Antes de coger la regadera, mira dónde está el amarillo. Esa es la pregunta que resuelve el problema, y no el color en sí. Una planta puede amarillear por siete causas distintas, y el único dato que las separa sin equivocarse es la posición de las hojas afectadas dentro de la mata: si son las de abajo o las de arriba, si el amarillo es uniforme o deja los nervios verdes, si empieza por el borde o por el centro. Con esos tres detalles se acierta el diagnóstico casi siempre, sin necesidad de análisis ni de conjeturas.

El término técnico para el amarilleo es clorosis: pérdida de clorofila en el tejido de la hoja. La clorofila es una molécula cara de fabricar para la planta y necesita hierro, magnesio, nitrógeno y luz para mantenerse. Cuando falla cualquiera de esos suministros —o cuando la raíz deja de funcionar y no puede llevar nada arriba—, la hoja se descolora. Lo importante es que la planta no descolora al azar: sigue un patrón, y ese patrón delata la causa.

Hojas amarillas por clorosis en una cica

Primero, descarta lo normal

No todo amarillo es un aviso. Las hojas tienen una vida útil, y cuando termina, la planta retira de ellas todo lo que puede reciclar antes de soltarlas. Ese proceso se llama senescencia y da hojas amarillas en la base de la planta, de una en una, muy espaciadas en el tiempo, mientras el resto de la mata sigue verde y creciendo. Es sano. Se retiran y ya está.

También conviene descartar la aclimatación. Una planta de interior recién comprada suele soltar dos o tres hojas amarillas en las semanas siguientes: viene de un invernadero con 20.000 lux y luz constante y pasa a un salón con una décima parte de esa luz. Las hojas que fabricó para el invernadero ya no le salen a cuenta y las sacrifica. Si el resto de la planta está firme y el brote nuevo sale bien, no hay que hacer nada.

Y hay especies caducas que amarillean en otoño porque toca. Un caqui, una parra o un Ginkgo biloba amarilleando en noviembre no tienen ningún problema.

Riego: el error más frecuente es el contrario del que se piensa

Existe una asociación automática entre hoja amarilla y sed. En plantas de maceta esa asociación suele ser falsa. El exceso de agua produce muchísimo más amarilleo que la falta, y produce además uno mucho más grave, porque ataca a la raíz.

Cuando el sustrato permanece encharcado, el agua ocupa los poros que deberían tener aire. La raíz respira, necesita oxígeno, y en anaerobiosis empieza a morir; sobre ese tejido muerto se instalan hongos del suelo del género Phytophthora o Pythium y la podredumbre avanza. La parte aérea muestra entonces un amarilleo generalizado, blando, que empieza por las hojas bajas, y la planta se ve mustia aunque el sustrato esté mojado. Ese es el detalle que lo delata: una planta lacia con la tierra húmeda no tiene sed, tiene la raíz podrida. Si en ese momento se riega más, se remata.

La falta de agua da otro cuadro: hoja que primero pierde turgencia y se recupera de noche, amarilleo que aparece con bordes y puntas secos, crujientes, de color pardo, y sustrato despegado de la pared de la maceta. En un sustrato de turba muy seco, además, el agua resbala por el hueco lateral y sale por el agujero sin mojar el cepellón; la solución es sumergir la maceta en un barreño diez minutos, no regar por encima.

La forma fiable de decidir es meter el dedo, o mejor un palo de madera, hasta media altura del cepellón. Si sale con tierra pegada y oscura, no se riega. Los calendarios fijos —"los martes y los viernes"— son la causa número uno de encharcamiento, porque la planta consume cuatro veces más agua en julio que en enero.

Falta de nitrógeno: amarillo uniforme, empezando por abajo

El nitrógeno es un nutriente móvil dentro de la planta. Eso significa que, si escasea, la planta lo desmonta de las hojas viejas y lo manda a los brotes nuevos, que son su prioridad. El resultado es inconfundible: las hojas de abajo amarillean por completo y de forma uniforme, incluidos los nervios, mientras las de arriba siguen verdes, y el crecimiento general se ve corto y pobre.

Es lo que le pasa a cualquier planta que lleva más de un año en la misma maceta sin abonar. El sustrato comercial trae abono para dos o tres meses; a partir de ahí, lo que la planta come es lo que se le aporte. Los riegos, además, lavan los nutrientes por el agujero de drenaje.

Se corrige con un abono equilibrado o algo rico en nitrógeno durante la temporada de crecimiento, de marzo a septiembre en la península. Un fertilizante líquido cada quince días a la dosis de la etiqueta, o un granulado de liberación lenta al principio de la primavera. En suelo de jardín, materia orgánica bien hecha —estiércol compostado, compost— aporta nitrógeno de forma lenta y mejora la estructura, que es doble beneficio.

Un matiz que evita disgustos: abonar una planta con la raíz dañada la empeora. Si el amarilleo viene de encharcamiento, el abono añade sales a un sistema que ya no absorbe y quema lo poco que queda de raíz. Primero se arregla el riego; el abono viene después, cuando haya brote nuevo.

