Una hoja amarilla no dice casi nada por sí sola. Puede ser un pulgón chupando savia por el envés, un hongo que lleva dos semanas trabajando en la raíz, un exceso de riego o simplemente la hoja vieja que la planta está retirando. El problema de tratar sin identificar es que se gasta producto, se mata fauna útil y el causante real sigue ahí. Este repaso va de reconocer a los sospechosos habituales del jardín y el huerto español por lo que dejan a la vista.

Plagas y enfermedades más comunes en las plantas del jardín

Cómo leer los síntomas antes de nombrar al culpable

Hay tres preguntas que ordenan casi cualquier diagnóstico. La primera: ¿el daño es mecánico o fisiológico? Si falta tejido —hojas mordidas, agujeros, galerías, brotes cortados— hay un animal comiendo. Si el tejido sigue entero pero cambia de color, se deforma o se seca, apunta a hongos, bacterias, virus o a un problema de cultivo.

La segunda: ¿el reparto en la planta es azaroso o sigue un patrón? Las plagas y los hongos suelen empezar por focos —una rama, un lado del seto, las hojas más tiernas— y avanzar. Las carencias y los problemas de raíz se reparten de forma mucho más regular: todas las hojas viejas, o todas las nuevas, o toda la planta a la vez.

La tercera: ¿qué tiempo ha hecho las últimas dos semanas? Es la pregunta más útil y la que menos se hace. El oídio explota con calor seco y noches frescas; el mildiu necesita agua líquida sobre la hoja durante horas; la araña roja se dispara en julio y agosto en ambientes secos. El clima de las semanas previas descarta la mitad de las hipótesis sin mirar la planta.

Conviene además mirar por el envés de las hojas y con lupa. Buena parte de los diagnósticos fallidos vienen de haber inspeccionado solo la cara superior, que es justo donde no se coloca nadie.

Insectos chupadores: pulgón, mosca blanca, cochinilla y araña roja

El pulgón es el visitante más previsible de la primavera. Macrosiphum rosae en los rosales, Aphis gossypii y Myzus persicae en hortícolas y ornamentales, Aphis spiraecola en cítricos. Se agrupan en brotes tiernos y capullos, y el rastro es inconfundible: hojas nuevas rizadas o abarquilladas, tacto pegajoso por la melaza que excretan, hormigas subiendo y bajando por el tallo y, poco después, un polvillo negro sobre las hojas. Ese negro no es el pulgón: es negrilla (hongos saprófitos del complejo Capnodium) creciendo sobre la melaza. No penetra en la hoja, pero tapa la luz. Si se elimina el chupador, la negrilla se va sola con las lluvias.

Un detalle que se pasa por alto: las hormigas no vienen a comerse el pulgón, lo protegen y lo transportan para ordeñar la melaza. Mientras no se corte el trasiego de hormigas al tronco, las colonias de pulgón se reponen una y otra vez.

La mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, Bemisia tabaci) vive en el envés y levanta el vuelo en nube blanca al mover la planta. Da los mismos síntomas de melaza y negrilla, pero es más grave por otra razón: Bemisia transmite virus como el del rizado amarillo del tomate. En invernadero y en tomate de terraza, controlarla es más una cuestión de virus que de savia.

Las cochinillas engañan porque no parecen animales. La algodonosa (Planococcus citri) forma masas blancas cerosas en axilas y envés; la negra del olivo (Saissetia oleae) es un caparazón marrón oscuro en forma de H sobre ramas de olivo, adelfa y cítrico; el piojo rojo de California (Aonidiella aurantii) son escudetes redondos y planos pegados a fruto y madera. La clave del control está en el momento: solo la fase móvil juvenil, la ninfa migratoria, es sensible. Aplicar aceite de parafina cuando ya hay escudo formado sirve de muy poco.

La araña roja (Tetranychus urticae) no es un insecto sino un ácaro, y no siempre es roja. El síntoma inicial es un punteado fino y decolorado en la cara superior de la hoja, como si la hubieran espolvoreado; las telarañas aparecen cuando la infestación ya va avanzada. Prospera con calor y aire seco, así que en judías, rosales o coníferas de jardín seco es un clásico de agosto. Mojar el envés y subir la humedad ambiental le molesta de verdad; en cambio, los insecticidas de amplio espectro suelen empeorar la situación porque eliminan a sus depredadores naturales antes que a ella.

Los trips (Frankliniella occidentalis) dejan un plateado brillante con puntitos negros de excrementos, sobre todo en pétalos y hojas de gladiolo, rosal, pimiento y ficus. También son vectores de virosis.

