Giras una hoja de tomatera y aparece un racimo de bichos rosados, rechonchos, de patas y antenas largas, apiñados junto al nervio central. No se mueven aunque los toques. Eso es un pulgón rojo, y el primer problema que plantea es que ese nombre no designa a una sola especie.
Qué especies se esconden tras ese color
El color de un pulgón no identifica a la especie. Muchas especies presentan morfos de distinto color dentro de la misma población: verdes, amarillos, rosados o rojizos, según la genética del clon, la planta de la que se alimenta y hasta la temperatura. Un rosal puede tener pulgones verdes en una rama y rojizos en la de al lado, y ser los mismos.
En el huerto y el jardín peninsular, cuando alguien habla de pulgón rojo suele estar viendo una de estas:
Macrosiphum euphorbiae, el pulgón de la patata. Es grande para ser pulgón (entre 2,5 y 3,5 mm), de aspecto alargado, con sifones largos y patas finas. Tiene forma verde y forma rosada-rojiza, y esta última es la que desconcierta. Ataca tomate, patata, berenjena, lechuga, judía y también rosales. Es de los que más se ven en junio en huertos de secano y en cultivo bajo malla.
Macrosiphum rosae, el pulgón del rosal. Igual de grande, con sifones negros bien marcados, en colonias apretadas sobre los botones florales y los brotes tiernos. Su morfo pardo-rojizo es habitual a partir de mayo.
Dysaphis plantaginea, el pulgón ceniciento del manzano. Rosado violáceo, cubierto de un polvillo ceroso grisáceo. Es el más dañino de la lista y merece capítulo aparte, porque no se combate igual que los demás.
Myzus persicae, el pulgón verde del melocotonero, que pese al nombre tiene clones rosados frecuentes en pimiento y en frutal de hueso. Es el mayor transmisor de virus del grupo y el que más resistencias a insecticidas ha acumulado.
Hay dos casos que se confunden con estos y no lo son. Aphis nerii, el de la adelfa, es anaranjado intenso con sifones negros, no rojo, y vive casi exclusivamente sobre adelfa y otras apocináceas. Y el pulgón lanígero del manzano, Eriosoma lanigerum, va cubierto de una borra blanca algodonosa; lo que tiene de rojo es la mancha que deja al aplastarlo, un detalle que basta para reconocerlo.
No lo confundas con la araña roja
Esta es la equivocación que más tratamientos inútiles genera. La araña roja (Tetranychus urticae) no es un insecto sino un ácaro, y ni el jabón potásico ni los aficidas habituales la controlan bien. Distinguirlas es fácil si sabes qué mirar:
El pulgón mide entre 1,5 y 3,5 mm, tiene seis patas, dos antenas visibles y dos tubitos (sifones) que le salen de la parte trasera del abdomen. Está sobre los brotes tiernos, los botones florales y el envés de las hojas jóvenes, en colonias densas, y deja la planta pegajosa.
La araña roja es un puntito móvil de menos de medio milímetro, con ocho patas, que se instala en el envés de las hojas ya maduras, teje telarañas finas en las axilas y produce un moteado amarillento y seco en el haz. No pega nada. Aparece con calor y aire seco, justo cuando el pulgón empieza a desaparecer.
Lo que hace a la planta
El pulgón clava un estilete muy fino hasta el floema y bebe savia elaborada. Como esa savia es rica en azúcares y pobre en aminoácidos, tiene que procesar mucho volumen para conseguir la proteína que necesita, y expulsa el sobrante en forma de melaza, un líquido azucarado que cae sobre las hojas de abajo.
De ahí salen tres consecuencias encadenadas. La melaza es colonizada por hongos saprófitos que forman la negrilla, esa costra negra que no penetra en el tejido pero tapa los estomas y reduce la fotosíntesis. La melaza atrae hormigas, que defienden activamente a la colonia de sus depredadores. Y la extracción continua de savia deforma el brote: hojas abarquilladas hacia abajo, entrenudos cortos, botones florales que abortan.