Clorosis férrica: nervios verdes sobre hoja amarilla, y siempre arriba

Este es el amarilleo típico de media España y el que más se confunde con hambre de abono. El hierro es un nutriente inmóvil: la planta no puede sacarlo de una hoja vieja para reutilizarlo. Por eso la carencia se manifiesta siempre en las hojas nuevas, las de las puntas de los brotes, que salen amarillas o casi blancas con la red de nervios marcada en verde. Ese dibujo reticulado es la firma de la clorosis férrica y no se parece a nada más.

La trampa está en que casi nunca falta hierro en el suelo: el hierro es uno de los elementos más abundantes de la corteza terrestre. Lo que ocurre es que a pH alto no es asimilable. En suelos calizos, con carbonato cálcico, el pH sube por encima de 7,5 y el hierro precipita en formas que la raíz no puede tomar. Buena parte del suelo peninsular es calizo, y el agua de grifo del levante, de la Mancha, de Madrid o del valle del Ebro es dura, cargada de bicarbonatos, de modo que cada riego va subiendo el pH del sustrato de la maceta.

Lo sufren sobre todo las plantas acidófilas: hortensia (Hydrangea macrophylla), camelia, azalea, rododendro, gardenia, arce japonés (Acer palmatum), Pieris, arándano. Y también los cítricos, que sin ser acidófilos estrictos son muy sensibles al exceso de caliza.

La corrección tiene dos partes y una advertencia. La parte rápida es aplicar hierro quelado en riego. Aquí importa el tipo de quelato, y es donde más se falla: los quelatos EDTA se desestabilizan por encima de pH 6,5 y en un suelo calizo no sirven de nada; hay que usar quelatos EDDHA (los que vienen como polvo rojizo oscuro), que aguantan hasta pH 9. La parte de fondo es bajar el pH: sustrato específico para acidófilas al plantar, acolchado de pinocha o corteza de pino, y riego con agua de lluvia o agua acidificada. Y la advertencia: el sulfato de hierro no es un quelato. En suelo calizo se bloquea en pocos días y no resuelve nada, aunque mancha de óxido todo lo que toca.

Si el agua del grifo es el problema, recoger agua de lluvia es la solución barata. Como apaño, dejar reposar el agua no elimina la cal —eso solo evapora el cloro—; lo que sí funciona es acidificar ligeramente, por ejemplo con unas gotas de vinagre o de ácido cítrico hasta dejarla en torno a pH 6, midiendo con tiras.

Agua de riego dura con exceso de cal

Falta de magnesio: amarillo entre los nervios, pero en las hojas viejas

Se parece a la clorosis férrica en el dibujo —nervios verdes sobre fondo amarillo— pero aparece en las hojas viejas, porque el magnesio sí es móvil. Suele darse en sustratos muy lavados por el riego, en macetas antiguas y en suelos arenosos. Los tomates, los rosales y los cítricos lo manifiestan con claridad, a menudo con un tono anaranjado o rojizo en el borde de la hoja.

Se corrige con sulfato de magnesio (sal de Epsom) a razón de un gramo por litro de agua de riego, cada dos o tres semanas durante la temporada de crecimiento. Es de las carencias que más rápido responden.

Mal drenaje y raíces sin sitio

El drenaje es la mitad silenciosa del problema del riego: se puede regar bien y aun así encharcar si el agua no sale. Hay tres fallos que se repiten.

El primero, la maceta sin agujeros o con el plato siempre lleno. Un plato con dos dedos de agua permanente mantiene la base del cepellón saturada, y ahí es donde está la raíz que importa. Se vacía a los quince minutos de regar.

El segundo, el sustrato compactado. Una turba vieja, de tres o cuatro años, pierde estructura y se convierte en una masa que retiene agua y expulsa el aire. Se nota al regar: el agua tarda en penetrar y la superficie queda encostrada. Se arregla con un trasplante y sustrato nuevo, mezclado con perlita o fibra de coco si la planta es exigente en aireación.

El tercero, los suelos arcillosos de jardín. Retienen agua durante días después de una lluvia y asfixian a especies de secano y a las mediterráneas de raíz delicada, como el romero o la lavanda. La solución pasa por enmendar con materia orgánica y arena gruesa, plantar en caballón o montículo para que la corona quede por encima del nivel del agua, y elegir especies que toleren esa textura.

Y hay un caso relacionado: la maceta agotada. Cuando las raíces han ocupado todo el volumen y salen por el agujero de drenaje, el cepellón es casi puro tejido y apenas queda sustrato que retenga agua o nutrientes. La planta amarillea, se seca en un día y no responde al abono. El trasplante a un recipiente dos o tres dedos más ancho, en primavera, lo resuelve.

Luz: demasiada y demasiado poca dan amarillos distintos

El exceso de sol directo no produce un amarillo homogéneo, sino zonas descoloridas, blanquecinas o de aspecto lavado en las hojas más expuestas, a menudo con manchas pardas secas en el centro de la mancha. Es una quemadura: la radiación destruye la clorofila más deprisa de lo que la planta la repone. Le pasa a la planta de interior que alguien saca a la terraza en junio, y también a la que se pone justo detrás de un cristal orientado al sur, donde el vidrio concentra el calor.