Colonia de pulgones en un brote tierno

Los que comen tejido: orugas, minadores, caracoles y taladros

En el huerto, las orugas de la col (Pieris brassicae y Pieris rapae) dejan las hojas de coles, brócolis y berzas convertidas en encaje entre finales de primavera y el otoño. En tomate, la polilla del tomate (Tuta absoluta) hace galerías translúcidas dentro de la hoja y perfora el fruto por el pedúnculo. Las rosquillas y gardamas del género Spodoptera comen de noche y se esconden en el suelo de día, lo que confunde a quien busca al causante a mediodía.

Contra larvas de lepidóptero, el Bacillus thuringiensis subsp. kurstaki es el recurso más selectivo: no toca abejas, ni mariquitas, ni al que se come la lechuga después. Dos condiciones para que funcione: la oruga tiene que ingerirlo, así que hay que mojar bien las dos caras de la hoja, y hay que aplicarlo cuando las larvas son pequeñas. Sobre orugas ya gordas es dinero tirado. Se degrada con la luz ultravioleta, de modo que la aplicación de tarde dura bastante más que la de mediodía.

El minador de los cítricos (Phyllocnistis citrella) dibuja galerías plateadas serpenteantes en las hojas tiernas de naranjos y limoneros y enrolla el borde. En un árbol adulto y ya formado es un daño estético: la fotosíntesis del conjunto apenas se resiente y no justifica tratar. En plantones jóvenes en crecimiento sí importa, porque ahí cada brote cuenta.

Los caracoles y babosas arrasan plántulas recién trasplantadas en noches húmedas y dejan un rastro brillante. Sobre los cebos conviene una advertencia clara: los de metaldehído son tóxicos para perros y gatos y hay intoxicaciones cada año, mientras que los de fosfato férrico ofrecen un riesgo mucho menor para mascotas y erizos. Si hay animales en casa, esa elección no es un matiz.

El picudo rojo de la palmera (Rhynchophorus ferrugineus) merece capítulo aparte. Ataca sobre todo a Phoenix canariensis y su síntoma temprano —hojas centrales asimétricas, cogollo que se desploma— aparece cuando la larva lleva meses dentro. Es un organismo de declaración obligatoria: hay que avisar a la autoridad fitosanitaria de la comunidad autónoma, y tanto el tratamiento como la eliminación y el traslado de palmeras afectadas están regulados. Lo mismo vale para el fuego bacteriano (Erwinia amylovora) en perales, manzanos y membrilleros, y para Xylella fastidiosa: si se sospecha, se notifica, no se poda por libre.

Hongos: oídio, mildiu, botritis y royas

Confundir oídio y mildiu es el error más repetido del jardín, y lleva directamente al tratamiento equivocado.

El oídio (Podosphaera xanthii en calabacín y cucurbitáceas, Erysiphe necator en vid, Podosphaera pannosa en rosal) se ve como un polvo blanco harinoso sobre la hoja, que al principio se puede frotar con el dedo. No necesita que la hoja esté mojada: le basta la humedad ambiental alta con hoja seca y temperaturas de 20 a 27 °C, típicas de mayo-junio y de septiembre. Por eso mojar la planta no lo dispara; lo que lo dispara es el aire cargado y sin ventilación. El azufre sigue siendo eficaz y barato, con dos límites: es fitotóxico por encima de unos 30 °C y no se debe mezclar con aceites ni aplicar cerca de un tratamiento con aceite, porque quema la hoja.

El mildiu es otra cosa. Plasmopara viticola en vid, Peronospora en cebolla o espinaca, Phytophthora infestans en tomate y patata. Da manchas aceitosas o amarillentas en la cara superior y, en el envés y bajo la mancha, un fieltro grisáceo o violáceo. Exige agua líquida sobre la hoja durante varias horas y temperaturas suaves. Avanza rapidísimo tras una tormenta de mayo o una racha de niebla, y en tomate puede llevarse una plantación en una semana. Aquí el cobre tiene sentido; sobre el oídio, prácticamente ninguno. Ese es el punto que aclara los dos casos: cobre para mildiu, azufre para oídio.

La botritis o moho gris (Botrytis cinerea) es la podredumbre afelpada grisácea de fresas, uvas, lechugas y flores de temporada, con predilección por pétalos marchitos y frutos tocados. Ataca a través de heridas y de tejido muerto: retirar flores pasadas y frutos dañados hace más que cualquier fungicida.

