoras, que retienen humedad y favorecen la pudrición; desinfectar la herramienta al pasar de un árbol a otro. En cuanto a la época, evita el final del invierno, cuando el arce está en plena subida de savia y las heridas sangran abundantemente: en los arces se prefiere podar en verano, después de la brotación, o a principios de otoño con la hoja aún puesta.

Qué se puede tratar y qué no

En España, un particular solo puede aplicar en su jardín productos cuya etiqueta indique que están autorizados para jardinería exterior doméstica; el resto exige carné de aplicador y equipo profesional. Las inyecciones al tronco (endoterapia), que a veces se plantean para pulgón o cochinilla en arbolado urbano, son un trabajo profesional, no doméstico, y conllevan heridas repetidas en un árbol que compartimenta mal.

Con el negundo, el balance realista es este: las enfermedades vasculares y las podredumbres no tienen cura, los hongos foliares no la necesitan, los perforadores se resuelven con vigilancia y sierra, y los chupadores se controlan solos si hay fauna auxiliar. Lo que cambia de verdad el estado sanitario del árbol es el manejo: alcorque amplio y sin compactar, acolchado, riegos profundos en verano, drenaje correcto y poda mínima y bien hecha.

En resumen

El Acer negundo es un árbol rápido, resistente al frío y poco exigente, con la contrapartida de una madera frágil y una vida corta. Sus plagas más habituales, pulgones del género Periphyllus y cochinillas como Pulvinaria regalis, ensucian mucho y dañan poco; la negrilla que las acompaña vive de la melaza y no del árbol. Los eriófidos y la chinche Boisea trivittata son molestias, no amenazas. Los taladros, en cambio, sí matan ramas y exigen detectar y retirar la madera afectada a tiempo.

Entre las enfermedades, la verticilosis es la que realmente acaba con estos arces: marchitez sectorial en verano, estrías verde oliva en la madera, ningún tratamiento curativo y un suelo que queda contaminado durante más de una década. Las podredumbres de cuello por Phytophthora y las pudriciones de madera van ligadas al exceso de agua y a las heridas de poda.

Y antes de plantarlo, tres datos a tener presentes: sus semillas contienen hipoglicina A y son peligrosas para caballos, los pies masculinos producen polen alergénico en primavera, y la especie se comporta como invasora en riberas de buena parte de la Península.


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