Ojo con una idea muy repetida: que una planta sea de sol no significa que aguante el sol el mismo día que sale del interior. Las hojas formadas a la sombra no tienen la protección necesaria y se queman en horas. La aclimatación se hace en dos semanas, empezando con sol de primera hora y aumentando poco a poco.

Incluso especies plenamente adaptadas al sol pueden mostrar el mismo síntoma en las olas de calor del interior peninsular, cuando se juntan 40 ºC con sustrato seco. Los cactus y otras crasas responden con un tono amarillento o rojizo y luego con corcho pardo permanente. Ahí lo que corrige es una malla de sombreo del 40-50 % en las horas centrales de julio y agosto, no más agua.

La falta de luz, en cambio, da hojas pálidas y de un verde desvaído, con tallos alargados y entrenudos largos, y las hojas bajas o las más interiores se van poniendo amarillas y cayendo porque la planta no puede mantenerlas. Es lo que le ocurre a los potos y a las Monstera colocadas al fondo de una habitación, lejos de la ventana.

Plagas que amarillean sin que se vean a simple vista

Antes de dar por hecho que es una carencia, conviene dar la vuelta a las hojas. Varios chupadores producen amarilleo y todos viven en el envés.

La araña roja (Tetranychus urticae) es el sospechoso principal en ambientes secos y calurosos, que es medio año en España. No se ve bien a simple vista —mide medio milímetro— pero deja un punteado amarillo muy fino, como si alguien hubiera espolvoreado la hoja, y con población alta aparece una telaraña muy tenue en las axilas. Se combate subiendo la humedad ambiental, pulverizando con agua el envés y, si hace falta, con jabón potásico o aceite de neem repetido cada siete días.

La mosca blanca levanta una nube al mover la planta y deja melaza pegajosa y negrilla. Los pulgones se concentran en brotes tiernos y deforman la hoja además de amarillearla. La cochinilla algodonosa deja motas blancas en las axilas y en el envés del nervio central; la de escudo, bultitos marrones adheridos que parecen parte del tallo.

Y bajo tierra están los mosquitos del sustrato (Sciara), cuyas larvas comen raíz fina en macetas permanentemente húmedas. Que haya mosquitas negras revoloteando es, en sí mismo, un indicio de que se riega demasiado.

Otras causas menos habituales

El frío amarillea a las tropicales por debajo de 10-12 ºC, y a muchas por debajo de 5 ºC. Una corriente de aire frío junto a una ventana en enero basta para que una Dieffenbachia suelte hojas.

El exceso de sales, por abonar de más o por agua muy mineralizada, quema la punta y el borde de la hoja y deja costra blanca en la superficie del sustrato y en el borde del tiesto. Se lava el cepellón con agua abundante, dejando correr tres o cuatro veces el volumen de la maceta.

El trasplante con raíz rota da amarilleo pasajero durante dos o tres semanas; se ayuda dejando la planta a media sombra y sin abonar hasta que arranque.

Y hay virosis, como los mosaicos, que producen amarillos en mosaico o en anillos con distribución irregular y que no tienen tratamiento: la planta se retira para que no contagie, y se controlan los pulgones, que son quienes los transmiten.

Cómo diagnosticar en cinco minutos

El orden que funciona es este:

1. Mira si el amarillo está arriba o abajo. Arriba, con nervios verdes: hierro, y casi seguro pH o agua caliza. Abajo y uniforme: nitrógeno. Abajo con nervios verdes: magnesio.

2. Toca el sustrato a media profundidad. Húmedo y planta lacia: encharcamiento y probable podredumbre radicular. Seco y hoja crujiente: falta de agua.

3. Da la vuelta a dos o tres hojas y busca punteado, telaraña, melaza o motas blancas.

4. Saca el cepellón de la maceta y míralo. La raíz sana es blanca o clara y firme; la podrida es marrón, blanda y huele mal. Este paso, que da pereza, es el que más veces resuelve el caso.

5. Si nada de lo anterior encaja, revisa luz, temperatura y fecha del último abonado.

En resumen

El amarilleo es un síntoma, no una enfermedad, y se diagnostica por el patrón: hojas nuevas con nervios verdes apuntan a hierro bloqueado por caliza y se corrigen con quelato EDDHA y agua menos dura; hojas viejas amarillas de forma uniforme apuntan a nitrógeno y se corrigen abonando en primavera y verano; hojas viejas con nervios verdes, a magnesio. Antes que ninguna de ellas hay que descartar el riego, porque el exceso de agua y el mal drenaje causan más amarillos que todas las carencias juntas, y porque en ese caso abonar empeora las cosas. Se comprueba la humedad a media profundidad, se mira el envés de las hojas por si hay araña roja o mosca blanca, y si hay dudas se saca el cepellón y se miran las raíces. Un par de hojas bajas amarillas de vez en cuando, en una planta que sigue brotando, no es un problema: es la planta reciclando lo que ya no le sirve.


Contenidos relacionados