Las royas (Phragmidium mucronatum en rosal, Puccinia en ajo, puerro y malvas) se reconocen por pústulas pulverulentas naranjas o marrones en el envés que manchan el dedo. La mancha negra del rosal (Diplocarpon rosae) produce manchas negras de borde plumoso con halo amarillo y defolia el arbusto desde abajo tras un otoño lluvioso; sobrevive el invierno en las hojas caídas, así que recogerlas y no compostarlas corta buena parte del inóculo del año siguiente. En frutales de hueso, el cribado (Stigmina carpophila) deja agujeros redondos como de perdigón; en manzano y peral, el moteado (Venturia inaequalis) produce manchas oliváceas aterciopeladas en hoja y fruto.

El grupo que casi siempre se diagnostica mal: las raíces

Una planta que amarillea, se marchita a mediodía y se recupera de noche, y a la que el riego no le hace nada bueno, tiene un problema por debajo de la línea del suelo. Los hongos de sueloPhytophthora, Fusarium oxysporum, Verticillium dahliae, Rhizoctonia— entran en encharcamientos y sustratos compactados y ya no salen. En el caso de Verticillium es habitual ver una marchitez de un solo lado de la planta o de una rama concreta, y un anillo pardo en la madera al cortar transversalmente.

Los nematodos agalladores (Meloidogyne) forman nódulos redondeados en las raíces de tomate, pimiento, zanahoria o melón; se ven al arrancar la planta y no se confunden con los nódulos lisos y beneficiosos de leguminosas, que son más pequeños y se desprenden con facilidad.

Y aquí está la creencia que más plantas cuesta: una planta mustia no siempre pide agua. La asfixia radicular por exceso de riego da exactamente el mismo aspecto que la sed, porque una raíz podrida tampoco absorbe. Antes de regar de nuevo, meter el dedo cinco centímetros en el sustrato y comprobar si está húmedo evita rematar la planta. En maceta, el plato con agua permanente y el sustrato agotado que ya no drena son la puerta de entrada de Phytophthora.

Qué hacer y qué no

Antes que nada, tolerar un poco. Un jardín con cero pulgones no tiene mariquitas, crisopas ni sírfidos, porque no hay de qué vivir. La fauna auxiliar llega con dos o tres semanas de retraso respecto a la plaga: si se pulveriza en cuanto se ve el primer pulgón, esa llegada nunca ocurre y el ciclo se repite todo el año.

Las medidas que más rinden son poco espectaculares: aclarar y ventilar el interior de los arbustos con la poda, regar en la base y por la mañana para que la hoja no pase la noche mojada, rotar los cultivos del huerto para no repetir solanáceas o crucíferas en el mismo bancal, retirar y no compostar el material enfermo, y elegir variedades resistentes cuando existan.

Si se llega al tratamiento, dos reglas legales y prácticas. En España, para el jardín o el huerto particular solo pueden emplearse productos inscritos en el Registro de Productos Fitosanitarios del Ministerio de Agricultura con autorización expresa de uso no profesional o de jardinería exterior doméstica, y hay que respetar el plazo de seguridad que indique la etiqueta antes de cosechar. Y sobre los remedios caseros: el jabón potásico o los extractos comerciales de neem tienen su sitio como contacto sobre chupadores de cuerpo blando, pero los preparados de tabaco que circulan por internet son otra cosa. La nicotina es un tóxico agudo grave por vía dérmica, no está autorizada como plaguicida en la Unión Europea y no hay dosis casera segura: no es una alternativa natural, es un veneno sin etiqueta.

Por último, alternar familias químicas distintas si hay que repetir aplicaciones. Insistir con el mismo principio activo un año tras otro es la forma más rápida de seleccionar poblaciones resistentes, y con la araña roja y la mosca blanca ocurre en muy pocas generaciones.

En resumen

El daño con pérdida de tejido apunta a un animal; el cambio de color o de forma sin pérdida de tejido, a hongos, bacterias, virus o a un fallo de cultivo. La melaza pegajosa y la negrilla delatan chupadores —pulgón, mosca blanca, cochinilla—; el punteado fino y seco de agosto, a la araña roja. El polvo blanco superficial con calor seco es oídio y se trata con azufre por debajo de 30 °C; la mancha aceitosa con fieltro en el envés tras las lluvias es mildiu y ahí entra el cobre. Cuando la planta amarillea y se marchita sin causa visible arriba, hay que mirar la raíz y sospechar del exceso de riego antes que de la falta. Y ante picudo rojo, fuego bacteriano o sospecha de Xylella, la primera llamada es a la administración fitosanitaria, no al centro de jardinería.


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