El daño más serio, sin embargo, es invisible al principio. Los pulgones transmiten virus vegetales, y ahí está la parte que casi nadie tiene en cuenta: en la transmisión no persistente, la más común, al pulgón le bastan unos segundos de picadura de prueba para inocular el virus. Cuando el insecticida lo mata, ya lo ha transmitido. Por eso el virus del mosaico del pepino o el Y de la patata siguen entrando en cultivos que se tratan a conciencia. Contra los virus lo que funciona es impedir que el pulgón alado aterrice, no matarlo después.
Cuándo aparece y por qué se dispara
En la Península hay dos picos claros. El fuerte va de abril a junio, cuando la temperatura media ronda los 20-25 °C, que es el óptimo de reproducción, y las plantas están llenas de brotes tiernos. El segundo, más discreto, llega en septiembre y octubre con las lluvias de otoño y el rebrote.
Entre medias, en julio y agosto, las poblaciones se hunden solas: por encima de 30 °C la reproducción se frena, los brotes endurecen y los depredadores han tenido tiempo de multiplicarse. Merece la pena saberlo antes de tratar en pleno julio contra una plaga que ya estaba de retirada.
Hay dos factores que dependen de ti. El primero es el abonado nitrogenado: el exceso de nitrógeno aumenta los aminoácidos libres en la savia y hace que el pulgón se reproduzca más rápido y ponga más ninfas. Un huerto sobrealimentado con estiércol fresco o con un abono 20-5-5 cada dos semanas es un criadero. El segundo es el riego a golpes de sequía y encharque, que genera brotes blandos y suculentos justo cuando los alados están volando.
Remedios caseros: cuáles aguantan y cuáles no
El pulgón es blando, sedentario y vive en colonias muy localizadas. Eso lo hace vulnerable a métodos físicos que no sirven contra otras plagas.
Chorro de agua a presión. Suena rudimentario y es de lo más eficaz en rosales, hibiscos y frutales jóvenes. El pulgón desprendido no vuelve a subir a la planta: los adultos ápteros no caminan bien y mueren en el suelo. Hazlo por la mañana, insistiendo en el envés y en los ápices, y repítelo cada dos o tres días mientras dure el brote tierno.
Pinzado de los ápices infestados. Como las colonias se concentran en los diez últimos centímetros del brote, cortar y retirar esas puntas elimina de golpe buena parte de la población. En rosal coincide además con la limpieza de brotes ciegos.
Jabón potásico. Es el tratamiento de contacto más razonable para un huerto doméstico. Actúa disolviendo la cutícula cerosa del insecto, así que solo mata lo que moja: hay que empapar el envés y los brotes, no dar una pasada por encima. Con formulados comerciales al 40 % se usa del orden de 10 a 20 ml por litro. Aplícalo al atardecer o a primera hora, nunca a pleno sol ni por encima de 30 °C, porque en hoja tierna quema. Repite a los cinco o siete días, dos o tres veces, y no lo mezcles el mismo día con azufre ni con aceites, que ahí sí sale fitotoxicidad.
Purín de ortiga. Urtica spp. está reconocida como sustancia básica en la normativa europea, así que su uso es legítimo. Su efecto sobre el pulgón es moderado y más repelente que insecticida; funciona como apoyo, no como solución.
Y algo que conviene decir claro: el agua de tabaco no se puede usar. La nicotina está retirada como sustancia fitosanitaria en la Unión Europea, es tóxica por vía dérmica para quien la maneja y no hay plazo de seguridad que la respalde en un cultivo que te vas a comer. No la prepares.
La tierra de diatomeas, con matices
Aparece en toda lista de remedios caseros y rinde bastante peor contra el pulgón de lo que se anuncia. Su mecanismo es abrasivo: las partículas silíceas rayan la cutícula y el insecto muere por deshidratación. Eso exige que el bicho camine sobre el polvo, y el pulgón hace justo lo contrario, se queda clavado en el mismo punto durante días. Exige además que el polvo permanezca seco, y con el primer riego por aspersión o el primer rocío deja de actuar.
A cambio, no es selectiva: mata igual a las larvas de sírfido y de crisopa que estaban comiéndose la colonia. Y su manejo pide mascarilla, porque el polvo fino irrita las vías respiratorias, sobre todo en las versiones calcinadas. Guárdala para hormigas, tijeretas o gorgojos en el granero, que es donde de verdad funciona.
Los depredadores hacen la mayor parte del trabajo
El pulgón tiene un cortejo de enemigos naturales grande y eficaz. Las mariquitas (Coccinella septempunctata, Adalia bipunctata) comen pulgón de adultas, pero es su larva —negra con manchas naranjas, parecida a un cocodrilo diminuto— la que devora cientos. Las larvas de sírfido, unas orugas verdosas y translúcidas sin patas que se ven pegadas a la colonia, son todavía más voraces. Las crisopas y los pequeños himenópteros del género Aphidius completan el equipo: estos últimos ponen un huevo dentro del pulgón y lo transforman en una momia, un pulgón hinchado, rígido y color caramelo con un agujerito redondo. Si ves momias, no trates: el control ya está en marcha.
Un aviso sobre las mariquitas compradas por internet: los adultos sueltos vuelan y se van en cuestión de horas si no encuentran una colonia muy abundante. Si compras, compra larvas. Y si quieres depredadores estables, siembra en el borde del huerto plantas de flor pequeña y abierta —hinojo, cilantro, eneldo, alisos, caléndula—, que es lo que alimenta a los adultos de sírfido antes de que pongan huevos.
Las hormigas son el freno principal de todo esto. Protegen a la colonia a cambio de la melaza y ahuyentan a los depredadores. Un anillo de cola entomológica en el tronco de un frutal o de un rosal de pie alto puede hacer más que un tratamiento.
Si hay que tratar, hazlo bien
En jardinería doméstica solo puedes usar productos autorizados con la mención de uso reservado a jardinería exterior doméstica en la etiqueta; los envases profesionales quedan fuera. En cultivos que vas a comer, respeta el plazo de seguridad que figura en el envase. La azadiractina (extracto de neem) es la opción sistémica suave más frecuente en formatos domésticos: actúa como inhibidor del desarrollo y antialimentario, no fulmina en el día y por eso conviene aplicarla al principio de la infestación, no cuando el brote ya está negro.
En manzano, el pulgón ceniciento tiene una ventana concreta. Una vez que ha enrollado la hoja, ningún pulverizador llega hasta dentro y el fruto se queda pequeño y abollado sin remedio. El momento útil es a la salida del invierno, entre yema hinchada y estado de oreja de ratón, cuando las fundatrices salen del huevo y aún están al descubierto; un aceite de invierno bien aplicado en ese estadio resuelve la campaña. En abril ya vas tarde.
En resumen
El pulgón rojo no es una especie, sino el aspecto que toman los morfos rosados de Macrosiphum euphorbiae, Macrosiphum rosae, Dysaphis plantaginea o Myzus persicae, según lo que cultives. Comprueba primero que no estás mirando araña roja, que no tiene sifones, teje telaraña y no pega. Vigila desde abril, revisa el envés y los ápices, y contén la mano con el nitrógeno, que es lo que multiplica la plaga. Agua a presión, pinzado de brotes y jabón potásico al atardecer resuelven la mayoría de los casos domésticos; la tierra de diatomeas no es la herramienta adecuada aquí. Deja trabajar a mariquitas, sírfidos y avispillas parasitoides, corta el acceso de las hormigas y recuerda que contra los virus lo eficaz es la barrera —malla, acolchado reflectante, retirada de plantas afectadas—, porque el insecticida siempre llega tarde. En manzano, el tratamiento se decide en febrero, no en mayo.